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Romanos 6: Muertos al pecado a través de la unión con Cristo

(c) Generalmente el bautismo era por inmersión total, y esa práctica simbolizaba una verdad que no queda tan clara en el bautismo por aspersión. Cuando una persona descendía al agua, y era sumergida totalmente, era como si la enterraran. Cuando salía del agua, era como si resucitara saliendo de la tumba. El bautismo quería decir simbólicamente morir y resucitar. La persona moría a una clase de vida y resucitaba a otra; moría para la vieja vida del pecado, y resucitaba a la nueva vida de la Gracia.

Para comprender todo esto tenemos que recordar de nuevo que Pablo estaba usando un lenguaje y unas alegorías que casi todos los de su tiempo y generación entenderían. Tal vez nos parezcan extraños a nosotros, pero no lo eran para sus contemporáneos.

Los judíos le entenderían. Cuando se convertía un pagano al judaísmo, tenía que hacer tres cosas: sacrificio, circuncisión y bautismo. El gentil entraba en la fe de Israel mediante el bautismo, cuyo ritual tenía estas partes: El que iba a bautizarse se cortaba el pelo y las uñas; se desnudaba totalmente; el baptisterio tenía que contener por lo menos 40 seahs -es decir, unos 500 litros, medio metro cúbico de agua-, y el agua tenía que llegar a todas las partes de su cuerpo. Mientras estaba en el agua tenía que hacer profesión de su fe ante tres padrinos, y se le dirigían algunas exhortaciones y bendiciones. El efecto de este bautismo se creía que era una total regeneración; al bautizado se le consideraba como un recién nacido aquel día. Se le perdonaban todos los pecados, porque Dios no podía castigar los que hubiera cometido antes de nacer de nuevo. Lo completo del cambio se veía en el hecho de que ciertos rabinos mantenían que el hijo que le naciera a un hombre después de su bautismo era su primogénito, aunque hubiera tenido otros en su vida anterior. En teoría se mantenía -aunque esta creencia nunca se ponía en práctica- que un hombre era tan totalmente nuevo que podría casarse con una hermana, o hasta con su madre. No era solamente un hombre cambiado; era una persona diferente.

Cualquier judío entendería lo que decía Pablo acerca de la necesidad de que un bautizado fuera completamente nuevo. Y lo mismo un griego. En aquel tiempo la única verdadera religión griega eran los misterios o religiones misteriosas, que ofrecían la liberación de los cuidados, las angustias y los temores de la Tierra; esta liberación se lograba mediante la unión con un dios.

Todos esos misterios eran representaciones de una pasión; se basaban en la supuesta historia de algún dios que sufría, moría y resucitaba; su historia se representaba como un drama. Antes de participar en él, uno tenía que ser iniciado; es decir, tenía que seguir un curso de instrucción sobre el sentido del drama, tenía que someterse a un proceso de disciplina ascética y prepararse concienzudamente. El drama se representaba con todos los medios disponibles de música y luces, de incienso y de misterio.

Durante la representación, el iniciado tenía una experiencia emocional de identificación con el dios. La iniciación se consideraba siempre como una muerte seguida de un nuevo nacimiento, en el cual el hombre era renatus in aeternum, nacido de nuevo para la eternidad. Uno que hizo la iniciación nos dice que pasó por cuna muerte voluntaria». Sabemos que en uno de aquellos misterios el que se iba a iniciar se llamaba moriturus, el que va a morir, y que se le enterraba hasta la cabeza en una zanja. Cuando ya había pasado la iniciación, se le hablaba como a un niño pequeño, y se le daba leche como a un recién nacido.

En otro de aquellos misterios, la persona que se estaba iniciando oraba: «Entra tú en mi espíritu, en mi pensamiento y en toda mi vida; porque tú eres yo, y yo soy tú.» Cualquier griego que hubiera hecho estas experiencias comprendería sin dificultad lo que quería decir Pablo con aquello de morir y resucitar otra vez en el bautismo; y al hacerlo, llegar a ser uno con Cristo.

No estamos diciendo de ninguna manera que Pablo tomó prestadas estas ideas o palabras de tales prácticas judías o paganas; lo que decimos es que estaba usando palabras y alegorías que reconocerían y entenderían tanto los judíos como los paganos. En este pasaje hay tres grandes verdades permanentes.

(i) Es una cosa terrible el intentar comerciar con la misericordia de Dios convirtiéndola en una licencia para seguir pecando. En términos humanos sería tan despreciable como el que un hijo se creyera con derecho a defraudar a su padre porque sabe que éste le perdonará. Eso sería aprovecharse del amor para quebrantarle el corazón.

(ii) La persona que inicia el camino cristiano se compromete a una clase de vida diferente. Ha muerto para una clase de vida, y ha nacido de nuevo para otra. En los tiempos actuales puede que tendamos a presentar la conversión al Cristianismo como algo que no tiene por qué producir una gran diferencia. Pablo habría dicho que tiene que producir la mayor diferencia del mundo.

(iii) Pero hay más que un cambio de conducta en la vida de una persona que acepta a Cristo. Hay una verdadera identificación con Él. Es un hecho que no puede haber un cambio real de vida sin esa unión con Cristo. La persona está en Cristo. Un gran pensador cristiano ha sugerido una metáfora para explicar esa frase: No podemos vivir la vida física a menos que estemos en el aire y el aire esté en nosotros; de la misma manera, no podemos vivir la vida que Dios nos quiere dar a menos que estemos en Cristo y Cristo en nosotros.

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