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Introducción a la carta a los hebreos: Dios se realiza de muchas maneras

El trasfondo hebreo

El autor de Hebreos tenía también un trasfondo hebreo. Para los judíos siempre era peligroso acercarse demasiado a Dios. «El hombre no puede verme y seguir vivo» -le dijo Dios a Moisés (Éxodo 33:20). La alucinada exclamación de Jacob en Peniel fue: « ¡He visto a Dios cara a cara, y no he perdido la vida!» (Génesis 32:30). Cuando Manoa se dio cuenta de Quién había sido el Que le había visitado, le dijo a su mujer, aterrado: «Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto» (Jueces 13:22, R-V). El día más solemne del año litúrgico judío era el Día de la Expiación. Era el único día del año que el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, en el que se creía que moraba la misma presencia de Dios. Nadie entraba allí excepto el sumo sacerdote, y sólo ese día, Cuando lo hacía, la Ley establecía que no debía permanecer en el Lugar Santísimo más de lo imprescindible, «para que no se aterrara Israel.» Era peligroso entrar a la presencia de Dios, y si uno se quedaba allí más de la cuenta podía caer fulminado.

En vista de esto entró en el pensamiento judío la idea del pacto. Dios, en Su Gracia y de una manera totalmente inmerecida por el hombre, se acercó a la nación de Israel y le ofreció una relación especial con Él. Pero este acceso exclusivo a Dios estaba condicionado a la observancia de la Ley que Dios había dado al pueblo. Podemos ver cuándo entró Israel en esta relación y aceptó la Ley en la dramática escena de Éxodo 24:3-8.

Así es que Israel tenía acceso a Dios, pero sólo si cumplía la Ley. El quebrantarla era pecado, y el pecado levantaba una barrera que impedía el acceso a Dios. Fue para quitar esa barrera para lo que se estableció el sistema del sacerdocio levítico y de los sacrificios. Dios dio la Ley; el hombre pecaba; se levantaba la barrera, y se hacía el sacrificio para abrir otra vez el camino a Dios que había cerrado el pecado. Pero la experiencia de la vida era que eso era precisamente lo que el sacrificio no podía hacer.

Esa era la prueba de la ineficacia del sistema: que no se acababa nunca de ofrecer sacrificios. Era una batalla perdida e ineficaz para suprimir la barrera que había levantado el pecado entre Dios y el hombre.

El perfecto sacerdote y el perfecto sacrificio

Lo que la humanidad necesitaba era un sacerdote perfecto y un sacrificio perfecto, alguien que fuera capaz de ofrecerle a Dios un sacrificio que abriera el camino de acceso á Él de una vez para siempre. Eso, decía el autor de Hebreos, es exactamente lo que Cristo ha hecho. Él es el Sacerdote perfecto porque es al mismo tiempo perfectamente humano y perfectamente divino.

En Su humanidad lleva al hombre a Dios, y en Su divinidad trae a Dios al hombre. No tiene pecado. El Sacrificio perfecto que presenta a Dios es el Sacrificio de Sí mismo, un Sacrificio tan perfecto que no necesita repetirse nunca. A los judíos les decía el autor de Hebreos: « Os habéis pasado la vida buscando al Sacerdote perfecto que puede ofrecer el Sacrificio perfecto y daros acceso a Dios. Le tenéis en Jesucristo, y sólo en Él.»

A los griegos, el autor de Hebreos les decía: «Estáis buscando el camino que os lleve de las sombras a la realidad; lo encontraréis en Jesucristo.» Y a los judíos les decía: «Estáis buscando el Sacrificio perfecto que abra el camino a Dios que han cerrado vuestros pecados; lo encontraréis en Jesucristo.» Jesús es` el único que da acceso a la realidad y a Dios. Ese es el pensamiento clave de toda esta carta.

El enigma del nuevo testamento

Hasta aquí lo que está claro; pero cuando pasamos a otras cuestiones de la introducción de Hebreos todo parece estar envuelto en misterio. E. F. Scott escribió: «La Epístola a los Hebreos es en muchos sentidos el enigma del Nuevo Testamento. » Cuándo se escribió, a quién y por quién son preguntas a las que sólo podemos contestar tentativamente. La misma historia de esta carta muestra que este misterio se ha tratado siempre con una cierta reserva y suspicacia. Pasó bastante tiempo hasta que Hebreos llegó a ser uno de los libros incuestionables del Nuevo Testamento. La primera lista de éstos, el Canon de Muratori, compilado hacia el 180 d.C., ni siquiera lo menciona. Los grandes eruditos alejandrinos Clemente y Orígenes, conocían y amaban Hebreos, pero estaban de acuerdo en que se discutía su inclusión en las Sagradas Escrituras. De los grandes padres africanos, Cipriano nunca lo menciona, y Tertuliano sabía que se discutía su aceptación. Eusebio, el gran historiador de la Iglesia, dice que estaba entre los libros discutibles. Hasta el tiempo de Atanasio, a mediados del siglo IV, no se aceptó Hebreos como libro del Nuevo Testamento, y aun Lutero no estaba muy seguro acerca de él. Es extraño que este gran libro tuviera que esperar tanto tiempo para ser reconocido y aceptado.

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