En el versículo 10 encontramos la curiosa frase de que las mujeres deben llevar velo «por causa de los ángeles.» No es seguro lo que quiere decir; pero probablemente se retrotrae a la peregrina vieja historia de Génesis 6:Is, que nos cuenta que los ángeles quedaron prendados de los encantos de las mujeres mortales y cayeron en pecado; puede que sea que una mujer destocada es una tentación hasta para los ángeles, porque una vieja tradición rabínica decía que había sido la belleza del pelo largo de las mujeres lo que había tentado a los ángeles.
(iii) Siempre hay que tener presente que esta situación se produjo en Corinto, que era probablemente la ciudad más licenciosa del mundo antiguo. El punto de vista de Pablo era que en tal situación era mejor pasarse de precavido y de estricto antes que de nada que pudiera dar ocasión a los paganos de criticar a los cristianos de ser demasiado permisivos, o de poner tentación a los mismos cristianos.
Sería erróneo dar a este pasaje una aplicación universal. Era intensamente relevante en la situación de la iglesia de Corinto, pero no tiene nada que ver con la cuestión de si las mujeres tienen la obligación de llevar la cabeza cubierta cuando van al culto aquí y ahora. Sin embargo, es precisamente por su colorido local por lo que contiene tres grandes verdades permanentes.
(i) Siempre es mejor pecar de estricto que de laxista. Es mejor renunciar a los derechos que pueden convertirse en piedras de tropiezo para algunos que reclamarlos. Ahora está de moda ir contra los convencionalismos; pero hay que pensárselo dos veces antes de desafiar o escandalizar a los demás. Es verdad que no debemos ser esclavos de los convencionalismos; pero debemos recordar que por algo se habrán impuesto.
(ii) Después de subrayar la subordinación de las mujeres, Pablo pasa a hacer aún mayor hincapié en la solidaridad esencial de hombre y mujer. Ninguna de las dos partes puede vivir sin la otra. Si ha de haber subordinación, es con el fin de que el compañerismo sea más fructífero y amable para ambos.
(iii) Pablo termina el pasaje con una reprensión a los que discuten por discutir. Cualesquiera que sean las diferencias de opinión que puedan surgir, no hay lugar en la iglesia para la persona contenciosa. Hay momentos en los que se deben mantener los principios; pero no debe haberlos para las peleas, aunque sean sólo de palabras. Siempre tiene que ser posible no estar de acuerdo y seguir el paz.
Una celebración impropia
En lo que no puedo deciros que hacéis bien es en lo que os advierto a continuación. Porque, cuando os reunís, os hacéis más mal que bien. En primer lugar, me he enterado de que cuando os reunís en asamblea hacéis grupos exclusivos; y hasta cierto punto lo creo. Es normal que haya diferencias entre vosotros, para que quede claro cuáles son auténticos y de valor a toda prueba. Pero de la manera que os reunís en un mismo lugar, lo que tomáis no es la Cena del Señor; porque cuando estáis comiendo juntos, cada uno se da prisa a comerse lo suyo primero; y el resultado es que unos tienen hambre y otros han bebido hasta emborracharse. ¿Es que no podéis comer y beber en vuestras propias casas? ¿No le tenéis ningún respeto a la asamblea de Dios? ¿Es que queréis avergonzara los que son pobres? ¿Qué queréis que os diga? No os voy a felicitar por esto; seguro que no.
El mundo antiguo era mucho más social que el nuestro en muchos sentidos. Era costumbre habitual el reunirse grupos de personas para celebrar comidas. Había, en particular, una cierta clase de fiesta que se llamaba éranos en la que cada participante aportaba una parte de la comida y luego todo era para todos. La Iglesia Primitiva adoptó esa costumbre, y llamaba a sus fiestas Agápé o Fiesta del Amor. Todos los miembros de la iglesia venían, aportando cada uno lo que podía, y todos participaban de la comida congregacional. Era una costumbre encantadora que es una pena que se haya perdido en muchas iglesias. Era una manera de producir y alimentar el sentimiento de la comunión cristiana.
