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Efesios 2: La vida sin Cristo y la gracia de Dios

Veamos los resultados de esa diferencia. Para los judíos, la Historia siempre tenía una meta; independientemente de lo que fuera el presente, el futuro sería glorioso; el punto de vista judío de la Historia era esencialmente optimista. Por otra parte, la Historia no iba a ninguna parte para los gentiles. Para los estoicos era cíclica. Creían que se desarrollaba durante tres mil años, pasados los cuales se producía una conflagración en la que todo el universo se consumía en llamas; seguidamente, todo el proceso comenzaba de nuevo, y se repetían exactamente los mismos acontecimientos y las mismas personas. Para los gentiles, la Historia era una marcha que no iba a ninguna parte; para los judíos era una marcha hacia Dios. Para los gentiles, la vida no valía la pena; para los judíos era el camino a una vida mejor. Con la venida de Cristo, los gentiles entraron en ese nuevo punto de vista de la Historia según la cual uno está siempre de camino hacia Dios.

Sin ayuda ni esperanza

(iii) Los gentiles eran forasteros a la sociedad de Israel. ¿Qué quiere decir eso? El nombre que se le daba a Israel era ho haguios laos, el pueblo santo. Ya hemos visto que el sentido fundamental de haguios es diferente. ¿En qué sentido era diferente el pueblo de Israel de los otros pueblos? En el sentido de que su único Rey era Dios. Otras naciones podían gobernarse por democracia o aristocracia; Israel era una teocracia; su gobernador era Dios. Después de las victorias de Gedeón, se le acercó el pueblo y le ofreció el trono de Israel. La respuesta de Gedeón fue: « No seré señor sobre vosotros, ni lo será mi hijo. EL SEÑOR será vuestro Señor» (Génesis 8: 23). Cuando el salmista cantaba: « Te exaltaré, Dios mío y Rey mío» (Salmo 145:1), eso era realmente lo que quería decir.

Ser israelita era ser miembro de la sociedad de Dios; era tener una ciudadanía que era divina. Está claro que la vida sería completamente diferente de la de cualquier otra nación que no fuera consciente de tal destino. Se dice que cuando Pericles, el más grande de los atenienses, iba a dirigirse a la asamblea de Atenas, solía decirse a sí mismo: « Pericles, recuerda que eres ateniense, y que hablas a los atenienses.» Para el judío era posible decir: «Recuerda que eres un ciudadano de Dios, y que estás hablando al pueblo de Dios.» No se podría encontrar una conciencia semejante de grandeza en todo el mundo.

(iv) Los gentiles eran ajenos a los pactos en los que se basaban las promesas. ¿Qué quiere decir eso? Israel era por encima de todo el pueblo del pacto. ¿Qué quiere decir eso? Los judíos creían que Dios Se había dirigido a su nación con un ofrecimiento especial: « Os tomaré como Mi pueblo y seré vuestro Dios» (Éxodo 6:7). Esta relación del pacto implicaba, no solo un privilegio, sino también una obligación. Conllevaba la obediencia a la ley. Éxodo 24:1-8 nos da una descripción dramática de cómo aceptó el pacto y sus condiciones el pueblo judío: « Cumpliremos todos los mandamientos que EL SEÑOR nos ha dado» (Éxodo 24: 3, 7).

Si el designio de Dios tenía que desarrollarse, tendría que ser mediante una nación. El que Dios escogiera a Israel no fue por favoritismo, porque no fue una elección para un honor especial, sino para una responsabilidad especial. Pero hizo que los judíos fueran conscientes de ser el pueblo escogido de Dios. Pablo no podía olvidar, porque era un hecho histórico, que los judíos eran por encima de todo el instrumento en las manos de Dios.

(v) Los gentiles estaban sin esperanza y sin Dios. A menudo se habla de los griegos como el pueblo más luminoso de la Historia; pero había tal cosa como la melancolía griega. Acechando tras todas las circunstancias había una especie de desesperación esencial.

Esto era verdad aun en los remotos tiempos de Homero. En la Ríada (6:146-149), Glauco y Diomedes se enfrentan en combate singular. Antes de iniciar la lucha, Diomedes quiso conocer el linaje de Glauco, que le replicó: «¿Por qué inquieres sobre mi generación? Tál como son las generaciones de las hojas son las generaciones humanas; las .hojas que son, el viento las dispersa sobre la tierra, y el bosque florece y reverdece otra vez, cuando está próxima la estación primaveral; así las generaciones de los hombres, una brota y otra cesa.» Un griego podía decir: Brotamos y florecemos como las hojas del árbol, y nos ajamos y perecemos… Pero no podía añadir triunfalmente: Pero nada Te cambia a Ti.

Teognis podía escribir: Yo me regocijo y.disfruto de mi juventud; por largo tiempo yaceré bajo la tierra, privado de la vida, tan mudo como una piedra, y abandonaré la luz del Sol que he amado; aunque soy un buen hombre, entonces ya no veré nada más. ¡Regocíjate, alma mía, en tu juventud! Pronto ocuparán otros tu puesto en la vida, y yo seré tierra negra en la muerte.

No hay ningún mortal que sea feliz entre todos los que contempla el Sol desde su altura. En los Himnos homéricos, la asamblea del Olimpo está encantada con las musas que cantan « de los dones inmortales de los dioses y los dolores de los humanos, con todo lo que soportan por la voluntad de los inmortales, viviendo sin sentido y sin ayuda, sin poder encontrar un remedio para la muerte, ni una defensa contra la vejez.»

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