La fe será allí reconocida en la compañía de Dios el Padre, y de los santos ángeles. Cuando aparezca el trono blanco y se abran los libros, cuando los muertos sean llamados del sepulcro a oír su sentencia final, el valor de la fe será al fin plenamente conocido. Los hombres aprenderán entonces, si antes no lo hubieren aprendido, cuan verdaderas son las palabras, « Felices los que creyeron..
Lucas 1:46-56
Estos versículos contienen el famoso himno de alabanza que la Virgen María pronunció animada de la esperanza de llegar a ser «la madre de nuestro Señor.» Después de la Oración Dominical, tal vez, pocos pasajes de la Escritura son mejor conocidos que este.
Observemos, en primer lugar, el conocimiento completo de la Escritura que se deja ver en este himno. Al leerle nos vienen a la memoria expresiones del libro de los Salmos, y nos acordamos sobre todo del cántico de Ana, en el libro de Samuel. 1 Sam. 2.2, etc. Es evidente que la Virgen tenía en la memoria muchos pasajes de la Escritura. Sin duda había aprendido mucho de lo que contiene el Antiguo Testamento, ya porque lo había oído leer, o porque lo había leído ella misma. Y así fue, que cuando por la exuberancia de su corazón abrió la boca, dio expresión a sus sentimientos en lenguaje bíblico. Movida del Espíritu Santo, prorrumpió en alabanzas, y escogió el lenguaje que el Espirito Santo había ya usado y consagrado.
Cada año de nuestra vida hagamos todo lo que esté de nuestra parte por instruirnos más y más en las Escrituras. Estudiémoslas, escudriñémoslas, profundicémoslas, meditemos en su contenido, que moren en nosotros en su riqueza. Empeñémonos en adquirir conocimiento de aquellas partes de la Biblia que, como el libro de los Salmos, se refieren a la vida y costumbres de los santos y los tiempos antiguos. Las hallaremos muy útiles al acercarnos Dios en la oración, pues ella nos suministrará el lenguaje mas adecuado tanto para expresar nuestras necesidades como para dar gracias. Sin duda que tal conocimiento de la Biblia nunca puede hacerse sin un estudio diario constante. Mas el tiempo que se dedique a este estudio nunca será mal empleado. Con el tiempo dará frutos.
Observemos, en segundo lugar, en este himno de alabanza, la profunda humildad de la Virgen María. Elegida por Dios para el alto honor de ser madre del Mesías, habla de su propia «bajeza,» y reconoce la necesidad de un «Salvador.» No deja escapar una sola palabra que indique que se considerase como sin pecado, o «inmaculada.» Por el contrario, usa el lenguaje de aquellos a quienes la gracia de Dios ha hecho sentir sus propios pecados; y fue lejos de tener poder para salvar a otros, sus almas necesitan Un Salvador. Podemos sin riesgo asegurar, que nadie se apresuraría de mejor grado que la misma Virgen María, a reprobar el honor que la iglesia de Roma le tributa.
Imitemos esta santa humildad de la madre de nuestro Señor, Aunque tengamos que rehusar perentoriamente hacerle súplicas, o mirarla como mediadora.
Como ella, seamos humildes a nuestros propios ojos, y huyamos de la vanagloria. La humildad es la virtud más excelente que puede adornar el carácter del cristiano. El dicho de un. Teólogo de otros tiempos que «uno tiene exactamente tanta religión cuanta es su humildad» es muy cierto. Es de todas las virtudes la que mas enaltece la naturaleza humana, y sobre todo está al alcance de todos los convertidos. No todos son ricos, no todos son doctos; no todos han sido dotados por Dios de talentos sobresalientes; no todos son predicadores; mas todos los hijos de Dios pueden estar revestidos de humildad.
Observemos, en tercer lugar, la viva gratitud de la Virgen María. Sobresale especialmente al principio del himno. Su «alma engrandece al Señor Su «espíritu se ha alegrado en Dios.» «Todas las generaciones la llamarán bienaventurada.» «Grandes cosas ha hecho con ella.» Difícil es comprender todos los sentimientos que naturalmente debieron animar a una santa de Judá, al verse en la posición de María; mas debemos tratar de traer a la memoria la expresión de ellos cuando leamos sus palabras de alabanza.
También haremos bien en este asunto en seguir las huellas de María, acostumbrándonos a ser agradecidos. Este ha sido en todos tiempos el distintivo de los hijos más notables de Dios. David en el Antiguo Testamento, y S. Pablo en el Nuevo, se distinguieron por su gratitud. Rara vez leemos sus obras sin hallarlas llenas de gracias y alabanzas dirigidas a Dios. Levantémonos todas las mañanas con la convicción profunda de que somos deudores, y de que cada día recibimos mas mercedes de las que merecemos. Dirijamos los ojos cada semana en torno nuestro, y veamos si no tenemos demasiado porque estar agradecidos a Dios. Si nuestros corazones son puros, nunca tendremos dificultad en erigir un Ebenezer. Bueno seria que nuestras oraciones y súplicas estuviesen siempre acompañadas de acciones de gracias. 1 Sam. 7.12 ; Filip. 4.6.
Observemos, en cuarto lugar, el conocimiento experimental que la Virgen María poseía del modo como Dios había obrado con su pueblo. Se refirió a Dios como a Aquel cuya « misericordia es sobre los que le temen,» como Uno que « esparce a los soberbios, que quita a los poderosos de sus tronos, y envía a los ricos vacíos,» como a Aquel que «levanta a los humildes,» é hinche de bienes a los hambrientos. Indudablemente dijo esto recordando la historia del Antiguo Testamento; recordando cómo el Dios de Israel abatió a Faraón, a los Cananeos, a los Filisteos, a Senaquerib, Haman y Baltasar; cómo elevó a José, Moisés, Samuel, David, Ester y Daniel, y jamás permitió que sus escogidos fuesen completamente destruidos. Y en todo lo que hizo Dios con ella misma–en conferir tal honor a una pobre mujer de Nazaret–en nacer que naciera el Mesías en terreno tan estéril como era en esa época el pueblo Judío ella descubría la mano de Dios obrando de acuerdo con la alianza había hecho con Israel. El cristiano verdadero debe dedicarse al estudio de la historia de la Biblia, examinando la vida de personaje en particular. Examinemos frecuentemente «las huellas del rebaño.» Cant. 1.8. Este estudio nos hará más manifiesto como es que Dios obra con Su pueblo. él es inmutable, por consiguiente es probable que obre con él en lo venidero como obró en otros tiempos. Tal estudio nos enseñará qué deberemos esperar, moderará las esperanzas infundadas, y nos animará cuando estuviéramos abatidos. Feliz la persona cuya mente está bien, de ese conocimiento.
