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Lucas 1: La introducción de un historiador

«Le dará el Señor Dios el trono de David su padre,» dice Gabriel, «y reinará en la casa de Jacob eternamente. El cumplimiento literal de esta parte de la promesa está aun por verificarse. Falta aun que Israel se reúna. Los Judíos aun han de recibir posesión de su patria, y después contemplar como a su Rey y su Dios a Aquel a quien una vez traspasaron. Aunque el cumplimiento de esta profecía tarde, esperémoslo confiadamente, pues «sin duda vendrá y no tardará.» Heb. 2.3.

Por último, Gabriel dice que el reinado de Jesús no tendrá fin. Ante su glorioso reinado los imperios de este mundo caerán y desaparecerán. Como Nínive, Babilonia, Egipto, Tiro y Cartago, algún día serán destruidos, y los santos del Altísimo tomarán posesión del reino. Delante de Jesús se doblará un día toda rodilla, y todos los labios confesarán que él es el Señor. Su reino solamente será eterno, y Su dominio no terminará. Dan. 7 2Sa_14:27.

Todo fiel cristiano debiera meditar con frecuencia en esta gloriosa y consoladora promesa. El no tiene porque avergonzarse de su Señor: pobre y despreciado puede estar muchas veces por amor al Evangelio, pero puede vivir seguro de que se ha afiliado en el bando que al fin obtendrá la victoria. Los reinos de este mundo aun llegarán a ser reinos de Cristo; porque «aun un poquito de tiempo y el que ha de venir vendrá, y no tardará.» Heb. 10.37. Esperemos con paciencia la llegada de este bendito día, y velemos y oremos. Ahora es el tiempo de llevar la cruz, y de acompañar a Cristo en sus sufrimientos. Ya se acerca el día en que Cristo ha de tomar posesión de su reino, y entonces todos los que le han servido fielmente cambiarán la cruz por la corona.

Lucas 1:34-38

Notemos en estos versículos la manera reverente y discreta en que el ángel Gabriel habla del gran misterio de la encarnación. En la réplica a la interrogación de la Virgen, « ¿Cómo será esto?» él emplea estas palabras notables: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te hará sombra..

Bueno será que sigamos el ejemplo del ángel siempre que meditemos sobre este hecho profundo. Considerémoslo siempre con reverencia religiosa, y abstengámonos de esas investigaciones impropias é inútiles, a que desgraciadamente muchos se han entregado. Nos basta saber que «la Palabra fue hecha carne,» y que cuando el Hijo de Dios vino al mundo, un «cuerpo real estaba preparado para él,» de suerte que El «participó de nuestra carne y sangre,» y fue «hecho de mujer.» Juan 1.14 ; Heb. 10.5 ; Gal4.4. En este punto es preciso detenernos. La manera como todo esto se efectuó se nos ha ocultado sabiamente. Si intentamos investigar más allá de este límite, « oscureceremos el «consejo con palabras sin sabiduría,» y nos precipitaremos en donde los ángeles temen poner las plantas. En una religión que realmente ha descendido del cielo, preciso es que haya misterios. Uno de los misterios del Cristianismo es la encarnación.

Notemos, en segundo lugar, la preeminencia dada al Espíritu Santo en el gran misterio de la encarnación. Vemos que está escrito, «El Espíritu Santo vendrá sobre ti..

Un lector versado en la Biblia no dejará de recordar, probablemente, que el honor que en este pasaje se tributa al Espíritu está en perfecta armonía con lo que sobre el mismo asunto enseña la Escritura en otros lugares. En la grande obra dé la redención del hombre se hace a cada paso mención especial de la obra del Espíritu Santo. ¿Murió Jesús para hacer expiación por nuestros pecados? Escrito está, que «por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios.» Heb. 9.14. ¿Resucitó para nuestra justificación? Escrito está, que «fue vivificado por el Espíritu.» 1 Pedro 3.18. ¿Dispensa consuelo a Sus discípulos durante el tiempo que está transcurriendo entre su primera y segunda venida? Escrito está que el Consolador que él prometió enviar es «el Espíritu de verdad.» Juan 14.17.

Tengamos cuidado de dar al Espíritu Santo, en nuestra religión como individuos, el mismo lugar que vemos ocupa en la palabra de Dios. Acordémonos que todo lo que los creyentes poseen, todo lo que son, y todo lo que disfrutan bajo el influjo del Evangelio, lo deben a la luz interna que emana del Espíritu Santo.

La operación de cada una de las tres Personas de la Trinidad en toda alma que se salva es absoluta é igualmente necesaria. La elección de Dios el Padre, la sangre de Dios el Hijo, y la santificación de Dios el Espíritu Santo, jamás deben estar separadas en la religión cristiana.

Notemos, en tercer lugar, el gran principio que sienta el ángel Gabriel para imponer silencio a toda objeción que se refiera a la encarnación: «Ninguna cosa es imposible para Dios..

La admisión sincera de esta gran verdad es de inmensa importancia en lo que respecta a nuestra paz interior. Cuestiones y dudas tienen por fuerza que surgir en la mente del hombre sobra muchos puntos de nuestra religión. Son resultado natural del estado decaído del alma. Nuestra fe, por buena que sea es muy débil. Nuestros conocimientos por profundos que nos parezcan son deficientes. Y pocos remedios hay mas eficaces para la mente que duda, está inquieta y cavila, que el ya mencionado–una convicción completa de la omnipotencia de Dios. Para Aquel que día ser al mundo y lo formó de la nada, todo es posible.

Nada es demasiado difícil para el Señor. Todo pecado por negro que sea será perdonado. La sangre de Cristo limpia de todo pecado. No hay corazón por duro y perverso que sea que no pueda sentir arrepentimiento. El corazón de piedra puede tornarse en corazón de carne Para el creyente no hay obra tan difícil que no pueda ejecutarla. Todo lo podemos si estamos fortalecidos por Cristo. No hay tribulación que no podamos sobrellevar. La gracia de Dios nos basta. No hay promesa demasiado grande que deje de cumplirse. Las palabras de Cristo «jamás pasarán,» todo lo que ha prometido puede cumplirlo. No hay dificultad, por grande que sea, que el creyente no pueda vencer. «Cuando Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» «Los montes se abajarán.» Máximas son estas que debemos siempre traer a la memoria. El remedio que ofrece el ángel es inapreciable. No se encuentra nunca la fe mas tranquila y serena sino cuando descansa en la convicción de la omnipotencia divina.

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