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1 Juan 2: La preocupación de un pastor

(iv) Puede que consideremos a nuestro hermano hombre un enemigo. Si consideramos que la competencia es el principio fundamental de la vida, tendrá que ser así. Cualquier otra persona de la misma profesión o negocio es un competidor en potencia, y por tanto un enemigo en potencia.

(v) Puede que consideremos a nuestro hermano hombre un hermano; sus necesidades, como si fueran nuestras; sus intereses, como si fueran nuestros, y el estar en la debida relación con él como el verdadero gozo de la vida.

El efecto del amor y del odio

Juan tiene algo más que decir. Tal como él lo ve, nuestra actitud hacia nuestro hermano hombre tiene un efecto, no sólo en él, sino también en nosotros.

(i) Si amamos a nuestro hermano, estamos caminando en la luz y no hay nada en nosotros que nos haga tropezar. El original griego podría querer decir que, si amamos a nuestro hermano, no habrá nada en nosotros que le haga tropezar; y, por supuesto, eso sería perfectamente cierto. Pero es mucho más probable que lo que Juan quiere decir sea que, si amamos a nuestro hermano, no hay nada en nosotros que nos haga, a nosotros, tropezar. Es decir, que el amor nos permite hacer un progreso en la vida espiritual, y el odio lo hace imposible. Cuando pensamos en ello, eso es perfectamente obvio. Si Dios es amor, y si el mandamiento nuevo de Cristo es el amor, entonces el amor nos acerca a las personas y a Dios, y el odio nos separa de las personas y de Dios. Deberíamos recordar siempre que el que tiene odio o resentimiento en su corazón no puede nunca crecer en la vida espiritual.

(ii) Juan pasa a decir que el que odia a su hermano camina en tinieblas y no sabe adónde va porque las tinieblas le ciegan. Es decir, que el odio vuelve a las personas ciegas; y esto también es perfectamente obvio. Cuando uno tiene odio en el corazón, se le oscurece la capacidad de juicio; no puede ver claramente una situación. No es nada raro ver a una persona oponerse a un buen proyecto simplemente porque no le cae bien la persona que lo presenta. Una y otra vez el progreso en algún esquema de iglesia o de cualquier otra sociedad se interrumpe por animosidades personales. Nadie puede dar un veredicto sobre nada si tiene odio en su corazón, ni tampoco dirigir su propia vida como debe cuando le domina el odio.

El amor le permite a uno andar en la luz; el odio le deja a uno en la oscuridad -aunque no se dé cuenta.

Recordando quiénes somos

Os estoy escribiendo a vosotros, hijitos, porque se os han perdonado vuestros pecados por causa de Su nombre. Os estoy escribiendo a vosotros, padres, porque habéis llegado a conocer al Que es desde el principio. Os estoy escribiendo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno. Os he escrito a vosotros, pequeñitos, porque habéis llegado a conocer al Padre. :Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis llegado a conocer al Que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la Palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno.

Este es un pasaje precioso; y sin embargo, a pesar de toda su belleza, presenta sus problemas de interpretación. Empezaremos por notar dos cosas que son seguras.

Primera, en cuanto a su forma, este pasaje no es exactamente poesía, pero sí es algo que se le parece. Y esto se ha de tener en cuenta en su interpretación.

Segunda, en cuanto a su contenido, Juan le ha estado advirtiendo a su pueblo de los peligros de la oscuridad y de la necesidad de andar en la luz, y ahora dice que en todos los casos su mejor defensa está en recordar lo que son y lo que se ha hecho por ellos. Sean quienes sean, sus pecados les han sido perdonados; sean quienes sean, conocen al Que es desde el principio; sean quienes sean, tienen la fuerza que puede enfrentarse al Maligno y vencerle. Cuando aconsejaron a Nehemías que buscara cobardemente su seguridad, su respuesta fue: « ¿Un hombre como yo ha de huir?» (Nehemías 6:11). Y cuando el cristiano es tentado, su respuesta bien puede ser: «¿Debe un hombre como yo rebajarse a esta locura, o mancharse las manos con esta guarrería?» La persona que ha sido perdonada, que conoce a Dios y que es consciente de que puede reclamar una fuerza superior a la suya tiene una gran defensa contra la tentación al recordar sencillamente estas cosas. Pero en este pasaje hay problemas. El primero es bien sencillo. ¿Por qué dice Juan tres veces estoy escribiendo, y otras tres veces Os he escrito? La Vulgata traduce ambas por el presente, scribo; y se ha sugerido que Juan cambia de tiempo simplemente para evitar la monotonía que producirían seis tiempos presentes seguidos. También se ha sugerido que los tiempos pasados son lo que se llama en griego el aoristo epistolar. Los autores de cartas griegos tenían la costumbre de usar el pasado en vez del presente para ponerse en la posición del lector. Para el escritor de una carta, una cosa puede que fuera presente, porque estaba sucediendo en ese momento; pero para el lector de la carta seria pasada, porque para entonces ya habría sucedido. Para poner un ejemplo sencillo: Un escritor de carta griego podría decir igualmente bien: «Hoy voy al pueblo,» u «Hoy fui al pueblo.» Ese es el aoristo epistolar o del autor de cartas. Si fue así aquí, no hay realmente ninguna diferencia entre el estoy escribiendo y el he escrito de Juan.

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