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Mateo 16: Ciegos a las señales del cielo

Los fariseos y los saduceos se Le acercaron a Jesús para tentarle, y Le pidieron que les diera una señal del Cielo. Jesús les contestó:

-Cuando está anocheciendo decís: « Hará buen tiempo, porque los cielos están rojos.» Y de madrugada decís: « Hoy habrá tormenta, porque los cielos están rojos y nubosos.» Sabéis interpretar el aspecto de los cielos, ¿y no sabéis distinguir las señales de los tiempos?

Esta generación malvada y apóstata anda buscando una señal; pero no se le dará más señal que la de Jonás.

Y los dejó, y Se marchó.

La hostilidad, como la necesidad, se asocia con lo que sea. Es de lo más extraño el descubrir una coalición de fariseos y saduceos. Representaban creencias y políticas que eran diametralmente opuestas. Los fariseos vivían pendientes de los detallitos más insignificantes de la ley oral de los escribas; los saduceos rechazaban totalmente esa ley, y no reconocían más autoridad que la ley escrita en el Antiguo Testamento como su única norma de fe y de conducta. (Mal comparado, en este aspecto sus posturas nos hacen pensar en las diferencias entre católicos y protestantes.) Los fariseos creían en los ángeles y en la resurrección del cuerpo y los saduceos no, cosa que aprovechó Pablo cuando se presentó a juicio ante el sanedrín (Act_23:6-10 ). Y -en este caso lo más importante- los fariseos no eran un partido político y estaban dispuestos a vivir bajo cualquier gobierno que les permitiera vivir conforme a sus principios religiosos, mientras que los saduceos eran los aristócratas ricos que estaban dispuestos a someterse y a colaborar con el gobierno romano para conservar su posición y sus privilegios. Además, los fariseos esperaban y anhelaban la venida del Mesías, mientras que los saduceos no creían en esas cosas. Habría sido punto menos que imposible encontrar dos sectas o partidos más diferentes; y sin embargo se unieron en el deseo hediondo de eliminar a Jesús. Todos los errores tienen esto en común: el ser hostiles a Jesucristo.

Lo que pedían los fariseos y los saduceos era una señal. Como ya hemos visto, los judíos esperaban que un profeta o un mensajero de Dios acreditaran su misión con alguna señal extraordinaria (Mat_12:38-40 ). Jesús les dice en Su respuesta que la señal ya está presente para los que tienen ojos para ver. Eran expertos en el pronóstico del tiempo. Sabían muy bien lo que dicen los del campo: « El cielo rojo por la noche es señal de bonanza, y por la mañana de destemplanza.» Sabían muy bien que los cielos rojos por la tarde presagian tiempo agradable, mientras que los cielos rojos al romper el día advierten que se acerca la tormenta. Pero estaban ciegos a las señales de los tiempos.

Jesús les dijo que la única señal que se les daría sería la señal de Jonás. Ya hemos visto lo que era la señal de Jonás (Mat_12:38-40 ). Jonás fue el profeta que logró que se convirtieran los habitantes de Nínive y los hizo volver de sus malos caminos al de Dios. Ahora bien: la señal que hizo que se convirtieran los habitantes de Nínive no fue el hecho de que se le tragara un gran monstruo marino. De eso no sabían nada, y Jonás no lo usó nunca para demostrar la autenticidad de su ministerio. La señal de Jonás fue Jonás mismo, y el mensaje que daba de parte de Dios. Fue el que surgiera un profeta y el mensaje que traía lo que cambió la vida del pueblo de Nínive.

Así que lo que estaba diciendo Jesús era que la señal de Dios era el mismo Jesús y Su mensaje. Es como si les dijera: « En Mi Persona os encontráis cara a cara con Dios y con Su verdad. ¿Qué más podéis necesitar? Pero sois tan ciegos que no lo podéis ver.» Aquí hay una gran verdad, y también una seria advertencia. Jesucristo es la última Palabra de Dios. La Revelación de Dios no puede llegar más allá. Aquí tenemos a Dios haciéndose visible para todo el mundo. Aquí está el mensaje de Dios para todos los que lo quieran oír. Aquí está la señal que Dios da a la humanidad. Aquí tenemos la seria advertencia de que, si Cristo no les dice nada a las personas, nada les sonará a Dios. Si Jesús no les convence a los hombres, nada los satisfará. Los que no pueden ver a Dios en Jesús, menos Le verán en ninguna otra parte o persona. Cuando nos encontramos cara a cara con Jesús, nos encontramos cara a cara con la última Palabra de Dios y con Su invitación final. Y en este caso, ¿qué esperanza le quedará al que rechace esta última oportunidad, al que se niegue a prestar atención a ese último mensaje, al que rechace esta última invitación?

LA LEVADURA PELIGROSA

Mateo 16:5-12

Cuando los discípulos llegaron al otro lado se dieron cuenta de que se habían olvidado de llevar pan. Jesús les dijo:

-Tened cuidado de guardaros de la levadura de los fariseos y de los saduceos.

Los discípulos se pusieron a discutir entre ellos:

-Eso nos lo dice porque no hemos traído el pan.

Jesús se dio cuenta de lo que estaban pensando, y les dijo:

-¿Por qué discutís, so poca fe, si tenéis o no tenéis pan? ¿Es que no habéis entendido todavía; ni os acordáis de lo que pasó cuando repartisteis los cinco panes entre los cinco mil, y cuántas cestas recogisteis, ni de los siete panes entre los cuatro mil, y cuántos canastos recogisteis? ¿Cómo es que no comprendéis que Yo no me refería ad pan? ¡Guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos!

Entonces se dieron cuenta de que Jesús no les había dicho que tuvieran cuidado con la levadura del pan, sino con la de lo que enseñan los fariseos y los saduceos.

Aquí nos encontramos con un pasaje que presenta grandes dificultades. De hecho, sólo podemos aventurar alguna explicación.

Jesús y Sus discípulos se habían dirigido .al otro lado del lago, y los discípulos se habían olvidado de llevar pan. Por alguna razón estaban más que preocupados con su despiste; y Jesús les dijo: « Tened cuidado de guardaros de la levadura de los fariseos y de los saduceos.» Ahora bien: la palabra levadura tiene dos sentidos. Uno físico y literal, que designa un poco de masa fermentada sin la que no se puede hacer el pan ordinario, que fue en el que lo tomaron los discípulos al principio. Como estaban preocupados porque se habían olvidado del pan, lo único que podían pensar era que Jesús les estaba advirtiendo de alguna clase peligrosa de levadura. El haberse olvidado el pan quería decir que, cuando fueran a buscarlo, tendrían que comprárselo a los gentiles del otro lado del lago. Ahora bien: ningún judío que fuera estrictamente ortodoxo podía comer el pan cocido o manipulado por los gentiles. Así que el problema de conseguir pan al otro lado del lago se presentaba insoluble. Los discípulos puede que pensaran que Jesús les estaba diciendo: «Os habéis olvidado de traer pan limpio; tened cuidado cuando vayáis a la otra parte del .lago de no contaminaros comprando pan que contenga una levadura inmunda.»

A los discípulos no se les pasaba por la cabeza nada más que el pan material, así es que Jesús les hizo que se acordaran de algo. «Acordaos -les dijo- de cuando les dimos de comer a los cinco mil y a los cuatro mil; y acordaos de lo abundante que estuvo el pan y de lo mucho que sobró. Cuando os acordéis de esas cosas, dejaréis de preocuparos por pequeñeces. Ya habéis visto que, en Mi presencia, esos problemas insignificantes se resolvieron, y se pueden resolver otra vez. Dejad de preocuparos; y confiad en Mí.» Era la manera corriente de los judíos para referirse a una mala influencia. Para la mentalidad judía la levadura era el símbolo de lo malo. Es masa fermentada. Los judíos identificaban la fermentación con la putrefacción; por tanto; .la levadura representaba todo lo malo y corrompido. La levadura tiene la propiedad de extenderse por una masa en la que se introduce; por tanto, la levadura representaba cualquier mala influencia capaz de invadir la vida y corromperla.

Entonces se dieron cuenta los discípulos de que Jesús no les estaba hablando del pan, sino advirtiéndoles contra la mala influencia de la enseñanza y las creencias de los fariseos y de los saduceos:

¿Qué tendría en mente Jesús cuando advirtió contra la mala influencia de la enseñanza de los fariseos y de los saduceos? Eso es algo que no podemos más que suponer; pero ya conocemos las características dé la mentalidad de los fariseos y de los saduceos.

(i) Los fariseos entendían por religión un conjunto de leyes, mandamientos, reglas y normas. Veían la religión en términos de pureza y ritual externos. Así que Jesús quería decir: «Tened cuidado de no hacer de vuestra religión una serie de reglas como hacen los fariseos. Tened cuidado con no identificar la religión con una serie de acciones externas, olvidando que lo que realmente importa es el estado del corazón humano.» Esta era una advertencia contra una actitud legalista que invadiera el campo de la religión; contra una religión que no se fija más que en las acciones externas olvidando el estado interior del corazón.

(ii) Los saduceós tenían dos características íntimamente entrelazadas. Eran ricos y aristócratas, y estaban involucrados totalmente en la política, así es que Jesús puede que quisiera decir: «Tened cuidado con identificar el Reino del Cielo con los bienes externos, o con poner vuestras esperanzas de traerlo en la política.» Esto puede que fuera una advertencia contra el dar a las cosas materiales una importancia demasiado elevada en nuestra escala de valores, y contra la idea de que la reforma se puede llevar a cabo mediante la acción política. Puede qué Jesús estuviera recordando a la gente que la prosperidad material está muy lejos de ser el sumo bien, y la acción política de producir los resultados más importantes. Las verdaderas bendiciones son las del corazón, y el verdadero cambio no es el de las circunstancias sino el del corazón.

LA ESCENA DEL GRAN DESCUBRIMIENTO

Mateo 16:13-16

Cuando Jesús Se dirigió a la región de Cesarea de Filipo, les preguntó a Sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?` Y ellos Le contestaron:

-Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que Jeremías o algún otro antiguo profeta.

Entonces Jesús les preguntó a ellos:

-Y vosotros, ¿quién decís que soy?

Simón Pedro Le contestó:

-¡Tú eres el Ungido, el Hijo del Dios viviente!

Aquí tenemos el relato de otra vez que Jesús Se apartó de la gente. Su fin estaba muy próximo, y Jesús necesitaba todo el tiempo con que pudiera contar para estar a solas con Sus discípulos. Le quedaba mucho qué decirles y que enseñarles, aunque todavía ellos no parecían estar preparados para recibirlo o entenderlo.

Con ese fin Se retiró con ellos a la región de Cesarea de Filipo. Cesarea estaba a unos cuarenta kilómetros al Nordeste del Mar de Galilea. Estaba fuera del dominio de Herodes Antipas, que era el gobernador de Galilea, y dentro del área del tetrarca Felipe. La población era principalmente gentil, así es que Jesús podría tener allí paz para enseñar a los Doce.

Jesús se enfrentaba entonces con un problema supremo y perentorio. Le quedaba poco tiempo; Sus días en la carne estaban contados. El problema era: ¿Había alguien que Le hubiera entendido? ¿Alguien que Le hubiera reconocido como el Que era? ¿Había personas que, cuando Él ya no estuviera en la carne, pudieran continuar Su obra, y trabajar para Su Reino? No cabe la menor duda de que ese era un problema crucial, que implicaba la supervivencia de la fe cristiana. Si no había nadie que hubiera captado, ni siquiera intuido, la verdad, entonces toda Su obra se había perdido; si había algunos pocos que se daban cuenta de la verdad, Su obra estaba a salvo. Así es que Jesús decidió hacer la prueba en intensidad, y preguntarles a Sus seguidores quién creían que era Él.

Es del máximo interés dramático ver dónde escogió Jesús hacerles la pregunta clave. Puede que hubiera pocos lugares en Palestina que tuvieran más asociaciones religiosas que Cesarea de Filipo.

(i) Toda la zona estaba jalonada con templos del dios sirio Baal. Thomson, en La Tierra y el Libro, enumera no menos de catorce tales templos que había en los alrededores. Aquella era una zona cuya atmósfera era el aliento de la antigua religión, que estaba toda ella a la sombra de los dioses antiguos.

(ii) Pero no eran los dioses de Siria los únicos que se adoraban allí. En las proximidades de Cesarea de Filipo se erguía una gran colina en la que había una profunda caverna que se decía que había sido el lugar de nacimiento del gran dios Pan, el dios de la naturaleza. Hasta tal punto estaba identificada Cesarea de Filipo con ese dios que su nombre original había sido Paneas, y hasta hoy en día se la conoce como Bániyás. Las leyendas de los dioses de Grecia se concentraban en torno a Cesarea de Filipo.

(iii) Además, esa cueva se decía que era donde nacía el río Jordán. Josefo escribió: «Hay una cueva muy hermosa en la montaña bajo la cual hay una gran cavidad en la tierra; y la caverna es abrupta, y prodigiosamente honda, y llena de agua en calma. Sobre ella se eleva una gran montaña, y por debajo de la caverna surge el río Jordán.» La sola idea de que ese era el nacimiento del río Jordán haría que rezumara todas las memorias de la historia de Israel. La antigua fe del judaísmo estaría en el aire para cualquier judío devoto y piadoso.

(iv) Pero había allí algo más. En Cesarea de Filipo había un gran templo de mármol blanco dedicado a la divinidad del césar. Lo había construido Herodes el Grande. Josefo dice: «Herodes decoró el lugar, que ya era sobresaliente, aún más con la edificación de este templo dedicado a César.» En otro lugar, Josefo describe la cueva y el templo: «Y cuando César le concedió a Herodes otro país más, construyó también allí un templo de mármol blanco, cerca de las fuentes del Jordán. El lugar se llama Panium, donde hay una montaña de altura inmensa, en cuya ladera, por debajo de ella o en su base, se abre una cueva oscura; allí hay un horrible precipicio que se proyecta abruptamente a una gran profundidad. Contiene una inmensa cantidad de agua estable; y cuando se hace bajar algo para medir a qué profundidad está el fondo, no se puede alcanzar este.» Más tarde Felipe, el hijo de Herodes, hermoseó y enriqueció aún más el templo, cambiándole el nombre al lugar por el de Cesarea -es decir, la Ciudad de César-, y añadiéndole su propio nombre Philippi, que quiere decir de Felipe-, para distinguirla de la Cesarea que está en la costa del Mediterráneo. Aún más tarde, Herodes Agripa había de llamar al lugar Neroneas, en honor del emperador Nerón. Cuando se miraba Cesarea, aun desde una distancia considerable, se veía la mole de mármol reluciente y se pensaba en el poder y en la divinidad de Roma.

Este fue el dramático escenario. En él se encuentra un Carpintero galileo sin dinero y sin hogar, con doce hombres corrientes a Su alrededor. Ya entonces, los judíos ortodoxos están programando y conspirando para destruirle como hereje peligroso. Se encuentra en un área jalonada de templos de dioses sirios, en un lugar bajo la sombra de los dioses griegos, en el que también se daba cita toda la historia de Israel, en el que el esplendor de mármol blanco de la sede del culto al césar dominaba el paisaje y sojuzgaba la vista. Y allí, tenía que ser precisamente allí, ese extraordinario Carpintero se dirige a los otros hombres y les pregunta quién creen que es Él, esperando la respuesta: «¡El Hijo de Dios!» Es como si Jesús Se colocara contra el trasfondo de las religiones del mundo con toda su historia y esplendor, y demandara que se Le comparara con ellas y recibir un veredicto a Su favor. Habrá pocas escenas en las que brille con luz más deslumbradora la conciencia que Jesús tenía de Su propia divinidad.

INSUFICIENCIA DE LAS CATEGORÍAS HUMANAS

Así es que en Cesarea de Filipo Jesús decidió demandar el veredicto de Sus discípulos. Tenía que saber, antes de ponerse en camino a Jerusalén y a la Cruz, si alguien había captado, aunque fuera ligeramente, Quién y qué era él. No hizo la pregunta directamente; la fue delineando. Empezó por preguntar lo que la gente decía de Él y por quién Le tomaban.

(i) Algunos decían que era Juan el Bautista. Herodes Antipas no era el único que creía que Juan el Bautista era una figura tan extraordinaria que bien podía haber vuelto a la vida.

(ii) Otros decían que era Elías. De esa manera estaban diciendo dos cosas acerca de Jesús: Que era tan grande como el mayor de los profetas, porque consideraban a Elías la cima y el príncipe de la línea profética; y también que Jesús era el precursor del Mesías. Según Malaquías, Dios había prometido: «Yo os envío al profeta Elías antes que venga el día grande y terrible del Señor» (Mal_4:5 ). Hasta hoy día los judíos siguen esperando la vuelta de Elías antes de la venida del Mesías, y dejan una silla vacante para él cuando celebran la Pascua. Así es que algunos veían en Jesús al heraldo del Mesías y el precursor de la directa intervención de Dios.

(iii) Otros decían que Jesús era Jeremías. El profeta Jeremías ocupaba un lugar importante y curioso en: las. expectaciones del pueblo de Israel. Se creía que, antes de que el pueblo fuera al exilio, Jeremías había tomado el arca y eL altar del incienso del templo y los había escondido en una cueva solitaria del monte Nebo; y que, antes que viniera.

Mesías, volvería a recuperarlos, para que volviera a brillar l gloria de Dios sobre Su pueblo otra vez (2 Macabeos 2:1-12),1 En 2 Ezr_2:17 se presenta otra promesa de Dios: «En tu ayuda mandaré a mis siervos Isaías y Jeremías.»

Hay una extraña leyenda de los días de las guerras de los. Macabeos. Antes de la batalla con Nicanor, en la que el general judío fue el gran Judas Macabeo, Onías, el hombre bueno que -había sido sumo sacerdote, tuvo una visión cuando estaba orando por la victoria: «Hecho esto, se le apareció la semblanza de un hombre de pelo blanco y sumamente glorioso, de excelente y extraordinaria majestad. Entonces Onías se dijo: «Este es uno que ama a los hermanos, que ora mucho por el pueblo y por la santa ciudad, es decir, Jeremías, el profeta de Dios.»A lo cual Jeremías, tendiéndole la mano, le dio a Judas una espada de oro, y al dársela le dijo: «Toma esta espada santa, un don de Dios, con la que herirás a los enemigos de Mi pueblo Israel»» (2 Macabeos 15:1-14). Jeremías había de ser también el precursor de la venida del Mesías, y el ayudador del pueblo de Israel en tiempos de angustia.

Cuando la gente identificaba a Jesús con Elías y con Jeremías, según la luz que habían recibido, estaban haciéndole un gran elogio y colocándole en un nivel muy alto, porque Jeremías y Elías eran nada menos que los esperados precursores del Ungido de Dios. Cuando ellos se presentaran, el Reino de Dios había de estar ya muy cerca.

Cuando Jesús oyó los veredictos de la multitud, les dirigió a Sus discípulos la preguntó:-más importante: «Y vosotros, quién decís que soy?» Puede que se produjera un instante de silencio, mientras pasaban por las mentes de los discípulos pensamientos que casi les daba miedo expresar en palabras; y entonces Pedro hizo el gran descubrimiento y la gran confesión; y Jesús supo que Su obra estaba a salvo, porque había por lo menos uno que comprendía.

Es interesante comprobar que cada uno de los evangelios sinópticos nos da su versión particular del dicho de Pedro. Mateo dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.» Marcos es el más breve: «Tú eres el Cristo» (Mar_8:29 ). Y Lucas, el más claro: «Tú eres el Cristo de Dios» Luk_9:20 ).

Jesús sabía entonces que había por lo menos alguien que Le había reconocido como el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo del Dios viviente. Las palabras Mesías, en hebreo, y Cristo, en griego, quieren decir lo mismo, Ungido. Los reyes empezaban a reinar cuando eran ungidos, como aún sucede en muchos países. El Mesías, el Cristo, el Ungido, es el Rey de Dios sobre la humanidad.

En este pasaje hay dos grandes verdades.

(i) En esencia, el descubrimiento de Pedro fue que las categorías humanas, hasta las más elevadas, son inadecuadas para describir a Jesucristo. Cuando la gente describía a Jesús como Elías o Jeremías u otro profeta creían que estaban colocándole en la más alta categoría que existe. Los judíos creían que hacía cuatrocientos años que la voz de la profecía estaba callada; pero que en Jesús se había vuelto a escuchar la voz directa y auténtica de Dios. Estos eran grandes elogios; pero no bastaban para contener toda la verdad, porque no hay categorías humanas que sean adecuadas para describir a Jesucristo.

Una vez Napoleón dio su veredicto acerca de Jesús: «Yo conozco a los hombres, y Jesucristo es más que un hombre.» Sin duda Pedro no sabía exponer teológicamente ni expresar filosóficamente lo que quería decir cuando dijo que Jesús era el Hijo del Dios viviente; de lo único que Pedro estaba completamente seguro era que ninguna descripción puramente humana era adecuada para aplicarse a Jesús.

(ii) Este pasaje enseña que el descubrimiento de Jesucristo tiene que ser un descubrimiento personal. La pregunta de Jesús fue: «Vosotros, ¿qué pensáis vosotros de Mí?» Cuando Pilato le preguntó a Jesús si era el rey de los judíos, Jesús le contestó: « ¿Dices eso por ti mismo, o te lo han dicho otros de Mí?» (Joh_18:33 s).

Nuestro conocimiento de Jesús no debe ser de segunda mano. Puede que uno sepa todo lo que se ha dicho acerca de Jesús, que conozca todas las cristologías que se han enseñado y que sea capaz de hacer un resumen de lo que han dicho los grandes teólogos acerca de Jesús… y, sin embargo, no ser cristiano. El Cristianismo no consiste en saber acerca de Jesús, sino en conocer a Jesús. Jesucristo demanda un veredicto personal. No solo a Pedro, sino igualmente a cada uno de nosotros: «Tú, ¿qué piensas tú de Mí?»

LA GRAN PROMESA

Mateo 16:17-19

Entonces Jesús le dijo a Pedro:

-¡Bendito seas, Simón hijo de Jonás, porque eso no te lo ha dicho ninguna persona, sino Mi Padre que está en el Cielo! Y Yo también te digo a ti que, como te llamas Pedro, sobre esta Roca edificaré Mi Iglesia, y las puertas del Hades no la podrán resistir. Yo te daré las llaves del Reino del Cielo; y todo lo que ates en la Tierra quedará .atado en el Cielo, y todo lo que desates en la Tierra quedará desatado en el Cielo.

Este pasaje es uno de los centros neurálgicos de la interpretación del Nuevo Testamento. Desde la Reforma, siempre ha sido difícil enfrentarse con él tranquilamente y sin prejuicios, porque para la Iglesia Católica es la base de su posición acerca del Papa y de la Iglesia. La Iglesia Católica Romana interpreta que se le dieron a Pedro las llaves para admitir o excluir a las personas del Cielo, y para absolver o no a las personas che sus pecados. Además, la Iglesia Católica Romana deduce que Pedro, con este tremendo derecho, llegó a ser el obispo de Roma; y que este poder se transmitió a todos los obispos de Roma, y que está personificado hoy en el Papa, que es el cabeza de la Iglesia y el obispo de Roma.

Es fácil comprender que tal doctrina es inaceptable para un creyente protestante; y también que, tanto protestantes como católicos Romanos, se acercan a este pasaje, no tanto con un deseo sincero de descubrir su significado, sino con la firme voluntad de no ceder nada de su propia posición; sino, si les es posible, destruir la posición del otro. Hagamos un esfuerzo sincera y honradamente para descubrir el verdadero sentido de este pasaje.

Aquí hay un juego de palabras. En griego Pedro es Petros, y una roca es petra. La forma aramea del nombre de Pedro era Kefa, que significa en arameo una roca. En las dos lenguas hay aquí un juego de palabras. En cuanto Pedro hizo su gran descubrimiento y su confesión, Jesús le dijo: «Tú eres petros, y sobre esta petra edificaré Mi Iglesia.»

En primer lugar, esto era un elogio tremendo. Es una metáfora en nada extraña ni inusual al pensamiento judío.

Los rabinos le aplicaban la palabra roca a Abraham. Tenían el siguiente dicho: «Cuando el Dios Santo vio que Abraham iba a levantarse, le dijo: «Mira, he descubierto una roca (petra) para edificar el mundo encima.» Por tanto, Dios llamó a Abraham roca (tsúr), como está escrito: «Mirad a la roca de la que fuisteis cortados, al hueco de la cantera de donde fuisteis arrancados»» (Isaías 51:Is). Abraham era la roca en la que se fundaban la nación y el propósito de Dios.

Pero con mucha más frecuencia se le aplica la palabra roca (tsúr) a Dios mismo. «Él es la Roca, Cuya obra es perfecta» (Deu_32:4). «Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca» (Deu_32:31 ). «No hay roca como nuestro Dios» (1Sa_2:2 ; R-V.- «refugio»). «El Señor es mi roca, mi fortaleza y mi libertador» (2Sa_2:22 ). La misma frase aparece en Psa_18:2 . «¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?» (Psa_18:31 ). La misma frase está en 2Sa_22:32 .

Una cosa está clara. El llamar a alguien roca era el más grande de los elogios; y ningún judío que conociera el Antiguo Testamento podía usar nunca la frase sin que su pensamiento se volviera hacia Dios, Que era la única Roca de su defensa y salvación. Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando usó la palabra roca en este pasaje? Por lo menos cuatro contestaciones se han propuesto a esta pregunta.

(i) Agustín tomó que la roca se refería a Jesús mismo. Es como si Jesús dijera: « Tu eres Pedro; y en Mí mismo como la Roca fundaré Mi Iglesia; y llegará el día en que, como recompensa por tu fe, serás grande en la Iglesia.»

(ii) La segunda explicación es que la roca es la verdad de que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente. A Pedro le había sido revelada divinamente esa gran verdad. El hecho de que Jesucristo es el Hijo de Dios es sin duda la piedra fundamental de la fe de la Iglesia; pero esta interpretación apenas saca a luz el juego de palabras que hay aquí.

(iii) La tercera explicación es que la roca es la fe de Pedro. En la fe de Pedro está fundada la Iglesia. Su fe fue la chispa que inflamó la fe de la Iglesia Universal. Fue el impulso inicial que habría de llamar a la existencia un día a la Iglesia Universal.

(iv) La última interpretación es la mejor. Es que Pedro mismo es la roca, pero en un .sentido especial. No es la roca en que se funda la Iglesia; esa Roca es Dios. Pedro es la primera piedra de toda la Iglesia. Pedro fue la primera persona que descubrió Quién era Jesús; la primera persona que dio el salto de la fe y vio en Jesús al Hijo del Dios viviente. En otras palabras: Pedro fue el primer miembro de la Iglesia y, en ese sentido, toda la Iglesia se construyó sobre él. Es como si Jesús le dijera a Pedro: « Pedro, tú eres la primera persona que ha comprendido Quién soy Yo; por tanto, tú eres la primera piedra, la piedra fundamental, el verdadero principio de la Iglesia que Yo estoy fundando.» Y a partir de entonces, todos los que hacen el mismo descubrimiento que Pedro son piedras vivas añadidas al edificio de la Iglesia de Cristo.

Hay dos cosas que nos ayudarán a clarificar la idea.

(i) A menudo la Biblia usa imágenes para poner algo en claro. No hay que fijarse mucho en los detalles de la imagen; solo hay una enseñanza principal. En relación con la Iglesia, el Nuevo Testamento usa repetidas veces la imagen del edificio, pero la usa en muchos sentidos y desde muchos puntos de vista. Aquí Pedro es la piedra fundamental, en el sentido de que él es la primera persona sobre la que se ha seguido construyendo toda la Iglesia, porque él fue la primera persona que descubrió Quién era Jesús. En Eph_2:20 , los profetas y los apóstoles se dice que son el fundamento de la Iglesia. Fue sobre su trabajo, testimonio, fidelidad, sobre lo que depende, humanamente hablando, la Iglesia de la Tierra. En ese mismo pasaje, se dice que Jesucristo es la principal piedra angular; El es la fuerza que mantiene unida a la Iglesia. Sin él, todo el edificio se desintegraría y derrumbaría. En 1Pe_2:4-8 , todos los cristianos somos piedras vivas que se van usando en la edificación de la fábrica de la Iglesia. En 1Co_3:11 , Jesús es el único fundamento, y nadie puede poner otro. Está claro que los autores del Nuevo Testamento tomaron la imagen del edificio, y la usaron de muchas maneras. Pero detrás de todas ellas está siempre la idea de que Jesucristo es el verdadero cimiento de la Iglesia, y el único poder que la mantiene unida. Cuando Jesús le dijo a Pedro que edificaría Su Iglesia sobre él, no quiso decir que la Iglesia dependiera de Pedro, porque depende del mismo Jesucristo y de Dios como su Roca. Lo que sí quiso decir era que la Iglesia empezó con Pedro; en ese sentido Pedro es la piedra fundamental de la Iglesia, y ese es un honor que nadie le puede quitar. (Piedra fundamental: La primera que se pone en los edificios. D R.A E.).

(ii) El segundo punto es que la misma palabra Iglesia (ekklésía) en este pasaje nos despista un poco. Propendemos a pensar en la Iglesia como una institución y una organización con edificios y oficinas, cultos y reuniones, y organizaciones y toda clase de actividades. La palabra que usaría Jesús probablemente seria qahal, que es la se usa en el Antiguo Testamento para la congregación de Israel, la asamblea de todo el pueblo del Señor. Lo que Jesús le dijo a Pedro fue: «Pedro, tú eres el principio del Nuevo Israel, el nuevo pueblo del Señor, la nueva compañía de todos los que creen en Mi nombre.» Pedro fue el primero de la congregación de los creyentes en Cristo. No fue una iglesia en el sentido corriente, y menos en el de una denominación, lo que empezó con Pedro, sino la comunión de todos los creyentes en Jesucristo, que no se identifica con ninguna iglesia, ni se limita a ninguna iglesia, sino que abarca a todos los que aman al Señor.

Así que podemos decir que la primera parte de este pasaje controvertido quiere decir que Pedro es la piedra fundamental de la Iglesia en el sentido de que él fue el primero de esa gran compañía que confiesa gozosamente su descubrimiento de que Jesucristo es el Señor; pero que, en última instancia, es Dios mismo la Roca sobre la que está edificada la Iglesia.

LAS PUERTAS DEL INFIERNO

Jesús prosigue diciendo que las puertas del Hades no prevalecerán contra Su Iglesia. ¿Qué quiere decir esto? La idea de puertas que prevalecen no es precisamente una figura corriente o fácil de entender. De nuevo nos encontramos con más de una posible explicación.

(i) Puede que se trate de la figura de una fortaleza. Esta sugerencia puede que encuentre apoyo en el hecho de que en la cima de la montaña que dominaba Cesarea de Filipo se encuentran hoy las ruinas de un gran castillo que puede que se irguiera allí en toda su gloria en tiempos de Jesús. Puede que Jesús estuviera pensando en su Iglesia como una fortaleza, y en las fuerzas del mal como una fortaleza contraria; y que lo que quisiera decir fuera que el poder del mal nunca prevalecería contra la Iglesia.

(ii) Richard Glover presenta una explicación interesante. En el Oriente antiguo, la puerta era tradicionalmente el lugar en que los ancianos y los gobernantes se reunían para dirimir las causas y dictar justicia, especialmente en los pueblos pequeños y en las aldeas. Por ejemplos: la Ley establecía que, si un hombre tenía un hijo rebelde y desobediente, que le trajera «ante los ancianos de su ciudad, a la puerta del lugar donde viva» (Deu_21:19 ), y allí se haría juicio, se dictaría la sentencia. En Deu_25:7 , se dice que, cuando un hombre se niega a cumplir la ley del levirato, «irá entonces su cuñada a la puerta donde están los ancianos.» La puerta era el lugar donde se reunían los ancianos para hacer justicia. Según esto, la puerta puede haber llegado a significar la sede del gobierno. Durante mucho tiempo, por ejemplo, el gobierno de Turquía se llamaba La sublime porte (porte es la palabra francesa para puerta). Así que esta frase podría querer decir: Los poderes, el gobierno del Hades, no prevalecerán nunca contra la Iglesia.

(iii) Existe una tercera posibilidad. Supongamos que volvemos a la idea de la Roca en la que está fundada la Iglesia, y que Jesús es el Hijo del Dios viviente. Ahora bien, el Hades no era el lugar de castigo de los condenados, sino donde, según las creencias judías primitivas, se encontraban todos los muertos. Obviamente, la función de las puertas es mantener algo dentro, confinarlo, encerrarlo, controlarlo. Hubo una Persona Que las puertas del Hades no pudieron retener, y fue Jesucristo. Él rompió las ligaduras de la muerte. Como el autor de Hechos dice: «Era imposible que fuera retenido por la muerte… No dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que Tu Santo vea corrupción» (Act_2:24; Act_2:27 ). Así que esta puede ser una referencia triunfal a la próxima Resurrección. Jesús puede que estuviera diciendo: «Tú has descubierto, Pedro, que Yo soy el Hijo del Dios viviente. Pronto llegará el momento en que Yo sea crucificado, y las puertas del Hades se cerrarán tras Mí. Pero no podrán retenerme; las puertas del Hades no tienen poder contra Mí, el Hijo del Dios viviente.»

Como quiera que tomemos esta frase, expresa triunfalmente la indestructibilidad de Cristo y de Su Iglesia.

EL LUGAR DE PEDRO

Ahora llegamos a dos frases en las que Jesús describe algunos privilegios que se le concedieron a Pedro y algunas obligaciones que se le impusieron.

(i) Dice que Él, Jesús, le dará a Pedro las llaves del Reino. Esta es una frase indiscutiblemente difícil; haremos bien en empezar por establecer las cosas de que podemos estar seguros acerca de ella.

(a) Esta frase siempre significa alguna especie de poder especial. Por ejemplo, los rabinos tenían un dicho: « Las llaves del nacimiento, de la lluvia y de la resurrección de los muertos pertenecen a Dios.» Es decir: sólo Dios tiene poder para crear la vida, para enviar la lluvia y para hacer que los muertos vuelvan otra vez a la vida. Esta frase siempre indica un poder especial.

(b) En el Nuevo Testamento esta frase se refiere regularmente a Jesús. Es en Sus manos, y no en las de ningún otro, donde están las llaves. En Rev_1:18 , el Cristo Resucitado dice: « Yo soy el Viviente. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.» De nuevo, en Apocalipsis 3: 7, el Cristo Resucitado se describe como « el Santo, el Verdadero, el Que tiene la llave de David, el Que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre.» Hay que interpretar esta frase en referencia a un derecho divino; y cualquiera que fuera la promesa que recibió Pedro, no se puede tomar como, la anulación, o la infracción, de un derecho que solo pertenece a Dios y al Hijo de Dios.

(c) Todas estos usos y figuras del Nuevo Testamento se remontan ¿ una alegoría que se encuentra en Isa_22:22 , en la que el Señor dice que Eliaquim llevará al hombro la llave de la casa de David, y será el único que la cierre y abra.

Ahora bien: Eliaquim había de ser el mayordomo fiel de la casa. Es el mayordomo el que lleva las llaves de la casa, el que abre la puerta por la mañana, y la cierra por la tarde, y es el que introduce a los visitantes a la presencia real. Así que lo que Jesús le está diciendo a Pedro es que, en -días por venir, él será el mayordomo del Reino. Y en el caso de Pedro, su misión consistiría en abrir, no en cerrar la puerta del Cielo.

Eso se cumplió sin dejar lugar a dudas.. En Pentecostés, Pedro abrió la puerta a tres mil almas (Act_2:41 ). Más tarde le abrió la puerta al centurión gentil Cornelio, con lo cual hizo que la puerta girara sobre sus goznes para admitir al gran mundo gentil (Hechos 10). Hechos 15 nos cuenta cómo se abrió la puerta de par en par al mundo gentil en el Concilio de Jerusalén, y que fue el testimonio de Pedro lo que hizo posible aquella decisión emblemática (Act_15:14 ; Simeón es Pedro). La promesa de que Pedro usaría las llaves del Reino quería decir que él sería el encargado de abrir la puerta de Dios a miles y miles de personas en los días por venir. Pero en este sentido no es solamente Pedro el que tiene las llaves del Reino; cualquier cristiano las puede usar también para abrirle la puerta del Reino a otras personas, entrando asía participar de la gran promesa de Cristo.

(ii) Jesús le prometió a Pedro además que lo que él atara, quedaría atado, y lo que él desatara, quedaría desatado. Richard Glover toma esto en el sentido de que Pedro expondría los pecados humanos, los ataría, a las conciencias de las personas, y que luego las desataría de sus pecados notificándoles el amor y el perdón de Dios. Ese es un pensamiento precioso, y sin duda cierto, porque tal es el deber de todo predicador y maestro cristiano; pero aquí hay todavía más que eso.

Desatar y atar eran palabras que se usaban corrientemente con sentido figurado entre los judíos. Se referían frecuentemente a las decisiones de los grandes maestros y de los grandes rabinos. El sentido corriente que cualquier judío reconocería era permitir y prohibir. Atar algo era declararlo prohibido; desatar era declararlo permitido. Eran expresiones corrientes en relación con la ley. Era de hecho lo único que podían querer decir en ese contexto. Así que lo que Jesús le estaba diciendo a Pedro era: «Pedro, vas a tener responsabilidades graves y pesadas sobre ti. Vas a tener que hacer decisiones que afectarán al bienestar de toda la Iglesia. Serás el guía y el director de la joven Iglesia. Y las decisiones que harás serán tan importantes que afectarán a las almas de las personas en el tiempo y en la eternidad.»

El privilegio de las llaves quería decir que Pedro sería el mayordomo de la casa de Dios, abriéndoles la puerta a las personas para que entraran en el Reino. El deber de atar y desatar quería decir que Pedro tendría que hacer decisiones sobre la vida y la práctica de la Iglesia que tendrían las consecuencias más amplias. Y por supuesto, cuando leemos los primeros capítulos de Hechos, vemos que eso fue precisamente lo que tuvo que hacer Pedro en Jerusalén.

Si parafraseamos este pasaje que ha causado tantas discusiones y controversias vemos que trata, no de formas eclesiásticas, sino de cosas que corresponden a la Salvación. Jesús le dijo a Pedro: «Pedro, tu nombre quiere decir roca, y tu destino será ser una roca. Eres la primera persona que Me ha reconocido como el Que soy, y por tanto eres la primera piedra del edificio de la comunión de los Míos. Contra esa comunión, las aguerridas fuerzas del mal no podrán prevalecer, como tampoco Me podrán mantener cautivo en el reino de la muerte. Y en días por venir serás el mayordomo que abrirá las puertas del Reino para que entren los judíos y los gentiles; pero debes ser un sabio administrador y guía que resuelva los problemas y dirija la obra de la Iglesia naciente y creciente.»

Pedro había hecho el gran descubrimiento; y a Pedro se le concedió un gran privilegio y una gran responsabilidad. Es un descubrimiento que cada persona ha de hacer por sí misma; y cuando lo haya hecho, se le impondrán el mismo privilegio y la misma responsabilidad que a Pedro.

LA GRAN REPRENSIÓN

Mateo 16:20-23

Jesús les dio órdenes a Sus discípulos de que no le dijeran a nadie que Él era el Ungido de Dios.

A partir de ese momento Jesús empezó a enseñar a Sus discípulos que ÉL tenía que ir a Jerusalén, que sufrir mucho de parte de los ancianos y los principales sacerdotes y los escribas, y que Le darían muerte, y que resucitaría al tercer día.

Pedro Le agarró, y se puso a advertirle:

-¡No quiera Dios que .Te pase nada de eso! ¡Eso no Te tiene que suceder nunca!

Jesús se volvió a Pedro y le dijo:

-¡Quítate de en medio y ponte detrás de Mí, Satanás! Estás poniéndome obstáculos en el camino. Tu manera de pensar no es la de Dios, sino la de los hombres.

Aunque los discípulos habían captado el hecho de que Jesús era el Mesías de Dios, todavía no habían comprendido todas las implicaciones de aquel gran hecho. Ellos estaban pensando todavía en términos de un Mesías conquistador, un rey guerrero, que barrería a los Romanos de Palestina y conduciría a Israel al poder. Por eso fue por lo que Jesús les mandó que guardaran silencio. Si se hubieran dirigido a la gente y hubieran predicado sus propias ideas, todo lo que habrían logrado habría sido suscitar una trágica rebelión; no podrían haber producido más que otro levantamiento violento condenado al desastre. Antes de predicar que Jesús era el Mesías, tenían que aprender lo que aquello quería decir. De hecho, la reacción de Pedro muestra lo lejos que estaban todavía los discípulos de darse cuenta precisamente de lo que Jesús quiso decir cuando se presentó como el Mesías y el Hijo de Dios.

Así es que Jesús empezó a buscar la manera de abrirles los ojos al hecho de que para Él no había más camino que el de la Cruz. Les dijo que tenía que ir, a Jerusalén a sufrir bajo el poder de «los ancianos y principales sacerdotes y escribas.» Estos tres grupos eran de hecho los que componían el sanedrín. Los ancianos eran hombres respetados por el pueblo; los principales sacerdotes eran principalmente saduceos; y los escribas eran fariseos. En efecto, Jesús estaba diciendo que había de sufrir bajo el poder de los dirigentes religiosos del país.

Tan pronto como Jesús dijo aquello, Pedro reaccionó con violencia. Pedro había crecido con la idea de un mesías de poder y gloria y conquista. Para él, la idea de un Mesías doliente, el conectar la obra del mesías con una cruz, era increíble. Así es que «echó mano» de Jesús. Casi seguro el significado es que él puso sus brazos protectores alrededor de Jesús, como para impedirle que siguiera ese curso de acción suicida. «Eso -Le dijo Pedro- no debe y no puede sucederte.» Y entonces vino la gran reprensión que nos deja sin aliento: «¡Quítate de delante de Mí, Satanás!» Hay ciertas cosas que debemos captar para poder entender esta escena dramática y trágica.

Debemos tratar de captar el tono de la voz de Jesús. Podemos estar seguros de que no hubo un tono de ira en Su voz ni un destello de indignación en Sus ojos. Lo dijo con el corazón herido, con un dolor punzante y con una especie de horror insoportable. ¿Por qué reaccionó Jesús así?

En aquel momento volvieron a Él con una fuerza cruel las tentaciones con las que se había enfrentado en el desierto al empezar Su ministerio. Allí había sentido la tentación de seguir el camino del poder: «Dales pan, dales cosas materiales -Le dijo el tentador-, y Te seguirán.» «Dales sensaciones -Le dijo el tentador-, dales maravillas, y Te seguirán.» «Llega a un acuerdo con el mundo -Le dijo el tentador-, rebaja tu nivel, y Te seguirán.» Eran precisamente las mismas tentaciones las que Pedro Le presentaba a Jesús otra vez.

Tampoco estuvieron estas tentaciones totalmente ausentes de la menté de Jesús. Lucas ahondó en el corazón del Maestro cuando, al final de la historia de las tentaciones, escribió:: «Y cuando el diablo había agotado todas sus tentaciones, se apartó de Él hasta que surgiera otra ocasión propicia» (Luk_4:13 ). Una y otra vez el tentador Le lanzó su ataque. Nadie quiere una cruz; nadie quiere morir en agonía; hasta en el huerto de Getsemaní, esa misma tentación Le sobrevino a Jesús: la tentación de seguir otro camino.

Y aquí Pedro Se la está ofreciendo a Jesús. El carácter abrupto y violento de la respuesta de Jesús fue debido sin duda al hecho de que Pedro estaba sugiriéndole las mismas cosas que el tentador Le había estado sugiriendo todo el tiempo, las mismas cosas contra las que Él había cerrado Su corazón. Pedro estaba confrontando a Jesús con la manera de evitar la Cruz que hasta el fin se Le proponía.

Por eso fue Pedro Satanás. Satanás quiere decir literalmente el adversario. Por eso era por lo que las ideas de Pedro no eran las de Dios sino las de los hombres. Satanás es cualquier fuerza que trata de apartarnos del camino de Dios; Satanás es cualquier influencia que trata de desviarnos de camino difícil que Dios nos propone; Satanás es cualquier poder que trata de hacer que los deseos humanos ocupen el lugar del imperativo divino.

Lo que hizo la tentación más aguda fue el hecho de que viniera de uno que amaba a Jesús. Pedro habló de aquella manera solamente porque amaba a Jesús tanto que no podía soportar pensar que Él hollara ese terrible sendero y muriera esa muerte terrible. La tentación más dura de todas es la que nos viene de un amor protector. Hay veces cuando el amor entrañable trata de desviarnos de los peligros del sendero de Dios; pero el verdadero amor no es el que retiene al caballero en su castillo, sino el que le lanza a cumplir las demandas de su condición de caballero, que le son dadas, no para hacer la vida fácil, sino para hacerla grande. Es perfectamente posible para el amor el ser tan protector que busca defender a aquellos que ama de la aventura de la milicia del soldado de Cristo, y de las adversidades del camino del peregrino de Dios. Lo que realmente Le hirió el corazón a Jesús y Le hizo hablar de esa manera fue que el tentador utilizó en aquella ocasión el tierno pero equivocado amor del cálido corazón de Pedro.

EL DESAFÍO TRAS LA REPRENSIÓN

Antes de salirnos de este pasaje, es interesante considerar dos interpretaciones muy tempranas de la frase: «¡Ponte detrás de Mí, Satanás!» Orígenes sugirió que Jesús le estaba diciendo a Pedro: «Pedro, tu lugar está detrás de Mí, no delante de Mí. Tu cometido es seguirme en el camino que Yo escoja, no tratar de guiarme por el camino que tú quieres que vaya.» Si la frase se puede interpretar de esa manera, por lo menos algo de su acritud se elimina, porque no destierra a Pedro de la presencia de Cristo, sino simplemente le recuerda cuál es el lugar que le corresponde como seguidor que va por las huellas de Jesús. Es verdad para todos nosotros que siempre debemos seguir al camino de Cristo, y nunca intentar hacerle seguir el nuestro.

Un nuevo desarrollo de este dicho de Jesús lo encontramos a la luz de lo que le dijo a Satanás al final de las tentaciones que encontramos en Mat_4:10 . En la versión Reina-Valera ese texto dice: «Vete, Satanás,» y aquí: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!» -y en la nota se hace referencia al pasaje anterior. En el original, en 4:10 dice: «Hypague Satana,» y aquí se añaden dos palabras: « Hypague opiso mu, Satana,» es decir: «¡Vete, Satanás!,» y «¡Vete detrás de Mí, Satanás!»

Lo que hay que notar es que la orden de Jesús a Satanás es sencillamente: «¡Vete!,» mientras que la orden a Pedro es: «¡Vete detrás de Mí!» Es decir: «Vuelve a ser Mi seguidor.» Satanás es desterrado de la presencia de Cristo; a Pedro le llama de nuCvo para que sea Su seguidor. Lo único que Satanás no podía nunca llegar a ser era seguidor de Cristo; en su orgullo diabólico, jamás se sometería a eso; por eso es Satanás. Por otra parte, Pedro podría estar equivocado y caer en pecado, pero para él siempre existía el desafío y la oportunidad de convertirse otra vez en seguidor. Es como si Jesús le dijera a Pedro: «Acabas de hablar como hablaría Satanás. Pero el que habló no era el verdadero Pedro. Tú te puedes redimir a ti mismo. Ven detrás de Mí, y sé otra vez Mi seguidor, y volverás a estar bien en tu sitio.» La diferencia fundamental entre Pedro y Satanás está precisamente en el hecho de que Satanás nunca se colocaría detrás de Jesús. Siempre que una persona esté dispuesta a seguir, aun después de haber caído, hay para ella esperanza de gloria aquí y en el más allá.

EL GRAN DESAFÍO

Mateo 16:24-26

A continuación, Jesús les dijo a Sus discípulos:

El que quiera ser mi seguidor, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y Me siga. Porque el que quiera mantener su vida a salvo, la perderá; pero el que pierda su vida por Mi causa, la encontrará. Porque, ¿de qué le servirá a una persona llegar a ser el amo del mundo si le cuesta su alma? ¿Qué puede dar una persona a cambio de su vida?

Este es uno de los temas dominantes y frecuentes en la enseñanza de Jesús. Estas son cosas de Jesús dijo una y otra vez (Mat_10:37-39 ; Mar_8:34-37 ; Luk_9:23-27 ; Luk_14:2527 ; Luk_17:33 ; Joh_12:25 ). Una y otra vez Jesús les hacía enfrentarse con el desafío de la vida cristiana. Hay tres cosas que una persona debe estar dispuesta a hacer si quiere de veras vivir la vida cristiana.

(i) Debe negarse a sí misma. Corrientemente usamos la palabra autonegación en un sentido limitado. Nos referimos a renunciar a algo. Por ejemplo, una semana de autonegación puede ser una semana en que nos privamos de ciertos placeres o lujos a fin de conseguir alguna buena causa. Pero eso es solo una mínima parte de lo que Jesús quería decir por autonegación. El negarse a sí mismo quiere decir en todos los momentos de la vida decirle no al yo y sí a Dios. Negarse a sí mismo quiere decir una vez y por todas y para siempre destronar el yo y entronizar a Dios. Negarse a sí mismo quiere decir borrar el yo como principio dominante de la vida, y hacer que Dios sea el principio rector, o más aún, la pasión dominante de la vida. Una vida de constante negación al yo es una vida de constante afirmación de Dios.

(ii) Debe cargar con su cruz. Es decir: debe asumir la carga del sacrificio. La vida cristiana es la vida del servicio sacrificial. Puede que el cristiano tenga que abandonar la ambición personal para servir a Cristo; puede ser que descubra que el lugar donde puede rendir a Jesucristo el mayor servicio sea donde la recompensa sea más pequeña y el prestigio ni siquiera exista. Probablemente tendrá que sacrificar tiempo y ocio y placer para servir a Dios por medio del servicio a sus semejantes.

Para decirlo sencilla y llanamente: la comodidad junto a la chimenea, el placer de una visita a un lugar de entretenimiento, puede que hayan de sacrificarse por los deberes de una responsabilidad en la iglesia, la dedicación a un grupo de jóvenes, la visita al hogar de algún alma triste o solitaria. Bien puede que se tengan que sacrificar algunas cosas que uno se podría permitir poseer, a fin de dar más a los demás. La vida cristiana es la vida sacrificial.

Lucas, con un destello de intuición diáfana, añade una palabra a este mandamiento de Jesús: «Que cargue con su cruz diariamente.» Lo realmente importante no son los grandes momentos de sacrificio, sino la vida que se vive en constante conciencia de las demandas de Dios y las necesidades de los demás. La vida cristiana es una vida que se preocupa por los demás más que por uno mismo.

(iii) Debe seguir a Jesucristo. Es decir: debe rendirle a Jesucristo una obediencia total. Cuando yo era joven, solíamos jugar a una cosa que llamábamos « seguir al líder.» Todo lo que hacía el líder, aunque fuera difícil o, en el caso del juego, hasta ridículo, se tenía que imitar. La vida cristiana es un constante seguir a nuestro Líder, una obediencia constante en pensamiento, palabra y obra, a Jesucristo. El cristiano sigue las huellas de Cristo, dondequiera que Él guíe.

PERDER Y ENCONTRAR LA VIDA

Hay todo un mundo de diferencia entre existir y vivir. Existir es simplemente tener pulmones que respiran y un corazón que late; vivir es estar vivo en un mundo en el que todo vale la pena, en el que hay paz en el alma, gozo en el corazón, e interés en cada cosa y momento. Jesús nos da aquí la receta para la vida como distinta de la existencia.

El que va a lo seguro, ama la vida. Mateo estaba escribiendo allá por los años ‹80 d C. Por tanto, estaba escribiendo en algunos de los días más amargos de la persecución. Estaba diciendo: « Puede que llegue el momento en que puedas salvar la vida abandonando la fe; pero, en ese caso, lejos de salvar la vida, lo que haces es perderla.» El que es fiel puede que muera, pero morirá para vivir; el que abandone la fe para tener seguridad, puede que viva, pero vivirá para morir.

En nuestro tiempo y país no es probable que sea una cuestión de martirio, pero sigue siendo un hecho que, si nos enfrentamos con la vida en una constante búsqueda de seguridad, facilidad y comodidad, si todas las decisiones las hacemos por motivos mundanos de prudencia, estamos perdiéndonos todo lo que hace que la vida valga la pena. La vida se convierte en algo incoloro y blandengue, cuando podría haber sido una aventura. La vida se convierte en algo egoísta, cuando podría haber estado radiante en el servicio. La vida se vuelve una cosa atada a la tierra, cuando podría haber estado escalando las estrellas. Alguien escribió una vez un amargo epitafio a otro: «Nació hombre, y murió tendero.» En vez de tendero podemos poner cualquier otra profesión. El que siempre juega a lo seguro deja de ser un hombre, porque el hombre fue hecho a imagen de Dios.

(ii) El hombre que lo arriesga todo -y puede que parezca que lo ha perdido todo- por Cristo, encuentra la vida. La sencilla lección de la Historia es que siempre han sido las almas aventureras, que dijeron adiós a la seguridad y a la tranquilidad, las que escribieron sus nombres en la Historia y ayudaron grandemente a la humanidad. Si no hubiera sido por los que, estuvieron dispuestos a asumir riesgos, no habría existido ninguna cura médica. Si no hubiera sido por los que estuvieron dispuestos a asumir riesgos, muchos de los aparatos que hacen la vida más fácil no se habrían inventado. Si no hubiera sido por las madres que estuvieron dispuestas a asumir riesgos, no habría nacido ningún niño. Siempre es la persona que está dispuesta «a jugarse la vida a que hay Dios» la que a fin de cuentas encuentra la vida.

(iii) Entonces Jesús hace una advertencia: «Supongamos que uno va a lo seguro; supongamos que se gana todo el mundo; supongamos también que la vida no vale la pena… ¿Qué puede hacer para recuperar la vida?» Y la hosca conclusión es que no puede hacer nada para recuperarla. En cualquier decisión de la vida estamos haciéndonos algo a nosotros mismos; nos estamos haciendo una clase de persona; estamos construyendo paulatina e inevitablemente una cierta clase de carácter; estamos capacitándonos para hacer ciertas cosas e incapacitándonos para hacer otras. Es posible que uno consiga todo lo que se propone, y que se despierte una mañana para darse cuenta de que ha perdido todo lo que era más importante.

El mundo representa aquí las cosas materiales que son opuestas a Dios; y de todas ellas se pueden decir tres cosas.

(a) Uno no se las puede llevar consigo al final; no puede llevarse nada más que a sí mismo; y, si se ha degradado a sí mismo para conseguirlas, más amargo será su pesar.

(b) No le pueden ayudar a uno en las circunstancias aciagas de la vida. Las cosas materiales no pueden sanar un corazón quebrantado ni alegrar a un alma -solitaria.

(c) Si resultara que una persona hubiera ganado sus posesiones materiales de una manera deshonrosa, llegará el día cuando hable la conciencia, y experimentará el infierno a este lado de la tumba.

El mundo está lleno de voces que advierten que es un loco el que vende la vida real por cosas materiales.

(iv) Por último, Jesús pregunta: «¿Qué puede dar un hombre a cambio de su alma?» La palabra griega es: «¿Qué antal-lagma dará un hombre por su alma?» Antal-lagma es una palabra interesante. En el libro del Eclesiástico leemos: «No hay antal-lagma por un amigo fiel,» y «No hay antal-lagma por un alma disciplinada» (Eclesiástico 6:15; 26:14). Quiere decir que no hay dinero en el mundo para comprar un amigo fiel o un alma disciplinada; que son cosas que no tienen precio. Así es que este dicho final de Jesús puede querer decir dos cosas.

(a) Puede querer decir: Una vez que una persona ha perdido la vida real por su deseo de cosas materiales y de seguridad, no hay precio que pueda pagar para recuperarla. Se ha producido un perjuicio que no podrá borrar jamás.

(b) Puede querer decir: Una persona se debe a sí misma y todo lo demás a Jesucristo; y no hay nada que Le pueda dar a Cristo a cambio de su vida. Es muy posible que trate de darle a Cristo su dinero para quedarse con su vida. Y aún más posible que Le dé a Cristo un tributo de labios para fuera y siga reteniendo su vida. Muchas personas contribuyen económicamente al mantenimiento de la iglesia, pero no asisten. Está claro que eso no satisface las demandas de la membresía. Lo único que podemos darle a la Iglesia esa nosotros mismos; y la única donación que podemos hacerle a Cristo es toda nuestra vida. No hay ningún sustituto. Ninguna otra cosa valdrá.

LA ADVERTENCIA Y LA PROMESA

Mateo 16:27-28

Jesús siguió diciéndoles:

Porque el Hijo del Hombre vendrá con la gloria de Su Padre, con Sus ángeles, y entonces sancionará a cada persona según su curso de acción. Os digo la pura verdad: Hay algunos de dos que están aquí que no probarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre llegando en Su Reino.

Hay aquí dos dichos bastante distintos.

(i) El primero contiene una advertencia, el anuncio de un juicio inevitable. La vida se dirige a alguna parte, y habrá de enfrentarse a un juicio. En cualquier esfera de la vida se llega inevitablemente al momento de rendir cuentas. No hay más remedio que reconocer el hecho de que el Cristianismo enseña que después de la vida en el mundo viene el juicio; y si tomamos este pasaje en relación con el que le precede vemos inmediatamente cuál es el criterio del juicio. El que acapara la vida para sí mismo egoístamente, el que no se interesa más que en su propia seguridad y salvación y comodidad, a los ojos del Cielo ha fracasado aunque parezca haber conseguido muchos éxitos y riquezas y prosperidad. El que se da a sí mismo a los demás y vive la vida como una generosa aventura es el que recibe la aprobación del Cielo y la recompensa de Dios.

(ii) El segundo es una promesa. Según nos transmite la frase Mateo, parece como si Jesús hablara como si esperara que Su Segunda Venida tuviera lugar durante la vida de algunos de los que Le estaban escuchando. Si fue eso lo que quiso decir, y de la manera que nosotros lo entendemos, entonces Se equivocó. Pero vemos el sentido real de lo que dijo Jesús cuando leemos cómo nos lo transmite Marcos, que nos dice: «También les dijo: –De cierto os digo que algunos de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que hayan visto el Reino de Dios venir con poden» (Mar_9:1 ).

Jesús está hablando del poderoso obrar de Su Reino; y lo que Él dijo resultó divinamente cierto. Había algunos allí presentes que habían de ver la venida del Espíritu el día de Pentecostés. Había allí algunos que habían de ver a judíos y gentiles entrar en tromba en el Reino; habían de ver la marea del Evangelio inundar las tierras de Asia Menor y pasar a Europa hasta llegar a Roma. Durante la vida de muchos de los que oyeron hablar a Jesús, el Reino vino con poder.

De nuevo tenemos que tomar esto en estrecha relación con lo que hay antes. Jesús advirtió a Sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, y sufrir allí muchas cosas, y morir. Esa era la vergüenza; pero la vergüenza no sería el fin. Después de la Cruz vino la Resurrección. La Cruz no habría de ser el final; solo el principio del desatamiento de ese poder que había de inundar a todo el mundo. Esta es la promesa que Jesús les hizo a Sus discípulos: que nada que el mundo pueda hacer podrá impedir el avance del Reino de Dios.

Mareo 16:1-28

16.1 Los fariseos y saduceos eran líderes religiosos judíos de dos diferentes partidos y sus puntos de vista eran diametralmente opuestos en muchos aspectos. Los fariseos seguían con cuidado sus normas y tradiciones religiosas, creyendo que ese era el camino a Dios. También creían en la autoridad de todas las Escrituras y en la resurrección. Los saduceos sólo aceptaban los libros de Moisés como Escrituras y no creían en la vida después de la muerte. En Jesús, sin embargo, los dos grupos tenían un enemigo común y unieron fuerzas para darle muerte. Si desea mayor información ellos, véase la información en Mateo 3 y Marcos 2.

16.1 Los fariseos y saduceos demandaban señales en el cielo. Intentaban explicar los milagros de Jesús como experta manipulación, casualidad o uso de poderes malignos, pero creían que sólo Dios podría hacer señales en los cielos. Estaban seguros que esa sería una proeza que Jesús no podría realizar. A pesar de que Jesús pudo impresionarlos con facilidad, no quiso hacerlo. Sabía que ni un milagro en el cielo lograría convencerlos de que era el Mesías. Ya de antemano habían decidido no creer en El.

16.4 En respuesta a la demanda de una señal del cielo, alguna acción milagrosa que probara su autoridad divina, Jesús respondió que no le será dada, sino la señal de Jonás. En Luk_11:29-32, se dice que así como Jonás había sido señal de destrucción para la gente de Nínive si no se arrepentían, el Hijo del Hombre era señal a su generación. En Mat_12:39-40, la señal de Jonás se explica como referencia a los días y noches que Cristo pasó en la tumba. En Mar_8:11-13, Jesús se niega a dar señal alguna (no se dará señal a esta generación).

16.4 Mucha gente, como estos líderes judíos, quieren ver un milagro para creer. Pero Jesús sabía que los milagros no los convencerían. Jesús había sanado, resucitado personas y alimentado a miles, y todavía demandaban que probara su identidad. ¿Duda usted de Jesús porque no ha visto un milagro? ¿Espera que Jesús le dé pruebas de su identidad para creer en El? Jesús dice: «¡Bienaventurados los que no vieron, y creyeron!» (Joh_20:29). Tenemos registrados todos los milagros en el Antiguo y Nuevo Testamento, dos mil años de historia de la Iglesia y el testimonio de miles. Con toda esta evidencia, los que no creen son orgullosos o tercos. ¡Si usted da un simple paso de fe y cree, empezará a notar los milagros que tienen lugar en su propia vida!

16.12 La levadura se usa para hacer crecer la masa de pan. Con sólo una pequeña cantidad de la misma se leuda la totalidad de la masa. Jesús usó la levadura como ejemplo de cómo una pequeña cantidad de maldad puede afectar a una multitud. Las enseñanzas erróneas de los fariseos y saduceos desviaban a muchas personas. Tenga cuidado con decir: «¿Cómo puede esta falta insignificante afectar a alguien?»

16.13 Cesarea de Filipo se hallaba varios kilómetros al norte del Mar de Galilea, en el territorio gobernado por el tetrarca Felipe. La influencia de las culturas griega y romana se notaba por todas partes, y los templos e ídolos romanos abundaban por doquier. Cuando Felipe llegó al poder, reconstruyó y renombró la ciudad en honor del emperador (César) y él mismo. La ciudad primero se llamó Cesarea, como la capital del territorio de su hermano Herodes.

VIAJE A CESAREA DE FILIPO :

Jesús dejó Magdala, cruzó el lago, y arribó a Betsaida. Allí sanó a un hombre que había nacido ciego. A continuación, El y sus discípulos fueron a Cesarea de Filipo donde Pedro confesó que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios.

16.13-17 Los discípulos contestaron la pregunta de Jesús desde el punto de vista común de la gente: que Jesús era uno de los grandes profetas que había resucitado. Esta creencia pudo haber tenido su raíz en Deu_18:18, donde dice que Dios iba a levantar un profeta de entre la gente. (El perfil de Juan el Bautista se halla en Juan 1; el de Elías está en 1 Reyes 18 y el de Jeremías en Jeremías 1.) Pedro, sin embargo, confesó que Jesús era divino y el prometido y tan esperado Mesías. Si Jesús le hubiera hecho la misma pregunta, ¿qué hubiera usted respondido? ¿Es El su Señor y Mesías?

16.18 La roca sobre la cual Jesús construiría su Iglesia pudiera ser una alusión a (1) Jesús mismo (su obra de salvación al morir por nosotros en la cruz); (2) a Pedro (el primer gran líder de la iglesia en Jerusalén); (3) la confesión de fe que Pedro hizo y que todos los verdaderos creyentes posteriores deberían hacer. Lo más probable es que la roca se refiera a Pedro como líder de la Iglesia (por su función y no necesariamente por su carácter). Así como Pedro había revelado la verdadera identidad de Cristo, Jesús revelaba la identidad y el rol de Pedro. Pedro más tarde recuerda a los cristianos que son la Iglesia construida sobre el fundamento de los apóstoles y profetas con Jesucristo como la piedra angular (1Pe_2:4-6). Todos los cristianos se unen en la Iglesia por la fe en Cristo Jesús como Salvador, tal como Pedro lo expresa aquí (véase también Eph_2:20-21). Jesús alabó a Pedro por su confesión de fe. Es fe, como la de Pedro, la que viene a ser el fundamento del Reino de Dios.

16.19 Este versículo ha sido motivo de discusión por siglos. Algunos dicen que las llaves significan la autoridad que se requiere para llevar a cabo la disciplina, la legislación y la administración en la Iglesia (18.15-18), mientras otros aseveran que las llaves dan la autoridad para anunciar el perdón de los pecados (Joh_20:23). Otros aún manifiestan que las llaves pueden entenderse como la oportunidad de traer gente al reino de los cielos por medio de la presentación del mensaje de salvación que se encuentra en la Palabra de Dios (Act_15:7-9). Los líderes religiosos pensaban que tenían las llaves del Reino e intentaron excluir a algunos. No podemos abrir o cerrar el reino de los cielos para otros, pero Dios nos usa para ayudarles a encontrar la puerta de entrada. Para todos los que creen en Cristo y obedecen sus palabras, las puertas del Reino están totalmente abiertas.

16.20 Jesús pidió a los discípulos que no dieran a conocer la confesión de Pedro, porque estos no habían entendido por completo el tipo de Mesías que era. Jesús no era un paladín militar, sino un siervo sufriente. Primero debían tener un pleno conocimiento de Jesús y de su misión como discípulos antes de darlo a conocer a otros en una manera que no originara una rebelión. Les iba a estar costando muchísimo trabajo entender la razón de su venida hasta que su misión terrenal terminara.

16.21 «Desde entonces» marca un punto decisivo. En 4.17 señala el anuncio de Jesús acerca del reino de los cielos. Aquí se refiere a su nuevo énfasis sobre su muerte y resurrección. Sin embargo, los discípulos no captaron el verdadero propósito de Jesús por causa de las ideas preconcebidas que tenían del Mesías. Esta es la primera de tres veces en que Jesús predijo su muerte (véase en 17.22, 23; 20.18 las restantes).

16.21-28 Este pasaje corresponde a las profecías de Daniel: el Mesías sería quitado (Dan_9:26); vendría un período de crisis (Dan_9:27); y luego el Rey vendría en gloria (Dan_7:13-14). Los discípulos enfrentarían el mismo sufrimiento de su Rey y, como El, serían premiados al final.

16.22 Pedro, amigo de Jesús y seguidor devoto, el que acababa de proclamar en forma elocuente su identidad verdadera, procuró protegerlo del sufrimiento que profetizó. Pero si Jesús no hubiese sufrido y muerto, Pedro (y nosotros) hubiese muerto en sus pecados. Los que nos aman y buscan protegernos pueden presentarnos tentaciones grandes. Tenga cuidado con el consejo del amigo que le dice: «Te aseguro que Dios no quiere que hagas frente a esto». Con frecuencia nuestras tentaciones más difíciles vienen de parte de aquellos que sólo procuran protegernos de dificultades.

16.23 El mismo mensaje que Jesús oyó en las tentaciones del desierto (que no tendría que morir, 4.6) las escucha ahora de Pedro. Este acababa de reconocer a Jesús como el Mesías; ahora, sin embargo, desecha la perspectiva de Dios y evalúa la situación desde el aspecto humano. Satanás siempre intenta que pongamos a Dios a un lado. Jesús reprendió a Pedro por esta actitud.

16.24 Cuando Jesús usó esta figura de sus seguidores, «tome su cruz, y sígame», los discípulos sabían lo que significaba. La crucifixión era un método romano común de ejecución y los criminales condenados tenían que llevar su cruz por las calles rumbo al sitio donde cumplían su sentencia. Seguir a Jesús, por lo tanto, implica una entrega verdadera, con riesgo de muerte y sin posibilidad de retroceso (véase 10.39).

16.25 La posibilidad de perder la vida era muy real tanto para los discípulos como para Jesús. El discipulado verdadero implica compromiso real y arriesgar toda nuestra existencia a su servicio. Si uno trata de librar su vida física de la muerte, el dolor o la incomodidad, puede terminar arriesgando la vida eterna. Si nos protegemos del dolor, empezamos a morir en lo espiritual y emotivo. Nuestra vida se reenfoca en sí misma y perdemos nuestros propósito. En cambio, cuando damos nuestra vida en servicio a Cristo descubrimos el verdadero propósito de la vida.

16.26 Cuando no conocemos a Cristo, tomamos decisiones con la idea de que esta vida es todo lo que tenemos. En realidad, esta vida es sólo la introducción a la eternidad. La forma cómo vivimos este breve lapso, no obstante, determina nuestro estado eterno. Lo que acumulemos en la tierra no vale en la obtención de la vida eterna. Aun los honores sociales o cívicos más elevados no pueden hacernos ganar la vida eterna. Evalúe todo lo que sucede desde una perspectiva eterna.

16.27 Jesús tiene poder para juzgar toda la tierra (Rom_14:9-11; Phi_2:9-11). No obstante de que su juicio ya está manifestándose en nuestra vida, habrá un juicio final cuando Cristo vuelva (Phi_25:31-46) y la vida de cada uno será examinada y evaluada. Esto no se confinará a los incrédulos: los cristianos también serán juzgados. Su destino eterno es seguro, pero Jesús analizará la forma como se emplearon los dones, oportunidades y responsabilidades, a fin de determinar recompensas celestiales. En el juicio, Dios salvará a los rectos y condenará a los que no lo son. No debiéramos poner en tela de juicio la salvación de otros; eso le corresponde a Dios.

16.28 Tomando en cuenta que todos los discípulos murieron antes del regreso de Cristo, muchos creen que las palabras de Jesús aquí se cumplieron en la transfiguración cuando Pedro, Santiago y Juan vieron su gloria (17.1-3). Otros manifiestan que se refiere al Pentecostés (Hechos 2) y al comienzo de la Iglesia. En uno y otro caso, ciertos discípulos fueron testigos del poder y la gloria del reino de Cristo.

Mareo 16:1-12

Nuestro Señor se vio otra vez víctima del incesante encono de los fariseos y saduceos. Por lo general esas dos sectas estaban enemistadas entre sí; mas se unían para perseguir a Jesucristo. Aquella era una liga impía. Sin embargo lo mismo se observa con mucha frecuencia en nuestros días. Hombres de las opiniones más divergentes convienen en su repugnancia por el Evangelio, y obran de consuno a fin de oponerse a su progreso. «Nada hay nuevo debajo del sol.» Ecl. 1.9.

Lo primero que en este pasaje merece atención especial, es que nuestro Señor repitió palabras que, ya había empleado en otra ocasión. Fueron estas: « La generación mala y adulterina demanda señal; mas señal no le será dada, sino la señal de Jonás el profeta.» Si volvemos al versículo 39 del capítulo 12 de este Evangelio, encontraremos allí las mismas palabras.

A algunos les parecerá dicha repetición un asunto insignificante, que a nada conduce. Mas, viéndolo bien, no es así, por cuanto aclara una cuestión que ha confundido a muchos de los que sinceramente veneran la Biblia.

La repetición demuestra que nuestro Señor acostumbraba decir las mismas palabras más de una vez. Es evidente a todas luces, que solía presentar la misma verdad repetidas veces, a fin de imprimirla marcadamente en la mente de sus discípulos, sabiendo como sabia que, en lo que respecta a las cosas espirituales, la memoria del hombre es sumamente débil.

Ahora bien, ¿qué se desprende de todo esto? Se desprende que no debemos afanarnos tanto como lo hacen algunos por armonizar las narraciones contenidas en los cuatro Evangelios. No puede probarse que los dichos que se encuentran en San Mateo y San Lucas, por ejemplo, fueran pronunciados en la misma ocasión, o que los sucesos con que están ligados fueran necesariamente idénticos. San Mateo puede haber descrito un suceso y San Lucas otro; y sin embargo las palabras que nuestro Señor empleaba pueden haber sido las mismas. El empeñarse en probar que ambos sucesos son uno solo, porque las palabras son idénticas, ha enmarañado a los que estudian la Biblia en grandes dificultades.

El segundo punto que llama la atención, es la amonestación que, con motivo de lo que acababa de tener lugar, nuestro Señor dirigió a sus discípulos. Nuestro Señor se había apesarado, sin duda, al percibir las falsas doctrinas que prevalecían en medio de los judíos, y el influjo pernicioso que estaban ejerciendo; y por esa razón aprovechó la oportunidad para hacer una advertencia. «Mirad,» dijo, « y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.» Examinemos detenidamente esas palabras. ¿A quiénes fueron dirigidas? a los doce apóstoles, a los primeros ministros de la iglesia de Jesucristo, a los hombres que lo habían abandonado todo por el Evangelio. ¡Aun a ellos hubo necesidad de amonestarlos! Los hombres más sanos y rectos no son sino meras criaturas humanas y están expuestos a caer en tentación.

¿Contra qué cosa fue que nuestro Señor previno a sus apóstoles? Contra la doctrina de los fariseos y saduceos. Según se nos dice con frecuencia en los Evangelios, los fariseos eran hipócritas y gazmoños. Los saduceos, por otra parte, eran escépticos, incrédulos y demasiado libres en su modo de pensar. Más aun Pedro, Santiago y Juan tenían que guardarse de su doctrina.

Nuestro Señor se valió de una metáfora para calificar las falsas doctrinas respecto de las cuales previno a sus discípulos: las llamó levadura. Como levadura respecto de la masa, parecían pequeñas comparadas con ese gran todo que se llama la verdad; más, también como esa sustancia, obrarían secreta y silenciosamente hasta cambiar la naturaleza entera de la religión con la cual se las mezclase.

Este asunto merece la seria atención de los cristianos. La advertencia que nuestro Señor hizo ha sido desacatada de una manera indigna. Menester es tener presente que no fue pronunciada tan solo para provecho de la generación de entonces, sino de la iglesia cristiana en todos los siglos, todas las edades. Bueno seria si las amonestaciones que el Evangelio contiene hubieran sido estudiadas tan cuidadosamente como las promesas.

Mareo 16:13-20

En este pasaje hay palabras que han motivado divergencias y discordias en medio de los cristianos. Se ha disputado y debatido tanto acerca de su significado que se han olvidado las máximas de la caridad cristiana, sin lograrse al fin un acuerdo entre los bandos opuestos. Examinaremos las palabras que han ocasionado la controversia, y luego pasaremos a enumerar las verdades de práctica aplicación que del pasaje se desprenden.

¿Cómo, pues, deben entenderse las siguientes palabras que nuestro Señor pronunció: «Tú eres Pedro; y sobre esta roca edificaré mi iglesia»? ¿Quieren decir que Pedro mismo había de ser el cimiento sobre el cual se había de edificar la iglesia de Cristo? Por poco que se diga en contra de esa interpretación no se puede menos que calificarla de forzada. Decir que un hombre falible es la base de un templo espiritual no está en consonancia con el lenguaje empleado en la Biblia. Aun más, si ese es el significado verdadero, no es posible explicar por qué razón nuestro Señor no dijo más bien: « Y edificaré mi iglesia sobre ti..

En nuestro concepto la palabra «roca» se refiere, no a Pedro, Uno a la gran verdad de la misión y divinidad de nuestro Señor, que Pedro acababa de declarar.

Es como si nuestro Señor hubiera dicho: « Con razón tienes el nombre de Pedro, o piedra, pues acabas de confesar esa sublime verdad sobre la cual, como sobre una roca, edificaré mi iglesia.»* (* Esta opinión no es nueva o peculiar de la iglesia protestante. Muchos siglos ha fue emitida y defendida por Crisóstomo. También lo fue por Tero, célebre orador católico romano de la orden de franciscanos, en Maguncia, en el siglo 16. Será bueno, además, observar en este lugar, que es un error el suponer que puedan interpretarse las Escrituras en armonía con lo que se llama «el acuerdo unánime de los Padres.» Tal acuerdo no existe; y la frase con que se le designa no pasa de ser una combinación de palabras altisonantes que no estriba en hechos verdaderos.) Mas, ¿cómo debe entenderse la promesa que nuestro Señor hizo a Pedro: « a tí daré las llaves del reino de los cielos?» ¿Quiere decir que Pedro había de tener el derecho de admitir las almas en el cielo? Esa idea es absurda: tal atribución pertenece solo al Redentor. Rev_1:18. ¿Ó significa, acaso, que Pedro había de ejercer cierto primado o superioridad respecto de los demás apóstoles? No existe la menor prueba de que diese a las palabras semejante significado en la época de los apóstoles, o que Pedro ocupase un rango más elevado que los otros discípulos.

A nuestro ver, el verdadero significado de la promesa en cuestión es que Pedro había de tener el privilegio especial de abrir la puerta de la salvación a Judíos y Gentiles, lo cual se cumplió al pié de la letra cuando predicó a los Judíos el día de Pentecostés, y cuando visito a Cornelio en su casa. En ambos casos hizo uso de las llaves y abrió la puerta de la fe. Y él misino parece haber reconocido esto. «Dios,» dijo, « escogió de entre nosotros, que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del Evangelio, y creyesen.» Act_15:7.

Finalmente, ¿cómo hemos de entender las siguientes palabras: « Todo lo que ligares en la tierra, será ligado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra, será desatado en el cielo»? ¿Quieren decir que Pedro había de tener la facultad de perdonar pecados y absolver a los pecadores? Semejante idea tiende a menguar la dignidad de Cristo como Sumo Sacerdote del género humano. Ni Pedro ni ningún otro de los apóstoles ejerció jamás esa facultad; más bien al contrario, exhortaron a los hombres a que confiasen en Jesús.

El verdadero significado de esas palabras es, según opinamos, que Pedro y sus hermanos, los apóstoles, iban a recibir la misión especial de enseñar con autoridad cuál era el camino de la salvación. Así como los sacerdotes del Antiguo Testamento declaraban con autoridad quiénes eran limpiados de la lepra, así se nombraron a los apóstoles para que declarasen con autoridad a quiénes se les perdonaban los pecados. Además de esto, habían de ser inspirados de una manera especial para que estableciesen reglas que sirviesen de guía a la iglesia en aquellas cuestiones sobre las cuales los creyentes no estuviesen de acuerdo.

Tendrían, pues, el derecho de «ligar» o prohibir algunas cosas; y de «desatar» o permitir otras. La resolución del concilio de Jerusalén por medio de la cual se absolvió a los Gentiles de la necesidad de la circuncisión, es un ejemplo del ejercicio de esa atribución. Act_16:19. Mas la atribución fue concedida a los apóstoles solamente, y en términos que no tuvieron sucesores en el desempeño de ella: con ellos empezó y con ellos terminó.

Fijemos ahora la atención en puntos que conciernen más de cerca al bienestar de nuestras almas.

En primer lugar, es de advertirse cuan noble fue la manifestación que hizo el apóstol San Pedro. Cuando nuestro Señor le preguntó quién decían los hombres que El era, el apóstol contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente..

Lo gallardo de dicha manifestación consistió en esto: que fue hecha cuando los que estaban a favor de Cristo eran pocos y los que estaban en contra eran muchos. Cuando los gobernantes de su nación, los escribas, los sacerdotes y los fariseos estaban opuestos a su Maestro ; cuando nuestro Señor se hallaba revestido del parecer de un siervo, y no tenia ni riqueza, ni dignidad de monarca, ni autoridad real. Para hacer semejante manifestación en aquel entonces era preciso tener gran firmeza de carácter.

A pesar de todas sus faltas, Pedro fue para con Jesucristo un siervo sincero, fervoroso y fiel. A despecho de sus defectos ha dejado un dechado que muchos cristianos harían bien en imitar. Un hombre de celo como el suyo tiene sus flujos y reflujos, mas siempre continúa obrando en prosecución de su fin. Un hombre de celo como el suyo se desvía a veces del camino recto e incurre en muchos desatinos, mas no por eso deben despreciarse sus esfuerzos, pues tienden a despertar a los demás hombres de su indiferencia e indolencia, y a estimularlos a que se pongan en actividad. En la iglesia de Cristo cualquier cosa es preferible a la tibieza y la apatía.

En segundo lugar, examinemos que quiso decir nuestro Señor cuando aludió a su iglesia.

La iglesia que Jesús prometió edificar sobre una roca fue el gremio bendito de los fieles. No fue la iglesia visible de una nación o lugar particular, sino el cuerpo de los creyentes de todos los siglos, todos los climas, todas las razas; y como tal, se compone de todos los que se purifican en la sangre de Cristo, todos los que se revisten de su justicia, se unen a El por medio de la fe y son sus epístolas vivientes. Es una iglesia que forma una sola entidad, y cuyos miembros son todos bautizados y santificados por el Espíritu Santo. Todos los que pertenecen a ella son de una misma opinión, de un mismo modo de pensar; defienden las mismas verdades, y creen en las mismas doctrinas como necesarias para la salvación. Esa iglesia tiene una sola cabeza, la cual es Cristo. Col. 1.18.

Es de notarse, en tercer lugar, la gloriosa promesa que nuestro Señor hizo a su iglesia. Dijo El: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella..

El significado de esas palabras es que Satanás con todo su poder no logrará destruir al pueblo de Jesucristo. Aquel que, tentando a Eva, trajo a la primera creación el pecado y la muerte, no podrá causar la ruina de la segunda creación venciendo a los creyentes. La verdadera iglesia, aunque se verá perseguida, oprimida y debilitada, no morirá jamás. a semejanza del arbusto que contempló Moisés, arde a veces, pero nunca se consume.

Mareo 16:21-23

Nuestro Señor reveló a sus discípulos una verdad sublime y sorprendente: la de su próxima muerte en la cruz. Por primera vez les hizo el asombroso anuncio que iba a Jerusalén a sufrir y a ser muerto. No había venido a la tierra a hacerse cargo de un reino, sino a morir. No había venido a gobernar y ser servido, sino a derramar su sangre en sacrificio y a dar su vida en rescate de muchos.

Casi imposible es para nosotros concebir cuan extraña e incomprensible debía parecer esta noticia a los apóstoles, pues, como la mayor parte de los de su raza, no podían imaginarse al Mesías sujeto al sufrimiento. No sabían que el capítulo 53 de Isaías se había de cumplir literalmente, ni comprendían que los sacrificios instituidos por la ley de Moisés tenían por objeto prefigurar la muerte del verdadero Cordero de Dios. No pensaban sino en la segunda venida del Mesías que ha de tener lugar al fin del mundo.

En estos versículos se nos enseña, que aun los verdaderos discípulos de Jesucristo son a veces muy ignorantes en cuanto a las cosas espirituales.

Lo que en el pasaje citado se nos dice de Pedro demuestra esta verdad. Procurando disuadir a nuestro Señor de que sufriese en la cruz; le dijo: « En ninguna manera esto te acontezca.»Fue que no alcanzó a comprender de un todo el objeto de la venida del Señor al mundo: estaban velados de tal manera sus ojos que no percibió la necesidad que había de que el Señor muriese. Y esto aunque Pedro se había convertido y era un creyente verdadero.

Sucesos como este nos enseñan por una parte que no hemos de considerar a los hombres buenos como infalibles, solo porque son buenos; y por otra, que no hemos de suponer que no posean la gracia divina, porque su fe sea débil y pequeña.

También se nos enseña en estos versículos, que no hay doctrina bíblica de tan alta importancia, como la de la muerte expiatoria de Jesucristo.

Cuando nuestro Señor reconvino a Pedro le dio el odioso nombre de «Satanás,» como si hubiese ejecutado un acto diabólico al esforzarse en impedir su muerte. a quien poco antes había llamado «bendito» le dijo: «Quítate de delante de mí, Satanás: escándalo me eres.» a quien había acabado de encomiar por su noble manifestación le dirigió estas palabras: «No entiendes lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres.» Jamás salieron de los labios del Salvador palabras más fuertes que estas.

Es que nuestro Señor quiso que se considerase su crucifixión como la verdad fundamental del Cristianismo. Las teorías acertadas acerca de su muerte expiatoria y de los bienes que de ella resultaron deben encontrarse a la base misma del gran edificio de la religión. Todas nuestras esperanzas están concentradas en la verdad que «Cristo murió por nosotros.» 1 Tes. 5.10.

Mareo 16:24-28

Para comprender mejor estos versículos es preciso tener presente que los discípulos de nuestro Señor no tenían ideas acertadas en cuanto al objeto de su venida al inundo. Creían que había venido a establecer un reino, y no se imaginaban que tenia que padecer y morir. Creían que sus acciones en servicio de su maestro serian recompensadas por medio de premios y honores terrenales: no sabían que los verdaderos cristianos tienen que pasar, como Jesucristo, por muchos sufrimientos, a fin de llegar al perfeccionamiento. Para corregir esos errores nuestro Señor se valió de palabras solemnes que será bueno examinar.

De lo que estos versículos contienen se sigue, que los que se hagan discípulos de Jesucristo tienen que resolverse a sufrir mucho y hacer grandes sacrificios.

Nuestro Señor desvaneció los dorados sueños de sus discípulos diciendo que sus prosélitos tendrían que tomar la cruz a cuestas. Todavía no iba a establecerse el glorioso reino que tan ansiosamente habían esperado; y entretanto, si querían ser siervos suyos era preciso que se sometiesen al sufrimiento y la persecución; era preciso que se resignasen a perder la vida con tal de salvar sus almas.

También se sigue, que nada hay de tanto valor como el alma humana.

Nuestro Señor enseñó esta verdad haciendo una de las preguntas más serias que el Nuevo Testamento contiene. Esa pregunta debiera resonar en nuestros oídos con la fuerza de una trompeta siempre que nos sintiéramos inclinados a descuidar nuestro eterno bienestar. Hela aquí: «¿De qué aprovecha al hombre si ganase todo el mundo, y perdiere su alma?.

A esta pregunta solo puede darse una respuesta: nada hay en la tierra, ni debajo de la tierra, que pueda reparar la pérdida del alma. El mundo y todo lo que en él existe es transitorio: ¡el alma es eterna. Eterna! Esa sola palabra lo explica todo.

Finalmente, se sigue así mismo, que es cuando el Señor venga otra vez que los creyentes recibirán su galardón. «El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre,» etc.

Al examinar estas palabras en relación con los versículos que preceden se percibe cuan grande fue la prudencia que las dictó. Sabiendo lo dispuestos que estamos a decaer de ánimo, Jesús nos anuncia que vendrá por segunda vez con tanta certeza como vino la primera, y que entonces será que sus discípulos recibirán su recompensa. En la primera venida descendió para ser crucificado: en la segunda descenderá para reinar.

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