La necesidad de la gratitud
Siempre estoy dándole gracias a mi Dios por vosotros, porque os ha otorgado Su gracia en Jesucristo. Y tengo motivos, porque en El habéis llegado a enriqueceros en todos los sentidos en la expresión y en el conocimiento de tal manera que lo que os prometimos que Cristo podía hacer por Su pueblo se ha demostrado en vosotros que era cierto. El resultado es que no hay don espiritual en el que os hayáis quedado rezagados, mientras esperáis anhelantes la aparición de nuestro Señor Jesucristo, Quien os mantendrá a salvo hasta el mismísimo fin para que nadie os pueda echar nada en cara el Día de nuestro Señor Jesucristo. ¡Podéis confiar en el Dios Que os ha llamado a participar en la compañía de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo!
En este pasaje de acción de gracias hay cuatro cosas que sobresalen.
(i) Está la promesa que se cumplió. Cuando Pablo les predicó el Evangelio a los corintios, les dijo que Cristo podía hacer ciertas cosas por ellos; y ahora está satisfecho de que todo lo que él aseguró que Cristo podía hacer se ha hecho realidad. Un misionero le dijo a uno de los antiguos reyes pictos de Escocia: « Si aceptas a Cristo, descubrirás maravilla tras maravilla, y todas se harán realidad.» En último análisis, no se puede convencer a nadie para que se haga cristiano; pero sí le podemos decir: «Haz la prueba, y ya verás lo que pasa,» en la seguridad de que, si lo hace, lo que le hemos anunciado se hará realidad en su vida.
(ii) Está el don que se otorgó. Pablo utiliza aquí una de sus palabras favoritas, járisma -de donde viene la palabra carisma-, que quiere decir un regalo que se le da a una persona que no lo merece ni paga de ninguna manera. Este don de Dios, como lo veía Pablo, nos llega de dos maneras.
(a) La Salvación es el járisma de Dios. El llegar a estar en una relación perfecta con Dios es algo que nadie podría lograr por sí mismo. Es un don inmerecido, que nos llega de la absoluta generosidad del amor de Dios (Romanos 6:23).
(b) A cada persona Dios le da los dones que posea y los recursos especiales que necesite en la vida (1 Corintios 12:410; 1 Timoteo 4:14; 1 Pedro 4:10). Si uno tiene el don de la palabra, o el de la sanidad, si tiene el don de la música o de cualquier arte, si tiene los dones de artesanía en las manos, todos estos son dones de Dios. Si nos diéramos cuenta de esto como es debido, la vida tendría para nosotros un ambiente y un carácter nuevos. Las habilidades que poseemos no son nuestro mérito, sino dones de Dios que tenemos como en depósito. No los podemos usar como nos dé la gana, sino como Dios manda; no para nuestro exclusivo provecho o prestigio, sino para la gloria de Dios y el bien de los demás.
(iii) Hay un fin definitivo. En el Antiguo Testamento se usa frecuentemente la frase El Día del Señor. Quería decir el día que los judíos esperaban que Dios interviniera directamente en la Historia, el día en que desaparecería el mundo antiguo y nacería un mundo nuevo, el Día del Juicio de toda la humanidad. Los cristianos asumieron esa idea, pero tomando El Día del Señor en el sentido de El Día del Señor Jesucristo, cuando Jesús volverá a la Tierra con todo Su poder y gloria.
Está claro que ese sería un día de juicio. Caedmon, uno de los poetas ingleses primitivos, trazó un cuadro del Día del Juicio en uno de sus poemas. Se figuró que la Cruz estaba en medio del mundo, y que de ella salía una luz extraña que tenía la cualidad de los rayos X de penetrar más allá de los disfraces de las cosas y de las personas, mostrándolas tal como eran. Pablo creía que, cuando llegara el juicio, el cristiano -es decir, la persona que está en Cristo- podría presentarse sin miedo, porque no estaría vestido con sus propios méritos, sino con los de Cristo, de tal manera que nadie podría echarle nada en cara.
Una iglesia dividida
Hermanos: Os suplico por el nombre de nuestro Señor Jesucristo que dirimáis vuestras diferencias y que hagáis todo lo posible para que no se produzcan divisiones entre vosotros, sino que estéis como una piña teniendo una misma mentalidad y una actitud en común. Porque he visto muy claro, hermanos, por la información que he recibido de los de la casa de Cloe, que hay brotes de peleas entre vosotros. Me refiero a eso de que cada uno va diciendo: « ¡Yo soy de Pablo!», o « ¡Yo soy de Apolos!», o «¡Yo soy de Cefas!», o «¡Yo soy de Cristo!» ¿Es que vais a repartiros a Cristo? ¿Fue Pablo crucificado por vosotros u os habéis bautizado en el nombre de Pablo? Por el giro que han tomado las cosas, me alegro de no haber bautizado a ninguno de vosotros más que a Crispo y a Gayo, para que nadie vaya por ahí diciendo que fue bautizado en mi nombre. Ahora que me acuerdo, también bauticé a la familia de Esteban; pero de los demás no sé si bauticé a ningún otro. Y es que Cristo no me mandó a bautizar, sino a proclamar el Evangelio; y eso, no con oratoria intelectual, no fuera que se vaciara de su eficacia la Cruz de Cristo.
