Toda su familia tenía que ser apedreada junto con él, para que no quedara ninguna huella del pecado en Israel. En nuestra cultura individualista, nos cuesta trabajo entender tal decreto, pero en las culturas antiguas era un castigo usual. El castigo encajaba con el delito: Acán desobedeció el mandato de Dios de destruirlo todo en Jericó, por lo tanto todo lo que le pertenecía a Acán sería destruido. El pecado tiene consecuencias drásticas, así que debemos tomar medidas drásticas para evitarlo.
Según lo que había mandado Dios, echáronse suertes para descubrir al culpable empleando el sistema de eliminación, empezando por las tribus y terminando por los individuos. Con el efod en la mano, un sacerdote interpretaba las respuestas dadas por las dos suertes sagradas, el urim y el tummim, dos piedras preciosas que, convencionalmente, significaban sí o no. Acán resultó ser el culpable. Reconoció su falta y confesó haber sustraído un hermoso manto de Senaar, es decir, de Babilonia, y una cantidad de plata y oro en lingotes, cuya estimación en medidas actuales era de tres kilos y 800 gramos respectivamente. El texto masorético actual extiende el castigo a los familiares y a la hacienda del sacrílego, pero el texto griego reduce la lapidación al culpable. Como en otras partes del libro de Josué, se ha amplificado el texto primitivo de este pasaje con glosas redaccionales con el fin de acentuar las penas en que incurren los transgresores de la alianza. Como glosa debe también considerarse la noticia de que Acán fuera quemado en el fuego.
Campaña contra Hai
La toma de la tierra prometida no fue un proceso lineal y sin obstáculos. Como ya se ha mencionado, es posible que no todo se haya logrado tan fácilmente como puede suponer una primera lectura del libro de Josué. Sin embargo, en este mismo libro ya se demuestra que la posesión de Canaán fue un proceso que tuvo que lidiar con las dificultades propias que el manejo de grupo humano supone.
Esta es la experiencia que tuvo Josué con Acán y toda su familia, experiencia por cierto muy dolorosa pero necesaria hasta cierto punto, debido a los resultados que esta tuvo para la vida y formación del pueblo.
Varios comentaristas sobre este pasaje consideran necesaria la aclaración arqueológica sobre la destrucción de Hai. Por eso vale la pena mencionar al menos el porqué se relaciona la destrucción de Hai con la mención de Betel.
Hugh J. Blair, en el Nuevo Comentario Bíblico, expone cuatro tesis principales que explican las discrepancias entre el relato bíblico y los hallazgos arqueológicos, específicamente porque parece que Hai ya estaba destruida antes de que llegara Josué. Su opinión es que tal vez resulte mejor cuestionar la evidencia arqueológica porque se puede estar cometiendo un error al identificar a Hai con Betel, que sí parece haber sido destruida en el tiempo de la llegada de los hebreos. Dice: “…es de esperar que aparezcan nuevas evidencias de la ciudad de Hai de los días de Josué”. Esta solución tal vez no es del todo satisfactoria pero sirve para enfatizar que el aprecio por el texto bíblico no puede basarse en una ciencia que trabaja muy lentamente y que además, después de cada hallazgo, parecen surgir más preguntas que las que se logran resolver. Por esa razón y sin ignorar sus aportes, en este caso hay que volver al texto para encontrar allí el sentido y la razón de su existencia. No conviene dejar el asunto con la pregunta del porqué Dios inspiró al autor para hablar de la toma de una ciudad que aparentemente ya estaba destruida.
Otro de los aspectos que algunos comentaristas destacan al estudiar este pasaje es la mención del suceso de Acán en relación con el fracaso del primer intento contra Hai. Esto se debe a que la descripción de la posesión de la tierra prometida, se refiere exclusivamente al territorio de la tribu de Benjamín, mientras que el relato de Acán y la mención de Acor corresponden a una tradición de la tribu de Judá que quizá esté relacionada con otra batalla ya que no hay cercanía entre Hai, lugar de la batalla, y Acor, lugar del castigo de Acán.
