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Eclesiastés 8: Una cuestión de autoridad

A todos les sucede lo mismo. Y sigue una serie antitética de actitudes humanas, pero no hay diferencia alguna en el destino de ellos. Lo mismo acontece a todos. La referencia es a los males comunes que padece la humanidad. Así como el sol sale para todos, también las tempestades, las pestes y los terremotos vienen sobre todos. Que haya excepciones no es algo que motive la preocupación del sabio. Para un pensamiento análogo hay que ver Job 9:22: Al íntegro y al impío él los consume; para una idea distinta hay que ver Job 5:20-23. Precisamente el Predicador discute esa forma de pensamiento, aunque posiblemente diría que el justo que sufre cuenta con Dios, incluso en su sufrimiento, cosa que el impío no puede hacer.

Que después descienden al lugar de los muertos. La última de las cuatro cosas que manifiestan la semejanza del destino de todos los humanos.

Mejor es perro vivo que león muerto. Evidentemente viene de un refrán popular. El perro era el más despreciable de todos los animales y el león el más poderoso. El estar vivo es lo que hace preferir ser perro que ser león. Saben que han de morir. ¡Irónica ventaja, después de todo, la que tiene el vivo sobre el muerto! Pues la memoria de ellos es puesta en el olvido. Se repite el pensamiento Deuteronomio 2:16. El Predicador no se puede consolar de la muerte pensando en la inmortalidad del recuerdo. Su amor, su odio y su envidia, abarcan las poderosas motivaciones de la conducta humana, y que no tiene ningún significado en el lugar de los muertos. Representa el triste énfasis de la condición de los muertos según el AT.

En los versículos 7 al 10 tenemos una apreciación positiva de la vida, el disfrute de los bienes elementales, pero en su justa proporción. En cuanto queremos hacer un absoluto de ellos se transforman en aflicción de espíritu. Se ha señalado el paralelo de este pasaje con el poema de Gilgames: “Tú, Gilgames, llena tu vientre, alégrate día y noche. Haz cada día una fiesta de regocijo; baila y salta día y noche. Que tus vestidos estén limpios, tu cabeza lavada; báñate en agua. Presta atención al pequeño (niño) que tienes en tus manos. Que tu esposa se deleite en tu regazo. Porque esta es la tarea de la humanidad.” No debe esto extrañarnos, dado el carácter universal de la literatura de sabiduría.

Porque tus obras ya son aceptables. Ibn Ezra entiende esta oscura declaración como: “Porque estas son las cosas que Dios espera que hagas” (A. Cohen). Dios quiere que el hombre sea feliz. Todo lo que venga a la mano para hacer (versículo 10), lo que nos brindan las oportunidades de la vida. Hay que recordar que bíblicamente el trabajo como realización del ser humano es anterior a la caída. Porque… a donde vas, no hay obras, ni cuentas. Como las obras de sabiduría, el Predicador también aprueba el trabajo como realización de la vida humana.

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