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1 Corintios 1: La introducción de un apóstol

(b) Los judíos no querían más que señales. Cuando llegara la edad dorada de Dios, se esperaba que se produjeran hechos sorprendentes. Por el tiempo en que Pablo estaba escribiendo, hubo una cosecha abundante de falsos mesías, cada uno de los cuales sedujo al pueblo a que le aceptara prometiéndole alguna señal maravillosa. En el año 45 d.C. surgió un tal Teudas. Había convencido a miles de personas a que dejaran sus hogares y le siguieran al Jordán, prometiéndoles que las aguas se dividirían a su voz de mando y ellos pasarían en seco. En el año 54 d.C. llegó uno de Egipto a Jerusalén que pretendía ser el Profeta.

Persuadió a treinta mil personas a que le siguieran al monte de los Olivos, prometiéndoles que a su palabra se derrumbarían los muros de Jerusalén. Esas eran las cosas que los judíos esperaban. En Jesús veían a Uno Que era manso y humilde, Que evitaba intencionadamente todo lo espectacular, Que servía a los necesitados, Que acabó en una Cruz… y Que no se parecía en nada a la imagen que se habían forjado del Escogido de Dios.

(ii) Para los griegos, ese Mensaje no tenía el menor sentido. Aquí también había dos razones.

(a) Para los griegos, la cualidad característica de Dios era la apatheía, que quería decir mucho más que su derivada española, apatía; quería decir una incapacidad total para sentir. Lo razonaban diciendo que, si Dios pudiera sentir alegría o tristeza, eso querría decir que algo Le podía afectar; y, por tanto, era mayor que Dios. Así que Dios tenía que ser incapaz de sentir nada, para que nada Le pueda afectar. Un Dios doliente era para los griegos una contradicción en términos.

Aún iban más lejos. Plutarco declaraba que era insultar a Dios el implicarle en los asuntos humanos. Por necesidad, Dios era inasequible. La mera idea de una encarnación, de que Dios Se hiciera hombre, era repulsiva para la mentalidad griega. Agustín, que era un gran pensador desde mucho antes de convertirse al Cristianismo, dijo que había encontrado paralelos a muchas de las enseñanzas cristianas; pero hubo algo, dijo, que nunca encontró: que «la Palabra Se hizo carne, y habitó entre nosotros.» Celso, que con tanto vigor atacó el Cristianismo a finales del siglo II d.C., escribía: «Dios es bueno y hermoso y feliz, y es por ello por lo que es más hermoso y bueno. Entonces, si «descendiera a los hombres,» eso supondría un cambio para Él, y un cambio de bueno a malo, de hermoso a feo y de feliz a desgraciado, de lo mejor a lo peor. ¿Quién escogería ese cambio? Porque a lo mortal le es natural cambiar y cambiarse; pero a lo inmortal, el permanecer inalterable eternamente. Dios no podría aceptar tal cambio.» Para un pensador griego la encarnación era absolutamente inconcebible. Para los que pensaban de esa forma era increíble el que Uno que había sufrido como Jesús pudiera ser el Hijo de Dios.

(b) Los griegos buscaban la sabiduría. La palabra sofista viene del griego, y quería decir en un principio sabio en el buen sentido de la palabra; pero llegó a significar una persona lista de mente y astuta de lengua, un acróbata intelectual, de retórica alucinante y persuasiva, que podía presentar el mal como un bien; llegó a querer decir el palabrero que se pasa la vida discutiendo pelillos sin importancia, sin ningún interés en encontrar soluciones, sino sólo en dedicarse a la prestidigitación intelectual. Dión Crisóstomo los describe de la siguiente manera: «Croan como las ranas en el pantano; son de lo más miserables porque, aunque ignorantes, se creen sabios; son como pavos reales, desplegando su reputación y el número de sus discípulos como hacen los pavos reales con la cola.»

Es imposible exagerar la influencia fantástica que ejercía en Grecia el retórico de pico de oro.. Ya Plutarco decía: «Suavizan la voz con cadencias musicales y modulaciones de tono y resonancias de eco.» No pensaban en lo que estaban diciendo, sino en cómo decirlo para recibir aplausos. Sus ideas podían estar envenenadas, siempre que estuvieran envueltas en una expresión meliflua. Filostrato nos cuenta que el sofista Adriano tenía tanta fama en Roma que, cuando llegaba su pregonero con la noticia de que iba a dar una conferencia, se vaciaba el senado y hasta se perdía los juegos la gente para oírle.

Dión Crisóstomo traza una caricatura de esos llamados « sabios» y de sus competiciones en el mismo Corinto, en los juegos ístmicos: «Podrás oír a muchos de esos desgraciados sofistas chillándose e insultándose unos a otros, y a sus discípulos, como los llaman, disputando; y muchos autores de libros leyendo sus estúpidas producciones, y muchos poetastros cantando sus poemas, y muchos juglares exhibiendo sus gracias, y muchos adivinos interpretando señales, y miríadas de retóricos enrevesando pleitos, e innumerables comerciantes pregonando sus diversas mercancías.» Los griegos se drogaban con palabras altisonantes; el predicador cristiano con su Mensaje escueto les parecía una figura tosca, inculta y ridícula, que más provocaba la risa que la atención.

La gloria de la vergüenza

Hermanos: No tenéis más que fijaros en quiénes sois los que Dios ha llamado. Está claro que no hay muchos entre vosotros de los que el mundo considera sabios, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que a los que Dios ha escogido ha sido a los que el mundo considera ignorantes, para vergüenza de los sabios; y a los que el mundo tiene por débiles, para vergüenza de los fuertes; y a los parias y a los marginados y a los que no cuentan para nada en el mundo, para anular a los que se creen algo, para que nadie se las pueda dar de nada delante de Dios.

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