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Marcos 6: Sin honor en su propia tierra

Este, sin duda ninguna, es poder creador. Tuvo manifiestamente que dar existencia a algo sólido, real y sustancia, que antes no existía. No se puede dar entrada a la teoría que las turbas estaban bajo la influencia de una ilusión óptica; o de una imaginación excitada. Cinco mil personas hambrientas no hubieran quedado satisfechas, si no hubieran recibido en la boca pan verdadero. No se hubieran podido recoger doce cestas de fragmentos, si los cinco panes no se hubieran multiplicado de una manera milagrosa. En fin, es muy claro que la mano del que hizo el mundo de la nada medió en esta ocasión; solo Aquel que creó el principio de todas las cosas, que hizo caer el maná en el desierto, pudo así haber preparado «un banquete en el desierto».

Todos los verdaderos cristianos deben atesorar en sus almas hechos como este y recordarlos en épocas de necesidad. Vivimos en medio de un mundo malo y vemos a pocos de nuestro lado y a muchos contra nosotros. Llevamos con nosotros un corazón débil, dispuesto a cada instante a desviarse del camino recto; y siempre tenemos cerca de nosotros a un diablo muy activo, que espía de continuo nuestras debilidades y trata de hacernos caer en tentación. ¿A dónde iremos a buscar consuelo? ¿Quién mantendrá nuestra fe viva y nos impedirá sumirnos en la desesperación? No hay más que una respuesta. Fijemos nuestras miradas en Jesús. Debemos pensar en su poder supremo y en las maravillas que hizo en los tiempos antiguos. Debemos recordar que de la nada puede crear alimento para su pueblo y satisfacer las necesidades de los que lo siguen aunque sea al desierto. Y al resolver estos pensamientos recordemos que ese Jesús vive aun, que nunca cambia y que está de nuestra parte.

Observemos además, en este pasaje, la conducta de nuestro Señor Jesucristo, así que hizo el milagro de dar de comer a la multitud. Leemos que «cuando los despidió, se dirigió a una montaña a orar».

Hay algo de profundamente instructivo en esta circunstancia. Nuestro Señor no buscaba las alabanzas de los hombres, después de uno de sus más grandes milagros, lo vemos buscar inmediatamente la soledad y pasar mucho tiempo en la oración. Practicaba lo que había enseñado, cuando dijo «entra en tu alcoba, cierra la puerta y dirige tus plegarias a tu Padre que está en lo escondido». Nadie hizo cosas tan grandes como el, ni habló tales palabras ni fue nunca tan constante en la oración.

Sírvanos de ejemplo la conducta de nuestro Señor. No podemos hacer milagros como El; no tiene igual en eso, pero podemos seguir sus huellas en todo lo que concierne a la devoción privada. Si tenemos el espíritu de adopción, podremos orar. Resolvámonos a orar más que hasta ahora, empeñémonos en buscar tiempo, lugar y oportunidad de estar solos con Dios. Sobre toda, no oremos solamente antes de trabajar por Dios, sino oremos después de haber concluido nuestra obra.

Muy conveniente sería para nosotros todos que nos examináramos con más frecuencia respecto a este punto de la oración privada. ¿Qué tiempo le concedemos en las veinticuatro horas del día? ¿Qué progresos notamos, según van pasando los años, en el fervor, en la plenitud y en el entusiasmo de nuestras plegarias? ¿Sabemos por experiencia «trabajar fervientemente orando»? Col. 4.12. Estas son indagaciones que nos humillan, pero muy convenientes para nuestras almas.

De temerse es que hay pocas cosas en que los cristianos se aparten más del ejemplo de Cristo, que en punto a plegarias.

Los grandes lamentos y las lagrimas de nuestro Maestro, la frecuencia con que se apartaba a lugar solitarios para ponerse en comunión íntima con el Padre, son cosas que se habla mucho y que se admiran más que se imitan. Vivimos en una edad de precipitación, de bullicio y de un movimiento incesante que se llama actividad. Se ven hombres tentados continuamente a acortar sus devociones privadas y a abreviar sus plegarias. Cuando tal acontece, no debemos admirarnos que la iglesia de Cristo haga tan poco en proporción a lo vasto de su organización. La iglesia debe aprender a imitar más exactamente a su Cabeza; sus miembros deben encerrarse con más frecuencia en sus retretes. «Tenemos poco», porque poco pedimos. Sant. 4.2

Mar 6:47-56

El primer acontecimiento que se relata en estos versículos, es un bello emblema de la condición en que se encontrarán todos los creyentes, antes de la segunda venida de Jesucristo. Como los discípulos, somos juguete de las borrascas y no gozamos de la presencia visible de nuestro Señor; y como los discípulos, veremos otra vez cara a cara a nuestro. Señor. Como los discípulos, veremos tiempos mejores, cuando nuestro Maestro venga a nosotros; no seremos azotados por las tormentas y gozaremos de calma perfecta.

Nada hay de fantástico en la aplicación del pasaje. No debemos dudar que hay una profunda significación en todos los pasos de su vida, y que era «Dios manifiesto en la carne». Por ahora, sin embargo, limitémonos a presentar las enseñanzas claras y prácticas que contienen estos versículos.

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