Lo gallardo de dicha manifestación consistió en esto: que fue hecha cuando los que estaban a favor de Cristo eran pocos y los que estaban en contra eran muchos. Cuando los gobernantes de su nación, los escribas, los sacerdotes y los fariseos estaban opuestos a su Maestro ; cuando nuestro Señor se hallaba revestido del parecer de un siervo, y no tenia ni riqueza, ni dignidad de monarca, ni autoridad real. Para hacer semejante manifestación en aquel entonces era preciso tener gran firmeza de carácter.
A pesar de todas sus faltas, Pedro fue para con Jesucristo un siervo sincero, fervoroso y fiel. A despecho de sus defectos ha dejado un dechado que muchos cristianos harían bien en imitar. Un hombre de celo como el suyo tiene sus flujos y reflujos, mas siempre continúa obrando en prosecución de su fin. Un hombre de celo como el suyo se desvía a veces del camino recto e incurre en muchos desatinos, mas no por eso deben despreciarse sus esfuerzos, pues tienden a despertar a los demás hombres de su indiferencia e indolencia, y a estimularlos a que se pongan en actividad. En la iglesia de Cristo cualquier cosa es preferible a la tibieza y la apatía.
En segundo lugar, examinemos que quiso decir nuestro Señor cuando aludió a su iglesia.
La iglesia que Jesús prometió edificar sobre una roca fue el gremio bendito de los fieles. No fue la iglesia visible de una nación o lugar particular, sino el cuerpo de los creyentes de todos los siglos, todos los climas, todas las razas; y como tal, se compone de todos los que se purifican en la sangre de Cristo, todos los que se revisten de su justicia, se unen a El por medio de la fe y son sus epístolas vivientes. Es una iglesia que forma una sola entidad, y cuyos miembros son todos bautizados y santificados por el Espíritu Santo. Todos los que pertenecen a ella son de una misma opinión, de un mismo modo de pensar; defienden las mismas verdades, y creen en las mismas doctrinas como necesarias para la salvación. Esa iglesia tiene una sola cabeza, la cual es Cristo. Col. 1.18.
Es de notarse, en tercer lugar, la gloriosa promesa que nuestro Señor hizo a su iglesia. Dijo El: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella..
El significado de esas palabras es que Satanás con todo su poder no logrará destruir al pueblo de Jesucristo. Aquel que, tentando a Eva, trajo a la primera creación el pecado y la muerte, no podrá causar la ruina de la segunda creación venciendo a los creyentes. La verdadera iglesia, aunque se verá perseguida, oprimida y debilitada, no morirá jamás. a semejanza del arbusto que contempló Moisés, arde a veces, pero nunca se consume.
Mareo 16:21-23
Nuestro Señor reveló a sus discípulos una verdad sublime y sorprendente: la de su próxima muerte en la cruz. Por primera vez les hizo el asombroso anuncio que iba a Jerusalén a sufrir y a ser muerto. No había venido a la tierra a hacerse cargo de un reino, sino a morir. No había venido a gobernar y ser servido, sino a derramar su sangre en sacrificio y a dar su vida en rescate de muchos.
Casi imposible es para nosotros concebir cuan extraña e incomprensible debía parecer esta noticia a los apóstoles, pues, como la mayor parte de los de su raza, no podían imaginarse al Mesías sujeto al sufrimiento. No sabían que el capítulo 53 de Isaías se había de cumplir literalmente, ni comprendían que los sacrificios instituidos por la ley de Moisés tenían por objeto prefigurar la muerte del verdadero Cordero de Dios. No pensaban sino en la segunda venida del Mesías que ha de tener lugar al fin del mundo.
En estos versículos se nos enseña, que aun los verdaderos discípulos de Jesucristo son a veces muy ignorantes en cuanto a las cosas espirituales.
Lo que en el pasaje citado se nos dice de Pedro demuestra esta verdad. Procurando disuadir a nuestro Señor de que sufriese en la cruz; le dijo: « En ninguna manera esto te acontezca.»Fue que no alcanzó a comprender de un todo el objeto de la venida del Señor al mundo: estaban velados de tal manera sus ojos que no percibió la necesidad que había de que el Señor muriese. Y esto aunque Pedro se había convertido y era un creyente verdadero.
Sucesos como este nos enseñan por una parte que no hemos de considerar a los hombres buenos como infalibles, solo porque son buenos; y por otra, que no hemos de suponer que no posean la gracia divina, porque su fe sea débil y pequeña.
También se nos enseña en estos versículos, que no hay doctrina bíblica de tan alta importancia, como la de la muerte expiatoria de Jesucristo.
Cuando nuestro Señor reconvino a Pedro le dio el odioso nombre de «Satanás,» como si hubiese ejecutado un acto diabólico al esforzarse en impedir su muerte. a quien poco antes había llamado «bendito» le dijo: «Quítate de delante de mí, Satanás: escándalo me eres.» a quien había acabado de encomiar por su noble manifestación le dirigió estas palabras: «No entiendes lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres.» Jamás salieron de los labios del Salvador palabras más fuertes que estas.
