(i) Dios les hace un ofrecimiento a los hombres. Como les ofreció a los israelitas las bendiciones de la Tierra Prometida, les ofrece a todos los seres humanos las bendiciones de una vida que es incalculablemente mejor que la vida sin Él.
(ii) Pero, para obtener las bendiciones de Dios hacen falta dos cosas.
(a) Es necesaria la confianza. Tenemos que creer que lo que Dios dice es verdad. Tenemos que estar dispuestos a hacer que nuestra vida dependa de Sus promesas.
(b) Es necesaria la obediencia. Es como si nos dijera un médico: « Te puedo curar si obedeces mis instrucciones al pie de la letra.» O como el profesor que dice: «Puedo hacer de ti un investigador si sigues mi currículo con absoluta fidelidad.» O como el entrenador que le dice al atleta: «Te puedo hacer campeón si no te desvías de la disciplina que te impongo.» En cualquier esfera de la vida el éxito depende de la obediencia a la palabra de un experto. Dios, si podemos decirlo así, es el Experto en la vida, y la verdadera felicidad depende de que Le obedezcamos.
(iii) El ofrecimiento de Dios tiene un límite, que es la duración de la vida. Nunca sabemos cuándo llegará ese límite. Hablamos fácilmente del «mañana»; pero ese día puede que no llegue para nosotros. Lo único que tenemos es el «hoy», el «ahora mismo». Alguien ha dicho: «Deberíamos vivir cada día como si fuera toda nuestra vida.» El ofrecimiento de Dios se ha de aceptar hoy; la confianza y la obediencia se deben dar hoy: ¡porque no podemos estar seguros de que habrá un mañana para nosotros!
Aquí tenemos el supremo ofrecimiento de Dios; pero es sólo para los que están dispuestos a darle una confianza perfecta y una obediencia total, y hay que aceptarlo ahora mismo, o puede que sea demasiado tarde.
