Mujeres en el árbol genealógico de Jesús
Tamar, cananea; Rahab, cananea; Rut, moabita y Betsabé que era israelita.
En esta historia que concierne a Judá, la integridad de la descendencia corre peligro. Pero la acción arriesgada de una mujer previene que la descendencia de Judá sea cortada. El hecho es significativo porque de esta descendencia viene el rey David y Jesucristo.
No se nos dice el tiempo exacto en que Judá se aparta de sus hermanos y forma su propia familia independientemente. Pero todos los incidentes narrados en la historia indican que transcurren en un tiempo de por lo menos dos a tres décadas. El problema surge ante el impedimento de continuación de la descendencia. En un sistema patriarcal, la descendencia del primogénito es crucial para la identificación y dirección del clan. Para proveer en casos en que el primogénito moría sin dejar hijo se establece la ley del levirato. Esta ley permitía que el hermano del primogénito muerto sin hijo, le hiciera concebir a la viuda. El hijo nacido era entonces la cabeza del clan. Y este es el caso de Judá. Su hijo mayor muere sin hijos. Y aunque él aplica la ley del levirato con su segundo hijo, éste también, por razones egoístas, muere sin dejar hijos. Judá teme que el mal está en la mujer y engañosamente le promete su tercer hijo, aunque ya decide no darlo en casamiento.
Al final Judá también queda viudo, poniendo en peligro aun más la sobrevivencia de su línea patriarcal. Aquí es donde aparece Tamar, la dos veces viuda y personaje principal en el desarrollo de esta historia. Ella hace varias cosas para ser el instrumento de descendencia de este patriarca. Primero, espera un tiempo suficiente para el cumplimiento de la promesa de casamiento con el tercer hijo. Pero pronto se da cuenta que ello no ocurriría. Segundo, toma la decisión de quedar encinta del mismo Judá. El relato bíblico no menciona la motivación de esta decisión tan riesgosa y de dudosa moralidad. La explicación que se desprende de la historia es que ella toma el privilegio de la descendencia con mucha seriedad y responsabilidad, mucho más que el propio Judá, recipiente directo de la promesa patriarcal. Ella, aunque extranjera, acepta que esta es una descendencia especial y necesaria en los planes de Dios. Es aquí, como en el caso de Abraham al ofrecer a Isaac, que un valor supremo se antepone ante otro de menor trascendencia. Hay similaridad de decisión en la aceptación de embarazo de María arriesgando toda su integridad moral y social y aún su misma vida al convertirse en instrumento del plan de Dios. Para llevar a cabo su decisión se disfraza de prostituta ritual, costumbre social y religiosamente sancionada en la cultura cananea. Así logra tener relación con Judá, de quien concibe hijos mellizos, uno de los cuales (Fares) continúa la línea de descendencia de Judá hasta el mismo Jesucristo.
Tragedias amontonadas
Este capítulo nos presenta una serie de acontecimientos, todos los cuales terminan en tragedia. Así podemos ver:
1. Los hijos de Judá y su pecado:
(1) Er, hijo mayor, quien se casó muy joven con Tamar, era malo ante los ojos de Jehová y murió joven.
(2) Onán, segundo hijo, no quiso tener hijos en nombre de Er; vertió su simiente en tierra para evitarlo; murió porque hizo lo malo ante los ojos de Jehová.
2. Tamar, la nuera, y su pecado:
(1) Resentía al suegro porque no quiso darle el tercer hijo, Sela, para tener prole.
(2) Engañó al suegro, portándose como una ramera.
(3) Consideró que el fin justifica los medios. Su deseo de tener prole le llevó al extremo del pecado del incesto.
3. Judá y sus pecados:
(1) Se alejó de su familia y tomó por esposa a una cananea.
(2) Al morirse la esposa, decidió ceder a la tentación de adulterio o fornicación para saciar sus deseos carnales.
(3) Estaba listo a castigar severamente a su nuera, sin reconocer que él mismo era culpable también. La ley levítica posteriormente condenaba tales actos.
(4) Reconoció que su pecado era mayor que el de la nuera.
