Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Apocalipsis 20: Los mil años

Los ejércitos hostiles bajo la dirección del Diablo se dirigen contra el campamento del pueblo de Dios y contra la ciudad amada, es decir, Jerusalén; los ejércitos son consumidos por el fuego del Cielo, el Diablo es arrojado al lago de fuego y azufre para participar de la suerte de la bestia y el falso profeta, y el triunfo de Dios es completo y definitivo.

El juicio final

Ahora llega el Juicio Final. Dios, el Juez, está sentado en Su gran trono blanco, que simboliza Su pureza inaccesible. Puede ser que algunos encuentren un problema aquí. La presentación frecuente en el Nuevo Testamento es que Jesús es el Juez. Juan 5:22 nos presenta a Jesús diciendo: «El Padre no juzga a nadie, sino que ha dejado todo juicio al Hijo.» En la parábola de las Ovejas y las Cabras es el Cristo glorificado el que actúa como juez (Mateo 25:31-46). En 2 Timoteo 4:1 Jesús es el Que está presto para juzgar a los vivos y los muertos.

Hay dos respuestas a esta dificultad aparente. Primera, que la unidad del Padre y el Hijo es tal que no hay dificultad en adscribir la acción a Uno o a Otro. Eso es real – mente lo que hace Pablo. En Romanos 14:10 escribe: «Todos compareceremos ante el tribunal de Dios.» (Algunos manuscritos ponen «de Cristo»). Y en 2 Corintios 5:10: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo.»

Segunda, puede que la verdadera razón de que Dios sea el Juez en el Apocalipsis de Juan es que todo el trasfondo del libro es judío; y para un judío, aunque se hubiera convertido al Cristianismo, Dios ocupaba un lugar exclusivo y supremo; y le resultaría natural que Dios fuera el Juez.

Según Juan, el Juicio empieza con la desaparición del mundo actual; la tierra y el cielo huyen de Su presencia. Juan está pensando en términos que eran muy corrientes en el Antiguo Testamento. Dios echó los cimientos de la tierra, y los cielos son la obra de Sus manos. Sin embargo, sigue siendo verdad que «ellos perecerán… como una vestidura se envejecerán, como un vestido los mudarás, y pasarán» (Salmo 102:2527). «Los cielos se desvanecerán como el humo, y la tierra se envejecerá como un vestido» (Isaías 51:6). « El cielo y la tierra pasarán» (Marcos 13:31). «Los cielos pasarán con gran estruendo, los elementos ardiendo serán deshechos y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas» (2 Pedro 3:10). La nueva humanidad en Cristo tendrá un nuevo mundo en Cristo.

Ahora sigue el juicio de la humanidad. Es el juicio de los grandes y de los pequeños. No hay nadie tan grande como para escapar al juicio de Dios, ni tan poco importante como para desmerecer Su vindicación. Se mencionan dos clases de libros. El primero contiene el informe de las obras humanas. Esta es una idea corriente en la Escritura. « El Juez se sentó, y se abrieron los libros» (Daniel 7:10). En Henoc los libros sellados se abrieron delante del Señor de las ovejas (Henoc 90:20). El Apocalipsis de Baruc anuncia el día cuando « se abrirán los libros en los que están escritos todos los pecados de todos los pecadores, así como también todos los tesoros en los que está guardada la justicia de todos los que han sido justos en toda la creación» (2 Baruc 24:1). Cuando concluya la edad presente, se abrirán los libros a la luz del firmamento, y todos los verán (4 Esdras 6:20).

La idea es sencillamente que Dios guarda un archivo de todas las obras humanas. El simbolismo es que a lo largo de toda nuestra vida vamos escribiendo nuestro destino; no es tanto que Dios juzga a la persona como que cada uno escribe su propia sentencia.

El segundo libro es El Libro de la Vida. Este también aparece con frecuencia en la Escritura. Moisés está dispuesto a que Dios le borre del Libro de la Vida si así se salva el pueblo (Éxodo 32:32). El salmista ora que los malvados sean borrados del Libro de la Vida y no escritos con los justos (Salmo 69:28). Isaías habla de los que están escritos entre los vivos (lsaías 4:3).

Pablo habla de sus colaboradores cuyos nombres están escritos en el Libro de la Vida (Filipenses 4:3). La promesa del Cristo Resucitado a la Iglesia de Sardes es que el nombre del que salga victorioso no será borrado del Libro de la Vida (Apocalipsis 3:5). Aquellos cuyos nombres no estén escritos en el Libro de la Vida serán entregados a la destrucción (Apocalipsis 13:8). La idea detrás de todo esto es que todos los gobernantes tenían un libro de registro de los ciudadanos que vivían en su demarcación; y, por supuesto, cuando uno moría, se quitaba su nombre de ese libro. Aquellos cuyos nombres están en el Libro de la Vida son los ciudadanos vivos y activos del Reino de Dios.

En el tiempo del juicio se dice que el mar devolverá sus muertos. La idea es doble. Primero, en el mundo antiguo el entierro era de suma importancia; si un muerto no era enterrado, su espíritu vagaba, sin hogar ni en la tierra ni en el cielo. Y, por supuesto, los que morían en la mar no se podían enterrar. Juan quiere decir que hasta esos aparecerán ante el tribunal de Dios.

Segundo, H. B. Swete le da un sentido más general: « Los accidentes de muerte no impedirán que nadie aparezca ante el Juez.» No importa cómo haya muerto una persona; no escapará a su castigo, ni perderá su recompensa. Por último, la Muerte y el Hades son arrojados al lago de fuego. Como dice H. B. Swete, estos monstruos voraces que han devorado a tantos serán por último destruidos. En el juicio, los que no estén en el Libro de la Vida son condenados al lago de fuego con su amo el Diablo; pero para los que estén en el Libro de la Vida la muerte habrá sido vencida para siempre.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar