(i) Ha dispersado a los arrogantes con todos sus proyectos. Esta es la revolución moral. El Evangelio es la muerte del orgullo. ¿Que por qué? Porque si uno coloca su vida al lado de la de Cristo, se le hacen añicos los últimos vestigios de orgullo.
A veces le sucede a uno algo que arroja una brillante y reveladora luz que le descubre su vergüenza. O. Henry cuenta en una historia corta lo que le pasa a un chico que se había criado en una aldea. En la escuelita se solía sentar al lado de una chica, y se gustaban. Luego él se fue a la ciudad y fue cayendo bajo. Se hizo carterista y ladronzuelo. Un día le dio el tirón a una anciana. Se le dio bien y se sentía satisfecho. Pero entonces vio bajar por la calle a la chica que había sido su compañera, que irradiaba el encanto de la inocencia. Y de pronto se vio a sí mismo tal como era de indigno y despreciable. Ardiendo de vergüenza apoyó la cabeza en el hierro frío de una lámpara de la calle, y se dijo: «¡Dios mío, quisiera morirme!» Se había visto a sí mismo.
Cristo hace que nos veamos a nosotros mismos. Eso le da el golpe de muerte al orgullo. Así empieza la revolución moral.
(ii) Ha arrojado de sus tronos a los poderosos, y ha exaltado a los humildes. Esta es la revolución social. El Evangelio pone fin a las etiquetas y al prestigio del mundo.
Mureto fue un filósofo ambulante de la Edad Media, y era muy pobre. Se puso enfermo en un pueblo de Italia, y le llevaron al hospital para vagabundos y desamparados. Los médicos estaban discutiendo su caso en latín, suponiendo que él no los entendía. Sugerían que, ya que se trataba de una persona tan despreciable, podían usarle para experimentos. Mureto levantó la mirada y les dijo en su propia lengua culta: «No llaméis despreciable a nadie por quien Cristo murió.»
Cuando nos damos cuenta de lo que Cristo hizo por todas las personas, ya no queda ninguna que podamos considerar despreciable. Las categorías sociales desaparecen.
(iii) Ha saciado a los hambrientos con alimentos deliciosos, y ha despachado a los ricos con las manos vacías. Esta es la revolución económica. Una sociedad no cristiana es una sociedad adquisitiva en la que cada cual va a acaparar todo lo que pueda. Una sociedad cristiana es aquella en la que nadie querría tener demasiado mientras otros tienen demasiado poco, en la que cada uno necesita tener sólo para poder dar.
El Magníficat tiene su propio encanto, pero hay dinamita en ese encanto. El Evangelio genera una revolución en cada persona, y en el mundo.
SE LLAMARÁ JUAN
Lucas 1:57-66
Cuando se le cumplió el tiempo para dar a luz, Elisabet tuvo un niño. Cuando se enteraron los vecinos y los parientes de la maravilla que Dios había hecho con ella, todos se alegraron mucho. Al octavo día llevaron a circuncidar al niño, y se daba por sentado que se llamaría Zacarías, como su padre. Pero la madre exclamó:
-¡No! Se tiene que llamar Juan.
-No hay nadie en vuestra familia que se llame así -le advirtieron los presentes, sorprendidos.
Entonces le hicieron señas al padre para preguntarle cómo quería que se llamara su hijo. Él pidió una pizarra y escribió: « Se llamará Juan.» Todos se sorprendieron aún más.
Al momento recuperó el uso de la palabra y se puso a alabar a Dios. Los vecinos reaccionaron con un temor reverente, y se corrió la voz de lo sucedido por toda la sierra de Judasa. Los que lo oían ya no lo podían olvidar; y se decían:
-¿Qué llegará a ser este niño? Porque no cabe duda de que Dios ha puesto su mano sobre él.
En Israel, el nacimiento de un niño era una ocasión festiva. Cuando se aproximaba la fecha, se reunían cerca de la casa los amigos y los músicos locales. Y cuando se anunciaba el nacimiento, si era niño, los músicos se ponían a tocar y a cantar, y todo el mundo se congratulaba y se ponía jubiloso. Si era una niña, los músicos se alejaban tristemente y en silencio. Según un dicho: «El nacimiento de un hijo varón produce alegría universal; pero el de una niña, universal tristeza.» Así es que en la casa de Elisabet había doble motivo de gozo: por fin había tenido un niño, y era varón.
A los ocho días de nacer se circuncidaba y se ponía nombre a los niños. A las chicas se les podía poner nombre en cualquier momento durante su primer mes de vida.
En Israel, los nombres eran descriptivos. Algunas veces recordaban algún detalle de su nacimiento, como en el caso de Esaú y Jacob Gen_25:25-26 ). Otras veces describían al bebé: Labán, por ejemplo, quiere decir blanco o rubio. A veces se le ponía el nombre del padre. A menudo el nombre describía la alegría de los padres: Samuel y Saúl, por ejemplo, querían decir pedido (a Dios). Otras veces el nombre era un testimonio de la fe de los padres: Elías, por ejemplo, quiere decir Jehová es mi Dios; en tiempos de culto a Baal, los padres de Elías confesaban su fe en el Dios verdadero.
