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2 Corintios 10: Pablo responde a sus críticos

(ii) Parecería que los corintios habían llegado tan bajo como para ridiculizar a Pablo por su apariencia personal. Su aspecto físico -bromeaban-, era flojo, y no era un gran orador.

Tal vez en parte tuvieran razón. Nos ha llegado una descripción de su figura en un libro antiguo que se llama Los hechos de Pablo y Tecla, fechado hacia el año 200 d.C. Es tan poco favorecedora que debe de ser verdad: describe a Pablo como «hombre de baja estatura, de poco pelo, de piernas torcidas, de buen tórax, con el entrecejo muy peludo, de nariz aguileña, agraciado, porque algunas veces parecía un hombre corriente y otras tenía cara de ángel.» Un hombre bajo, con entradas, estevado, con la nariz característica de los judíos y cejijunto… No era una figura impresionante, y es posible que los corintios, amantes como griegos de la belleza física, le tomaran a broma.

Haríamos bien en recordar que no es raro el que un gran espíritu se aloje en un cuerpo muy humilde. William Wilberforce fue el campeón de la liberación de los esclavos en el imperio británico. Era tan pequeño y debilucho que parecía que cualquier vientecillo podría acabar con él. Pero Boswell le oyó hablar en público una vez, y luego decía: « Vi a uno que parecía una gamba subirse a la mesa y, cuando empecé a escucharle, creció y creció hasta que se convirtió en una ballena.» Los corintios se rebajaron hasta la máxima descortesía e insensatez cuando se burlaron del aspecto personal de Pablo. También en la crítica que hacían de su oratoria se descubrían como griegos amantes de la forma.

(iii) Parece que acusaban a Pablo de presumir de una autoridad que no le correspondía. Probablemente dirían que Pablo trataba de hacerse el amo en otras iglesias, pero que en Corinto no tenía nada que hacer. Su respuesta fue que Corinto era parte de su esfera, porque él había sido el primero que les había traído el Evangelio de Cristo. Pablo era rabino, y puede que estuviera pensando en el derecho que se atribuían a veces los rabinos. Reclamaban y recibían un respeto muy especial. Pretendían ese respeto porque un maestro lo merecía aún más que un padre; porque decían, «un padre da a sus hijos la vida de este mundo, pero un maestro imparte a sus discípulos la vida del mundo venidero.» Sin duda no había nadie que tuviera más derecho a ejercer autoridad en la iglesia de Corinto que el hombre que, por la voluntad de Dios, había sido su fundador.

(iv) Aquí Pablo les hace una acusación. Irónicamente les dice que él no habría soñado nunca con compararse con los que no hacen más que blasonar de sus méritos; luego, con precisión infalible, pone el dedo en la llaga. Esas personas podían presumir solamente porque su único baremo eran ellos mismos. Tomaban, como hacen tantas personas, un falso término de comparación.

Un estudiante de violín puede que se crea un gran violonista; pero si se compara con Yehudi Menuhin cambiará de parecer. Uno puede que se considere un gran jugador de ajedrez; pero si se compara con Kaspárov o Kárpov tendrá que cambiar de opinión.

Uno puede que se considere un gran predicador; pero, si se compara con uno de los príncipes del púlpito que ha habido en muchos países, seguro que cambiará de opinión sobre sí mismo, y puede que pierda las ganas de subirse a un púlpito o abrir la boca en público otra vez.

Es fácil decir: « ¡Soy tan bueno como cualquiera!» Y puede que sea verdad. Pero, ¿podemos decir que somos tan buenos como Jesús? Él es nuestro único modelo y término de comparación; y, cuando nos medimos con Él, se nos quitan las ganas de presumir. « El autobombo -decía Pablo- no trae ningún honor.» No es cuando nos decimos a nosotros mismos: « ¡Bien hecho!» sino cuando nos lo dice el Señor cuando podemos considerar que hemos aprobado la prueba.

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