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Isaías 26: Cántico en la tierra de Judá

El profetasalmista recuerda la historia pasada de Israel, cuando muchas veces en medio de la tribulación buscaron a Jehová. Pero no tuvieron resultados positivos, porque la ansiada liberación intentaron lograrla mediante el mero esfuerzo humano. Los frustrantes y penosos esfuerzos de la liberación son descritos en la analogía de una mujer que se retuerce y grita en medio de sus dolores de parto, que se hacen más intensos cuanto más cercana parece la expectativa. Pero todo fue como si dieran a luz viento.

No obstante, en el versículo 19 el profeta anuncia el cumplimiento de las expectativas del pueblo. Lo compara con una resurrección y con un renacer. ¿Cuándo ocurrirá esto? El versículo 21 da a entender que dentro de muy poco (eso expresa la combinación de hineh, “he aquí” con yotsé, que es el participio del verbo “salir”). Primero Jehová ha de salir de su lugar para castigar la maldad de los habitantes de la tierra contra él; es decir, contra su pueblo. Mientras esto se consuma, el profeta dice a su pueblo: Anda, oh pueblo mío, entra en tus habitaciones; cierra tras de ti tus puertas. Escóndete por un breve momento hasta que pase la ira.

¿Cuáles son los objetos de la ira divina? La respuesta está en 27:1: En aquel día Jehová castigará con su espada dura, grande y fuerte al Leviatán, la serpiente furtiva; al Leviatán, la serpiente tortuosa, y matará también al monstruo que está en el mar. El doble uso del nombre Leviatán, cada vez con su respectiva descripción, ha sido interpretado como una alusión a dos ríos que representan dos imperios. La “serpiente furtiva” es la que se oculta con rapidez y vuelve a aparecer. Ella describe el curso del río Tigris, que se caracteriza por sus caídas de agua y por la velocidad con que se desplazan sus aguas. Por tanto, se ha interpretado esto como un nombre simbólico del imperio asirio, cuya capital, Nínive, estaba junto al Tigris. La “serpiente tortuosa”, es decir, la que da vueltas y rodeos, describe el curso del Eufrates, sobre todo en la región contigua a la ciudad de Babilonia. Por tanto, representaría al imperio babilónico. Y el monstruo que está en el mar, y que también es llamado en la Biblia Rahav, es símbolo de Egipto.

En aquel día, cuando Jehová anule para siempre el poderío de los imperios asirio, babilónico y egipcio, Israel surgirá bajo la protección de su Dios. Este es el tema de la segunda parte de este salmo, que también empieza con las palabras En aquel día… En este salmo se le llama a Israel con el nombre simbólico de viña hermosa. En el versículo 4 dice Jehová: Ya no hay furor en mí. Es decir, contra su pueblo Israel. Al contrario, dice el Señor, Yo Jehová, la guardo. A cada momento la riego; y para que nadie la dañe, de día y de noche la guardo.

Con la canción de la “viña hermosa” (kérem), termina la sección del juicio divino que se compone de tres partes:

(1) El juicio de cada una de las naciones
(2) El juicio de las naciones de manera global, que constituye otro enfoque del mismo tema
(3) las alabanzas por la victoria de Dios tras la ejecución de su juicio universal.

Samaria  La ciudad de Samaria se halla situada en la región montañosa del norte de Palestina; es el nombre de la antigua ciudad bíblica, que fue capital del reino de Israel. Fue fundada en el año 880 a. de J.C. por Omri, sexto rey de Israel. Durante la guerra con los asirios capituló, después de una resistencia de casi tres años (725-722 a. de J.C.). Deportados sus pobladores, la ciudad fue repoblada por asirios que al mezclarse con los pocos israelitas que quedaron, formaron el pueblo de los samaritanos.

En Isaías 28:1 se menciona a los «borrachos de Efraín». Dice el Dr. Carroll Owens Gillis: «Tanto la tribu de Judá como la de Efraín tenían antecedentes históricos que los respaldaban al pretender la autoridad de la nación, basándose en la bendición que dio Jacob a sus doce hijos. De los dos hijos de José, Efraín fue el que tuvo la preeminencia. El otro se llamó «Manasés».

También a Samaria, se le llama la «ciudad de Efraín» al reino del norte. Jeroboam, el que inició el cisma de los reinos, era efraimita y eligió la región de Siquem, en el «monte de Efraín», por capital de su reino.

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