Isaías 51:21 Por tanto, oye ahora esto, afligida, que estás ebria, mas no de vino:
Isaías 51:22 Así dice tu Señor, el Señor tu Dios, que contiende por su pueblo: He aquí, he quitado de tu mano la copa del vértigo, el cáliz de mi furor, nunca más lo beberás.
Isaías 51:23 Lo pondré en las manos de los que te atormentan, que te han dicho: «Póstrate para que pasemos.» Y tú pusiste tu espalda como suelo, como calle para los que pasaban.
Jerusalén era la ciudad santa de Dios, la ciudad donde estaba el templo. Pero el pueblo de Judá experimentó desolación en vez de prosperidad, destrucción en vez de libertad. El pueblo sufrió debido a su pecado. Pero Dios prometió restaurar a Jerusalén como una nación santa donde no entrarán los pecadores. «Desnudó su santo brazo» significa que Dios reveló su santo poder y justicia. Dios reina. El tiene el control.
Jehová traerá justicia y eterna salvación
En el capítulo 51 continúa la exhortación del capítulo 50. De sus formulaciones resalta el estado caótico, tanto material como espiritual que experimentaban los judíos en Jerusalén y en Judá. Aparte de una escasa y magra población judía, había una triste situación de injusticia y explotación.
El profeta apela a los fieles, los que conocen y siguen la justicia, pero que se ven confrontados y agobiados por la injusticia y el abuso que se describe en Nehemias 5:4-5. El profeta repite una vez tras otra la promesa de Jehová: “Mi justicia está muy cercana; la salvación ya se ha iniciado“. Al mismo tiempo se refiere a las preguntas que agobian a los fieles, como exponemos a continuación.
En lo que concierne al problema del repoblamiento de Jerusalén y de Judá les exhorta a considerar el testimonio de fe de Abraham y de Sara. A Abraham llama la roca de donde fuisteis cortados, y a Sara llama la cantera de donde fuisteis extraídos. Ellos lograron alcanzar la bendición de Jehová de manera milagrosa y fueron multiplicados. ¿Acaso los hijos no podrán obtener de parte de Dios lo mismo que sus padres? ¿O es que el poder de Dios ya se ha agotado? A continuación pasa rápidamente de la analogía del hogar vacío de Abraham y Sara al territorio desierto de Judá y anuncia: Convertirá su desierto en Edén y su región árida en huerto de Jehová. Alegría y gozo habrá en ella, acciones de gracias y sonido de cánticos.
En cuanto al estado de injusticia y de vejación, Jehová se dirige con amor y ternura al pueblo de Judá, llamándolo pueblo mío y nación mía. Les anuncia la pronta disolución y desvanecimiento de la era de injusticia, mientras la justicia y la salvación divina se abren paso y se consolidan para siempre, y trascienden las fronteras de la pequeña Judá para alcanzar a todos los pueblos de la tierra.
Sin embargo, ante la situación que impera, el profeta siente desesperación al responder a las preguntas del pueblo sólo con promesas, por sublimes que sean. Entonces prorrumpe en una intensa oración y plegaria a Jehová para pedirle que actúe ya de una vez por todas, como en los días gloriosos del éxodo, cuando arruinó a Egipto y después convirtió las profundidades del mar Rojo en camino para que pasaran los redimidos. El imperio egipcio es aquí simbolizado por Rahab y el monstruo marino. Su oración expresa un anhelo intenso porque vuelvan de Babilonia los que aún no habían optado por volver a Sion a fin de incrementar su población y reconstruirla. El profeta es consciente de que éstos no podrán moverse de allá a no ser que el brazo de Jehová actúe con su poder para producir un nuevo éxodo.
