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Efesios 2: La vida sin Cristo y la gracia de Dios

En Sófocles encontramos algunos de los versos más preciosos y tristes de toda la Literatura. La belleza de la juventud se aja, y la gloria de la virilidad se seca. La fe muere, y la infidelidad florece como una planta; y tampoco encontrarás nada nunca sobre las calles abiertas de los hombres, o los lugares secretos del propio amor del corazón, un único viento es seguro que los disperse para siempre.

Era verdad que los gentiles estaban sin esperanza, porque estaban sin Dios. Israel había tenido siempre la radiante esperanza en Dios, que brillaba clara e inextinguiblemente hasta en sus días más aciagos y terribles; pero los gentiles solamente conocían la desesperación en lo más íntimo de su corazón antes de que llegara Cristo a darles esperanza.

El final de las barreras

Pero, tal como ahora están las cosas, en virtud de lo que Jesucristo ha hecho, los que antes estabais lejos habéis sido acercados al precio de la sangre de Cristo. Porque es Él el Que ha hecho la paz entre nosotros; es Él el Que ha hecho de los judíos y los gentiles un solo pueblo, y el Que ha derribado la muralla intermedia de separación, y acabado con la enemistad al venir en la carne, y abolido la ley de los mandamientos con todos sus decretos. Esto lo hizo para formar con los dos una nueva humanidad haciendo la paz entre ellos para reconciliar a ambos con Dios en un solo Cuerpo por medio de la Cruz, después de haber dado muerte por medio de lo que Él hizo a la enemistad que había entre ellos. Así es que vino a predicar la paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estábamos cerca; porque por medio de Él los dos tenemos derecho de acceso a la presencia del Padre, porque venimos en un solo y mismo Espíritu.

Ya hemos visto que los judíos despreciaban y odiaban a los gentiles. Ahora Pablo usa dos ilustraciones que serían claras para los judíos, para mostrar cómo surge una nueva unidad.

Dice que los que estaban lejos han sido hechos cercanos. Isaías había oído decir a Dios: «Paz, paz para el que está lejos y para el que está cerca» (Isaías 57:19). Cuando los rabinos hablaban de recibir a un converso en el judaísmo, decían que había sido traído cerca. Los escritores rabínicos judíos cuentan que una mujer gentil se dirigió a rabí Eliezer. Confesaba que era pecadora, y pedía ser admitida a la fe judía. «Rabí -le dijo ella-,tráeme cerca.» El rabino se negó: le cerró la puerta en la cara a la mujer. Pero en Cristo la puerta está abierta. Los que habían estado lejos de Dios eran traídos cerca, y la puerta no se le cerraba a ninguno.

Pablo usa una ilustración aún más gráfica. Dice que se ha suprimido la barrera intermedia de separación.

Esta es una figura tomada del templo. El recinto del templo consistía en una serie de atrios, cada uno un poco más elevado que el anterior, con el templo propiamente dicho en el patio más interior. En primer lugar se encontraba el Atrio de los Gentiles; luego, el Atrio de las Mujeres; después, el Atrio de los Israelitas; después, el Atrio de los Sacerdotes, y finalmente el Lugar Santo propiamente dicho.

Los gentiles no podían entrar nada más que al primero de esos atrios, entre el cual y el de las mujeres había un muro, o más bien una especie de celosía de mármol, hermosamente trabajada, en la que se encontraban a intervalos tabletas que anunciaban que si un gentil pasaba más al interior se exponía a la muerte inmediata. Josefo dice en su descripción del templo: « Cuando se pasaba de estos primeros claustros al segundo atrio del templo, había una partición todo alrededor hecha de piedra, de tres codos (metro y medio) de altura. Su construcción era muy elegante; sobre ella había pilares a distancias regulares entre sí, con carteles en los que se exponía la ley de la pureza, algunos en letras griegas y otros en romanas, de que ningún forastero podía entrar en el santuario. (Las guerras de los judíos, 5, 5, 2). En otra descripción dice del segundo atrio del templo: « Este estaba rodeado de un muro de piedra a manera de partición con una inscripción que prohibía a todos los forasteros las entrada bajo pena de muerte» (Antigüedades de los judíos, 15, 11, 5). En 1871 se descubrió una de esas tablas de prohibición, en la que se puede leer: «Que nadie de ninguna otra nación se acerque a la verja o a la barrera alrededor del Lugar Santo. Quienquiera que sea sorprendido haciéndolo responderá con su propia vida.»

Pablo conocía muy bien esa barrera. Cuando le arrestaron en Jerusalén se debió al hecho de que le acusaran falsamente de introducir a Trófimo, un gentil efesio, más allá de esa barrera del templo (Hechos 21:28s). Así que el muro intermedio, con su barrera, excluía a los gentiles de la presencia de Dios.

Las discriminaciones de la naturaleza humana sin Cristo

No se debe pensar que los judíos fueran el único pueblo que pusiera barreras y excluyera a otros. El mundo antiguo estaba lleno de barreras. Hubo un tiempo, más de cuatrocientos años antes del de Pablo, cuando Grecia estuvo en peligro de una invasión persa. Era la edad de oro de la ciudad-estado. Grecia estaba formada por ciudades famosas como Atenas, Tebas, Corinto y las demás. Y estuvo a punto de acabar en un desastre porque las ciudades se negaron a cooperar para enfrentarse al común enemigo. « El peligro estaba -escribía T R. Glover- en cada generación en el mismo hecho de las ciudades aisladas, empeñadas en su independencia a toda costa.»

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