Lo que experimentó el Señor en este particular es una fuente de consuelos para algunos de los que forman su pueblo. Es un consuelo para los ministros fieles del Evangelio, que angustia la incredulidad de sus feligreses o de los oyentes que regularmente tienen. Es un consuelo para los verdaderos cristianos que se encuentran aislados en medio de sus familias, y ven a todos los que los rodean apegados al mundo. Recuerden que están apurando el mismo cáliz que su amado Maestro. Recuerden que El también fue despreciado por los que mejor lo conocían. Aprendan que la conducta más arreglada y más constante no reducirá a lo demás a adoptar sus opiniones y sus ideas, como sucedió con la gente de Nazaret. Sepan que los siervos del Señor aprenderán por propia experiencia cuan fundadas eran sus quejas doloridas, cuando exclamaba, «un profeta no está deshonrado, sino en su propio país, y entre los de su parentela, y en su propia casa.
Vemos, en segundo lugar, cuan humilde era el rango que en el mundo se dignó aceptar Nuevo Testamento Señor antes de empezar a ejercer su ministerio público. El pueblo de Nazaret decía de El, con desprecio, «¿No es este el carpintero?.
Esta es una expresión muy notable y que solo se encuentra en el Evangelio de S. Marcos. Nos prueba claramente que durante los primeros treinta años de su vida nuestro Señor no se avergonzaba de trabajar con sus manos. Hay algo de maravilloso en esto, y el pensar en ello nos sobrecoge. El que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos Aquel sin el cual nada se hizo de lo que ha sido hecho; el Unigénito de Dios tomó la forma de siervo, y «comió el pan con el sudor de su frente» como un obrero. Este es, en verdad, «ese amor de Cristo que sobrepuja toda inteligencia». Aunque era rico, por causa nuestra se hizo pobre; y se humilló en su vida y en su muerte, para que por su medio los pecadores pudieran vivir y reinar eternamente.
Recordemos, al leer este pasaje, que la pobreza no es pecado. No debemos avergonzarnos de nuestra pobreza, a menos que nuestros pecados no la hayan causado; ni debemos despreciar a nadie porque sea pobre. Vergonzoso es ser jugador, borracho, avariento o mentiroso, pero no es una afrenta trabajar con nuestras manos y ganar el pan con nuestro trabajo. El espectáculo del taller del carpintero en Nazaret, debería humillar los altivos pensamientos de todos los que adoran el ídolo de las riquezas. No es una deshonra ocupar la misma posición que el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.
Vemos, en último lugar, que pecado tan terrible es la incredulidad. En dos expresiones muy notables se encierra esta lección. Una de ellas es, que nuestro Señor «no pudo hacer milagros en Nazaret» por la dureza del corazón del pueblo; la otra, que «El se maravillaba de su incredulidad» La una prueba que la incredulidad puede privar a los hombres de las más ricas bendiciones; la otra que un pecado tan irracional y tan suicida, que aún el Hijo de Dios lo contempla con sorpresa.
Nunca nos deberemos creer bastante en guardia contra la incredulidad. Es el pecado más antiguo en el mundo, pues principió en el Edén, cuando Eva prestó oídos a las promesas del diablo, en vez de creer la palabra de Dios, «moriréis». Es el pecado que produce las consecuencias más desastrosas. Introdujo la muerte en el mundo; mantuvo a Israel cuarenta años fuera de Canaán; es el pecado que llena especialmente el infierno. «El que no cree será condenado». Es el más necio y el más inconsecuente de todos los pecados. Arrastra al hombre anegarse a la evidencia, a cerrar sus ojos al testimonio más claro y a creer, sin embargo, falsedades. Pero lo peor de todo es que ese pecado abunda mucho en el mundo; millares de millares incurren en él, que profesan ser cristianos, que nada han oído de Paine ni Voltaire, pero que en la práctica son incrédulos reales y efectivos; no creen de una manera implícita en la Biblia, ni aceptan a Cristo como su Salvador.
Vigilemos cuidadosamente nuestros corazones en ese particular de la incredulidad. El corazón, no la cabeza, es el trono de su misterioso poder. Los hombres son incrédulos no por falta de pruebas, ni por las dificultades de la doctrina cristiana; es porque no tienen voluntad de creer, y aman el pecado, y están adheridos al mundo. A los que se encuentran en esa condición espiritual nunca les faltan razones aparentes que sostengan su voluntad. El corazón humilde y sencillo como el del niño es el corazón que cree.
Sigamos vigilando nuestro corazón aún después de haber creído, que nunca queda bien extirpada la raíz de la incredulidad.
Si nos descuidamos en vigilar y orar, pronto brotarán las malas yerbas de la incredulidad. Ninguna plegaria es tan importante como la de los discípulos, «Señor aumenta nuestra fe»
Mar 6:7-13
Estos versículos nos describen la manera con que fueron enviados la primera vez los apóstoles a predicar. La gran Cabeza de la iglesia quiso probar a sus ministros, antes de dejarlos solos en el mundo. Los enseñó a e ensayar el poder que tenían para comunicar su doctrina a los demás hombres y descubrir sus deficiencias, mientras que El estaba aun con ellos. Así podía, por una parte, corregir sus equivocaciones y por otra disciplinarlos para la obra que un día tendrían que hacer, para que no estuvieran bisoños cuando tuvieran al fin que dejarlos. Sería un gran bien para la iglesia, que todos los ministros del Evangelio se prepararan de la misma manera para cumplir con su deber, y no entraran en él, como tantas veces sucede, sin pruebas, sin ensayos y sin experiencia.
