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Isaías 10: Injusticia

A continuación, el profeta pasa a describir al ejército asirio como un gran bosque que en lugar de árboles está constituido por hombres robustos. Y el juicio divino contra Asiria será prenderle fuego a este su bosque: … debajo de su gloria encenderá una hoguera como fuego abrasador, el cual consumirá desde el alma hasta la carne… y vendrá a ser como cuando desfallece un enfermo. Los árboles que queden en su bosque serán tan pocos que hasta un niño los podrá contar. Lo sorprendente es que esto ocurriría justo cuando los ejércitos de Asiria estarían a las puertas de la capital de Judá, a corta distancia de la colina de Jerusalén.

No sería especular demasiado si, a partir de esta profecía dicha con tanta anticipación a los acontecimientos narrados en 37:36, 37, pensamos con más detenimiento en aquel extraño suceso que los comentaristas llaman en términos generales “epidemia”. ¿Sería una poderosa fiebre, como el fuego abrasador? Se ha conjeturado algo como fiebre tifoidea.

Detrás de estos acontecimientos el profeta ve con esperanza que un remanente de Israel escarmentará y nunca más volverá a apoyarse en el poder de ninguna potencia mundial, como Asiria en esta ocasión, sino que verdaderamente se apoyarán en Jehová, el Santo de Israel. Como si Israel, a pesar de su insignificancia territorial y numérica en medio de las naciones del mundo, hubiera sido plantado en el centro del planeta para probar que si son fieles a su Dios, sobrevivirán a todos los cataclismos de la historia universal.

El profeta no disimula su gran alegría cuando exclama en el versículo 21: ¡Un remanente volverá; un remanente de Jacob volverá al Dios fuerte! Jehová es Dios fuerte; el desenlace de la confrontación de Jehová con Senaquerib lo dejó demostrado. Jamás podría caber en la concepción profética una confrontación con Asur, el dios de los asirios, o con otro dios de otra nación, porque los dioses no son nada.

Ningún profeta como Isaías ha transmitido con tanto sentimiento el amor de Jehová por su pueblo, zarandeado siempre entre las potencias mundiales: “Pueblo mío, habitante de Sion, no temas a Asiria… Porque de aquí a muy poco tiempo se acabará mi ira, y mi furor será para su destrucción.

Algunos investigadores dicen que el versículo 34 no es el final de esta profecía, y que continúa en 14:24-27.

Sobre el Mesías Isaías haciendo uso de una figura, habla del Mesías como tronco o vástago de raíces. La figura que usa el profeta tiene que ver con una familia, la familia de Isaí. ¿Quién fue Isaí? Fue nieto de Booz y Rut la moabita, padre del rey David y nativo de la ciudad de Belén. Isaí tuvo ocho hijos, siendo David el último. La actividad de Isaí era la posesión de ganado, principalmente rebaños que David cuidaba juntamente con sus demás hermanos. Isaí no fue un hombre de gran renombre, Isaías menciona que el Mesías es una «vara del tronco de Isaí» y también dice que es «la raíz de Isaí».

Algunas versiones católicas, por ejemplo la versión de Nácar y Colunga, mencionan a Isaí, con el nombre de Jesé.

Imperio asirio En el siglo XI Asiria se transforma en una potencia y en su vertiginosa carrera arruinó al imperio hitita, alcanzando en su punto más alto en los siglos VIII y VII, bajo los reyes Senaquerib y Asurbanipal.

El ejército asirio era el más poderoso y organizado de ese tiempo en Oriente. Además era el mejor ejercitado en el arte de la guerra y el que trataba con mayor crueldad a los vencidos. En sus continuas conquistas, sometieron a Babilonia, Caldea y se apoderaron de Fenicia, de Palestina y hasta de Egipto, conservando a éste por corto tiempo. En cada conquista que hacían se limitaban a exigir fuertes tributos, por esa razón tuvieron que soportar muchas rebeliones.

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