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Lucas 16: El ejemplo de un hombre malo

La verdad que estas palabras contienen es palpable. Dirijamos si no los ojos en torno nuestro veamos a que cosas tiene el hombre más apego. Las riquezas, los honores, la elevada posición social, he aquí las cosas para las cuales vive la mayor parte de la humanidad. Y sin embargo, todo eso es lo que Dios apellida «vanidad,» y de la cual nos manda que nos guardemos. La discordancia no puede ser más manifiesta, triste y pasmosa. Lo que Dios llama bueno, el hombre lo apellida malo, y lo que Dios llama malo el hombre denomina bueno.

Más, ¿quién de ellos dice la verdad? ¿Cuál apreciación es la justa? ¿Qué concepto valdrá más el día del juicio? ¿De acuerdo con qué regla serán juzgados todos antes de que reciban la sentencia final? ¿En qué tribunal serán comparadas y sometidas a prueba las opiniones que prevalecen en el mundo? Estas que son las únicas preguntas que debemos hacernos para arreglar nuestra conducta han sido contestadas en la Biblia con toda claridad. Tan solo los consejos de Dios permanecerán para siempre. Tan solo de acuerdo con la palabra de Jesucristo es que el hombre será juzgado en el último día. Vivamos pues en estricta conformidad con esa palabra Pesemos en su balanza todo y a todos en este mundo de maldad. No importa qué piensen los hombres, sino qué dice el Señor.

Poco hace al caso cuáles sean las ideas de moda. «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso.» Cuanto más arreglemos nuestras ideas a las enseñanzas de nuestro Padre celestial, tanto mejor preparados nos hallaremos para el día del juicio. Amar lo que Dios ama, aborrecer lo que aborrece, aprobar lo que aprueba: he aquí en lo que consiste la religión más pura. Tan luego como percibamos que estamos tributando altos honores a lo que el Señor menosprecia, debemos inferir que nuestra religión es deficiente.

Estos versículos nos dan a conocer, por último, que la ley de Dios es excelsa y sacrosanta. Nuestro Señor Jesucristo dice quo «mas fácil es que pasen el cielo y la tierra, que no que caiga una tilde de la ley..

Durante su morada acá en la tierra Jesús siempre vindicó la majestad de la ley de Dios. Algunas veces protestó contra las adiciones de los hombres, señaladamente respecto del cuarto mandamiento. Otras veces protestó contra los que miraban con desprecio algunos de sus requisitos, y permitían que fuese abiertamente conculcada, como sucedió con los estatutos respecto el matrimonio. Siempre hizo alusión a ella con veneración. Siempre la magnificó y la engrandeció. La parte ceremonial era tipo del Evangelio, y había de cumplirse al pié de la letra. La parte moral era una revelación de los pensamientos del Todopoderoso, y debía ser obligatoria para los cristianos de todos los siglos.

En nuestros días es necesario defender constantemente la majestad de la ley de Dios. Pocos asuntos hay que los cristianos ignoren tanto como este. Algunos creen al parecer que los cristianos no tienen nada que hacer con la ley; que tanto la parte moral como la ceremonial fueron obligatorias solo por un período determinado, y que, con el Evangelio, fueron virtualmente abrogados el sacrificio diario y los diez mandamientos. Otros piensan, por otra parte, que la ley es obligatoria y que es solo por medio de la obediencia a ella que podemos salvarnos; pero que sus requisitos han sido de tal manera modificados por el Evangelio que podemos cumplir con ellos por medio de una obediencia imperfecta. Ambos conceptos son erróneos y contrarios a la Escritura.

Estemos persuadidos de que «la ley es buena si se usa de ella legítimamente.» 1Ti_1:8. Su objeto es hacernos ver la santidad de Dios, por una parte, y nuestra propia maldad por otra; es convencernos del pecado y conducirnos hacia Cristo; es, en fin, enseñarnos como hemos de vivir después que hayamos abrazado el Evangelio, y señalarnos qué cosas hemos de practicar y qué cosas hemos de evitar. Quien así use de la ley de Dios verá que es un tesoro inapreciable para su alma. El cristiano que lo es de convicción dirá siempre: « Según el hombre interior me deleito en la ley de Dios.» Rom_7:22.

Lucas 16:19-31

La parábola que queda transcrita es, hasta cierto punto, única en su clase, pues es el solo pasaje de la Escritura, en que se nos dan a conocer las emociones que experimentan los malos después de la muerte. Por esta y otras muchas razones merece atención especial.

La primera lección que nos enseña es, que la situación temporal de un hombre no puede servirnos de índice del estado en que se encuentre para con Dios.

Nuestro Señor Jesucristo describe dos hombres, uno de los cuales era muy rico, y el otro muy pobre. El uno daba magníficos banquetes todos los días, y el otro no era más que un mendigo que no poseía bienes algunos sobre la tierra. Y, sin embargo, el pobre poseía la gracia de Dios, y el rico no. El pobre vivía por la fe y seguía las huellas de Abrahán; el rico se había entregado a la disipación y los placeres, y «estaba muerto en sus delitos y pecados..

No nos dejemos dominar jamás de esa idea que está tan en boga en nuestros días, que el mérito de un hombre depende del monto de su renta, y que la persona que posee más dinero merece mayor aprecio. La Biblia no autoriza tal concepto: bien al contrario, sus doctrinas son diametralmente opuestas a él.

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