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Efesios 3: La cárcel y los privilegios

Cuando estamos pasando adversidades, impopularidad y perjuicios materiales por causa de los principios cristianos, puede que nos consideremos, o víctimas de la sociedad, o campeones de Cristo. Pablo es nuestro ejemplo; él no se consideraba prisionero de Nerón, sino de Cristo.

En esta sección, Pablo vuelve a la idea que se encuentra en el mismo corazón de esta carta. Había venido a su vida la revelación del gran secreto de Dios. Y ese secreto era que el amor y la misericordia y la gracia de Dios no tenían por objeto exclusivamente a los judíos, sino que eran para toda la humanidad. Cuando Pablo se encontró con Cristo en la carretera de Damasco, le vino un relámpago repentino de revelación. Era a los gentiles a los que Dios le enviaba: «Para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en Mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados» (Hechos 26:18).

Esto fue un descubrimiento totalmente nuevo. El pecado original de todo el mundo antiguo era el desprecio. Los judíos despreciaban a los gentiles como si no tuvieran ningún valor para Dios. En el peor de los casos existían solamente para ser aniquilados: « Porque la nación o el reino que no quiera servirte, perecerá; del todo será asolado» (Isaías 60:12). En el mejor de los casos existían para ser los esclavos de Israel: « El trabajo de Egipto, las mercaderías de Etiopía y los sabeos, hombres de elevada estatura, se pasarán a ti y serán tuyos; irán en pos de ti, pasarán encadenados, te harán reverencia y te suplicarán…» (Isaías 45:14).

Para mentalidades que pudieran pensar eso era increíble el que la gracia y la gloria de Dios fueran para los gentiles. Los griegos despreciaban a los bárbaros -y para los griegos todos los demás pueblos eran bárbaros. Como dijo Celso cuando estaba atacando a los cristianos: «Los bárbaros puede que tengan algún don para descubrir la verdad, pero hay que ser griego para entenderla.»

Este desprecio racial no desapareció con el mundo antiguo. Ni es cosa del pasado en la sociedad contemporánea.

Ya en el mundo antiguo existían barreras infranqueables. Nadie había soñado jamás que los favores de Dios fueran para todos los pueblos. Fue Pablo el que hizo el descubrimiento. Por eso es Pablo tan tremendamente importante: porque, si no hubiera existido, es posible que no habría habido una cristiandad universal, y que nosotros no seríamos cristianos hoy.

La autoconsciencia de Pablo

Cuando Pablo pensaba en este secreto que se le había revelado, se veía a sí mismo de ciertas maneras.

(i) Se consideraba a sí mismo como el receptor de una nueva revelación. Pablo no consideró nunca que había sido él el que había descubierto el amor universal de Dios; creía que Dios se lo había revelado. En cierto sentido, la verdad y la belleza siempre nos las da Dios.

Se cuenta que una vez estaba Sir Arthur Sullivan en la representación de su H. M. S. Pinafore. Cuando oyó cantar el maravilloso dúo «Ah! Leave me not to pine alome -¡Ah! No me dejes anhelar a solas»- , Sullivan se volvió hacia un amigo que estaba a su lado, y le dijo conmovido: «¿Es verdad que he escrito eso yo?»

Uno de los grandes ejemplos de musicalidad poética es Kubla Khan, de Coleridge. Se quedó dormido leyendo un libro, en el que se encontraban estas palabras: « Aquí Kubla Khan mandó construir un palacio con un regio jardín alrededor.»

Coleridge soñó el poema, y cuando se despertó no tuvo más que escribirlo. Cuando los hombres de ciencia hacen un gran descubrimiento, muchas veces han estado mucho tiempo pensando y experimentando; y, cuando parece que han llegado a un callejón sin salida, de pronto se les enciende la bombilla y ven claramente la solución. Es algo que les es dado por Dios.

Pablo no habría pretendido nunca ser el primer hombre que había descubierto la universalidad del amor de Dios; habría dicho que Dios le dijo a él el secreto que no le había revelado antes a ningún otro.

(ii) Pablo se consideraba transmisor de la gracia. Cuando se reunió con los responsables de la Iglesia para hablar de su misión a los gentiles, les dijo que el Evangelio de la incircuncisión se le había confiado a él, y que « a él se le había dado esa gracia» (Gálatas 2: 7,9). Cuando escribe a los cristianos romanos, habla de « la gracia que me ha sido dada por Dios»

(Romanos 15:15). Pablo veía su tarea como la de ser un canal de la gracia de Dios a los hombres. Uno de los grandes hechos de la vida cristiana es que se nos han dado las cosas preciosas del Evangelio para que las compartamos con otros. Una de las grandes advertencias de la vida cristiana es que, si nos las guardamos para nosotros mismos, las perdemos.

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