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Eclesiastés 8: Una cuestión de autoridad

Más predispuesto para hacer el mal. Hay que comparar estas palabras con Job 14:1-3 y 53:1-3; donde el necio cree que Dios no se ocupa de los asuntos humanos, se convierte en un ateo práctico, posiblemente por la razón que da el Predicador en este versículo. Se ha afirmado: “Si no hay Dios, todo está permitido al hombre.”

Los versículos 12 y 13 dan un sentido claro, aunque se diga en el versículo 12 que aunque un pecador haga mal cien veces y prolongue sus días y en el versículo 13 al impío no le irá bien… porque no teme ante la presencia de Dios. El sabio espera en su fe más de lo que puede esperar en lo que ve.

Las aparentes injusticias en la vida

Como en las reflexiones del Predicador que hemos visto hasta aquí, también en esta sección aparece la cara y la cruz de la vida humana. Si la vida alcanza algún albor no es por la vida misma sino por vivirla de cara a Dios. Hablar del destino humano sin tener en cuenta a Dios es hallar la vanidad de la vida, pensar en el significado de la vida cuando ésta se recibe como un don de Dios es hallar la plenitud de la vida. Aunque el sabio no lo diga expresamente, esa es la conclusión de este pequeño y profundo tratado, y no entenderlo así condena al lector a una falsa interpretación del mismo. Nosotros interpretamos al autor o como un pesimista obstinado o como un buscador del placer por el placer mismo, pero no es ni lo uno ni lo otro. El Predicador tan solamente es objetivo, pero sin que su objetividad obscurezca su fe. Su fe también es objetiva, y tiene mucho que enseñarnos para los días que estamos viviendo.

Hay una vanidad que se hace… La vanidad es que se confunden los valores: el justo recibe la retribución que corresponde al impío, y el impío la que corresponde al justo. Cuando esto, como lo pensaba el Predicador, viene del mismo Dios, aumenta la perplejidad. Valdría la pena recordar algunas enseñanzas del NT. Dios hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre los justos y los injustos. O en el mismo evangelio, Mateo 20:1-16, cuando el dueño del campo da la misma recompensa a los que habían trabajado todo el día y a los que habían trabajado sólo una hora.

Yo elogio la alegría, pero no cualquier alegría sino la que viene de disfrutar los pequeños placeres de la vida cuando previamente se han ganado con duro trabajo.

Los versículos 16 y 17 contienen otra expresión de los límites del hombre. El Predicador se hace consciente de su propia ignorancia, pero ya sabe algo, porque sabe que no puede saber, como cualquier hombre.

Por más que se esfuerce buscándolo…: el Predicador dice que nadie, ni aun el sabio, puede hallar sentido y finalidad a lo que se hace debajo del sol. Y esto no es porque el que trabaja no sepa para qué trabaja. El tiene su finalidad en lo que hace, pero ¿la alcanza? De muchas maneras ya ha dicho el sabio que no. Especialmente la muerte quita toda sentido a lo que se hace.

Los justos y sabios, y sus hechos están en la mano de Dios. Lo que se es y lo que se hace están bajo la soberanía de Dios y nada puede hacerse sin su beneplácito. En más de un sentido es cierto que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

Si se trata del amor o del odio, el hombre no lo sabe. Todo se recibe de Dios, pero lo que hemos recibido somos incapaces de discernir si son o no pruebas de su amor. Desde luego los bienes materiales tienen esa ambigüedad de sentido. En el NT Pablo necesitó una revelación de Dios, para saber que su ón en la carne” era para su bien.

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