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Isaías 10: Injusticia

Profecía del fracaso de Asiria a las puertas de Jerusalén

En esta sección tenemos un ejemplo de las profecías de Isaías, con anticipación al avance de las tropas de Senaquerib hacia Jerusalén. Bien podría esta profecía pertenecer a los primeros años del reinado de Ezequías, pero podría también haber sido pronunciada por primera vez en los días de Acaz, poco después de la ruina de Samaria.

Para quienes a cada instante están viendo en las profecías de la Biblia historia narrada en estilo profético, es decir, falsificación, tenemos en esta sección la gran oportunidad de evaluar al profeta y al alcance de su visión, con toda honestidad. En los versículos 28 al 32 el profeta presenta el avance de las tropas asirias hacia Jerusalén por la vía del norte: Ayat (o Hai), Migrón, Micmas, Geba, Ramá, Gabaa, Galim, Lais, Anatot, Madmena, Gebim, y finalmente Nob, casi a las puertas de Jerusalén, y desde donde agita su mano contra la colina de Jerusalén, dando la señal de combatirla hasta tomarla.

Note el orden de los nombres de estos lugares por la vía del norte: Ayat (o Hai), Migrón, Micmas, Geba, Ramá, Gabaa, Galim, Lais, Anatot, Madmena, Gebim, y finalmente Nob, casi a las puertas de Jerusalén, y desde donde agita su mano contra la colina de Jerusalén, dando la señal de combatirla hasta tomarla.

El orden de los nombres de estos lugares, la mayoría de los cuales pueden ser ubicados en el mapa, muestra el avance de norte a sur, a través de los pasos en la región central del territorio de Benjamín. Pero no ocurrió así, porque Senaquerib movilizó sus tropas desde Laquis, por el lado sur occidental.

Sin embargo, los asirios avanzaron contra Judá, como el profeta siempre dijo que ocurriría, y también capturaron la mayoría de sus ciudades fortificadas hacia el occidente de Jerusalén. Y también llegaron a las puertas de Jerusalén; pero entonces ocurrió algo milagroso, y hay que reconocer en ello la directa intervención divina contra el campamento asirio.

Aunque no sea necesariamente objeto de profecía, también el concepto que el rey de Asiria tenía de sí mismo, de su imperio, de su dios y de sus conquistas concuerda en esta profecía con las palabras que dijo Rabsaces en nombre de Senaquerib.

Pero a partir de este trasfondo enmarañado de las concepciones politeístas de aquellos pueblos y de aquellos hombres, y de la mayor parte de Israel y de Judá, el profeta nos confronta con una revolucionaria concepción de la historia universal. El imperio asirio sólo constituye la vara de la ira de Dios, para lograr su propósito justiciero. Dios lo envía contra una nación impía, un pueblo que es objeto de mi indignación. Pero esa nación, ese pueblo, no es otra cosa que su propio pueblo, y Jehová es su Dios. ¡Ningún otro dios de ningún otro pueblo hizo algo semejante contra su pueblo, a fin de corregirlo y capacitarlo para llevar a cabo sus más altos objetivos en la historia!

El versículo 12 dice: Pero acontecerá que después que el Señor haya acabado su obra en el monte Sion y en Jerusalén, castigará también el fruto del corazón soberbio del rey de Asiria y la gloria de sus ojos altivos. Los versículos 13 y 14 describen claramente los conceptos sobre cuya base los reyes de Asiria elaboraron su política de conquista y todo su aparato imperial. En medio de todos ellos destaca el factor de una jactancia, de una arrogancia extrema, a la cual ridiculiza el profeta diciendo: ¿Se jactará el hacha contra el que corta con ella?

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