El amor infinito de Cristo
Pido a Dios que vuestras raíces y vuestros cimientos estén bien hondos en el amor, para que, con todo el pueblo consagrado a Dios, tengáis la necesaria vitalidad para captar plenamente el sentido de la anchura y la longitud y la profundidad y la altura del amor de Cristo, y experimentar el amor de Cristo, que es algo que sobrepasa todo conocimiento, para que os llenéis hasta el punto de alcanzar la plenitud de Dios mismo.
A Aquel que es capaz de obrar con generosidad incalculable, muy por encima de todo lo que podamos pedir o imaginar, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la Iglesia y en Jesucristo por todas las generaciones del siempre jamás.
Pablo Le pide a Dios en oración que el cristiano sea capaz de captar el significado de la anchura, la profundidad, la longitud y la altura del amor de Cristo. Es como si Pablo nos invitara a mirar al universo -al cielo infinito sobre nosotros, a los horizontes ilimitados a cada lado, a la profundidad de la tierra y de los mares por debajo de nosotros, y dijera: «El amor de Cristo es tan inmenso como todo eso.»
No es probable que Pablo tuviera en su mente ningún pensamiento distinto de la indudable magnitud del amor de Cristo. Pero muchos han tomado esta expresión, y han leído en ella significados, algunos de ellos muy hermosos. Un comentarista antiguo ve la Cruz como el símbolo de este amor. La parte superior de la Cruz señala hacia arriba; el mismo poste vertical señala hacia abajo, y los brazos señalan al horizonte lejano a cada lado. Jerónimo dijo que el amor de Cristo alcanza a incluir a los santos ángeles; que llega hasta abajo para incluir a los malos espíritus del infierno; que en su longitud abarca a los hombres que se esfuerzan por elevarse, y en su anchura cubre a las personas que vagan cada vez más lejos de Él.
Si queremos desarrollar este punto, podemos decir que en su anchura, el amor de Cristo incluye a todas las personas de cualquier clase, edad y mundo; en su longitud, el amor de Cristo estuvo dispuesto a llegar hasta la Cruz; en su profundidad, descendió hasta la experiencia de la muerte; en su altura, nos sigue amando en el Cielo, donde Él está intercediendo constantemente por nosotros (Hebreos 7:25). Ninguna persona queda excluida del amor de Cristo; ningún lugar está fuera de su alcance.
Entonces Pablo vuelve otra vez al pensamiento dominante de esta epístola. ¿Dónde se puede experimentar ese amor?
Lo experimentamos con todo el pueblo consagrado a Dios; es decir: lo encontramos en la comunión de la Iglesia. Lo que dijo John Wesley es verdad: «Dios no sabe nada de una religión solitaria.» «Ninguna persona -dijo- fue nunca al Cielo en solitario.» La Iglesia puede tener sus faltas; sus miembros pueden estar muy lejos de como deberían ser; pero en la comunión de la Iglesia encontramos el amor de Dios.
Pablo termina con una doxología y con una alabanza. Dios puede hacer por nosotros mucho más de lo que soñamos, y lo hace por nosotros en la Iglesia y en Cristo.
Una vez más, antes de salirnos de este capítulo, pensemos en la descripción gloriosa que hace Pablo de la Iglesia. Este mundo no es como es debido; está desgarrado por fuerzas opuestas, como por odios y luchas. Unas naciones contra otras, unas personas contra otras, unas clases contra otras. Dentro de cada persona se mantiene una lucha entre el bien y el mal.
El designio de Dios es que todas las personas y las naciones lleguen a estar unidas en Cristo. Para llegar a alcanzar esta meta, Cristo necesita que la Iglesia vaya a hablarle a todo el mundo de Su amor y Su misericordia. Y la Iglesia no podrá hacerlo a menos que sus miembros, unidos entrañablemente en comunión, experimenten el amor ilimitado de Cristo.
