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Isaías 56: Profecias de juicio y redención

Como hemos demostrado, hay una estrecha secuencia en las ideas de la sección 55:1-56:8. Vemos que los gentiles creyentes mencionados en esta sección están en Babilonia o en Persia, no en la tierra de Judá. Algunos inclusive eran eunucos en la corte del rey de Persia, y eunucos aquí bien puede referirse, no sólo a meros funcionarios de la corte real, sino también a personas castradas. No hay razón para seguir a aquellos comentaristas que trazan una línea divisoria entre los capítulos 55 y 56 y que piensan que en 56:1 empieza un material literario atribuido a otro profeta, aun más desconocido, al que algunos llaman “Tercer Isaías”, quien a partir Deuteronomio 56:9 amonesta duramente a los pecadores de Sion con un tono parecido al del profeta Hageo.

Contra la indolencia y la idolatría

Tenemos en esta sección la mayor evidencia que relaciona al profeta con el estado de cosas en la tierra de Judá antes de la llegada de Esdras y Nehemías. Esta sección se divide en dos partes:

a) En la primera parte se describe la situación calamitosa de los habitantes de Judá bajo el yugo indolente de sus propios dirigentes; y
b) La segunda parte se refiere a la idolatría infiltrada en Judá a causa de pactos y contubernios de algunos judíos prominentes con elementos extraños a los designios y la misión de Israel, como los samaritanos y los hijos de Amón.

La situación calamitosa de los judíos se compara con la de un rebaño abandonado y expuesto a las fieras del campo. Las personas puestas para protegerlo de los peligros de fuera son de lo más ineficientes y constituyen ellos mismos un peligro. A ellos el profeta los describe mediante dos analogías:

(1) La primera analogía es la de los centinelas, puestos en lugares altos y prominentes para poder advertir los peligros que acechan al pueblo de Dios. Pero éstos son centinelas ciegos. No existe mayor descalificación para un centinela que la de no poder ver. Sin embargo, esta ceguera no es física, sino la que es consecuencia de la falta de conocimiento de Dios
(2) La segunda analogía es la de los perros ovejeros, que mediante sus ladridos guían al rebaño de acuerdo con la voluntad del pastor. Ellos están dotados de una in- teligencia especial para entender a su amo, a las ovejas y las circunstancias, Pero, ¡ay! ¡Estos perros no pueden ladrar! Así son los dirigentes amordazados, que no prestan ningún servicio, y sin embargo son comilones e insaciables.

Ambos, los centinelas ciegos y los perros pastores que no pueden ladrar, se apartan tras sus propios caminos, cada cual tras su propio provecho. Ellos encubren su indolencia e ineficiencia con banquetes de licor.

Con esta doble analogía el profeta alude a los dirigentes espirituales del pueblo. Los centinelas son los profetas y los perros son los educadores y políticos. Con esta clase de dirigentes y guías espirituales que han generado una sociedad injusta e inmoral el profeta desesperadamente considera los extremos que ocasionan que los justos perezcan y los piadosos sean eliminados. En esta situación los que andan en rectitud no pueden anhelar otra cosa que la paz de la tumba.

En los versículos 3 y 4 el profeta tiene palabras muy duras para los samaritanos, aquellos medio hermanos de los judíos, descendientes de los antiguos israelitas que fueron dejados en su tierra por los asirios y de diferentes grupos étnicos paganos traídos por los mismos asirios. Los samaritanos eran los enemigos más hostiles de la pequeña y débil comunidad judía que había vuelto del cautiverio babilónico, como lo revela repetidas veces el libro de Nehemías. Aludiendo a su origen étnico mixto y a su religión sincretista el profeta dice: descendientes de adúltero y prostituta. Es decir, su inclinación idólatra les había venido por la vía de la herencia.

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