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1 Juan 2: La preocupación de un pastor

Hijitos míos, estoy escribiéndoos estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos al Que defenderá nuestra causa ante el Padre, Jesucristo el Justo. Porque Él es el sacrificio propiciatorio por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por todo el mundo.

La primera cosa que debemos notar en este pasaje es el afecto sincero. Juan empieza por llamar a sus lectores «hijitos míos.» Tanto en latín y griego como en español los diminutivos denotan un afecto especial. Son palabras que se usan, como si dijéramos, con una caricia. Juan es un hombre muy anciano; debe de ser de hecho el último superviviente de su generación, el último hombre vivo de los que habían andado y hablado con Jesús en los días de Su carne. Desgraciadamente, muy a menudo los ancianos no simpatizan con los jóvenes, y hasta desarrollan una irritabilidad impaciente frente a las maneras nuevas y más libres de la generación más joven. Pero no Juan; en su ancianidad no da muestras nada más que de ternura para con los que son sus hijitos en la fe. Les está escribiendo para decirles que no deben pecar, pero no les echa la bronca. No tienen filo sus palabras; quiere conducirlos a la bondad a fuerza de amarlos. En estas palabras introductorias se ve el anhelo, la ternura afectiva de un pastor hacia las personas a las que ha conocido largo tiempo en todas sus debilidades y flaquezas, y sigue amando.

Su propósito al escribirles es que no pequen. Hay aquí una doble línea de pensamiento -con lo que precede y con lo que sigue. Hay un doble peligro de que piensen con ligereza en el pecado.

Juan dice dos cosas acerca del pecado. La primera, acaba de decir que el pecado es universal; cualquiera que diga que no ha cometido ningún pecado, es un mentiroso. Segunda, que hay perdón para los pecados en lo que Jesucristo ha hecho y sigue haciendo por los hombres. Ahora bien, sería posible usar estas dos afirmaciones como una excusa para pensar en el pecado con ligereza. Si todos hemos pecado, ¿por qué armar tanto jaleó acerca de ello, y de qué sirve luchar contra algo que es en cualquier caso una parte inevitable de la condición humana? Además, si hay perdón de pecados, ¿para qué preocuparse?

A la vista de esto Juan, como señala Westcott, tiene dos cosas que decir.

Primera, el cristiano es el que ha llegado a conocer a Dios; y el compañero inseparable del conocimiento debe ser la obediencia. Volveremos a esto más en detalle; pero de momento notamos que conocer a Dios y obedecer a Dios deben ser, como Juan deja bien claro, partes gemelas de la misma experiencia.

Segunda, el que pretenda permanecer en Dios (versículo 6) y en Jesucristo, debe vivir la misma clase de vida que Jesús vivió; es decir: la unión con Cristo conlleva necesariamente la imitación de Cristo. Así es que Juan establece sus dos grandes principios éticos: el conocimiento conlleva la obediencia, y la unión conlleva la imitación. Por tanto, en la vida cristiana nunca puede haber nada que nos induzca a pensar en el pecado con ligereza.

Jesucristo, el Paráclito

Nos llevará un tiempo considerable el estudio de estos dos versículos, porque puede que no haya en todo el Nuevo Testamento otros dos versículos que expongan tan sucintamente la obra de Cristo.

Empecemos por plantear el problema. Está claro que el Cristianismo es una religión ética; eso es algo en lo que Juan hace hincapié. Pero también está claro que el hombre es a menudo un fracaso ético. Confrontado con las demandas de Dios, las admite y las acepta -y entonces fracasa en cumplirlas. Aquí, pues, hay una barrera infranqueable entre Dios y el hombre. ¿Cómo puede el hombre, un pecador, entrar alguna vez a la presencia del Dios tres veces santo? Ese problema se resuelve en Jesucristo. Y Juan usa en este pasaje dos grandes palabras acerca de Jesucristo que debemos estudiar, no simplemente para adquirir conocimiento intelectual, sino para comprender y así entrar a participar en los beneficios de Cristo.

Llama a Jesucristo nuestro Abogado con el Padre. La palabra es paráklétos, que en el Cuarto Evangelio traduce la Reina-Valera por Consolador (de acuerdo con el D.R.A.E., que define paráclito como «Nombre que se da al Espíritu Santo, enviado .para consolador de los fieles». Véase nota a Juan 14:16 en la R-V›95). Es una palabra tan grande y tiene tras sí un pensamiento tan grande que debemos examinarla en detalle. Paráklétos procede del verbo parakalein. Hay algunos contextos en los que parakalein quiere decir confortar. Se usa con este sentido, por ejemplo, en Génesis 37: 35, donde se dice que todos los hijos e hijas de Jacob acudieron a consolarle por haber perdido a José. En Isaías 61:2, donde se dice que la función del profeta es consolar a todos los que están de luto; y en Mateo 5:4, donde se dice que los que lloran recibirán consolación. Pero ese no es, ni el más corriente ni el más literal sentido de parakalein; su sentido más corriente es llamar a alguien al lado de uno para usarle de alguna manera como ayuda y consejero. En griego ordinario ese es un uso muy corriente. Jenofonte (Anábasis 1.6.5) dice que Ciro convocó (parakalein) a Plearcos a su tienda para que fuera su consejero, porque a Clearcos le tenían en muy alta estima Ciro y los griegos. El orador griego Esquines protesta de que sus oponentes llamaran a su gran rival Demóstenes, y dice: «¿Por qué tenéis que llamar a Demóstenes en vuestra ayuda? Hacer eso es pedir que venga un retórico tramposo a seducir los oídos del jurado.» (Contra Ctesifonte, 200).

La palabra paráklétos está en la voz pasiva, y quiere decir literalmente alguien que es llamado al lado de uno; pero como siempre lo más importante es la razón por la que se llama, la palabra, -Aunque de forma pasiva, tiene un sentido activo, y llega a querer decir ayudador, sustentador, y sobre todo testigo a favor de alguien, abogado en la defensa de alguien. También es una palabra corriente en el griego secular ordinario. Demóstenes (De Fals. Leg. 1) habla de las oportunidades y del espíritu de partido de abogados (paraklétoi) que están al servicio de intereses privados en vez del bien público. Diógenes Laercio (x..50) menciona un dicho cáustico del filósofo Bión. Una persona muy charlatana buscó su ayuda en cierto asunto. Bión le dijo: «Haré lo que deseas, con tal de que me mandes a alguien que me exponga tu caso (es decir, envía un paráklétos), pero tú manténte bien lejos.» Cuando Filón está hablando de la historia de José y sus hermanos dice que, cuando José les perdonó el mal que le habían hecho, dijo: « Os ofrezco una amnistía por todo lo que me hicisteis; no necesitáis otro paráklétos» (Vida de José 40).

Filón nos dice que los judíos de Alejandría estaban siendo oprimidos por un cierto gobernador y decidieron presentarle su caso al emperador. « Debemos encontrar -dijeron- un paráklétos más poderoso que induzca al emperador Gayo a una actitud favorable a nosotros» (Leg. in Flacc. 968 B).

Tan corriente era esta palabra que pasó a otras lenguas simplemente transcrita. En el mismo Nuevo Testamento, las versiones siríaca, egipcia, árabe y etiópica conservan todas la palabra paráklétos sin traducirla. Especialmente los judíos adoptaron la palabra y la usaron con el sentido de abogado, ad-vocatus, alguien que defiende la causa de uno. La usaban como la contraria de acusador, fiscal, y los rabinos tenían este dicho acerca de lo que sucederá el Día del Juicio de Dios: « El hombre que guarde un mandamiento de la Ley se ha conseguido un paráklétos; el hombre que quebranta un mandamiento de la Ley se ha buscado un acusador.» También decían: «Si un hombre es citado ante el tribunal sobre un asunto capital necesita poderosos paraklétoi (el plural de la palabra) que le salven; el arrepentimiento y las buenas obras son sus paraklétoi en el juicio de Dios.» «Toda la justicia y la misericordia que haga un israelita en este mundo son gran paz y gran paraklétoi entre él y su Padre en el Cielo.» Decían que la ofrenda por el pecado era el paráklétos de un hombre ante Dios.

Así que la palabra entró en el vocabulario cristiano. En los días de las persecuciones y los mártires, un acusado cristiano llamó a Vetio Epagato para que defendiera hábilmente el caso de los que fueran acusados de ser cristianos. «Fue un abogado paráklétos- para los cristianos, porque tenía al Abogado en su vida, al Espíritu Santo» (Eusebio, Historia Eclesiástica 5:1). La Carta de Bernabé (20) habla de hombres malos que son los abogados de los ricos y los jueces injustos de los pobres. El autor de Segunda de Clemente pregunta: «¿Quién será vuestro paráklétos si no está claro que vuestras obras son justas y santas?» (2 Clemente 6:9).

Un paráklétos se ha definido como «uno que presta su presencia a sus amigos.» Encontramos en el Nuevo Testamento más de una vez esta gran concepción de Jesús como el amigo y el defensor del hombre. En un juicio marcial, el oficial que defiende al soldado bajo acusación se llama el amigo del preso. Jesús es nuestro amigo. Pablo escribe acerca de ese Cristo que está a la diestra de Dios y «que intercede por nosotros» (Romanos 8:34). El autor de la Carta a los Hebreos habla de Jesucristo como el Que «siempre está vivo para hacer intercesión» por los hombres (Hebreos 7:25); y también habla de Él como «compareciendo en la presencia de Dios por nosotros» (Hebreos 9:24).

Lo más tremendo de Jesús es que no ha perdido nunca Su interés y Su amor por los hombres. No hemos de pensar en Él como alguien que ha pasado por la vida sobre la tierra, y la muerte en la Cruz, y ha terminado con la humanidad. Sigue asumiendo en Su corazón la preocupación por nosotros; sigue intercediendo por nosotros; Jesucristo es el amigo del preso para todos.

Jesucristo, la propiciación

Juan pasa a decir que Jesús es la propiciación por nuestros pecados. La palabra original es hilasmós. Esta es una imagen que nos es sumamente difícil captar. La figura del abogado es universal, porque todo el mundo tiene experiencia de un amigo que viene en su ayuda; pero la figura de la propiciación procede del sacrificio, y era más natural para los judíos que para nosotros. Para entenderla tenemos que captar las ideas básicas que subyacen en ella.

La gran finalidad de toda religión es la relación con Dios, conocerle como Amigo y entrar con gozo, no con miedo, a Su presencia. De aquí se sigue que el problema supremo de la religión es el pecado, que es lo que interrumpe la relación con Dios.

Para resolver ese problema, surge todo el sistema del sacrificio. Por él se restaura la relación con Dios. Por eso los judíos ofrecían el sacrificio por el pecado; no por ningún pecado en particular, sino por el ser humano como pecador; y mientras existió el Templo se hizo esta ofrenda a Dios por la mañana y por la tarde. Los judíos ofrecían a Dios también sacrificios por los pecados, es decir, por los pecados particulares. También tenían el Día de la Expiación, cuyo ritual estaba diseñado para expiar todos los pecados, conocidos o no. Este es el trasfondo con el que tenemos que ver en esta figura de la propiciación.

Como ya hemos dicho, la palabra griega para propiciación es hilasmós, y el verbo correspondiente es hiláskesthai. Este verbo tiene tres significados.

(i) Cuando el sujeto es un hombre quiere decir aplacar o pacificar a alguien que ha sido dañado u ofendido, pero se usa sobre todo para aplacar a un dios. Es traer un sacrificio o cumplir un ritual por el que un dios, que ha sido ofendido por el pecado, se aplaca.

(ii) Si el sujeto es Dios, el verbo quiere decir perdonar, porque entonces el significado es que Dios mismo provee el medio por el cual se restablece la relación perdida entre Él y los hombres.

(iii) El tercer significado está relacionado con el primero. El verbo quiere decir a menudo realizar alguna obra por la que se quita la mancha de la culpa. Una persona peca; inmediatamente adquiere la mancha del pecado; le hace falta algo que, para usar la metáfora de C. H. Dodd, le desinfecte al hombre de esa mancha, y le permita volver a entrar a la presencia de Dios. En ese sentido hiláskesthai quiere decir, no propiciar, sino expiar; no tanto pacificar a Dios como desinfectar al hombre del contagio del pecado y capacitarle así de nuevo para estar en relación con Dios.

Cuando Juan dice que Jesús es el hilasmós por nuestros pecados está reuniendo en uno todos estos significados diferentes. Jesús es la persona por medio de Quien se eliminan la culpa por los pecados pasados y la infección del pecado presente. La gran verdad básica tras esta palabra es que por medio de Jesucristo se restaura y mantiene la relación con Dios. Notemos todavía otra cosa. Según Juan lo ve, esta obra de Jesús fue realizada, no solamente por nosotros, sino por todo el mundo. Hay en el Nuevo Testamento una línea constante de pensamiento en la que se subraya la universalidad de la Salvación de Dios. De tal manera amó Dios al mundo que envió a Su Hijo (Juan 3:16). Jesús está seguro de que, cuando sea elevado en la Cruz, atraerá a Sí a todos los hombres (Juan 12:32). Dios quiere que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2:4). Sería una osadía ponerle límites a la gracia y al amor de Dios o a la eficacia de la obra y el sacrificio de Jesucristo. Es verdad que el amor de Dios es más amplio que nuestras ideas, y en el mismo Nuevo Testamento se intuye una Salvación cuyos brazos abarcan a todo el mundo.

El verdadero conocimiento de Dios

Y es por esto por lo que sabemos que hemos llegado a copocerle: si guardamos Sus mandamientos. El que diga: «Yo he llegado a conocerle, » y no guarde Sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no tiene cabida en su vida. El amor de Dios llega a su plenitud en cualquier persona .que guarda Su Palabra. Esta es la manera de saber si estamos en Él: el que pretenda permanecer en él, debe vivir la misma clase de vida que Él vivió.

Este pasaje contiene frases y pensamientos que eran muy familiares en el mundo antiguo. Habla acerca de conocer a Dios, y de estar en Dios. Es importante que veamos dónde está la diferencia entre el mundo pagano en toda su grandeza y el judaísmo y el Cristianismo. Conocer a Dios, permanecer en Dios, tener relación con Dios siempre ha sido el anhelo del corazón humano, porque Agustín tenía razón cuando decía que Dios nos ha hecho para Sí mismo, y que nuestros corazones están inquietos hasta que encuentran su reposo en Él. Podemos decir que en el mundo antiguo había tres lineas de pensamiento en relación con el conocimiento de Dios.

(i) En la gran era clásica de su pensamiento y literatura, en los siglos VI y V antes de Cristo, los griegos estaban convencidos de que podían llegar a Dios por un proceso de razonamiento y búsqueda intelectual. En El mundo del Nuevo Testamento, T. R. Glover tiene un capítulo sobre Los griegos en el que brillante e interesantemente bosqueja el carácter de la mente griega en sus grandes días, cuando los griegos glorificaban el intelecto. « Sería difícil encontrar un pensador más profundo y preciso que Platón,» decía Marshall Macgregor. Jenofonte nos cuenta la conversación que tuvo Sócrates con un joven. «¿Cómo sabes tú eso? -preguntó Sócrates-. ¿Lo sabes de veras, o lo supones?» El joven tuvo que confesar: « Lo supongo.» «Muy bien -respondió Sócrates-. Cuando hayamos pasado del suponer al saber podremos hablar de esto.» Las suposiciones no eran suficientemente buenas para el pensador griego. Para el griego clásico la curiosidad no era un defecto, sino la más grande de las virtudes, porque era la madre de la filosofía. Glover escribe sobre esta actitud: «Hay que examinarlo todo; el mundo entero es el campo de estudio del hombre; no hay pregunta que le sea impropio al hombre hacer; la naturaleza tiene que acabar por dar la cara y responder; Dios mismo tiene que explicarse a Sí mismo; porque, ¿es que no hizo así al hombre?» Para los griegos de la gran era clásica el camino hacia Dios pasaba por la inteligencia. Hay que notar que un enfoque intelectual a la religión no tiene que ser ético por necesidad. Si la religión es una serie de problemas mentales, si Dios es la meta que nos espera al final de una actividad mental intensa, la religión se convierte en algo así como las matemáticas superiores. Llega a ser cuestión de satisfacción intelectual y no de acción moral; y el hecho escueto es que muchos de los grandes pensadores griegos no eran precisamente morales. Aun hombres tan grandes como Platón y Sócrates no veían nada malo en la homosexualidad. Uno podía conocer a Dios en el sentido intelectual, pero eso no tenía por qué hacerle una buena persona.

(ii) Los griegos posteriores, en el trasfondo inmediato del Nuevo Testamento, trataban de encontrar a Dios en la experiencia emocional. El fenómeno religioso característico de aquellos días eran las religiones misteriosas. Sea cual fuere nuestro punto de vista de la historia de la religión, tenían unas características sorprendentes. Su objetivo era la unión con lo divino, y todas tomaban la forma de autos de pasión. Se fundaban en la historia de algún dios que vivía, y sufría terriblemente, y moría cruelmente, y resucitaba. Al iniciado se le daba un largo curso de instrucción; se le hacía practicar la disciplina ascética. Se le trabajaba emocionalmente, guiándole a un punto álgido de expectación y sensibilidad emocional. Entonces se le permitía pasar al auto de pasión en el que se representaba en la escena la historia de un dios doliente, que moría, y que resucitaba. Todo estaba diseñado para producir una atmósfera emocional. Había una iluminación sofisticada, una música sensual; un perfume de incienso, una liturgia maravillosa . En esta atmósfera se representaba la historia, y el iniciado se identificaba con las experiencias del dios hasta que podía exclamar: « ¡Yo soy tú, y tú eres yo!»; hasta que compartía el sufrimiento del dios y también su victoria e inmortalidad. Esto no era tanto conocer a Dios como sentir a Dios. Pero era una experiencia altamente emocional; y, como tal, era pasajera por fuerza. Era una especie de droga religiosa. Pretendía encontrar a Dios en una experiencia anormal, y su objetivo era escapar de la vida ordinaria.

(iii) Por último estaba la manera judía de conocer a Dios, que estaba íntimamente relacionada con la manera cristiana. Para el judío, el conocimiento de Dios venía, no de la especulación humana, ni por una experiencia exótica de emoción, sino por la propia revelación de Dios. El Dios que Se revelaba a Sí mismo era un Dios santo, y Su santidad conllevaba la obligación para el adorador de ser él también santo. A. E. Brooke dice: «Juan no puede concebir ningún conocimiento real de Dios que no desemboque en la obediencia.» El conocimiento de Dios se puede demostrar solamente por la obediencia a Dios; y el conocimiento de Dios se puede ganar solamente mediante la obediencia a Dios. C. H. Dodd dice: «Conocer a Dios es experimentar Su amor en Cristo, y devolver ese amor en obediencia.»

Aquí estaba el problema para Juan. En el mundo griego estaba frente a personas que veían a Dios como un ejercicio intelectual, y que podían decir: « Yo conozco a Dios» sin ser conscientes de ninguna obligación ética. En el mundo griego se enfrentaba con personas que habían tenido una experiencia emocional, y que podían decir: «Yo estoy en Dios y Dios está en mí,» y que sin embargo no veían a Dios en términos de mandamientos en absoluto. Juan está decidido a establecer de manera inequívoca y sin compromiso alguno que la única manera en que podemos mostrar que conocemos a Dios es obedeciéndole, y la única manera en que podemos mostrar que estamos unidos a Cristo es la imitación de Cristo. El Cristianismo es la religión que ofrece el mayor privilegio y que impone la mayor obligación.

El esfuerzo intelectual y la experiencia emocional no se menosprecian -¡lejos de ello!- pero deben combinarse para desembocar en la acción moral.

El mandamiento viejo y nuevo

Amados, no es ningún mandamiento nuevo el que os estoy transmitiendo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio. El mandamiento antiguo es la Palabra que habéis oído. Pero también es un nuevo mandamiento el que os estoy transmitiendo, algo que es verdadero en Él y en vosotros; porque las tinieblas van pasando, y la luz ya está brillando.

Amados es una palabra favorita de Juan al dirigirse a su pueblo (cp. 3:2,21; 4:1,7; 3 Juan 1:2,5,11). El acento dominante de sus escritos es el amor. Como decía Westcott: «San Juan, cuando insiste en el mandamiento del amor, aporta su ejemplo.» Hay aquí algo muy precioso. Mucho de esta carta es una advertencia; y parte de ella, una reprensión. Cuando estamos advirtiendo o reprendiendo a otros, es tan fácil adoptar un tono fríamente crítico; es tan fácil echar la bronca; es hasta posible complacerse en ver a los otros achicarse bajo el látigo verbal. Pero, hasta cuando tiene que decir cosas dolorosas, el acento de la voz de Juan es el amor. Había aprendido la lección que debe aprender todo padre, o predicador, o maestro, o líder: a decir la verdad con amor.

Juan habla de un mandamiento que es al mismo tiempo viejo y nuevo. Algunos tomarían esto como una referencia al mandamiento que se implica en el versículo 6, que el que permanezca en Jesucristo debe vivir la misma clase de vida que su Maestro. Pero es casi seguro que Juan está pensando en las palabra4 de Jesús en el Cuarto Evangelio: « Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis los unos a los otros; como Yo os he amado, que también os améis los unos a los otros» (Juan 13:34). ¿En qué sentido era ese mandamiento tanto antiguo como nuevo?

(i) Era antiguo en el sentido de que ya estaba en el Antiguo Testamento. ¿No decía la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»? (Levítico 19:18). Era antiguo en el sentido de que esta no era la primera vez que la audiencia de Juan lo había escuchado. Desde el mismísimo primer día de su incorporación a la vida cristiana les habían enseñado que la ley del amor había de ser la ley de su vida. Este mandamiento había recorrido un largo camino en la Historia, y también en las vidas de los destinatarios de esta carta.

(ii) Era nuevo porque se había elevado a una nivel completamente nuevo en la vida de Jesús -y era como Jesús había amado a los hombres como los hombres habían ahora de amarse unos a otros. Bien podría decirse que la humanidad no sabía realmente lo que era el amor hasta que lo vio en Jesús. En todas las esferas de la vida es posible que una cosa sea antigua en el sentido de que ha existido desde mucho antes, y sin embargo alcance un nivel totalmente nuevo por la actuación de alguien. Un juego puede llegar a ser nuevo para una persona cuando ha visto jugarlo a un gran maestro. Una pieza de música puede llegar a ser algo nuevo para una persona que se la ha escuchado a una gran orquesta bajo la batuta de un gran director. Hasta un plato de comida puede llegar a ser una cosa nueva para el que lo prueba cuando lo ha preparado alguien que tiene el genio de la cocina. Una cosa antigua se puede convertir en una nueva experiencia en las manos de un maestro. En Jesús, el amor llegó a ser nuevo en dos direcciones.

(a) Llegó a ser nuevo por la amplitud que alcanzó. En Jesús el amor alcanza hasta al pecador. Para el rabino judíos ortodoxo, el pecador era una persona a la que Dios quería destruir. «Hay gozo en el Cielo -decían- cuando un pecador desaparece de la tierra.» Pero Jesús fue el amigo de loa marginados y de los pecadores, y estaba seguro de que había gozo en el Cielo cuando un pecador volvía al hogar. En Jesús el amor alcanza hasta a los gentiles. Según algún rabino lo veía, «los gentiles fueron creados por Dios para servir de leña en los fuegos del infierno.» Pero para Jesús Dios amaba al mundo de tal manera que dio a Su Hijo. El amor llegó a ser algo nuevo en Jesús porque Él extendió sus fronteras hasta que no quedó nadie fuera de su abrazo.

(b) Llegó a ser nuevo por los límites a los que llegó. Ninguna falta de reacción, nada que pudiéramos hacerle nunca podía convertir en odio el amor de Jesús. Él pudo hasta pedir a Dios que tuviera misericordia de los que Le estaban clavando a la Cruz.

El mandamiento del amor era antiguo en el sentido de que se conocía desde hacía mucho; pero era nuevo porque en Jesucristo el amor alcanzó un nivel que no había alcanzado nunca antes, y era conforme a ese nivel como nos mandaba amar.

La derrota de la oscuridad

Juan pasa a decir que este mandamiento del amor se ha hecho realidad en Jesucristo y también en las personas a las que dirige su carta. Para Juan, como ya hemos visto, la verdad no es solamente algo que hay que captar con la mente, sino algo que hay que poner por obra. Lo que quiere decir es que el mandamiento del amor mutuo es la verdad suprema; en Jesucristo podemos ver ese mandamiento en toda la gloria de su plenitud; en Él ese mandamiento se hace verdad; y en el cristiano podemos verlo, no en la plenitud de su verdad, pero sí llegando a ser realidad. Para Juan, el Cristianismo es un progreso en el amor.

Pasa luego a decir que la luz ya está brillando, y las tinieblas están pasando. Esto hay que leerlo en su contexto histórico. Para cuando Juan estaba escribiendo, al final del primer siglo, las ideas estaban cambiando. En los primeros días de la Iglesia se había estado esperando la Segunda Venida de Jesús como un acontecimiento repentino e inminente. Cuando aquello no tuvo lugar, no abandonaron la esperanza, sino permitieron que la experiencia la cambiara. Para Juan la Segunda Venida de Cristo no es un acontecimiento dramático y repentino, sino un proceso en el cual las tinieblas van siendo derrotadas paulatinamente por la luz; y el final del proceso será un mundo en el que las tinieblas hayan sido derrotadas totalmente, y la luz haya triunfado en toda la línea.

En este pasaje y en los versículos 10 y 11, la luz se identifica con el amor, y la oscuridad con el odio. Eso es decir que el fin de este proceso es un mundo en el que reine el amor, y el odio haya sido desterrado. Cristo ha entrado en el corazón de una persona cuando toda su vida es gobernada por el amor; y Él habrá entrado en el mundo de los hombres cuando todos obedezcan Su mandamiento del amor. La Venida y el Reino de Jesús son equivalentes a la venida y el reinado del amor.

Amor y odio, luz y oscuridad

El que diga que está en la luz, y al mismo tiempo aborrezca a su hermano, está todavía en las tinieblas. El que ame a su hermano permanece en la luz, y no hay nada en él que le haga vacilar. El que aborrezca a su hermano está en las tinieblas y anda en las tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos.

Lo primero que nos impacta en este pasaje es que Juan ve las relaciones personales en blanco y negro. En relación con nuestro hermano hombre no hay más que amor u odio; según lo ve Juan, no hay tal cosa como neutralidad en las relaciones personales. Según lo expresa Westcott: «La indiferencia es imposible; no hay crepúsculos en el mundo espiritual.»

Hay que notar además que de lo que está hablando Juan es de la actitud de un hombre hacia su hermano; es decir, el vecino de al lado, el que vive y trabaja con él, con el que está en contacto todos los días. Hay una supuesta actitud cristiana que predica con entusiasmo el amor a las gentes de otras tierras, pero que nunca busca ninguna clase de relación con el vecino de al lado, ni tan siquiera vivir en paz con el propio círculo familiar. Juan insiste en el amor hacia la persona con la que estamos diariamente en contacto. Como decía A. E. Brooke, esto no es «una filosofía insípida, ni un pretendido cosmopolitismo;» es algo inmediato y práctico.

Juan tiene toda la razón del mundo cuando traza una aguda distinción entre la luz y la oscuridad, el amor y el odio, sin matices intermedios. No podemos pasar por alto a nuestro hermano; es parte de nuestra circunstancia. La cuestión es, ¿cómo le consideramos?

(i) Podemos considerar a nuestro hermano hombre como prescindible. Podemos hacer todos nuestros planes sin incluirle de ninguna manera en nuestros cálculos. Podemos vivir con la suposición de que su necesidad y su dolor y su bienestar y su salvación no tienen nada que ver con nosotros. Una persona puede ser tan egocéntrica -a menudo inconscientementeque lo único que le importa en el mundo es ella misma.

(ii) Podemos mirar a nuestro hermano hombre con desprecio. Le podemos tratar como un necio en comparación con nuestros logros intelectuales, y como alguien de cuya opinión podemos prescindir totalmente. Puede que le consideremos, como los griegos a los esclavos, una casta inferior aunque necesaria, bastante útil para las tareas vulgares de la vida, pero que no se puede comparar con nosotros.

(iii) Podemos considerar a nuestro hermano hombre como un fastidio. Puede que reconozcamos que la ley y los convencionalismos le han dado un cierto derecho sobre nosotros, pero que no es nada más que una desgraciada imposición.

Así es que uno puede considerar como lamentable cualquier contribución que tenga que hacer a la caridad, y cualquier impuesto que tenga que pagar para el bienestar social. Algunos consideran en lo más íntimo de su corazón que los que se encuentran en una condición de pobreza o de necesidad, lo mismo que todos los demás marginados, no son más que un fastidio.

(iv) Puede que consideremos a nuestro hermano hombre un enemigo. Si consideramos que la competencia es el principio fundamental de la vida, tendrá que ser así. Cualquier otra persona de la misma profesión o negocio es un competidor en potencia, y por tanto un enemigo en potencia.

(v) Puede que consideremos a nuestro hermano hombre un hermano; sus necesidades, como si fueran nuestras; sus intereses, como si fueran nuestros, y el estar en la debida relación con él como el verdadero gozo de la vida.

El efecto del amor y del odio

Juan tiene algo más que decir. Tal como él lo ve, nuestra actitud hacia nuestro hermano hombre tiene un efecto, no sólo en él, sino también en nosotros.

(i) Si amamos a nuestro hermano, estamos caminando en la luz y no hay nada en nosotros que nos haga tropezar. El original griego podría querer decir que, si amamos a nuestro hermano, no habrá nada en nosotros que le haga tropezar; y, por supuesto, eso sería perfectamente cierto. Pero es mucho más probable que lo que Juan quiere decir sea que, si amamos a nuestro hermano, no hay nada en nosotros que nos haga, a nosotros, tropezar. Es decir, que el amor nos permite hacer un progreso en la vida espiritual, y el odio lo hace imposible. Cuando pensamos en ello, eso es perfectamente obvio. Si Dios es amor, y si el mandamiento nuevo de Cristo es el amor, entonces el amor nos acerca a las personas y a Dios, y el odio nos separa de las personas y de Dios. Deberíamos recordar siempre que el que tiene odio o resentimiento en su corazón no puede nunca crecer en la vida espiritual.

(ii) Juan pasa a decir que el que odia a su hermano camina en tinieblas y no sabe adónde va porque las tinieblas le ciegan. Es decir, que el odio vuelve a las personas ciegas; y esto también es perfectamente obvio. Cuando uno tiene odio en el corazón, se le oscurece la capacidad de juicio; no puede ver claramente una situación. No es nada raro ver a una persona oponerse a un buen proyecto simplemente porque no le cae bien la persona que lo presenta. Una y otra vez el progreso en algún esquema de iglesia o de cualquier otra sociedad se interrumpe por animosidades personales. Nadie puede dar un veredicto sobre nada si tiene odio en su corazón, ni tampoco dirigir su propia vida como debe cuando le domina el odio.

El amor le permite a uno andar en la luz; el odio le deja a uno en la oscuridad -aunque no se dé cuenta.

Recordando quiénes somos

Os estoy escribiendo a vosotros, hijitos, porque se os han perdonado vuestros pecados por causa de Su nombre. Os estoy escribiendo a vosotros, padres, porque habéis llegado a conocer al Que es desde el principio. Os estoy escribiendo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno. Os he escrito a vosotros, pequeñitos, porque habéis llegado a conocer al Padre. :Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis llegado a conocer al Que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la Palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno.

Este es un pasaje precioso; y sin embargo, a pesar de toda su belleza, presenta sus problemas de interpretación. Empezaremos por notar dos cosas que son seguras.

Primera, en cuanto a su forma, este pasaje no es exactamente poesía, pero sí es algo que se le parece. Y esto se ha de tener en cuenta en su interpretación.

Segunda, en cuanto a su contenido, Juan le ha estado advirtiendo a su pueblo de los peligros de la oscuridad y de la necesidad de andar en la luz, y ahora dice que en todos los casos su mejor defensa está en recordar lo que son y lo que se ha hecho por ellos. Sean quienes sean, sus pecados les han sido perdonados; sean quienes sean, conocen al Que es desde el principio; sean quienes sean, tienen la fuerza que puede enfrentarse al Maligno y vencerle. Cuando aconsejaron a Nehemías que buscara cobardemente su seguridad, su respuesta fue: « ¿Un hombre como yo ha de huir?» (Nehemías 6:11). Y cuando el cristiano es tentado, su respuesta bien puede ser: «¿Debe un hombre como yo rebajarse a esta locura, o mancharse las manos con esta guarrería?» La persona que ha sido perdonada, que conoce a Dios y que es consciente de que puede reclamar una fuerza superior a la suya tiene una gran defensa contra la tentación al recordar sencillamente estas cosas. Pero en este pasaje hay problemas. El primero es bien sencillo. ¿Por qué dice Juan tres veces estoy escribiendo, y otras tres veces Os he escrito? La Vulgata traduce ambas por el presente, scribo; y se ha sugerido que Juan cambia de tiempo simplemente para evitar la monotonía que producirían seis tiempos presentes seguidos. También se ha sugerido que los tiempos pasados son lo que se llama en griego el aoristo epistolar. Los autores de cartas griegos tenían la costumbre de usar el pasado en vez del presente para ponerse en la posición del lector. Para el escritor de una carta, una cosa puede que fuera presente, porque estaba sucediendo en ese momento; pero para el lector de la carta seria pasada, porque para entonces ya habría sucedido. Para poner un ejemplo sencillo: Un escritor de carta griego podría decir igualmente bien: «Hoy voy al pueblo,» u «Hoy fui al pueblo.» Ese es el aoristo epistolar o del autor de cartas. Si fue así aquí, no hay realmente ninguna diferencia entre el estoy escribiendo y el he escrito de Juan.

s más probable que la interpretación sea la siguiente. Cuando Juan dice estoy escribiendo está pensando en lo que está escribiendo en ese preciso momento y lo que todavía tiene que decir; pero cuando dice he escrito está pensando en lo que ya les ha escrito a sus corresponsales, y ellos lo han leído. El sentido sería entonces que la totalidad de la carta, la parte ya escrita, la que se está escribiendo y la que está por escribirse, todo está diseñado para recordarles a los cristianos quién y cúyos son, y qué se ha hecho por ellos.

Para Juan tenía una importancia suprema el que el cristiano recordara su posición y los beneficios que tenía en Jesucristo, porque estas cosas serían su defensa contra el error y contra el pecado.

En cada etapa

El segundo problema que se nos presenta es más difícil, y también más importante. Juan usa tres títulos para dirigirse a los que está escribiendo: los llama hijitos; en el versículo 12. la palabra griega es teknía, y en el versículo 13 paidía; teknía indica un niño pequeño de edad, y paidía un niño pequeño en experiencia y, por tanto, necesitado de enseñanza y disciplina. Los llama padres. Los llama jóvenes. La cuestión es: ¿A quién está escribiendo Juan? Se han propuesto tres respuestas.

(i) Se ha sugerido que debemos tomar estas palabras como representando a tres grupos de edades en la iglesia -niños, padres y jóvenes. Los niños tienen la dulce inocencia de la niñez y del perdón. Los padres tienen la sabiduría madura que se alcanza con la experiencia cristiana. Los jóvenes tienen la fuerza que les permite ganar su batalla personal con el Maligno. Esto es de lo más atractivo; pero hay tres razones que nos hacen dudar de adoptarlo como el único sentido del pasaje.

(a) Hijitos es una de las expresiones favoritas de Juan. La usa también en 2:1,28; 3:7; 4:4; 5:21; y está claro que en los otros casos no está pensando en niños en términos de edad, sino en cristianos de los que él mismo es el padre espiritual. Para entonces debe de encontrarse muy cerca de los cien años de edad; todos los miembros de sus iglesias pertenecían a una generación mucho más joven, y para él eran todos niñitos de la misma manera que un maestro o profesor puede seguir hablando de sus chicos cuando ya son hombres hechos y derechos.

(b) El hecho de que el pasaje es poético nos hace pensar dos veces antes de adoptar una interpretación literal y prosaica tomando como intencionada una clasificación tan seca y exacta. El literalismo y la poesía no se dan fácilmente juntos.

(c) Tal vez la mayor dificultad está en que las bendiciones de las que habla Juan no son posesión exclusiva de ninguna edad. El perdón no pertenece exclusivamente a los niños; un cristiano puede ser joven en la fe y tener sin embargo una madurez maravillosa; la fuerza para vencer al tentador no pertenece -a Dios gracias- exclusivamente a la juventud. Estas bendiciones pertenecen a toda la vida cristiana y no solamente a una cierta edad.

No decimos que no haya una idea de grupos por edades en este pasaje. La hay sin duda; pero Juan tiene una manera de decir las cosas que se puede tomar de dos formas, una más estrecha y otra más amplia; y, aunque el sentido más estrecho también está aquí, debemos ir más allá de él para encontrar el significado pleno.

(ii) Se ha sugerido que hemos de encontrar aquí dos grupos. El razonamiento es que hijitos o niñitos describe a los cristianos en general, y que los cristianos en general se dividen en dos grupos: los padres y los jóvenes, es decir, los jóvenes y los ancianos, los maduros y los que no lo son todavía. Eso es perfectamente posible, porque el pueblo de Juan debe de haberse acostumbrado hasta tal punto a que él los llamara hijitos míos que no relacionarían esta expresión con una edad determinada, y todos se incluirían en esa categoría.

Se sugiere que en cada caso las palabras incluyen a todos los cristianos, y que no se pretende ninguna clasificación. Todos los cristianos parecen chiquillos, porque todos pueden recuperar la inocencia por el perdón de Jesucristo. Todos los cristianos son como padres, plenamente maduros, responsables, que pueden pensar y aprender su camino cada vez más profundamente hacia el pleno conocimiento de Jesucristo. Todos los cristianos son como los jóvenes, con una energía vigorosa para luchar y ganar sus batallas contra el tentador y su poder. Podemos empezar por tomar estas palabras como una clasificación de los cristianos en tres grupos, por edades; pero llegamos a ver que las bendiciones de cada grupo son las de todos los grupos, y que cada uno de nosotros se encuentra incluido en todos los grupos.

Los dones de dios en Cristo

Este pasaje presenta claramente los dones de Dios a todos los hombres en Jesucristo.

(i) Está el don del perdón por medio de Jesucristo. Este era el mensaje esencial del Evangelio y de los primeros predicadores. Fueron enviados a predicar el arrepentin—iiento y el perdón de los pecados (Lucas 24:47). Fue el mensaje de Pablo en Antioquía de Pisidia que a todos los hombres se proclamaba mediante Jesucristo el perdón de pecados (Hechos 13:38). Ser perdonado es estar en paz con Dios, y ese es precisamente el don que; Jesús trajo a los hombres. Juan usa la curiosa frase por medio de Su nombre (versículo 12). El perdón viene por medio del nombre de Jesucristo. Los judíos usaban el nombre de una manera muy especial. El nombre no es simplemente la palabra por la que se llama a una persona; representa todo el carácter de una persona en tanto en cuanto se ha dado a conocer a los demás. Este uso es muy corriente en el Libro de los Salmos. «En Ti confiarán los que conocen Tu nombre» (Salmo 9:10). Está claro que esto no quiere decir que los que saben que Dios se llama Jehová pondrán su confianza en El, sino que los que conocen la naturaleza de Dios en tanto en cuanto ha sido revelada a los hombres estarán dispuestos a poner su confianza en Él, porque saben cómo es. El salmista ora: «Por amor de Tu nombre, oh Señor, perdona mi culpa» (Salmo 25:11), que, para todos los intereses y propósitos quiere decir por causa de Tu amor y misericordia. La base de la oración del salmista es el carácter de Dios como él sabe que Dios es. «Por amor de Tu nombre -dice el salmista-, condúceme y guíame» (Salmo 31:3). Puede presentar su petición solamente porque conoce el nombre -el carácter de Dios. «Algunos presumen de carros de combate -dice el salmista-, y otros de su caballería; pero nosotros confiamos en el nombre del Señor nuestro Dios» (Salmo 20:7). Algunas personas ponen su confianza en las cosas terrenales; pero nosotros confiaremos en Dios, porque conocemos Su naturaleza. Así es que Juan quiere decir que se nos asegura el perdón porque conocemos el carácter de Jesucristo. Sabemos que en El vemos a Dios. Vemos en Él el amor sacrificial y la paciente misericordia; por tanto sabemos que así es Dios, y por tanto podemos estar seguros de que hay perdón para nosotros.

(ii) Está el don del creciente conocimiento de Dios. Sin duda Juan estaba pensando en su propia experiencia. Ya era un hombre muy anciano; estaba escribiendo alrededor del año 100 d.C. Había vivido con Cristo setenta años, en los cuales había pensado en Él y llegado a conocerle mejor de día en día. Para los judíos, el conocimiento no era algo meramente intelectual. Conocer a Dios no era simplemente conocerle con el conocimiento del filósofo; era conocerle como se conoce a un amigo. En hebreo conocer se usa de la íntima relación entre el esposo y la esposa, y especialmente el acto sexual, la más íntima de todas las relaciones (cp. Génesis 4:1). Cuando Juan habla del creciente conocimiento de Dios no quería decir que el cristiano llegara a ser un teólogo eminente; quería decir que a lo largo de los años llegaría a una relación más íntima con Dios.

(iii) Está el don de la fuerza victoriosa. Juan considera la lucha con la tentación como una lucha personal. No habla en abstracto de conquistar el mal; habla de conquistar al Maligno. Ve el mal como un poder personal que trata de apartarnos de Dios. Una vez Robert Louis Stevenson, hablando de una experiencia que él nunca contó en detalle dice: «¿Conocéis la estación de ferrocarril de Edimburgo? Una vez yo me encontré allí con Satanás.» Seguramente no hay nadie que no haya experimentado el ataque del tentador, el asalto personal sobre su virtud o su lealtad. Es en Cristo en Quien recibimos el poder para resistir y vencer este ataque. Para tomar una analogía humana muy sencilla -todos sabemos que hay algunas personas en cuya presencia es fácil ser malo, y otras en cuya presencia es necesario ser bueno. Cuando andamos con Jesús, estamos andando con Alguien Cuya compañía nos puede permitir vencer los asaltos del Maligno.

Compitiendo por el corazón humano

No améis el mundo ni las cosas del mundo. Si uno ama el mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo -el deseo de la carne, el deseo de los ojos, la vanagloria de la vida-no proceden del Padre, sino del mundo. Y el mundo y las cosas del mundo que deseamos son pasajeros; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Era característico del mundo antiguo ver el mundo en términos de dos principios en conflicto. Lo vemos muy claramente en el zoroastrismo, la religión de los persas.. Era una religión con la que los judíos habían estado en contacto, y que había dejado su impronta en el pensamiento judío. El zoroastrismo veía el mundo como el campo de batalla entre las fuerzas opuestas de la luz y de la oscuridad. El dios de la luz era Ahura-Mazdá, y el de la oscuridad Angra-Mainyu. Y la decisión suprema de la vida era qué lado se iba a servir. Todas las personas tenían que decidir aliarse ya fuera a la luz o a la oscuridad; ese era un dilema que los judíos conocían muy bien.

Pero para los cristianos la escisión entre el mundo y la Iglesia tenía otro trasfondo. Los judíos tenían desde hacía muchos siglos una creencia básica que dividía el tiempo en dos edades: esta edad presente, que era totalmente mala, y la edad por venir, que era la edad de Dios y, por tanto, totalmente buena. Era una creencia básica de los cristianos que en Cristo la era por venir había llegado, el Reino de Dios estaba ya aquí; pero el Reino de Dios no se había introducido en el mundo, ni había venido para el mundo, sino solamente a la Iglesia y para la Iglesia. De ahí que el cristiano estuviera abocado a trazar un contraste. La vida del cristiano dentro de la Iglesia era la de la era por venir, que era totalmente buena; por otra parte, el mundo estaba todavía viviendo en esta era presente, que era totalmente mala. La consecuencia inevitable de esta dualidad era una completa escisión entre la Iglesia y el mundo, entre los cuales no podría nunca haber ningún entendimiento, ni siquiera por compromiso temporal.

Pero debemos procurar entender debidamente lo que Juan quería decir por el mundo, el kosmos. El cristiano no odiaba el mundo como tal. Era la creación de Dios, y Dios lo había hecho bien. Jesús había amado la belleza del mundo; ni siquiera Salomón, con toda su gloria, se había vestido como una de las amapolas que florecían y morían en un día. Una y otra vez Jesús tomaba Sus ilustraciones del mundo. En ese sentido el cristiano no odiaba el mundo. La Tierra no pertenecía al diablo, sino era del Señor, con todo lo que contenía. Pero kosmos adquirió un sentido moral. Empezó por querer decir el mundo que está separado de Dios. C. H. Dodd define este sentido del kosmos diciendo: « Nuestro autor se refiere a la sociedad humana que se organiza sobre principios falsos y se caracteriza por deseos bajos, falsos valores y egoísmo.» En otras palabras: para Juan el mundo no era más que la sociedad pagana, con sus falsos valores y dioses falsos.

El mundo en este pasaje no quiere decir el mundo en general, porque Dios amaba al mundo que había hecho; quiere decir el mundo que, de hecho, había olvidado al Dios que lo había hecho.

Sucedía que había un factor en la situación del pueblo de Juan que hacía aún más peligrosas las circunstancias. Está claro que, aunque los cristianos fueran impopulares, no los estaban persiguiendo. Por tanto estaban bajo la tentación peligrosa de llegar a un acuerdo con el mundo. Siempre es difícil ser diferente de los demás, y el serlo se les hacía especialmente difícil a los cristianos en aquellas circunstancias.

Hasta día de hoy el cristiano no ha podido nunca evadirse de la obligación de ser diferente del mundo. En este pasaje Juan ve las cosas como siempre las veía: en blanco y negro. Como lo expresó Westcott: « No puede haber un vacío en el alma.» Esta es una cuestión en la que no cabe la neutralidad: o se ama el mundo, o se ama a Dios. Jesús mismo lo dijo: «Nadie puede servir a dos amos» (Mateo 6:24). La decisión definitiva sigue siendo la misma. ¿Vamos a aceptar los principios del mundo, o los de Dios?

Una vida sin futuro

Juan tiene dos cosas que decir acerca del que ama el mundo y se compromete con él. . Primera, presenta tres pecados que son típicos del mundo.

(i) Está el deseo de la carne. Esto quiere decir mucho más que lo que nosotros entendemos por los pecados de la carne. Muchas veces esto se limita exclusivamente a los pecados sexuales. Pero en el Nuevo Testamento la carne es la parte de nuestra naturaleza que, cuando está fuera de la gracia de Jesucristo, ofrece una cabeza de puente al pecado. De hecho incluye los pecados de la carne, pero también todas las ambiciones mundanas y los objetivos egoístas. El estar sujeto al deseo de la carne es juzgar todo lo que hay en el mundo con un baremo puramente materialista. Es vivir una vida dominada por los sentidos. Es ser glotón en la comida, rebuscado en el lujo, esclavo del placer, codicioso y relajado en la moral, egoísta en el uso de las posesiones, desinteresado en todos los valores espirituales, extravagante en la gratificación de los deseos materiales. El deseo de la carne no tiene en cuenta los mandamientos de Dios, ni Su juicio, ni Sus principios, ni aun la misma existencia de Dios. No tenemos por qué considerar estos como los pecados de los pecadores más groseros. Cualquiera que busque un placer que pueda ser la ruina de cualquier otra persona; cualquiera que no tenga respeto a las personalidades de los demás cuando se trata de la gratificación de sus propios deseos; cualquiera que viva en lujo mientras otros vivan en pobreza; cualquiera que haya hecho un dios de su propia comodidad y ambición en cualquier parte de la vida, es siervo del deseo de la carne.

(ii) Está el deseo de los ojos. Este, como C. H. Dodd especifica, «es la tendencia a dejarse cautivar por las apariencias.» Es el espíritu que identifica la ostentación excesiva con la prosperidad real; que no puede ver nada sin desear poseerlo y que, una vez que lo posee, se pavonea y hace gala de ello. Es el espíritu que cree que la felicidad se halla en las cosas que se compran con dinero y que se pueden ver con los ojos; que no reconoce otros valores que los materiales.

(iii) Está la vanagloria de la vida. Aquí usa Juan una palabra griega de lo más gráfica, alazoneía. Para los antiguos moralistas, el alazón era el hombre que pretendía tener más que nadie y valer más que nadie. El alazón era el fanfarrón; y C. H. Dodd llama a la alazoneía un egotismo desmedido. Teofrasto, el gran maestro griego del estudio de los caracteres, tiene una viñeta del alazón. Cuando está en un puerto, presume de los barcos que tiene en la mar; manda ostentosamente a un mensajero al banco, cuando no tiene ni una peseta en su cuenta; habla de los amigos que tiene entre los poderosos, y de las cartas de famosos que recibe; detalla extensamente sus contribuciones a la beneficencia y a los servicios del estado.

Vive en una casa de alquiler, pero habla de comprar una casa más grande para poder celebrar fiestas lujosas. Su conversación versa continuamente en presumir de cosas que no posee, y se pasa la vida tratando de impresionar a todos los que encuentra con su importancia inexistente.

Según lo ve Juan, el hombre de mundo es el que lo juzga todo por sus apetencias, el que es esclavo de la ostentación desmedida, el presumido fanfarrón que trata de presentarse como mucho más de lo que es. Y entonces viene la segunda advertencia de Juan. La persona que se adscribe a las metas y las maneras del mundo está dedicando la vida a cosas que, literalmente, no tienen ningún futuro. Todas estas cosas son pasajeras, y no tienen ninguna permanencia; pero la persona que ha puesto a Dios como el centro de su vida se entrega a cosas que duran para siempre.

La persona del mundo está condenada a la desilusión; la que pertenece a Dios tiene seguro un gozo que nunca se acaba.

El tiempo de la última hora

Hijitos, ya es el tiempo de la última hora; y ya han surgido numerosos anticristos; precisamente como habéis oído que el Anticristo había de venir. Por eso sabemos que estamos en la última hora. Es importante que entendamos lo que Juan quiere decir cuando habla del tiempo de la última hora. La idea de los últimos días y de la última hora aparece en toda la Biblia; pero su significado tiene un desarrollo de lo más interesante.

(i) La frase se encuentra frecuentemente en los primeros libros del Antiguo Testamento. Jacob, por ejemplo, antes de su muerte reunió a sus hijos para decirles lo que les sucedería en los últimos días (Génesis 49:1; cp. Números 24:14). En aquel tiempo, los últimos días se refería a cuando el pueblo de Israel entrara en la Tierra Prometida, y llegara por fin a disfrutar de las bendiciones prometidas por Dios.

(ii) La frase aparece frecuentemente en los profetas. En los últimos días el Monte del Señor será establecido como el más alto de los montes, y se remontará por encima de las colinas, y todas las naciones fluirán hacia él (Isaías 2:2; Miqueas 4:1). En los últimos días la Santa Ciudad de Dios será suprema. E Israel ofrecerá a Dios la perfecta obediencia que Le es debida (cp. Jeremías 23:20; 30:24; 48:47). En los últimos días se manifestará la soberanía de Dios.

(iii) En el Antiguo Testamento mismo y en el período entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, los últimos días llegaron a asociarse con el Día del Señor. Esta es una concepción que se encuentra entretejida en la Escritura. Los judíos habían llegado a creer que todo el tiempo estaba dividido en dos edades. Entre esta edad presente, que era totalmente mala, y la edad por venir, que sería el tiempo dorado de la supremacía de Dios estaba el Día del Señor, los últimos días, que serían un tiempo de terror, de disolución cósmica y de juicio, los dolores de parto de la nueva edad.

La última hora no quiere decir un tiempo de aniquilación cuyo final fuera la gran nada total que hubo antes del principio. En el pensamiento bíblico, el último tiempo es el final de una edad y el principio de otra. Pero conduce, no a la destrucción del mundo, sino a la re-creación del mundo.

Aquí está el centro de la cuestión. Entonces se plantea la pregunta: « ¿Será un hombre borrado en el juicio de lo viejo, o entrará en la gloria de lo nuevo?» Esa es la alternativa con que Juan -como todos los autores bíblicos- confronta a los hombres. Los hombres tienen la posibilidad de aliarse con el mundo antiguo, que está abocado a la disolución, o de aliarse con Cristo y entrar en el nuevo mundo, el verdadero mundo de Dios. Aquí está la urgencia. Si fuera un asunto sencillo de obliteración social, no se podría evitar; pero es cuestión de recreación, y el que una persona entre o no en el nuevo mundo depende de que Le dé su vida a Cristo o no.

De hecho, Juan estaba equivocado. Aquella no era la última hora para el mundo. Han transcurrido diecinueve siglos, y el mundo sigue existiendo. ¿Pertenece toda esta idea a una esfera de pensamiento que hay que descartar? La respuesta es que en ella se encuentra algo de importancia eterna. Todas las horas son la última hora. Hay un conflicto continuo en el mundo entre el bien y el mal, entre Dios y lo que es anti-Dios. Y cada momento y en cada decisión una persona se enfrenta con la decisión de aliarse, ya sea con Dios, o con las fuerzas malas que están contra Dios; y de ahí saldrá, o dejará de salir, su participación en la vida eterna. El conflicto entre el bien y el mal no acaba nunca; por tanto, en un sentido muy real, cada hora es la última hora.

El anticristo

En este versículo encontramos una referencia al Anticristo. Anticristo es una palabra que no encontramos en el Nuevo Testameáto nada más que en las cartas de Juan (1 Juan 2:22; 4:3; 2 Juan 7); pero es la expresión de una idea que es tan antigua como la religión misma.

Por su etimología, Anticristo puede tener dos significados. Anti es una preposición griega que puede querer decir, o contra, o en lugar de. Stratégos es la palabra griega para general, y antistratégos puede querer decir, o el general enemigo, o el representante del general. Anticristo puede querer decir, o el que se opone a Cristo, o uno que trata de ponerse en el lugar de Cristo. En este caso, el significado es casi el mismo, pero con una diferencia. Si tomamos el significado de uno que se opone a Cristo, la oposición está bien clara. Si tomamos el significado de uno que trata de ponerse en el lugar de Cristo, Anticristo puede ser uno que trata sutilmente de tomar el lugar de Cristo desde dentro de la Iglesia y de la comunidad cristiana. Uno representa una oposición abierta; el otro, una infiltración sutil. No tenemos necesidad de escoger entre estos dos significados, porque el Anticristo puede actuar de cualquiera de las dos maneras.

La manera más sencilla de considerarlo es que Cristo es la encarnación de Dios y de la bondad, y el Anticristo es la encarnación del diablo y del mal. Ya hemos dicho que esta es una idea tan antigua como la religión misma; los hombres siempre han tenido la impresión de que en el universo hay un poder que está en oposición a Dios. Una de sus formas más antiguas se encuentra en la leyenda babilónica de la creación, según la cual hubo en el mismo principio un monstruo marino primigenio llamado Tiamat; este monstruo marino fue sometido por Marduk, pero no matado; estaba solamente dormido, y la batalla final estaba todavía pendiente. Esa idea mítica del monstruo primigenio aparece en el Antiguo Testamento una y otra vez, donde se le llama corrientemente Rahab o la serpiente astuta o Leviatán. «Tú quebrantaste a Rahab como a un herido de muerte,» dice el salmista (Salmo 89:10). « Su mano traspasó a la serpiente tortuosa,» dice Job (Job 26:13). Isaías dice hablando del Brazo del Señor: «¿No eres Tú el que despedazó a Rahab, el Que hirió al dragón?» (Isaías 51:9). Isaías también escribe: «En aquel día castigará el Señor con Su espada dura, grande y fuerte a Leviatán, la serpiente veloz, a Leviatán, la serpiente tortuosa; y matará al dragón que está en el mar» (Isaías 27:1). Esta idea pertenece a la niñez de la humanidad, y la idea a su base es que en el universo hay un poder hostil a Dios.

En su origen, este poder se concebía como el dragón. Inevitablemente, conforme fue pasando el tiempo, llegó a personificarse. Siempre que surgía un hombre malvado que parecía colocarse frente a Dios y empeñarse en destruir a Su pueblo había la tendencia a identificarle con esta fuerza antiDios. Por ejemplo, hacia el año 168 a.C. surgió la figura de Antíoco Epífanes, rey de Siria. Decidió hacer todo lo posible para eliminar el judaísmo: invadió Jerusalén, mató a millares de judíos y vendió docenas de millares como esclavos. El circuncidar a un niño o el poseer un ejemplar de la Ley se convirtió en un crimen que se castigaba con una muerte inmediata. Se erigió en los atrios del Templo un gran altar a Zeus, en el que se ofrecía carne de cerdo. Las cámaras del Templo se convirtieron en burdeles públicos. Aquí tenemos un esfuerzo a sangre fría para desarraigar la religión judía. Fue Antíoco el que Daniel llamó « la abominación que produce desolación» (Daniel 11:31; 12:11). Aquí, pensaron los judíos, estaba la fuerza anti-Dios hecha carne.

Fue esta misma frase la que se tomó en los días del evangelio de Marcos para hablar de « la abominación de desolación» -«el Horror Demoledor,» como lo tradujo Moffatt- que estaba instalado en el Templo (Marcos 13:14; Mateo 24:15). En este caso la referencia era a Calígula, el emperador romano más que medio loco que quería instalar su propia imagen en el Santo de los Santos del Templo. Se tenía la impresión de que esto era un acto del anti-Dios encarnado.

En 2 Tesalonicenses 2:3s, Pablo habla del «hombre de pecado,» el que se exalta por encima de todo lo que se considera divino y de todo lo que recibe culto, y que se coloca en el misnid Templo de Dios. No sabemos a quién se refería Pablo, pero tenemos de nuevo este pensamiento de uno que era la encarnación de todo lo que se opone a Dios.

En Apocalipsis encontramos la bestia (13:1; 16:13; 19:20; 20:10). Aquí se trata probablemente de otra figura. Todo el mundo consideraba a Nerón un monstruo humano. Sus excesos repugnaban a los romanos, y su salvaje persecución torturaba a los cristianos. A su debido tiempo murió; pero había sido tan horriblemente malo que no se podía creer que hubiera muerto de veras. Así es que surgió la leyenda del Nero redivivus, Nerón resucitado-,que decía que Nerón no estaba muerto, sino que había ido a Partia, y volvería con las hordas partas para lanzarse sobre la gente. Es la bestia, el Anticristo, la encarnación del mal. A lo largo de toda la Historia se han venido haciendo estas identificaciones de figuras humanas con el Anticristo: el Papa, Napoleón, Mussolini, Hitler, han sido en su día identificados con esta figura. Pero el hecho es que el Anticristo no es tanto una persona como un principio, el principio que está activamente en contra de Dios y que bien se puede considerar encarnado en esos hombres de cada generación que han sido los enemigos declarados de Dios.

La batalla de la mente

Juan tiene un punto vista del Anticristo que le es característico. Para él la señal de que el Anticristo está en el mundo es la doctrina falsa y la enseñanza peligrosa de los herejes. La Iglesia había recibido suficientes advertencias de que en los últimos días surgirían falsos maestros. Jesús había dicho: «Vendrán muchos en Mi nombre diciendo: «Yo soy el Cristo;» y engañarán a muchos» (Marcos 13:6; cp. Mateo 24:5). Antes de marcharse, Pablo había advertido a sus amigos de Éfeso: «Después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño. Y de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas para arrastrar tras sí discípulos» (Hechos 20:29s). La situación que había sido anunciada había surgido.

Pero Juan tenía una opinión especial de esta situación. No pensaba en el Anticristo como una figura única e individual, sino más bien como un poder de falsedad que hablaba por medio de los falsos maestros. De la misma manera que el Espíritu Santo inspiraba a los verdaderos maestros y profetas, también había un mal espíritu inspirando a los falsos maestros y profetas.

El gran interés y relevancia de esto es que para Juan el campo de batalla era la mente. El espíritu del Anticristo estaba luchando con el Espíritu de Dios por la posesión de las mentes humanas. Lo que hace que esto sea tan significativo es que podemos ver exactamente este proceso en operación hoy. Se ha hecho una ciencia de la técnica de introducir ideas en la mente humana. Vemos a personas que toman una idea, y la repiten y la repiten y la repiten hasta que se asienta en las mentes de otros que empiezan a aceptarla como verdadera simplemente porque la han oído tan a menudo. Esto es hoy más fácil que nunca debido a la proliferación de los medios de comunicación de masas -libros, periódicos, radio, televisión, ordenadores y los innumerables recursos modernos de publicidad. Un propagandista habilidoso puede tomar una idea e infiltrarla en las mentes de las personas hasta que, sin ellos darse cuenta, la aceptan como propia. No decimos que Juan previera todo esto; pero sí vio la mente como el campo de operaciones del Anticristo. Juan ya no pensaba en términos de una figura demoníaca individual, sino en términos de una fuerza de maldad buscando insistentemente introducirse en las mentes de las personas. Y no hay nada más potente que esto para el mal.

Si hay una tarea especial que se le presente a la Iglesia hoy es aprender a usar el poder de los medios de comunicación de masas para contrarrestar las malas ideas con que se están bombardeando las mentes.

La criba de la iglesia

Han salido de entre nosotros, pero no son de nuestro número. Si hubieran sido de nuestro número, habrían permanecido con nosotros. Pero las cosas han sucedido como han sucedido para que quede demostrado claramente que todos ellos no son de nosotros. Pero vosotros habéis recibido la Unción del Santo, y todos poseéis conocimiento. No os he escrito esta carta como si no conocierais la verdad, sino precisamente porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad.

Por cómo se han producido las cosas, Juan ve en la Iglesia un tiempo de zarandeo. Los falsos maestros habían salido voluntariamente de la comunidad cristiana; y ese hecho había dejado bien claro que realmente no formaban parte de ella. Eran ajenos, y su propia conducta lo había demostrado.

La última frase del versículo 19 puede tener uno de dos significados.

(i) Puede querer decir, como en nuestra traducción: «Todos ellos no son de nosotros,» o, como podríamos decir mejor: «Ninguno de ellos es de nosotros.» Es decir: que, por muy simpáticos que se hicieran algunos de ellos, y por muy elevada que pareciera su enseñanza, eran todos juntamente ajenos a la Iglesia.

(ii) Es posible que lo que la frase quiere decir sea que estos hombres habían salido de la Iglesia para dejar bien claro que «no todos los que están en la Iglesia pertenecen a ella realmente.» Como C. H. Dodd lo expresa: « La membresía de la Iglesia no es garantía de que una persona pertenezca a Cristo y no al Anticristo.» O como dice A. E. Brooke -aunque no está de acuerdo con que es ese el sentido del original-: «La membresía externa no es prueba de la unión interna.» Como Pablo había dicho: «Porque no todos los que son descendientes de Israel pertenecen a Israel» (Romanos 9:6). Un tiempo como el que había venido sobre el pueblo de Juan tenía su valor, porque cribaba lo falso de lo verdadero.

En el versículo 20, Juan pasa a recordarle a su pueblo que todos ellos poseen conocimiento. Los que habían salido eran gnósticos, que pretendían que se les había dado a ellos un conocimiento secreto, especial y avanzado, que no estaba a disposición de los cristianos ordinarios. Juan les recuerda a los suyos que, en asuntos de fe, el más humilde cristiano no tiene por qué tener ningún sentimiento de inferioridad ante el investigador más erudito. Es verdad que hay asuntos de investigación técnica, de lenguaje, de historia, que hay que reservarle al experto; pero las cosas esenciales de la fe son posesión de cada uno.

Esto condujo a Juan al último punto de esta sección. Les escribe; no porque no conocieran la verdad, sino porque la conocían. Westcott lo expresa de la siguiente manera: « El objetivo del apóstol al escribir no era comunicar un conocimiento nuevo, sino sacar a un uso activo y decisivo el conocimiento que ya poseían sus lectores.» La más grande defensa cristiana consiste sencillamente en recordar lo que ya sabemos.

Lo que nos hace falta no es una nueva verdad, sino que la verdad que ya conocemos se convierta en activa y efectiva en nuestra vida.

Este es un enfoque que Pablo usa constantemente. Les escribe a los tesalonicenses: «Acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que se os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios a amaros unos a otros» (1 Tesalonicenses 4:9). Lo que necesitaban no era una nueva verdad, sino poner en práctica la verdad que ya conocían. Escribe a los romanos: «En cuanto a mí, estoy satisfecho por lo que respecta a vosotros, hermanos míos, de que estéis llenos de bondad, henchidos de todo conocimiento, y seáis capaces de instruiros mutuamente. Pero sobre algunas cuestiones me he atrevido a escribiros, por la gracia de Dios que se me ha concedido, para haceros recbrdar» (Romanos 15:14s). Lo que necesitaban no era tanto que se les enseñara como que se les recordara.

Es un hecho indiscutible de la vida cristiana que las cosas cambiarían inmediatamente conque nosotros pusiéramos en práctica lo que ya sabemos. Eso no es decir que no tenemos necesidad de aprender ninguna cosa nueva; pero sí es decir que, aun como somos, tenemos suficiente luz para caminar en ella si estamos dispuestos a usarla.

La mentira capital

¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Ungido de Dios? El Anticristo es el que niega al Padre y al Hijo. El que niegue al Hijo, tampoco tiene al Padre; y el que reconozca al Hijo, tiene también al Padre.

Como ha dicho alguien, negar que Jesús es el Cristo es la mentira capital, la mentira par excellence, la mentira más grande de todas las mentiras.

Juan dice que, el que niegue al Hijo, tampoco tiene al Padre. Lo que se encuentra tras este dicho es lo siguiente. Los falsos maestros presentaban su postura diciendo: «Puede ser que tengamos ideas diferentes de las vuestras acerca de Jesús; pero vosotros y nosotros tenemos la misma doctrina acerca de Dios. » La respuesta de Juan es que esa es una postura imposible; ninguna persona puede negar al Hijo si pretende tener al Padre; o negar al Padre si pretende tener al Hijo. ¿Cómo llega a esta conclusión?

Llega a ella porque nadie que acepte la enseñanza del Nuevo Testamento puede llegar a otra. Es la enseñanza consecuente del Nuevo Testamento, y es lo que Jesús dice acerca de Sí mismo: que, aparte de El, nadie puede conocer a Dios. Jesús dijo claramente que nadie conoce al Padre excepto el Hijo, y aquel a quien el Hijo le revele ese conocimiento (Mateo 11:27; Lucas 10:22). Jesús dijo: «El que cree en Mí, no cree sólo en Mí, -sino también en el Que Me envió; y el que Me vea Mí, ve al Que Me envió» (Juan 12:44s). Cuando, hacia el fin de Su vida, Felipe dijo que se conformaban con que Jesús les mostrara al Padre, la respuesta de Jesús fue: « El que Me ha visto, ha visto al Padre» (Juan 14:6-9). Es a través de Jesús como se llega a conocer a Dios; es en Jesús donde se puede uno acercar a Dios. Si Le negamos a Jesús el derecho a hablar, si negamos Su conocimiento especial y su relación especial con Dios, no podemos seguir teniendo confianza en lo que Él dice. Sus palabras no pasarían de ser las suposiciones que podría hacer cualquier hombre bueno y grande. Aparte de Jesús no tenemos ningún conocimiento seguro de Dios; negarle a Él es al mismo tiempo perder todo contacto con Dios.

Jesús afirma que la reacción que se tenga con Él es la misma que se tiene con Dios, y que de ella depende el destino en el tiempo y en la eternidad. Jesús dijo: « A cualquiera que Me confiese delante de los hombres, Yo también le confesaré delante de Mi Padre que está en el Cielo; y a cualquiera que Me niegue delante de los hombres, Yo también le negaré delante de Mi Padre Que está en el Cielo» (Mateo 10:32s).

Negar a Jesús es estar separado de Dios, porque nuestra relación con Dios depende de nuestra reacción a Jesús. Negar a Jesús es sin duda la mentira capital, porque es perder totalmente la fe y el conocimiento que Él solo hace posible. Podemos decir que hay tres confesiones de Jesús en el Nuevo Testamento. Está la confesión de que Él es el Hijo de Dios (Mateo 16:16; Juan 9:35-38); está la confesión de que Él es el Señor (Filipenses 2:11); y está la confesión de que Él es el Mesías (1 Juan 2:22). La esencia de cada una de ellas es la afirmación de que Jesús tiene una relación única con Dios. Y negar esa relación es negar la certeza de que todo lo que Jesús dijo acerca de Dios es verdad. La fe cristiana depende de la relación única de Jesús con Dios. Juan, por tanto, tiene razón: el que niegúe al Hijo, también ha perdido al Padre.

El privilegio universal

Si lo que habéis oído desde el principio permanece dentro de vosotros, vosotros también permaneceréis en el Hijo y en el Padre. Y esta es la promesa que Él os ha hecho: la vida eterna.

Os estoy escribiendo estas cosas para advertiros acerca de los que están tratando de descarriaros. En cuanto a vosotros, si esa Unción que habéis recibido de Él permanece en vosotros, no tenéis necesidad de que nadie os enseñe.

Pero, como Su Unción os enseña acerca de todas las cosas y es verdadera y no es mentira, y como Él os ha enseñado, permaneced en Él. Así que, hijitos, permaneced en Él para que, cuando aparezca, tengáis confianza y no os escondáis de Él avergonzados en Su Venida. Como sabéis que Él es justo, debéis daros cuenta de que cualquiera que obra justicia es nacido de Él.

Juan está exhortando a los suyos para que permanezcan en las cosas que han aprendido; porque así permanecerán en Cristo. El gran interés de este pasaje se encuentra en una expresión que Juan ha usado ya. En el versículo 20 ya ha hablado de la unción que los suyos han recibido del Santo y por medio de la Cual todos ellos están equipados con conocimiento. Aquí habla de la unción que ellos han recibido y que les enseña todas las cosas. ¿Qué pensamiento hay detrás de esta palabra, unción?

Tendremos que remontarnos considerablemente en el pensamiento hebreo para descubrirlo.

En la práctica y el pensamiento hebreos la unción se relacionaba con tres clases de personas. (i) Los sacerdotes eran ungidos. La prescripción ritual dice: «Luego tomarás el aceite de la unción, lo derramarás sobre su cabeza y le ungirás» (Éxodo 29:7; cp. 40:13; Levítico 16:32). (ii) Los reyes eran ungidos. Samuel ungió a Saúl como rey de la nación (1 Samuel 9:16; 10:1). Más tarde Samuel también ungió a David como rey (1 Samuel 16: 3,12). A Elías se le ordenó que ungiera a Hazael y a Jehú (1 Reyes 19:15s). La unción equivalía a la coronación. (iii) Los profetas eran ungidos. A Elías se le mandó que ungiera a Eliseo como sucesor suyo (1 Reyes 19:16). El Señor había ungido al Profeta para que diera buenas nuevas a la nación (Isaías 61:1).

Así es que aquí encontramos la primera cosa significativa. En los días antiguos, el recibir la unción había sido el privilegió de unos pocos escogidos: los sacerdotes, los reyes y los profetas; pero ahora es el privilegio de todos los cristianos, por muy humildes que sean. Así es que la unción representa el privilegio que tiene el cristiano en Jesucristo. Al sumo sacerdote se le llamaba el ungido; pero el supremo Ungido era el Mesías (Mesías es la palabra hebrea que quiere decir el Ungido, lo mismo que Jristós en griego). Así es que Jesús fue el Ungido en grado superlativo. Entonces surgió la cuestión: ¿Cuándo fue ungido Jesús? La respuesta que ha dado siempre la Iglesia es que en Su bautismo Jesús fue ungido con el Espíritu Santo (Hechos 10:38).

En el mundo griego también se conocía y practicaba la unción. Era una de las ceremonias de iniciación en las religiones misteriosas que pretendían ofrecer al hombre un conocimiento especial de Dios. Sabemos que por lo menos algunos de los falsos maestros pretendían tener una unción especial que les aportaba un conocimiento especial de Dios. Hipólito nos dice que esos falsos maestros decían: « Nosotros somos los únicos entre todos los cristianos que completamos el misterio en el tercer portal y somos allí ungidos con una unción inefable.» La respuesta de Juan es que es el cristiano normal y corriente el que tiene la única verdadera unción, la unción que da Jesús.

¿Cuando recibió esa unción el cristiano, y en qué consiste?

La primera pregunta es fácil d6 contestar. No había nada más que una ceremonia por la que todos los cristianos pasaban, y era el bautismo; de hecho era costumbre en un tiempo algo posterior el ungir al bautizado con el óleo santo, como nos dice Tertuliano.

La segunda pregunta no es tan fácil. Hay, de hecho, dos respuestas igualmente aceptables.

(i) Puede ser que la unción quiera decir la venida del Espíritu sobre el cristiano sobre el bautismo. En la Iglesia Primitiva aquello sucedía de una manera constatable (Hechos 8:17). Si en este pasaje sustituyéramos la unción por el Espíritu Santo obtendríamos un sentido excelente.

(ii) Pero hay otra posibilidad. Los versículos 24 y 27 son casi exactamente paralelos en la expresión. En el 24 leemos: « Que lo que habéis oído desde el principio permanezca en vosotros.» Y en el 27 leemos: « Pero la unción que recibisteis de Él permanece en vosotros.» Lo que habéis recibido desde el principio y la unción son expresiones paralelas. Por tanto, bien puede ser que la unción que recibe el cristiano sea la instrucción en la fe cristiana que se le da desde el principio de su entrada en la Iglesia.

Bien puede ser que no tengamos que escoger entre estas dos interpretaciones, y que las dos estén presentes en este pasaje. Esto querría decir algo muy valioso: que tenemos dos comprobantes por los que podemos juzgar cualquier nueva enseñanza que se nos ofrezca.

(i) ¿Está de acuerdo con la tradición cristiana que se nos ha enseñado? (ii) ¿Está de acuerdo con el testimonio interno del Espíritu Santo? Aquí tenemos dos criterios cristianos de la verdad. Hay una comprobación externa. Toda enseñanza debe estar de acuerdo con la tradición que nos han transmitido la Escritura y la Iglesia. Hay una comprobación interna. Toda enseñanza debe pasar la prueba del testimonio del Espíritu Santo en nuestro corazón.

Permaneciendo en cristo

Antes de salir de este pasaje debemos notar dos grandes cosas prácticas.

(i) En el versículo 28, Juan exhorta a los suyos a permanecer constantemente en Cristo para que cuando Él vuelva en poder y gloria no tengan que acobardarse ante Él avergonzados. Con mucho la mejor manera de estar preparados para la venida de Cristo es vivir con Él todos los días. Si lo hacemos así, Su Venida no será ninguna sorpresa terrible, sino simplemente la entrada en una presencia más próxima de Alguien con Quien hemos vivido largo tiempo. Aunque tengamos dudas y dificultades acerca de la Segunda Venida física de Cristo, esto sigue siendo cierto: que para cualquier persona la vida llegará algún día a su fin. La cita con Dios llega a todos para que nos levantemos y digamos adiós a este mundo. Si no hemos pensado nunca en Dios, y si Jesús no ha sido para nosotros más que una memoria imprecisa y distante, la Suya será como una llamada a un viaje terrible a un lugar desconocido; pero si hemos vivido conscientemente en la presencia de Cristo y día a día hemos andado y hablado con Dios, esa será una llamada para volver a casa y entrar a una presencia más íntima con Uno que no es un extraño, sino un Amigo.

(ii) En el versículo 29 Juan vuelve al pensamiento que no está nunca lejos de su mente. La única manera en que una persona puede demostrar que permanece en Cristo es por la integridad de su vida. Lo que una persona profese ser lo probará o desmentirá su manera de vivir.

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