Hace algún tiempo, un preso se escapó de una cárcel de Glasgow. Después de cuarenta y ocho horas de libertad, le detuvieron otra vez, helado y hambriento y agotado. Dijo que no había valido la pena: «No he tenido ni un minuto bueno. Perseguido, perseguido todo el tiempo. No se puede uno parar para comer ni para dormir.»
Perseguido, esa es la palabra que a menudo describe la vida del que ha hecho algo malo. Cuando Herodes oyó de Jesús, lo primero que se le pasó por la mente fue que Ese era Juan el Bautista, el que él había matado, que venía a ajustarle las cuentas. El pecado no vale nunca la pena, porque la vida de pecado es una vida asediada.
(ii) Tenemos el veredicto del nacionalista. Algunos pensaban que ese Jesús era Elías redivivo. Los judíos esperaban al Mesías. Había muchas ideas acerca del Mesías, pero la más corriente era que sería un gran Rey conquistador que les devolvería a los judíos su libertad política, y después los conduciría victoriosamente a la conquista del mundo entero. Era una parte esencial de esa creencia que, antes de la venida del Mesías, Elías, el más grande de los profetas, volvería otra vez para ser Su heraldo y precursor. Hasta nuestros días, cuando los judíos celebran la Pascua en sus hogares, ponen una silla de más a su mesa que llaman la silla de Elías, y le ponen un vaso de vino delante en la mesa. Y en cierto momento de la celebración van a la puerta y la abren de par en par para que Elías pueda entrar y traerles por fin las largo tiempo esperadas noticias de que ha venido el Mesías.
Este era el veredicto de los que deseaban encontrar en Jesús el cumplimiento de sus propias ambiciones. Creían que Jesús era, no Alguien a Quien debían someterse y obedecer, sino alguien que podían usar. Los tales piensan más en sus propias ambiciones que en la voluntad de Dios.
(iii) Tenemos el veredicto de los que estaban esperando escuchar la voz de Dios. Había algunos que veían en Jesús a un profeta. Por aquel entonces los judíos eran tristemente conscientes de que hacía trescientos años que estaba callada la voz de la profecía. Escuchaban los argumentos y las discusiones legales de los rabinos; escuchaban las pláticas morales de la sinagoga; pero hacía tres largos siglos que no escuchaban una voz que proclamara: «¡Así dice el Señor!» Había personas en aquellos días que esperaban escuchar la auténtica voz de Dios -y la oyeron en Jesús. Es verdad que Jesús era más que un profeta. Él no Se limitó a traer la voz de Dios. Trajo a la humanidad el poder y la vida y el ser de Dios mismo. Pero los que vieron en Jesús a un profeta estaban mucho más cerca que la conciencia inquieta de Herodes y la expectación de los nacionalistas. Si habían llegado a ese punto en su idea de Jesús, no les serían difícil dar un paso adelante más y ver en Él al Hijo de Dios.
LA VENGANZA DE UNA MALVADA
Marcos 6:16-29
Pero cuando Herodes lo oyó, se dijo: «Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado.» Porque había sido Herodes el que había enviado a su gente a detener a Juan y le había encarcelado por el asunto de Herodías, la mujer de su hermano Felipe porque Herodes se había casado con ella. Y es que Juan le había dicho a Herodes:
No tienes derecho a estar casado con la mujer de tu hermano.
Herodías se había puesto en contra de Juan, y quería matarle; pero no lo podía conseguir porque Herodes le tenía miedo a Juan, porque sabía muy bien que era un hombre justo y santo; así es que le mantuvo a salvo. Cuando Herodes escuchaba a Juan, no sabía qué hacer; porque encontraba un cierto placer en escucharle.
Pero un día se presentó la ocasión cuando, en el cumpleaños de Herodes, estaba dándoles un banquete a sus cortesanos y capitanes y hombres importantes de Galilea. La hija de la misma Herodías entró a bailar delante de todos, y a Herodes y a los que estaban a la mesa con él les agradó mucho.
El rey le dijo a la joven:
-Pídeme lo que te dé la gana, que yo te lo daré. -Y se lo juró-: Me pidas lo que me pidas, te lo daré; hasta la mitad de mi reino.
La joven salió a decirle a su madre:
-¿Qué le puedo pedir para mí?
La cabeza de Juan el Bautista -le contestó su madre.
