La Santa Cena
Porque yo he recibido del Señor lo que ya os he transmitido: Que el Señor Jesús, la noche que fue traicionado, tomó pan y, después de dar gracias a Dios, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo para vosotros; haced esto para tenerme presente.» De la misma forma, después de la comida, tomó la copa y dijo: «Esta copa es el Nuevo Pacto que ha costado Mi sangre. Haced esto para tenerme presente cada vez que la bebáis.» Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, quienquiera que tome este pan y beba esta copa del Señor sin estar en condiciones es culpable de pecado contra el cuerpo y la sangre del Señor. Por eso, que cada uno se examine a sí mismo antes de tomar este pan y beber esta copa; porque el que come y bebe como algunos de vosotros, no come y bebe más que su propia sentencia, porque no se da cuenta de lo que quiere decir el Cuerpo. Por esto es por lo que muchos de vosotros estáis enfermos y débiles, y algunos han muerto. Porque, si de veras fuéramos conscientes de cómo somos, no estaríamos sujetos a juicio; pero en este mismo juicio del Señor somos disciplinados para no ser definitivamente condenados con el mundo. Así que, hermanos, cuando os reunís, esperaros unos a otros. El que tenga hambre, que coma en casa; para que no os reunáis en tales condiciones que os pongáis en peligro de que se os someta a juicio. En cuanto a los otros asuntos, ya los pondré en orden cuando vaya por allí.
No hay ningún otro pasaje en todo el Nuevo Testamento que tenga tanto interés como este. Entre otras cosas, es la base para el acto de culto más sagrado de la Iglesia Cristiana, la Santa Cena; y también, como esta carta es anterior a los primeros evangelios, este es de hecho el primer reportaje que tenemos, no sólo de la institución de la Santa Cena, sino de ninguna palabra del Señor Jesús.
La Santa Cena no querrá decir nunca lo mismo para dos personas diferentes; pero no tenemos que entenderla totalmente para recibir bendición. Como ha dicho alguien, « no tenemos que entender la composición química del pan para digerirlo y asimilarlo y alimentarnos de él.» Pero, a pesar de eso, haremos bien en intentar entender por lo menos algo de lo que quería decir Jesús cuando habló así del pan y del vino.
« Esto es Mi cuerpo» -dijo del pan. Un hecho muy sencillo nos impide tomar estas palabras literalmente. Cuando Jesús estaba hablando, estaba todavía en Su cuerpo humano; y nada estaba más claro que el que Su cuerpo y el pan eran dos cosas bien diferentes y aparte. Pero tampoco dijo simplemente: « Esto representa Mi cuerpo.» En un sentido, eso es cierto: el pan que troceamos en el sacramento representa el cuerpo de Cristo; pero hace más que representar. Para la persona que lo toma en su mano y se lo lleva a la boca con fe y amor, es un medio no sólo de recuerdo sino de contacto vital con Jesucristo. Para uno que no fuera creyente no sería nada más que pan; para el que ama a Cristo es una manera de entrar en comunión con ÉL « Esta copa -dijo Jesús, según las traducciones corrientes- es el Nuevo Pacto en Mi sangre.» Lo hemos traducido un poco diferente: «Esta copa es el Nuevo Pacto que ha costado Mi sangre.» La preposición griega en suele querer decir en en español; pero también quiere decir frecuentemente al precio de, por, refiriéndose a lo que se paga por algo, sobre todo cuando se usa para traducir la preposición hebrea be. Ahora bien: un pacto es una relación en la que entran dos personas. Había un Antiguo Pacto entre Dios y el pueblo de Israel que estaba basado en la Ley. En él Dios había elegido y se había acercado al pueblo de Israel, llegando a ser de una manera especial su Dios; pero había una condición: si esa relación había de durar, tenían que cumplir la Ley (cp. Éxodo 24:1-8). Con Jesús se ofrece a la humanidad una nueva relación que depende, no de la ley, sino del amor; no de la fidelidad con que el hombre cumpla la ley -porque no puede-, sino de la buena voluntad gratuita y generosa de Dios que nos la ofrece.
Bajo el Antiguo Pacto uno no podía hacer más que temer a Dios, porque estaba siempre en deuda con Él ya que no podía nunca cumplir perfectamente la ley; bajo el Nuevo Pacto uno acude a Dios como un hijo a su padre. Mírese como se mire, Le costó la vida a Jesús hacer posible esta nueva relación con Dios. «La sangre es la vida,» decía la ley (Deuteronomio 12:23); costó la vida de Jesús, Su sangre, como diría un judío. Así que el vino rojo de la Comunión representa la sangre vital de Cristo, sin la cual el Nuevo Pacto, la nueva relación con Dios, no habría sido posible.
Este pasaje continúa hablando de comer y beber el pan y el vino indignamente; y esa indignidad consiste en «no discernir el Cuerpo del Señor.» Esta frase puede querer decir una de dos cosas; y cada una de ellas es tan importante que es muy probable que estén implicadas las dos.
(i) Puede que quiera decir que la persona que come y bebe indignamente no se da cuenta de ló que quieren decir esos símbolos sagrados. Puede que quiera decir que come y bebe irreverentemente y sin sentir el amor que estos signos representan, o la obligación que adquiere.
(ii) Puede que también quiera decir esto: la frase el Cuerpo de Cristo indica una y otra vez a la Iglesia, como veremos en el capítulo 12. Pablo acaba de reprender a los que, con sus partidismos y diferencias de clases dividen la Iglesia; así es que esto puede querer decir que el que come y bebe indignamente es el que no se ha dado cuenta de que toda la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y no está en armonía con su hermano. Toda persona en cuyo corazón hay odio, amargura, desprecio contra otro, al acercarse a la Mesa del Señor come y bebe indignamente. Así que comer y beber indignamente es no tener el sentimiento de la grandeza de lo que se está haciendo, y hacerlo cuando no se está en armonía con el hermano por quien Cristo murió.
Pablo pasa a decir que las desgracias que han sobrevenido a la iglesia de Corinto puede que sean debidas al hecho de que se acercan a la Mesa del Señor cuando hay divisiones entre ellos; pero esas desgracias no son para destruirlos, sino para disciplinarlos y hacerlos volver al camino de Dios. Debemos tener clara una cosa. La frase que prohíbe el que una persona coma y beba indignamente no excluye al que es pecador y lo sabe. Un antiguo pastor de las Highlands de Escocia, viendo que una anciana dudaba ante la copa de la comunión, se la acercó diciendo: « ¡Tómala, mujer! ¡Es para los pecadores! ¡Es para ti!» Si la Mesa del Señor fuera sólo para los perfectos, ninguno podríamos acercarnos. El acceso no está nunca cerrado para el pecador arrepentido. Para el que ama a Dios y a sus semejantes, el camino está siempre abierto; y sus pecados, aunque sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos.
