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I Corintios 7: Sobre el matrimonio, a los casados

Decía que si los dos no se pueden poner de acuerdo en vivir juntos, que no se les obligue a mantener « lo que es más espantoso todavía: -la soledad de dos en compañía.» Si querían separarse porque la convivencia les resultaba insoportable, había que dejarlos. Ningún cristiano ha sido llamado a llevar una vida de esclavitud. Pablo tiene dos grandes cosas que decir que tienen un valor permanente.

(i) Tiene la preciosa idea de que el cónyuge que no es creyente es consagrado por medio del que sí es creyente. Los dos han llegado a ser una sola carne o persona; y lo maravilloso del caso es que no es el paganismo lo que se contagia, sino la gracia del Evangelio lo que se comparte y obtiene la victoria. Hay algo en el Cristianismo que se transmite a todos los que entran en contacto con él, por cualquier medio que sea. El niño que nace en un hogar cristiano, y aun en uno en el que sólo uno de los esposos es cristiano, nace en la familia de Cristo. En la compañía de un creyente con uno que no lo es, lo que más debemos tener en cuenta no es que el cristiano entra en contacto con el mundo del pecado, sino que el no creyente llega a estar en contacto con el reino de la gracia de alguna manera.

(ii) Y Pablo tiene también la idea igualmente encantadora de que la asociación del matrimonio puede ser el medio para que el cónyuge no creyente reciba la salvación. Para Pablo, la evangelización empezaba en casa. Había que mirar al cónyuge no creyente, no como un foco de infección que había que evitar con repulsión, sino como otro hijo u otra hija que había que ganar para Dios. Pablo sabía que es maravillosamente cierto que muchas veces se llega al amor de Dios por el camino del amor humano.
Sirviendo a Dios donde él nos ha colocado

Lo único que hace falta es que cada uno se comporte como Dios le ha asignado en aquello a lo que le ha llamado. Así es como yo ordeno las cosas en todas las iglesias. ¿Fue llamado alguno que ya estaba circuncidado? Pues que no se descircuncide. ¿Fue llamado alguno que no estaba circuncidado? Pues que no se circuncide. Lo que importa no es el estar circuncidado, ni tampoco el no estarlo, sino el vivir como Dios manda siempre y en todo. Que cada uno se quede en la condición en que se encontraba cuando Dios le llamó. ¿Dios te llamó cuando eras esclavo? No te angusties por ello -aunque, por supuesto: si se te presenta la oportunidad de quedar libre, no la desperdicies. Porque el que fue llamado en el Señor cuando era esclavo, es un liberto del Señor; y lo mismo el que fue llamado siendo libre, es un esclavo de Cristo. Habéis sido comprados por un precio: ¡No os hagáis esclavos de nadie! Hermanos: Que cada cual siga siendo para Dios lo que era cuando fue llamado.

Pablo establece una de las primeras reglas del Cristianismo: « Sé un cristiano dondequiera que estés.» Debe de haber sucedido ya entonces que, cuando una persona se hacía cristiana, le habría gustado romper con su trabajo y con el círculo en el que se movía, y empezar una nueva vida. Pero Pablo insistía en que la función del Cristianismo no era darle a una persona una vida nueva, sino en hacer nueva su vieja vida. Que el judío siguiera siendo judío, y el gentil gentil; la raza y sus marcas no imponían diferencias esenciales. Lo realmente diferente era la clase de vida que vivía. Los filósofos cínicos habían insistido en que un hombre verdad no puede ser esclavo por naturaleza, aunque lo sea por condición social. Un hombre falso no puede ser libre, sino que es siempre un esclavo. Pablo les recuerda que, esclavo o libre, un cristiano es esclavo de Cristo, Que le ha comprado al precio de Su sangre.

Aquí hay todo un cuadro en la mente de Pablo. En el mundo antiguo le era posible a veces a un esclavo comprar su libertad con gran esfuerzo. Ep el poco tiempo libre de que disponía, se encargaba de otras tareas y ganaba unas pocas monedas. Su amo tenía derecho hasta a reclamar una comisión de esas pobres ganancias; pero el esclavo iba depositando cada monedita que ganara en el templo de algún dios. Cuando, al cabo de los años, había reunido el precio total de su liberación en el templo, llevaba allí a su amo, el sacerdote le entregaba el dinero y entonces, simbólicamente, el esclavo pasaba a ser propiedad de aquel dios y, por tanto, libre de servir a ningún hombre. Eso era lo que Pablo tenía aquí en mente: El cristiano ha sido comprado por Cristo; y, por tanto, cualquiera que fuere su condición social, es libre de todos los hombres porque es propiedad de Cristo.

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