Los piojos.
Sin anunciarlo de antemano, Jehová dijo a Moisés que mandara a Aarón que extendiera la vara y golpeara el polvo para que se cubriera la tierra de Egipto con insectos pequeños. Esta vez los magos no fueron capaces de duplicar la señal por medio de sus encantamientos y admitieron ante el faraón que la plaga era del dedo de Dios (v. 19). Sin embargo, el faraón endureció su corazón y no los escuchó, tal como Jehová lo había dicho.
La palabra hebrea kinnim se refiere a un insecto pequeño que no ha sido identificado con exactitud. La palabra ha sido traducida como “piojos”, “jejenes”, “mosquitos”, “pulgas”, y hasta “antojos”. De todos modos, con su clima caluroso y seco, Egipto siempre ha sido víctima de muchas clases de insectos pequeños. Probablemente el vocablo “piojos” es el más adecuado y llena bien los requisitos textuales.
Esta plaga es otro de los milagros de transformación. Tal como con el agua del Nilo, se empleó la vara, y al golpear el polvo de la tierra el país se llenó de piojos. No significa que literalmente todo el polvo del país se convirtió en piojos, sino que las grandes nubes de ellos parecían brotar del suelo como las tormentas de polvo que solían llegar con los vientos fuertes del desierto.
Los magos, al no poder reproducir nada similar con sus encantamientos, esta vez tuvieron que admitir que la plaga era obra del dedo de Dios. Por primera vez el autor explica cómo se puede distinguir entre un milagro verdadero y un milagro falso. La verdad finalmente eliminó el engaño, y los magos mismos lo confesaron. Es dudoso aquí que los magos hayan reconocido a Jehová como el Dios único; más bien se refieren al milagro como la obra de un dios poderoso, que no podría ser otro que Jehová , a quien Moisés representaba. Además, es posible que pensaran de la vara como el dedo de Dios, porque era un símbolo para ellos, y para Israel más tarde, del poder divino.
Las moscas.
Jehová mandó a Moisés que se presentara ante el faraón cuando éste saliera al río. Esta vez el Señor le amenazó con una nube de moscas si no dejaba salir al pueblo. Al desatender él la palabra de Dios, vinieron tantas moscas que la tierra quedó devastada (vv. 20-24).
El faraón llamó a Moisés y a Aarón y, para quitar la plaga, ofreció permiso para que el pueblo ofreciera sacrificios a Dios dentro del país. Moisés rechazó la oferta diciendo que esto sería una abominación para los egipcios. Entonces el faraón concedió permiso para que fueran al desierto a ofrecer sacrificios, con tal de que no fueran demasiado lejos. Moisés oró a Jehová y el Señor quitó la plaga de moscas. Sin embargo el faraón se endureció otra vez y no dejó ir al pueblo.
El texto hebreo dice que la cuarta plaga era de ’arob. La palabra significa “un enjambre”, o una “multitud”, o “una nube de insectos”. No se especifica qué clase de insectos era; sin embargo, el griego de la LXX traduce como “mosca de perro”. Esta era un mosquito feroz que atacaba a sus víctimas hasta sacar sangre de ellas. En muchos lugares de las Américas la llamarían “tábano”. Parece bien la identificación (el tábano); concuerda con la evidencia del texto que se refiere a la molestia extrema de ellas, su llegada como una densa nube y su devastación de la tierra.
Por primera vez Jehová hace una distinción entre Israel y los egipcios; el pueblo de Dios no sería víctima de la plaga. Los hijos de Israel habían sufrido las consecuencias de las primeras tres plagas. Ahora Jehová haría una excepción de la tierra de Gosén, donde habitaban los hebreos, a fin de que sepas que yo, Jehová , estoy en medio de la tierra. El Señor estaría con su pueblo. Se conocería que Jehová es el Señor de todo el mundo, incluyendo la tierra de los egipcios. El Señor puede dividirla, azotarla y controlar toda la vida que en ella habita. ¡El es Jehová ! La magnitud del milagro se ve en la cantidad desacostumbrada de las moscas, en su limitación geográfica, en el anuncio preciso del tiempo de la llegada y la salida y en su propósito teológico.
