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Jeremías 39: La Caída de Jerusalén

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Sedecías y sus compañeros lograron llegar a las estepas de Jerico, a punto de pasar el Jordán hacia TransJordania. Sedecías logró reunir en torno a Jericó muchos oficiales y soldados fugitivos, pero no pudo organizar la resistencia. Fue capturado por las tropas caldeas y llevado a Ribla, la actual Rible o Rabie, en la región de Jamat o “Hama” en la actualidad, en la Alta Siria, a 34 kilómetros al sur de Homs. Era un centro de comunicaciones muy apto para dirigir las operaciones contra Fenicia y Palestina, y allí estableció Nabucodonosor su cuartel general, como lo había hecho antes Necao II en 609. La sentencia del rey babilonio fue despiadada. Sedecías era un rey vasallo que había quebrantado el juramento de fidelidad. Había sido puesto en el trono por el mismo Nabucodonosor en 598, cuando fue depuesto su sobrino Jeconías. Fueron asesinados sus hijos de tierna edad (ya que el rey entonces no tenía más que treinta y dos años) delante de él. Quería desenraizar toda su descendencia, acabando así con todo posible brote de insurrección posterior. Y en un refinamiento de crueldad, a Sedecías no le quitó la vida, sino que le sacó los ojos para que llevara una vida triste y despreciada en Babilonia, recordando su triste destino. Era costumbre entre los reyes orientales sacar los ojos a los soberanos vencidos y después llevarlos a formar un cortejo con los otros reyes vencidos en torno al rey vencedor mesopotámico. Algo parecido a la costumbre de los generales romanos de llevar en triunfo por las calles de Roma a los reyes bárbaros vencidos. Asurbanipal se gloría de haber cegado a sus enemigos, y en un bajorrelieve asirio se ve a Sargón (721-705) cegando con su lanza al rey vencido postrado a sus pies. Ezequiel había profetizado que Sedecías no vería al rey de Babilonia, y Jeremías reiteradamente dice que le hablaría boca a boca.

El general en jefe de las operaciones en Palestina, Nabuzardán, deportó a las fuerzas vivas de la población judía. Los palacios y templo de Jerusalén fueron pasto de las llamas. Sólo se dejó en Judá a los pobres del pueblo, que no tenían nada, permitiéndoseles cultivar viñas y campos de labor, con cuyos productos habrían de pagar un fuerte tributo al implacable vencedor babilónico.

Nabucodonosor conocía, sin duda por relatos de los desertores hebreos, la actitud de Jeremías durante el asedio, predicando la rendición. Por eso sentía cierta estima por el profeta, aunque no entendiese los motivos religiosos por los que el profeta pedía la sumisión al rey caldeo, instrumento de la justicia divina. Por eso se mostró generoso con él, encargando a su comandante jefe de operaciones, Nabuzardán, que lo tratase con deferencia. Conforme a estas órdenes, los jefes babilónicos libertaron a Jeremías, que aún se hallaba preso en el vestíbulo de la guardia, y se lo encomendaron a Godolías, que iba a ser el gobernador judío puesto por los babilonios después del desastre. Era hijo de Ajicam, protector de Jeremías. Por eso es de suponer que Godolías y el profeta fueran amigos, pues compartían la política de sumisión a Babilonia antes de arrostrar la aventura de una resistencia sin esperanza. Jeremías, pues, quedó habitando en medio del pueblo, es decir, con libertad de acción, participando de las penalidades de los supervivientes. La expresión para que le llevase a su casa parece indicar la reintegración a sus derechos cívicos.

La profecía relativa a Abdemelec quizá fue hecha antes de caer la ciudad en manos de los caldeos, cuando Jeremías fue liberado de la cisterna por su humanitaria intervención. El redactor la pone aquí en el momento de su cumplimiento. Jeremías le promete, en nombre de Dios, que nada le ha de suceder en premio a su buena acción. El eunuco etíope ha dado una lección de religiosidad a todos los judíos, y Yahvé se lo premia con la salvación de su vida en medio de tanta ruina. Jerusalén será destruida en cumplimiento a las palabras de Yahvé, pero él no perecerá en la catástrofe. El buen etíope había creído en Jeremías como hombre de Dios; con ello expresó un acto de fe en el mismo Dios: confiaste en mi.

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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