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2 Timoteo 3: Tiempos de terror

El mundo, sigue lleno de esos fantoches hasta nuestros días; el astuto sabelotodo que engaña a la gente para que crea que es un sabio, los políticos que pretenden que sus partidos tienen un programa que hará realidad la Utopía y que ellos son los únicos que han nacido para gobernar a los demás, los que abarrotan las columnas de anuncios con pretensiones de dar belleza, conocimiento o salud con sus sistemas, las personas que se encuentran en las iglesias que pretenden tener cierta clase de bondad ostentosa.

Estrechamente aliados con los fantoches, pero -como veremos- aún peores son los arrogantes. Aquí se usa la palabra hyperéfanos. Deriva de dos palabras griegas que quieren decir mostrarse uno por encima. El que es hyperéfanos, decía Teofrasto, tiene una especie de desprecio para todo el mundo excepto para sí mismo. Es culpable del « pecado de un corazón altanero.» Es la persona a la que Dios resiste, porque se dice repetidamente en las Escrituras que Dios recibe a los humildes pero resiste a los orgullosos, hyperéfanos (Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5, Proverbios 3:24). Teofilacto llamaba a esta clase de orgullo acrópolis kakón, la ciudadela de los males.

La diferencia entre el fantoche y el arrogante es ésta. El primero es una criatura vacilante, que trata de arrollar en su camino hacia el poder y la eminencia. Es un tipo inconfundible. Pero el pecado de la persona que es arrogante está en su corazón. Podría hasta parecer humilde; pero en lo íntimo de su corazón desprecia todo lo demás. Alimenta un orgullo que todo lo invade y todo lo consume; y en su corazón hay un altarcillo en el que él se rinde homenaje a sí mismo.

Las características de la impiedad

Estas cualidades mellizas de la persona engreída y arrogante conducen inevitablemente al deleite en el insulto (blasfémía). Blasfémía es la palabra que hemos transliterado en español como blasfemia, que asociamos corrientemente con un insulto dirigido a Dios, pero que en griego puede referirse a un insulto a una persona humana o a Dios de la misma manera. El orgullo siempre engendra el insulto. Engendra el desprecio a Dios, creyendo que no Le necesita y que sabe las cosas mejor que Él.

Engendra un desprecio de las personas que puede desembocar en acciones y en palabras hirientes. Los rabinos judíos catalogaban muy alto en la lista de los pecados lo que llamaban el pecado del insulto. El insulto que viene de la ira es malo, pero es perdonable, porque se produce en el ardor del momento; pero el insulto frío que viene de un orgullo arrogante es algo feo e imperdonable.

Las personas serán desobedientes a sus padres. El mundo antiguo colocaba muy alto el deber a los padres. Las leyes griegas más antiguas condenaban irremisiblemente a la persona que golpeara a sus padres; el golpear a un padre era para la ley romana tan malo como el asesinato. En la ley judía el honrar a padre y madre figura bien arriba entre los Diez Mandamientos. Es la señal de una civilización supremamente decadente el que los jóvenes pierdan todo respeto a la edad y dejen de reconocer su deuda impagable y su deber básico para con los que les han dado la vida.

Las personas serán desagradecidas (ajáristos). Se negarán a reconocer la deuda que tienen con Dios y con los hombres. La extraña característica de la ingratitud es que es el más hiriente de todos los pecados, porque es el más ciego. Las palabras del rey Lear siguen siendo ciertas: « ¡Más agudo que el diente de la serpiente – es tener un hijo desagradecido!»

Es la señal de una persona decente el pagar sus deudas; y toda persona tiene una deuda con Dios y con sus semejantes que debe recordar y reconocer y pagar.

La gente se negará a reconocer aun las decencias más fundamentales de la vida. La expresión griega es que los hombres se volverán anósios. Anósios no quiere decir tanto que los hombres quebrantarán las leyes escritas, como que no respetarán ni siquiera las leyes no escritas que son el fundamento de la misma esencia de la vida. Para los griegos era anósios el negarse a sepultar a los muertos; el casarse un hermano con su hermana, o un hijo con su madre; el hombre que es anósios ofende las decencias fundamentales de la vida. Tal ofensa puede suceder y sucede ya. La persona que está dominada por sus pasiones más bajas las gratificará de la manera más desvergonzada como se puede ver en las calles de cualquier gran ciudad cuando avanza la noche. La persona que ha agotado los placeres normales de la vida y sigue insatisfecha buscará su satisfacción en placeres que son anormales.

Las personas estarán privadas de todo afecto humano (astorgós). Storgué es la palabra que se usa especialmente para el amor familiar, el amor del hijo para sus padres y de los padres para su hijo. Si no existen los afectos humanos, la familia no puede existir. En los últimos tiempos terribles las personas estarán tan centradas en sí mismas que hasta los lazos más íntimos no les querrán decir nada.

La gente será implacable en sus odios (aspondós). Spondé es la palabra para una tregua o un acuerdo. Aspondós puede querer decir dos cosas. Puede querer decir que una persona está tan dominada por su odio que nunca aceptará una tregua con la persona con la que se ha peleado. O puede querer decir que la persona es tan deshonesta que quebrantará los términos del acuerdo que ha hecho. En cualquier caso la palabra describe tal dureza de mente que separa a una persona de sus semejantes con una amargura inflexible. Puede ser que, puesto que no somos más que humanos, no podemos vivir totalmente sin tener diferencias con nuestros semejantes; pero el perpetuar estas diferencias es uno de los peores -y también de los más corrientesde todos los pecados. Cuando estemos tentados a ser o a obras así, debemos oír de nuevo la voz de nuestro bendito Señor diciendo en la cruz: «Padre, perdónalos.»

En estos terribles últimos días los hombres serán calumniadores. La palabra griega para calumniadores es diábolos que es precisamente la palabra castellana diablo. El diablo es el patrón de todos los calumniadores y el jefe de todos ellos. En cierto sentido la calumnia es el más cruel de todos los pecados. Si a uno le roban sus cosas, puede ponerse a construir de nuevo su fortuna; pero si le quitan su buen nombre, se le ha hecho un daño irreparable. Una cosa es ponerse en marcha un rumor malo e incierto por su camino malicioso y otra totalmente distinta el detenerlo. Como decía Shakespeare: El buen nombre en un hombre o en una mujer, mi querido señor, es la joya más íntima de sus almas: El que me roba el dinero roba basura; es poca cosa, nada; era mío, es suyo, y ha estado al servicio de miles: pero el que me hurta mi buen nombre me despoja de algo que a él no le enriquece y me deja a mí pobre de veras.

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