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Efesios 2: La vida sin Cristo y la gracia de Dios

Cicerón pudo ‹escribir mucho más tarde: «Como dicen los griegos, toda la humanidad se divide en dos partes: los griegos, y los bárbaros.» Los griegos llamaban bárbaros a todos los que no sabían griego; y los despreciaban y les ponían barreras. Cuando Aristóteles estaba discutiendo la bestialidad, decía: « Se encuentra de lo más frecuentemente entre los bárbaros.» Y por bárbaros quería decir simplemente los que no eran griegos. Habla de « las tribus remotas de bárbaros que pertenecen a la- clase bestial.» La forma más vital de religión entre los griegos eran los misterios, de muchos de los cuales estaban excluidos los bárbaros. Livio escribe: «Los griegos mantienen una guerra sin cuartel contra los pueblos de otras razas, contra los bárbaros.» Platón decía que los bárbaros son «nuestros enemigos por naturaleza.»

Este problema de las barreras no se limita al mundo antiguo ni mucho menos. Rita Snowden cita dos dichos muy pertinentes. El padre Taylor de Boston solía decir: « En el mundo hay sitio para todos los pueblos que hay en él, pero no queda sitio para más barreras de esas que los separan.» Sir Philip Gibbs, en La cruz de la paz, escribía: « El problema de las barreras se ha convertido en uno de los más acuciantes que tiene que arrostrar el mundo. Hoy en día hay toda clase de vallas separatorias en zigzag que pasan por todas las razas y los pueblos del mundo. El progreso moderno ha convertido el mundo en una gran vecindad: Dios nos ha dado la tarea de convertirlo en una fraternidad. En estos días de muros divisorios de raza y clase y credo, nosotros tenemos que sacudir la Tierra otra vez con el mensaje del Cristo que nos incluye a todos, en Quien no hay ni siervos ni libres, ni judíos ni griegos, ni escitas ni bárbaros, sino que todos somos uno.»

El mundo antiguo tenía sus barreras. Lo mismo sucede en el nuestro. En cualquier sociedad sin Cristo no puede haber nada más que paredes intermedias de separación.

La unidad en Cristo

Así que Pablo pasa a decir que en Cristo desaparecen esas barreras. ¿Cómo las ha echado abajo Cristo?

(i) Pablo dice de Jesús: « Él es nuestra paz.» ¿Qué quería decir con eso? Usemos una analogía humana. Supongamos que dos personas tienen una diferencia y acuden con ella a los tribunales; y los expertos en la ley redactan un documento que establece los derechos del caso, y piden a las dos partes contendientes que se pongan de acuerdo sobre esa base.

Todas las posibilidades están en contra de que se resuelva así el problema, porque rara vez se consigue la paz por medio de documentos legales. Pero supongamos que alguien a quien aman las dos partes en conflicto se interpone, y les habla: entonces sí es posible la reconciliación. Cuando dos partes están en conflicto, la única manera en que pueden llegar a hacer las paces es mediante la intervención de alguien a quien aman los dos.

Eso es lo que Cristo ha hecho. Él es nuestra paz. Es en un común amor a Él como las personas llegan a amarse entre sí. Esa paz se ganó al precio de Su sangre, porque no hay nada que despierte el amor como la Cruz. La vista de esa Cruz despierta el amor a Cristo en los corazones de las personas de todas las naciones, y solamente cuando todos amen a Cristo se amarán entre sí. La paz no se produce mediante tratados y ligas. Sólo puede haber paz en Jesucristo.

(ii) Pablo dice que Jesucristo abolió la ley de los mandamientos con todos sus decretos. ¿Qué es lo que quería decir?

Los judíos creían que una persona solo podía alcanzar la amistad de Dios guardando la ley judía. Esa ley se había desarrollado en miles y miles de mandamientos y decretos. Había que lavarse las manos de una cierta manera; había que limpiar los cacharros de una cierta manera; había página tras página acerca de lo que se podía y de lo que no se podía hacer en sábado; este y ese y aquel sacrificios se tenían que ofrecer en relación con esta y esa y aquella situaciones de la vida. Los únicos que pretendían cumplir plenamente la ley judía eran los fariseos, que no sumaban más que unos seis mil. Una religión basada en toda clase de reglas y normas acerca de los rituales y sacrificios y días santos no puede nunca llegar a ser una religión universal. Pero, como dijo Pablo en otro lugar: « Cristo es el fin de la ley» (Romanos 10:4). Jesús acabó con el legalismo como principio de religión.

En su lugar Cristo puso el amor a Dios y a nuestros semejantes. Jesús vino a decirnos que no podemos ganar la aprobación de Dios guardando una ley ceremonial, sino que tenemos que aceptar el perdón y la comunión que Dios nos ofrece gratuitamente en Su misericordia. Una religión basada en el amor puede convertirse un seguida en una religión universal.

Rita Snowden cuenta una historia de la guerra. En Francia, algunos soldados y su sargento trajeron el cuerpo de un camarada muerto para enterrarle en un cementerio francés. El sacerdote les dijo amablemente que estaba obligado a preguntar si su camarada era un católico romano bautizado. Dijeron que no lo sabían. El sacerdote dijo entonces que lo sentía mucho, pero, en ese caso, no podía permitir que le enterraran en terreno sagrado. Así que los soldados se llevaron el cuerpo de su camarada entristecidos, y le enterraron al otro lado de la valla. A1 día siguiente volvieron a ver si la tumba estaba bien; y, para su gran sorpresa, no la pudieron encontrar. Por mucho que buscaron no dieron con las señales de tierra removida. Ya estaban a punto de marcharse confusos, cuando se les acercó el sacerdote. Les dijo que había tenido el corazón inquieto por haberles negado el permiso de enterrar a su camarada muerto en su cementerio; así que, de madrugada, se había levantado y había movido la valla para incluir el cuerpo del soldado que había muerto por Francia. Eso es lo que el amor puede hacer. Las reglas y las normas ponen barreras; pero el amor las quita. Jesús removió las barreras entre las personas porque abolió toda religión fundada en reglas y normas, y trajo a las personas una religión cuyo fundamento es el amor.

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