Como ilustración del principio, la tragedia del fracaso del Israel físico no excluía a los descendientes de Jacob de formar parte del Israel nuevo. La fe neotestamentaria comenzó con un remanente de la nación física que aceptó a Cristo como el Mesías prometido; poco a poco se dio cuenta del divino propósito universal de incluir a todos los que creyeran en el Nuevo Pacto. Tal como había fe e incredulidad en la época cristiana, de la misma manera había dos pautas en el éxodo mismo. Un relato honesto sirve para inspirar y amonestar a las generaciones futuras. De acuerdo con el propósito divino, los autores inspirados eligieron de las pautas históricas la que ilustraría el mensaje que presentaban.
La fe probada por la sed
Dos veces se narra el problema causado por la falta de agua. Las dos se tratarán en esta misma división del libro.
El agua amarga
Después de un reposo, Moisés hizo que Israel partiese del mar Rojo hacia el interior del desierto de Shur. Aunque existen varias posibilidades para la ubicación del desierto, es imposible identificarlo con exactitud.
La palabra Shur H7791 significa «muro» o «pared» y algunos intérpretes la traducen con el vocablo «torre», indicando así alguna clase de fortificación fronteriza egipcia. No obstante, en virtud de la ubicación más allá del mar, parece mejor considerar el término como algo geográfico que indicaba el aspecto del terreno precordillera que formaba una especie de acantilados que separaban el corazón del Sinaí de la zona del mar.
Un camino de tres días indicaría un viaje de unos 40 o 50 km. Con el ganado y la gran cantidad de gente, se hubiera acabado el agua que llevaban consigo. Al llegar a los pozos con sed y esperanza, se encontraron con que las aguas no eran potables.
La palabra Mara significa «amargura» y en la actualidad todavía hay terrenos ricos en sales en Sinaí, cuyos oasis contienen aguas ligeramente salobres. El pueblo tenía mala memoria; fácilmente se olvidaron de las obras maravillosas que Dios había hecho. En su preocupación murmuraron contra Moisés diciendo, ¿Qué hemos de beber?. La situación era crítica: Al problema de la falta de agua potable se agregaba el de la rebelión contra Dios que les había mandado a su siervo Moisés. A Moisés no se le presentó solamente una crisis física de falta de agua, sino también una cuestión fundamental de autoridad.
La primera acción abordó la crisis de sed. Moisés, de acuerdo con su fe ya madura, clamó a Jehová quien le dio un remedio: Jehová le mostró un árbol que endulzó el agua una vez arrojado en ella. Algunos árabes hoy en día dicen que existen árboles que pueden fijar las sales y endulzar temporalmente las aguas salobres. Nunca sabremos si Moisés usó algo de la sabiduría ganada por sus largos años en el desierto, o si fue simplemente otro hecho sobrenatural del Señor a favor del pueblo. Si fue un árbol el que endulzó las aguas, fue un milagro de anticipación. Años antes de la necesidad, el Señor había comenzado la preparación para que estuviera listo en el momento preciso. No obstante, ambos, Moisés e Israel, quedaron bien seguros que Dios les había provisto el agua necesaria para salvarles de la muerte.
En segundo lugar, el Señor se ocupó del problema de la autoridad. Dios había probado la fe de Israel y el pueblo no salió bien en la prueba. Entonces, Jehová les dio leyes y decretos. No esperó el Señor hasta la llegada a Sinaí para iniciar la reglamentación de la vida del pueblo. Su intervención era cuestión tanto de autoridad como de convivencia. No hay indicaciones en el texto del contenido de este cuerpo legal; sin embargo, podría haber estado relacionado con indicaciones sanitarias y éticas. Lo que es claro era la importancia de confiar en la legislación divina y de obedecer los mandamientos. Dios prometió que si prestaban atención a ellos no sufrirían las enfermedades o plagas con las cuales fueron azotados los egipcios. Lo más importante era que Dios mismo sería su sanador. Las leyes servían de base para acciones preventivas; la presencia del Señor constituía el poder sanador. El obedecer significaría la vida; el desobedecer resultaría en la muerte. La autoridad quedaba en manos de Jehová y la obligación de obedecer era responsabilidad del pueblo.
De Mara fueron a Elim, donde encontraron manantiales de agua suficientes para sus necesidades. Elimse relaciona con el nombre Dios (’el) y en su forma plural significa un lugar de cultos donde había un terebinto o árbol grande. Se lo identifica con Wadi Garandel, un fértil oasis ubicado a unos 95 km. de la ciudad moderna de Suez. Era un lugar de descanso sobre la ruta caravanera entre Egipto y Sinaí. En esa época, los árboles y el agua podrían haber sido interpretados como un lugar favorecido por un dios. Los doce manantiales y las setenta palmeras podrían haber sido los números exactos de lo que el pueblo encontró; no obstante, siendo que estos números significaban para Israel algo ideal o perfecto, puede haber sido su manera de decir que el Señor había provisto lo necesario en Elim. La tradición judía posterior vio una correspondencia entre estos números y las doce tribus y los setenta ancianos de Israe.
