Hubo un tiempo en que Colosas era tan grande como las otras dos. A sus espaldas se levantaba la cordillera de Cadmo, y Colosas controlaba las carreteras que pasaban por sus puertos. Tanto Jerjes como Ciro se habían detenido allí con sus ejércitos invasores, y Heródoto le había dado el calificativo de cuna gran ciudad de Frigia.» Pero, por alguna razón, la gloria se ausentó de ella. La grandeza de esa ausencia se puede ver por el hecho de que Laodicea y Hierápolis se pueden descubrir hasta nuestros días por las ruinas que quedan de algunos grandes edificios; pero no hay ni una piedra que recuerde dónde estaba Colosas, y su emplazamiento sigue siendo cuestión de conjeturas. Hasta cuando Pablo escribió esta carta Colosas era un pueblo pequeño; y dice Lightfoot que era el pueblo menos importante adonde Pablo envió una carta. El hecho indudable es que fue en esté pueblo de Colosas donde surgió una herejía que, si se- le hubiera permitido desarrollarse libremente, podría haber llegado a arruinar la fe cristiana.
Los judíos de Frigia
Hay que añadirle otro detalle a esta descripción para completarla. Estas tres ciudades estaban en una zona en la que había muchos judíos. Mucho tiempo atrás, Antíoco el Grande había transportado dos mil familias judías desde Babilonia y Mesopotamia a las regiones de Frigia y Lidia. Esos judíos habían prosperado y, como sucede siempre en esos casos, muchos otros compatriotas suyos habían ido a aquella zona a participar de su prosperidad. Y fueron tantos, que los judíos más estrictos se lamentaban de que tantos judíos abandonaran los rigores de su tierra ancestral para irse a gozar de « los vinos y los baños de Frigia.»
El número de judíos que residían allí se puede deducir del siguiente incidente histórico. Laodicea, como ya hemos visto, era el centro administrativo del distrito. El año 62 a.C., el gobernador romano residente allí era un tal Flaco. Trató de encontrar la manera de que los judíos dejaran de mandar dinero fuera de la provincia para pagar el tributo del Templo. Puso un embargo a la fuga de capital; y sólo en su parte de la provincia retuvo como contrabando no menos de veinte libras de oro que salían con destino al Templo de Jerusalén. Esa cantidad de oro equivaldría al tributo del Templo de no menos de 11,000 personas. Como las mujeres y los niños estaban exentos, y como muchos judíos conseguirían esquivar la vigilancia, podemos suponer que la población judía se elevaría muy cerca de los 50,000.
La Iglesia de Colosas
La iglesia cristiana de Colosas no la había fundado Pablo, ni tampoco visitado. Él incluye a los colosenses y laodicenses entre los que no le han visto nunca personalmente (2:1). Pero no cabe duda de que su fundación había sido dirigida por él.
Durante los tres años que pasó en Éfeso fue evangelizada toda la provincia de Asia, de manera que todos sus habitantes, tanto judíos como griegos, escucharon la palabra del Señor (Hechos 19:10). Colosas estaba a unos ciento cincuenta kilómetros de Éfeso, y sin duda fue en esa campaña de expansión cuando se fundó la iglesia de Colosas. No sabemos quién fue su fundador; pero bien puede haber sido Epafras, al que se describe como consiervo amado de Pablo y fiel ministro del Señor en aquella iglesia, y al que más adelante se relaciona también con Hierápolis y Laodicea (1:7; 4:12s). Si Epafras no fue el fundador de la iglesia cristiana de allí, fue sin duda el ministro a cargo de aquella zona.
Una Iglesia gentil
Está claro que la iglesia de Colosas era gentil en su mayoría. La frase extraños y hostiles de mente (1:21) es la que Pablo usaba corrientemente para referirse a los que habían estado fuera del pacto de la promesa. En 1:27 habla de dar a conocer el misterio de Cristo entre los gentiles, refiriéndose claramente a los mismos colosenses. En 3:5-7 da una lista de sus pecados antes de hacerse cristianos, que son característicamente pecados paganos. Podemos concluir con seguridad que la membresía de la iglesia colosense estaba formada en su mayoría por gentiles.
