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1 Corintios 11: Importancia del pudor

Pero en la iglesia de Corinto la Fiesta del Amor fraternal se había degenerado lamentablemente. Había en ella ricos y pobres; unos que podían llevar mucho, y esclavos que no podrían contribuir con casi nada. De hecho, para muchos de aquellos esclavos seria en la Fiesta del Amor donde tomaran la única comida decente de toda la semana. Pero en la iglesia corintia se había perdido el arte de compartir. Los ricos no repartían lo suyo, sino se lo comían en sus grupos exclusivos, dándose prisa no fuera que tuvieran que compartirlo con otros, mientras que los pobres no comían casi nada. El resultado era que la comida en la que las diferencias sociales tenían que haberse borrado todavía las marcaba más. Pablo lo expone y desaprueba sin reservas.

(i) Puede ser que los diferentes grupos representaran las diversas opiniones. Un gran investigador ha dicho: «Tener celo sin llegar a ser un fanático es una señal de la verdadera devoción.» Cuando no pensamos lo mismo que otro, si seguimos en contacto puede que con el tiempo lleguemos a comprenderle y a simpatizar con él; pero, si nos cerramos y negamos a hablar las cosas con él, sin dejar cada uno nuestro grupito, no hay esperanza de que lleguemos a entendernos.

(ii) La Iglesia Primitiva era el único lugar del mundo antiguo en el que se suprimían las barreras. El mundo estaba rígidamente dividido: libres y esclavos, griegos y bárbaros, judíos y gentiles, romanos y salvajes, cultos e ignorantes. La Iglesia era el único lugar en el que todos podían estar juntos y en comunión. Un gran historiador de la Iglesia escribió sobre aquellas primeras congregaciones: « En sus reducidos límites habían resuelto casi de pasada los problemas sociales que agobiaban a Roma y que siguen agobiando a Europa y al mundo. Habían elevado a la mujer a su debido nivel, restaurado la dignidad del trabajo, abolido la mendicidad y suprimido el estigma de la esclavitud. El secreto de la revolución era que el egoísmo de raza y clase se había olvidado a la Mesa del Señor, y se había encontrado una nueva base para la sociedad en el amor de la imagen visible de Dios en todas las personas por las que Cristo había muerto.»

Una iglesia en la que sigan existiendo las distinciones sociales y de clase no es una verdadera iglesia cristiana. La iglesia auténtica es un cuerpo de hombres y mujeres unidos entre sí porque cada uno de ellos está unido a Cristo. Hasta la palabra para describir el sacramento es sugestiva: la llamamos La Santa Cena. Pero cena es confusa en cierto sentido. Para muchos no representa la comida principal del día; pero en griego se la llamaba deipnon. Los griegos no tomaban para desayunar nada más que un poco de pan mojado en vino; la comida del mediodía se tomaba en cualquier sitio, hasta en la calle o en alguna plaza; pero el deipnon era la comida principal del día, cuando los comensales se sentaba a la mesa sin prisa y no sólo saciaban su hambre, sino estaban juntos conversando o lo que fuera. La misma palabra indica que la comida congregacional debería ser una comida en la que las distintas personas disfrutaran sin prisa de la mutua compañía.

(iii) Una iglesia no es como es debido cuando se ha olvidado el arte de compartir. Cuando cada uno quiere guardarse sus cosas para sí y para su círculo íntimo, no ha empezado siquiera a ser cristiano. El cristiano verdadero no puede soportar tener demasiado cuando otros no tienen lo suficiente; su mayor placer no está en reservarse celosamente sus privilegios, sino en ompartirlos.

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