Ministerio basado en principios bíblicos para servir con espíritu de excelencia, integridad y compasión en nuestra comunidad, nuestra nación y nuestro mundo.

Logo

Lucas 16: El ejemplo de un hombre malo

«Mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles.» 1Co_1:26. «Ni se alabe el rico en sus riquezas: mas alábese en esto el que se hubiere de alabar, en entenderme y conocerme.» Jer_9:24. Que un hombre sea rico no quiere decir que haya sido justificado: que sea pobre no quiere decir que desagrade a Dios. Aquellos a quienes Dios ensalza son raras veces los ricos de este mundo. Si nosotros pesamos a los hombres en la misma balanza que Dios los pesa, tenemos que juzgar de sus méritos por sus virtudes.

La segunda lección que esta parábola nos enseña es, que la muerte es el fin de todo ser humano, cualquiera que sea la clase o raza a que pertenezca. Tanto los sufrimientos del mendigo, como los banquetes suntuosos del rico, terminaron con la muerte. «Todo va a un lugar.» Ecc_3:20.

La muerte es un acontecimiento solemne cuya certeza nadie niega, pero del que pocos parecen cuidarse. Muchas personas comen, beben, hablan y forman planes como si fueran a vivir en este mundo para siempre. Todo cristiano verdadero debe guardarse de cometer este error. «El que desee vivir piadosamente,» dijo un celebre teólogo, «debe pensar con frecuencia en su último día.» Contra el desagrado, el descontento y la envidia del pobre; contra el orgullo, la vanidad y la arrogancia del acaudalado, uno de los mejores antídotos es pensar en la muerte.

La tercera lección que esta parábola nos enseña es, que a la hora de la muerte Dios cuida con especialidad de las almas de los creyentes. Nuestro Señor Jesucristo dice que cuando el mendigo murió « fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán..

Hay algo sumamente consolador en estas palabras. Poco o nada sabemos de lo que experimentará el hombre después que deja de existir. Cuando se nos llegue la hora postrera, y nos hallemos en el lecho de muerte, seremos como viandantes a un mundo desconocido. En cambio, nos consolará el saber que los que expiran en brazos de Jesús no serán arrojados a las tinieblas, ni estarán sin albergue ni morada durante el tiempo que trascurra entre la muerte y la resurrección; mas encontrarán sosiego en el seno de los que hayan tenido fe como Abrahán. Nada les faltará, y lo que es todavía más, estarán «con Cristo « según dice S. Pablo.

Esta parábola nos enseña, en cuarto lugar, que hay un infierno de eterna duración. Nuestro Señor dice, en palabras inequívocas, que después de la muerte el rico estaba en el infierno y era atormentado, y describe con colores vivos cómo deseaba anhelosamente una gota de agua para refrescar su lengua, y cómo había una grande sima entre él y Abrahán, que nadie podía pasar. Hay pocos pasajes bíblicos que inspiren tanto pavor como este. Y téngase presente que, quien tales palabras pronunció, se complació en ejercer misericordia.

Que el castigo de los malvados es infalible y eterno es una verdad que tenemos que creer firmemente. Desde el día en que Satanás dijo a Eva: « No moriréis,» no han faltado hombres que hayan negado dicha verdad. Desengañémonos: hay un infierno para los réprobos así como hay un cielo para los creyentes; habrá ira para con «los que no obedecen el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.» 2Th_1:8. Huyamos de esa ira y acojámonos al gran Protector: Cristo Jesús.

Esta parábola nos enseña, en quinto lugar, que los no convertidos aprenden, cuando ya es demasiado tarde, cuánto vale el alma. Se nos dice que el rico deseaba que Lázaro fuera enviado a la casa de su padre, donde estaban sus cinco hermanos, para que no fueran estos también al lugar de tormento. En vida nada había hecho por su bien espiritual. Es bien probable que habían sido compañeros suyos en los goces mundanos, y que, como él, se habían desentendido completamente de las necesidades del alma. Pero, en muerte, reconoce la insensatez de que todos habían sido culpables, y desea que, si fuere posible, sean llamados al arrepentimiento.

La transformación intelectual que experimentarán los condenados después de la muerte, será uno do sus más terribles castigos. Ellos sabrán y entenderán muchas cosas que en vida rehusaron comprender. Descubrirán que, como Esaú, enajenaron su felicidad eterna por un plato de lentejas. Después de la muerte el escepticismo no tiene cabida.

Esta parábola nos enseña, por último, que ni aun los milagros más portentosos son parte a convencer a los que no quieren creer la palabra de Dios. El rico pensaba que si alguno de los muertos iba a ver a sus hermanos se arrepentirían. Se imaginaba que, si alguno se les apareciera del otro mundo, su corazón se ablandaría, a pesar de que habían leído en vano los libros de Moisés y de los profetas. La respuesta de Abrahán es solemne a la vez que instructiva: «Si no oyen a Moisés, y a los profetas, tampoco se persuadirán, aunque alguno se levantare de entre los muertos El principio que estas palabras entrañan es de la mayor importancia. Las Sagradas Escrituras contienen todo lo que es necesario para nuestra salvación, y un mensajero del otro mundo no podría añadirles cosa alguna. Lo que los hombres necesitan para arrepentirse no es mayores pruebas, sino mayor deseo, mayor voluntad. Los muertos, aunque se levantasen de sus sepulcros, no podrían decirnos nada más de lo que la Biblia contiene; y después que se hubiera desvanecido algún tanto la novedad de sus palabras, no nos cuidaríamos más de ellas que de las palabras de cualquier viviente. Este ansiar por algo que no se posee, al propio tiempo que se descuida lo que se tiene, es la causa de la ruina eterna de millares de almas. Fe, mera fe en las Escrituras que nos han sido dadas por Dios, es lo primero que necesitamos para la salvación.

Deja el primer comentario

Otras Publicaciones que te pueden interesar