Hay criterios diferentes para el uso de la tierra, para evitar la acumulación de esta en pocas manos, a diferencia de lo que ocurría entre las naciones que habitaban en Canaán. El pueblo de Israel debe ser una alternativa a este modelo.
Todo el recuerdo de la acción de Dios en Egipto, y luego en el desierto, desemboca en la problemática del uso de la tierra. Este es un punto de llegada importante en la historia del pueblo. Ahora están colocadas las bases para ser fieles a Dios, pero al mismo tiempo, como ya se ha señalado en el capítulo anterior, el pueblo tiene también peligros que afrontar de ahora en adelante.
La posesión de esta tierra no es el resultado de la imposición de una fuerza militar sobre otra, sino que es la posesión de quienes no poseían. Ahora lo hacen justamente porque han sido destituidos aquellos que no usaron bien la tierra en beneficio de todos, sino con un interés egoísta.
Este aspecto es importante tenerlo en cuenta para no justificar de manera simplista en la actualidad aquellas naciones que se caracterizan por poseer la tierra que no están usando o que la usan de manera inadecuada como riqueza acumulable.
El propósito del Creador de la tierra es que la humanidad entera pueda servirse de ella. Por esa razón, cualquier concentración innecesaria de tierra en pocas manos o el mal uso de la tierra o la destrucción de la misma son acciones que están en contravía del propósito divino y por esta razón es importante que el pueblo de Dios incluya dentro de su agenda una reflexión sobre nuestra actitud hacia la tierra como espacio y lugar para la vida.
Fidelidad absoluta
La misma urgencia con la que Jehová se dirigió a Josué en el comienzo de esta historia, el entonces “ahora” para ir a dirigir al pueblo en el cruce del Jordán, aquí al final de la historia se enfatiza el “hoy” como momento definitivo para una decisión.
Jehová optó por Israel; “hoy” este pueblo debe optar por Dios. Lo primero hace parte de los privilegios del pacto, pero en lo segundo se expresa la responsabilidad hacia el pacto. Es el discípulo que disfruta el privilegio de ser llamado por su maestro pero que debe responder a ese llamado con obediencia.
Lo que era un peligro en Silo es ahora una triste realidad en Siquem. Algunos han abandonado a Dios. Por eso, la propuesta de Josué es que la decisión exigida implica una trayectoria desde los dioses hasta Dios, desde ese politeísmo facilista y acomodaticio que aliena a los creyentes hasta “el Dios de Israel” a quien siguen por fe, aprendiendo en el camino lo que es fidelidad y obediencia aún cuando las cosas no salgan del todo bien ante los ojos inmediatistas.
En el ritual que renueva el pacto al final de los días de Josué, se pueden identificar tres clases de dioses a los cuales deben poner lejos de ellos, si quieren permanecer fieles a Jehová:
* Por un lado, están los dioses que los padres adoraron en Egipto que aún están presentes en las tradiciones familiares. Aquí hay un elemento tradicional que no se abandona a pesar de que se confía en Jehová y se experimenta el ser parte de un pueblo nuevo. Todavía perduran elementos religiosos anteriores tal vez muy arraigados.
Por otra parte, están los dioses tradicionales conocidos entre los pueblos que habitan la región a la cual llegaron previamente, es decir, los dioses de los amorreosx. Estos eran la tentación permanente, sobre todo porque estas divinidades estaban estrechamente vinculadas con las actividades agrícolas respecto a las cuales los israelitas apenas se estaban acostumbrando. Por lo tanto, la inexperiencia e inseguridad en una actividad tan importante para la vida del pueblo los hacía más frágiles a la influencia de estas creencias.
En tercer lugar, estaban los dioses extraños que estaban presentes en la experiencia religiosa de Israel. Por lo menos así lo constata Josué y les compele a una decisión sobre un asunto tan grave. Algunos comentaristas sugieren que esta es una alusión a la “religiosidad popular” del pueblo de Dios, elemento que sin dificultad puede haber estado presente entre ellos. La recursividad a estas divinidades era frecuente entre los pueblos antiguos y aún en nuestro tiempo. Esto se debe en parte a que la relación y la experiencia con estos dioses salen de los moldes tradicionales de la experiencia de la religión institucional. La novedad atrae aunque no garantiza que sea lo más conveniente. Por ello la llamada religiosidad popular, que es un tipo de experiencias múltiples que encajan en la mentalidad afectada por la desintegración de las sociedades, las crisis producidas por los cambios de habitat, etc., encuentra acogida en medio de pueblos altamente influenciados por el cristianismo. Lamentablemente se trata a veces con un cristianismo institucionalizado y hasta petrificado.
Conviene preguntarse hasta qué punto esto es inevitable y desde dónde es posible mantener la renovación permanente. Quizá esta sea la razón de la renovación del pacto por parte de Josué, quien siendo sensible a lo que sucede entre el pueblo los llama a una renovación, a una revisión de su relación con el Dios que ha intervenido en la historia para hacerlos su pueblo.
En el discurso Josué llama la atención del pueblo a la necesidad de conversión que implica cambios en valores y prioridades. Esto se debe manifestar en servicio a Jehová en el sentido de actos cultuales a él y en la búsqueda de la obediencia a la ley del Señor. Este aspecto es el más enfatizado en este acto y discurso de renovación del pacto. El verbo “servir” (abad) aparece catorce veces. Servir no es un asunto de palabras sino de hechos que demuestren ese servicio. La conversión expresada en el servicio implica un cambio en la visión del mundo y en la manera en que ellos ven a los demás y a su entorno. Es una invitación a un cambio radical en su cosmovisión. Inclinar el corazón a Jehová es consecuencia de abandonar por completo a los dioses extraños que moldeaban su cotidianidad, con sus costumbres y sus relaciones intercomunitarias.
