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Juan 4: Derribando barreras

 

Así que, cuando Jesús supo que los fariseos se habían enterado de que estaba haciendo y bautizando más discípulos que Juan (aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino Sus discípulos), se marchó de Judasa y volvió otra vez a Galilea. Y tenía que pasar por Samaria.

Llegó a una población de Samaria que se llamaba Sicar, que está cerca de la parcela que dio Jacob a su hijo José, donde estaba el pozo de Jacob. Y Jesús, cansado como estaba del camino, estaba sentado junto al pozo. Era como el mediodía.

Entonces vino una samaritana a sacar agua, y Jesús le dijo:

-Dame de beber.

Y es que Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar provisiones. Entonces Le dijo la samaritana:

-¿Cómo es que Tú, que eres hombre y judío, me pides de beber a mí, que soy mujer y samaritana? -Porque los judíos y los samaritanos no tienen ningún trató.

En primer lugar vamos a reconstruir la escena de este incidente. Palestina no tiene más que 200 kilómetros de Norte a Sur, pero en los tiempos de Jesús el país estaba dividido claramente en tres partes. Al Norte estaba Galilea; al Sur, Judasa, y en medio, Samaria.

Jesús no quería en esta etapa de Su ministerio involucrarse en discusiones acerca del bautismo, así es que decidió marcharse de Judasa por un tiempo y pasar a Galilea. El camino más corto de Judasa a Galilea era a través de Samaria, que se podía hacer en tres días; pero había una enemistad secular entre los judíos y los samaritanos, y esto hacía que fuera más corriente seguir la ruta alternativa, aunque era doble de larga, pues suponía cruzar el Jordán, subir hacia el Norte por la parte oriental y volver a cruzar el Jordán otra vez a la altura de Galilea. Jesús eligió la ruta más corta a través de Samaria para ir a Galilea, posiblemente no sólo para ganar tiempo sino también para cumplir una parte de Su misión.

El camino pasaba por el pueblo de Sicar. A corta distancia de allí se bifurca la carretera de Samaria: una rama va hacia el Nordeste a Escitópolis, y la otra hacia el Oeste a Nablus y luego al Norte a Enganim. En la bifurcación se encuentra todavía el pozo de Jacob.

Esta era una zona llena de recuerdos históricos. Allí estaba la parcela que había comprado Jacob (Gen_33:1 &). Jacob, ya en el lecho de muerte, le había legado ese terreno a José (Gen_48:22 ). Y, cuando José murió en Egipto, llevaron su cuerpo a enterrar allí (Jos_24:32 ). Así es que había muchos recuerdos del pasado en aquel lugar.

El pozo mismo tenía más de 30 metros de profundidad. No es un manantial, sino que el agua llega allí filtrándose por las tierras de alrededor y se forma un depósito. Pero está claro que era ya entonces un pozo bien hondo, del que no se podía sacar agua a menos que se tuviera con qué.

Cuando Jesús y su pequeña compañía llegaron a la bifurcación de la carretera, Jesús se sentó a descansar. El día era para los judíos desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde; así es que lo que llama la versión Reina-Valera la hora sexta era el mediodía, cuando más calor hacía, y Jesús estaba cansado y sediento del viaje. Los discípulos se habían adelantado al pueblo a comprar provisiones. Ya habían empezado a cambiar sin darse cuenta; porque, lo más probable es que antes de conocer a Jesús ni siquiera habrían pensado en comprar nada de los samaritanos. Poco a poco, tal vez sin darse cuenta, las barreras se iban cayendo.

Mientras Jesús estaba sentado esperándolos, una samaritana vino al pozo. Por qué había de ir allí es un poco sorprendente; porque aquel lugar estaba a más de un kilómetro de Sicar, donde viviría y donde había agua.

¿Sería porque las mujeres del pueblo la tenían marginada por razones sexuales y no le dejaban sacar agua del pozo del pueblo?. El caso es que llegó allí dispuesta a sacar agua, y Jesús le pidió que le diera una poca. Ella se dio la vuelta sorprendidísima, y le dijo:

-Yo soy una mujer; y además samaritana, y tú eres un hombre, y además judío. ¿Cómo es eso de que me pides que Te dé de beber?

Y aquí Juan les explica a sus lectores griegos que no había absolutamente ningún trato entre los judíos y los samaritanos.

Ahora bien, es probable que lo que aquí tenemos no es más que, un resumen muy breve de una conversación más larga. Podemos suponer que pasó más de lo que se nos cuenta aquí. Usando una analogía, esto es como el acta de una reunión de negocios, en la que se reflejan solamente los puntos principales. Yo supongo que la samaritana le descargaría la angustia de su alma a aquel forastero que había adivinado tan certeramente sus enredos domésticos. Tal vez fue la única vez que ella se encontró con uno con amabilidad y limpieza en los ojos en lugar de crítica y condenatoria superioridad, y eso hizo que le descubriera su corazón.

Pocas historias evangélicas nos revelan tan claramente el carácter y la actitud de Jesús.

(i) Nos presenta la realidad de su humanidad: Jesús estaba cansado del viaje, y se sentó agotado y sediento al lado del pozo. Es muy significativo que Juan, que subraya más que los otros evangelistas la divinidad de Jesucristo, también subraya intensamente su humanidad. Juan no nos presenta una figura celestial, libre del cansancio y de la lucha diaria, sino uno para quien la vida era un esfuerzo como lo es para cada uno de nosotros, nos presenta a uno que sabía lo que era estar agotado y tener que seguir adelante.

(ii) Nos presenta el calor de su simpatía. De cualquiera de los líderes religiosos ordinarios, de cualquiera de los representantes de la ortodoxia del momento, la Samaritana habría salido corriendo a toda prisa. Habría evitado a los tales. Si por una casualidad imprevisible uno le hubiera hablado, ella habría reaccionado con un silencio impenetrable y hasta hostil. Pero contestar a Jesús y entablar una conversación con Él parecía la cosa más natural del mundo. ¡Por fin había encontrado a uno que no la condenaba, o desnudaba con la mirada, sino que le ofrecía una amistad limpia y comprensiva!

(iii) Nos presenta a Jesús como el que elimina las barreras discriminatorias. La enemiga entre los judíos y los samaritanos era una historia que se perdía en la noche de los tiempos. Allá por el año 720 a C., los asirios invadieron el reino del Norte de Israel -cuya capital era Samaria, de la que tomaba el nombre todo el país- y lo conquistaron y subyugaron. Le aplicaron la fórmula de la deportación masiva que parece haber sido una invención asiria; transportaron casi toda la población a Media (2Ki_17:6 ), y trajeron a Samaria a otra gente -de Babilonia, Cuta, Ava, Hamat y Sefarvayim (2Ki_17:24 ). Pero no se puede deportar a toda una nación. Dejaron a algunos de los habitantes del reino del Norte de Israel que, inevitablemente, empezaron a mezclarse con los venidos de otras tierras; y así cometieron lo que era para los judíos un pecado imperdonable: perdieron su pureza racial. En una familia judía estricta, hasta nuestros días, si un hijo o una hija se casan con gentiles, se representa su funeral y se los da por muertos a los ojos del judaísmo ortodoxo.

Así que los habitantes de Samaria deportados a Media, por lo que sabemos, fueron asimilados en los lugares adonde fueron llevados. Son lo que se llama « las diez tribus perdidas». Los que quedaron en Samaria se mezclaron con los que habían venido de fuera y perdieron su identidad racial, por lo menos ante los judíos, los habitantes del reino de Judá. De ahí que desde entonces la Historia de Israel se identifique con la Historia de los Judíos.

Con el correr del tiempo, una invasión y derrota semejantes sobrevinieron al reino de Judá en el Sur, cuya capital era Jerusalén. Sus habitantes también fueron deportados, esta vez a Babilonia; pero no perdieron su identidad, sino se mantuvieron firme e inalterablemente judíos. A su tiempo llegaron los días de Esdras y Nehemías, y los exiliados volvieron a Jerusalén por la gracia del rey de Persia. Su tarea inmediata fue la reparación y reconstrucción de su maltrecho templo. Los samaritanos vinieron a ofrecer su ayuda en la sagrada tarea; pero los judíos les dijeron despectivamente que no les hacía ninguna falta. Habían perdido su herencia judía y no tenían derecho a participar en la reconstrucción de la casa de Dios. Creciéndose ante la humillación, se enemistaron con los judíos de Jerusalén. Fue hacia el año 450 a C. cuando el enfrentamiento tuvo lugar, y seguía tan vivo como siempre en los días de Jesús.

El conflicto se agudizó aún más cuando el sacerdote judío renegado Manasés se casó con la hija del samaritano Sambalat (Neh_13:28 ), y se propuso fundar un templo rival en el monte Guerizim, que estaba en el centro del territorio samaritano. Y .aún más tarde, en tiempos de los Macabeos, 129 a C., el general judío Juan Hircano atacó Samaria y saqueó y destruyó el templo del monte Guerizim. Así fue creciendo el odio entre judíos y samaritanos. Los judíos llamaban despectivamente a los samaritanos juthitas o cutheos, del nombre de uno de los pueblos que habían llevado allí los asirios. Los rabinos judíos decían: «Que no coma. nadie pan de los juthitas, porque el que come su pan es como si comiera carne de cerdo.» Eclesiástico presenta a Dios diciendo: «Con dos naciones está mi alma molesta, y la tercera no es ni siquiera nación: los que se asientan en el monte de Samaria, y los filisteos, y esa gente estúpida que mora en Siquem» (Eclesiástico 50:25s). Siquem o Shejem era una de las ciudades samaritanas más famosas. Los samaritanos devolvían el odio con interés.

Se dice que rabí Yojanán iba pasando una vez por Samaria de camino a Jerusalén para orar; pasó por el monte Guerizim. Un samaritano le vio, y le preguntó: « ¿Adónde vas?» « Voy a Jerusalén», le contestó, «a orar.» El samaritano le contestó: «¿No sería mejor que oraras en este monte (Guerizim) que en esa casa maldita?» Los peregrinos que iban de Galilea a Jerusalén pasando por Samaria apretaban el paso lo más posible, y a los samaritanos les encantaba ponerles dificultades.

La contienda Judaso-samaritana tenía más de 400 años en los días de Jesús, pero quedaba un rescoldo tan vivo y activo como siempre. De ahí que la Samaritana se sorprendiera de que Jesús, un judío, le dirigiera la palabra.

(iv) Pero había todavía otra barrera más que Jesús elimina en esta ocasión. La Samaritana era una mujer. Los rabinos estrictos tenían prohibido hablar con una mujer fuera de casa. Un rabino no podía hablar en público ni siquiera con su mujer, o con su hermana o hija. Había fariseos a los que llamaban graciosamente «los acardenalados y sangrantes» porque cerraban los ojos cuando iban por la calle para no ver a las mujeres y se chocaban con las paredes y las esquinas. Para un rabino, el que le vieran hablando con una mujer en público era el fin de su buena reputación. Pero Jesús no respetó esa barrera, ni por tratarse de una mujer, ni porque fuera samaritana, ni porque hubiera nada vergonzoso en su vida. Ningún hombre decente, y mucho menos un rabino, se habría arriesgado a que le vieran en tal compañía, y menos en conversación con ella. Pero Jesús sí.

Para un judío esta sería una historia alucinante. Aquí estaba el Hijo de Dios, cansado, débil y sediento. Aquí estaba el más santo de los hombres, escuchando con simpatía y comprensión una triste historia. Aquí estaba Jesús pasando las barreras de la raza y de las costumbres ortodoxas judías. Aquí tenemos el principio de la universalidad del Evangelio; aquí está Dios, no en teoría, sino en acción.

EL AGUA VIVA

Jesús le contestó a la mujer: .

-Si supieras el don gratuito que Dios te ofrece, y si supieras quién es el que te está hablando, y el que te dijo «Dame de beber serías tú la que le pidieras, y Él el que te daría el agua viva.

-Señor Le dijo la mujer-, no tienes cubo para sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde te sacas esa agua viva? ¿Es que eres Tú más que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo, del que bebieron él y sus hijos y sus ganados?

-Todos los que beben esta agua vuelven a tener sed -le dijo Jesús-; pero los que beban del agua que Yo voy a darles, ya no tendrán nunca sed, sino que el agua que Yo les daré se convertirá en un manantial de agua en su interior saltando para darles la vida eterna.

-Señor -Le dijo la mujer-, dame esa agua para que ya no tenga más sed ni tenga que venir aquí a sacarla.

Notaremos que esta conversación de Jesús con la Samaritana sigue el mismo esquema que la que tuvo con Nicodemo. Jesús hace una afirmación. Ella Se lo toma en otro sentido. Jesús repite Su afirmación de una manera aún más gráfica. Tampoco esta vez se Le entiende; y entonces Jesús obliga a Su interlocutora a descubrir y asumir la verdad acerca de sí misma. Esa era la manera de enseñar de Jesús; y era bien eficaz, porque, como ha dicho alguien, «Hay ciertas verdades que una persona no puede aceptar; tiene que descubrirlas por sí misma.»

Como pasó con Nicodemo, la Samaritana toma las palabras de Jesús literalmente, aunque Jesús esperaba que las entendiera espiritualmente. Jesús estaba hablando de agua viva. En la lengua comente de los judíos; agua viva quería decir agua corriente. Era el agua de manantial en oposición al agua estancada de una cisterna o estanque. Aquel pozo no era un manantial, sino un depósito al que llegaba el agua que se filtraba por el subsuelo. Para los judíos, el agua corriente, viva, siempre era mejor. Así que la mujer decía: «Tú me ofreces agua pura de manantial. ¿De dónde te la vas a sacar?»

Y ella pasa a hablar de «nuestro padre Jacob». Por supuesto que los judíos habrían negado que los samaritanos fueran hijos de Jacob; pero era una de las pretensiones de los samaritanos que eran descendientes de José; el hijo de Jacob, a través de Efraín y Manasés. La Samaritana le estaba diciendo realmente a Jesús: «Lo que estás diciendo es una blasfemia. Nuestro antepasado Jacob, cuando estaba por aquí, cavó este pozo para sacar agua para él mismo, para su familia y sus ganados. ¿Es que vas a pretender Tú ser más sabio y más poderoso que Jacob? Eso es algo que nadie se puede permitir.»

Era corriente que los que iban de viaje llevaran un recipiente de cuero para sacar agua de los pozos que encontraran en el camino. Es lo más seguro que el grupo de Jesús tendría uno de ellos, y que se lo habrían llevado al pueblo. La mujer vio que Jesús no tenía nada por el estilo, así es que Le dijo: «No puedes ni sacar agua del pozo para dármela. Ya veo que no tienes con qué sacarla.» H. B. Tristram empieza su libro titoulado Las costumbres orientales en las tierras de la Biblia con el relato de una experiencia personal. «Una vez estaba sentado junto a un pozo en Palestina cerca de la posada a la que se hace referencia en la parábola del Buen Samaritano, cuando vino de aquellos cerros una mujer árabe a sacar agua. Desplegó y abrió un pellejo de piel de cabra, y luego desmadejó una cuerda y se la ató a un cubito también de cuero, que era con el que subía el agua hasta que llenó el recipiente mayor, le ató la boca, se lo colocó al hombro y, con el cubito en la mano, se puso a escalar la colina. Yo me acordé de la Samaritana del pozo de Jacob cuando un viandante árabe que ascendía cansado y sudoroso por el sendero que sube de Jericó se dirigió al pozo, se arrodilló y miró hacia el fondo con nostalgia; pero «no tenía con qué sacar el agua, y el pozo era hondo.» Pegó unos lametones a la humedad que quedaba del agua que se le había resbalado a la mujer que le había precedido y, desilusionado, prosiguió su camino.» Era precisamente eso lo que estaba pensando la Samaritana cuando Le dijo a Jesús que no tenía con qué sacar el agua del hondón del pozo.

Pero los judíos le daban otro sentido a la palabra agua. Hablaban a menudo de la sed de Dios que tiene el alma humana, y del agua viva que puede mitigar esa sed. Jesús no estaba usando términos que condujeran de necesidad a la confusión, sino que cualquiera que tuviera percepción espiritual debería entender. Una de las promesas del Apocalipsis es: «Al que tuviere sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida» (Rev_21:6 ). El Cordero que está en medio del trono los guiará a fuentes de aguas de vida (Rev_7:17 ). La promesa era que el Pueblo Escogido sacaría agua con gozo de las fuentes de la salvación (Isa_12:3 ). El salmista decía que tenía el alma sedienta del Dios vivo (Psa_42:1 ). La promesa de Dios era: « Yo derramaré aguas sobre el secadal» (Isa_44:3 ): La invitación iba dirigida a todos los sedientos para que vinieran a las aguas y bebieran gratuitamente (Isa_55:1 ). La queja desgarrada de Jeremías era que el pueblo había olvidado a Dios, que era la fuente de agua viva, y se había cavado cisternas agrietadas que no podían contener el agua (Jer_2:13 ). Ezequiel había tenido una visión del río de la vida (Eze_47:1-12 ). En el mundo nuevo brotaría una fuente de agua para la purificación (Zec_13:1 ). Las aguas fluirían desde Jerusalén (Zec_14:8 ).

Algunas veces los rabinos identificaban esta agua viva con la sabiduría de la Ley; otras, con nada menos que el Espíritu Santo de Dios. Todo el lenguaje pictórico de la religión judía estaba impregnado de esta idea de la sed del alma que sólo podía apagar el agua viva que era un don de Dios. Pero la mujer entendió lo que le decía Jesús con un literalismo casi crudo. ¿Estaba ciega porque no quería ver?

Jesús pasó a hacer una afirmación todavía más alucinante, que Él podía darle el agua viva que le quitaría la sed de una vez para siempre. Lo curioso es que la mujer volvió a entenderlo literalmente; pero de hecho no era sino Su presentación como Mesías. En la visión profética de la era por venir, la era de Dios, la promesa era: «No tendrán hambre ni sed» (Isa_49:10 ). Era en Dios, y sólo en Él, donde se encontraba la fuente de agua viva que satisface toda sed. «Contigo está el manantial de la vida,» exclamaba el salmista (Psa_36:9 ). Es del mismo trono de Dios de donde mana el río de la vida (Rev_22:1 ). Es el Señor el Que es la fuente de agua viva (Jer_17:13 ). Sería en la era mesiánica cuando el sequedal se volvería manaderos de aguas (Isa_35:7 ). Cuando Jesús hablaba de traer a la humanidad la única agua que puede apagar definitivamente la sed, no hacía sino afirmar que Él era el Ungido de Dios que había venido a inaugurar la nueva era.

Tampoco entonces comprendió la mujer, y no nos extraña que no comprendiera lo que le iría pareciendo un acertijo complicado, porque nosotros ya tenemos la clave y la respuesta. Nos da la impresión de que lo que dijo a continuación era una manera de seguirle la corriente a uno Que le parecía chiflado. «Dame esa agua –dijo-, para que ya no tenga nunca sed y no tenga que darme la caminata al pozo todos los días.» Estaba bromeando sobre cosas eternas.

En el fondo de todo esto está la verdad fundamental de que en el corazón humano hay una sed de algo que sólo Jesucristo puede satisfacer. En uno de sus libros, Sinclair Lewis traza el retrato de un hombrecillo de negocios respetable que sacó los pies del plato. Estaba hablando con su amada, y ella le dijo: «Por fuera parecemos muy diferentes; pero en el fondo somos iguales. Los dos nos sentimos desesperadamente desgraciados por algo… ¡que no sabemos qué es!» En todo ser humano hay ese anhelo insatisfecho e innominado; ese vago descontento, ese algo que falta, esa frustración.

En Sorrell e Hijo, Warwick Deeping nos cuenta una conversación entre los dos. El chico está hablando de la vida. Dice, que es como andar a tientas en una niebla encantada. La niebla se disipa un instante; uno ve la luna en la cara de una chica; no sabe si quiere la luna o la cara; luego baja la niebla otra vez, y le deja a uno buscando algo, pero no sabe qué.

Antonio Machado también ha expresado hermosa y sentidamente este anhelo del alma:

Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que una fontana fluía dentro de mi corazón. Di, ¿por qué acequia escondida, agua, vienes hasta mí, manantial de nueva vida de donde nunca bebí?

Anoche. cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que era Dios lo que tenía dentro de mi corazón.

Nada borra el anhelo de eternidad que Dios ha puesto en el alma. Sólo Jesucristo puede saciar esa sed. «Tenemos el corazón inquieto hasta que encontramos el reposo en Ti» (Agustín).

ENFRENTÁNDOSE CON LA VERDAD

 

La mujer Le dijo a Jesús:

-Señor, dame de esa agua para que ya no tenga más sed, y para que no tenga que venir aquí a sacar agua.

Y El le contestó:

-Ve a llamar a tu marido, y luego vuelve aquí.

-No tengo marido -le dijo ella; y Jesús añadió:

Ahora sí has dicho la verdad al decir que no tienes marido; porque has tenido cinco maridos, y el que tienes ahora no es tu marido. Lo que has dicho es la verdad.

-Señor, ya veo que eres profeta dijo la mujer-. Nuestros antepasados daban culto a Dios en este monte, y los judíos decís que donde tenemos que adorar a Dios es en Jerusalén.

-Créeme, mujer -le contestó Jesús—, que está llegando la hora en que no se dará culto a Dios ni en este monte ni en Jerusalén.

Ya hemos visto que la mujer Le pidió a Jesús en tono de broma que le diera el agua viva para no tener más sed y poderse ahorrar el fatigoso paseo diario al pozo. Instantánea e impactantemente Jesús la hizo volver a la realidad. Se había terminado el tiempo para los juegos de palabras y las bromas. «Vete a por tu marido, y vuelve con él» -le dijo Jesús. La mujer se puso rígida, como si le hubiera dado un dolor repentino; dio un paso atrás, como si hubiera recibido un golpe; se puso pálida, como si de pronto hubiera visto un fantasma… y eso era precisamente lo que le había pasado: se había visto repentinamente a sí misma.

De pronto, no tuvo más remedio que enfrentarse consigo misma, y con su vida andrajosa e inmoral e inadecuada. Hay dos revelaciones en el Evangelio: la de Dios y la de nosotros mismos. Nadie se ha visto como es en realidad a menos que se haya visto en la presencia de Cristo; y lo que se ve entonces no es nada halagüeño. Para decirlo de otra manera: la conversión empieza con un sentimiento de pecado. Uno se da cuenta de pronto de que la vida que vive no vale. Despertamos a nosotros mismos y a nuestra necesidad de Dios.

Algunos intérpretes han mantenido, por lo de los cinco maridos, que esta historia no representa un hecho real, sino una verdad alegórica. Ya hemos visto que, cuando los habitantes originales de Samaria fueron deportados a Media, los asirios trajeron a otros de cinco naciones diferentes. Cada grupo trajo sus dioses (2Ki_17:29 ); y se ha sugerido que la mujer representa a Samaria, y sus cinco maridos a los dioses que trajeron aquellos pueblos, con los que, por así decirlo, se casaron los samaritanos. El sexto marido representa al Dios verdadero, al Que adoraban, no en verdad, sino en ignorancia; y por tanto no estaban casados de veras. Puede que haya en esta historia un recuerdo de la infidelidad de los samaritanos; pero es demasiado pictórica para ser una alegoría manufacturada. Rezuma realismo por todas partes.

Alguien ha dicho que la profecía es una crítica basada en la esperanza. Un profeta le señala a una persona o nación que va por mal camino; pero no para sumirlas en la desesperación, sino para indicarles el camino de la sanidad, de la enmienda y de la rectificación. Así Jesús, empezó por revelarle a esta mujer la condición en que se encontraba; pero luego pasó a revelarle en qué consiste el verdadero culto en el que nuestras almas pueden tener un encuentro con Dios.

La pregunta de la mujer nos suena extraña. Dijo, y para ella era una cuestión angustiosa: «Nuestros líderes dicen que es aquí, en el monte Guerizim, donde debemos dar culto a Dios; y vosotros, los judíos, decís que es en Jerusalén. ¿Qué es lo que tengo que hacer?»

Los samaritanos ajustaban la historia a sus conveniencias. Enseñaban que había sido en el monte Guerizim donde Abraham había estado dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac; donde Melquisedec le había salido al encuentro a Abraham; donde Moisés había instalado el primer altar y ofrecido los primeros sacrificios cuando el pueblo de Israel entró en la Tierra Prometida -aunque eso fue en el monte Ebal, donde se han encontrado recientemente restos arqueológicos que lo confirman (Deu_27:4 ). Tergiversaban los textos bíblicos y la historia para glorificar el monte Guerizim. A la mujer le habían enseñado a reverenciar el monte Guerizim como el lugar más santo de la Tierra, y a despreciar a Jerusalén. Lo que estaba en su mente, y lo que se estaba diciendo a sí misma, era: « Yo soy una pecadora, y tengo que ofrecerle a Dios un sacrificio por mis pecados; tengo que llevar una ofrenda a la casa de Dios y ponerme a buenas con Él. ¿Adónde tengo que ir?» Para ella, lo único que podía saldar el pecado era el sacrificio. Su problema fundamental era ¿Dónde había que presentar ese sacrificio? A estas alturas ella ya no está discutiendo los respectivos méritos del templo del monte Guerizim y los del monte de Sión; lo que quiere saber es: « ¿Dónde puedo yo encontrar a Dios?

Jesús le contestó que el día de las viejas rivalidades humanas estaba llegando a su final; y que estaba próximo el tiempo cuando la humanidad encontraría a Dios en todas partes. Zephaniah había tenido la visión de que las personas adorarían a Dios « cada una en su lugar» (Zep_2:11 ). Y Malaquías había soñado que en todas partes se ofrecería incienso como ofrenda pura al nombre de Dios (Mal_1:11 ). La respuesta que Jesús le dio a la Samaritana fue que no tenía necesidad de ir a ningún sitio determinado para encontrar a Dios, no tenía necesidad de ofrecer sacrificio en ningún lugar especial: el verdadero culto encuentra a Dios en cualquier lugar.

EL VERDADERO CULTO

 

Los samaritanos no conocéis al Que dais culto -siguió diciéndole Jesús a la Samaritana-. Los judíos sí Le conocemos, y por eso la Salvación del mundo tiene su origen entre los judíos. Pero está llegando la hora, y es ahora aquí, cuando los verdaderos adoradores darán culto a Dios en espíritu y en verdad; porque esos son los adoradores que está buscando el Padre. Dios es Espíritu; y los que Le dan culto deben dárselo en espíritu y en verdad.

-Sé que el Mesías -que en griego se dice el Cristo- está al llegar -Le dijo la mujer a Jesús-. Cuando venga, nos aclarará todas las cosas.

-Soy Yo mismo, el que estoy hablando contigo -le dijo Jesús ala mujer.

Jesús le había dicho a la Samaritana que las viejas rivalidades estaban a punto de desaparecer, y que estaba próximo el día en que la controversia acerca de los respectivos méritos del monte Guerizim y del monte de Sión sería irrelevante, porque el que buscara a Dios sinceramente Le encontraría en cualquier parte. A pesar de todo, Jesús aún hace hincapié en el hecho de que la nación judía ocupaba un lugar exclusivo en el plan y en la Revelación de Dios.

Los samaritanos adoraban en ignorancia, dijo Jesús. En más de un sentido, aquello era indudablemente cierto. Los samaritanos no tenían más sagrada escritura que el Pentateuco, es decir, los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, porque habían rechazado todo el resto. Se habían privado, por tanto, de todos los grandes mensajes de los Profetas y de toda la sincera piedad de los Salmos. Tenían una religión truncada, porque tenían una Biblia truncada. Habían rechazado el conocimiento que estaba a su alcance y que hubieran podido tener. Además, los rabinos judíos siempre habían acusado a los samaritanos de ofrecerle al Dios verdadero un culto meramente supersticioso. Siempre decían que el culto de los samaritanos no se basaba en el amor y el conocimiento, sino en la ignorancia y el miedo. Como ya hemos visto, los extranjeros que los asirios llevaron . a vivir en Samaria trajeron sus propios dioses (2Ki_17:29 ). Leemos que un sacerdote de Belén fue a decirles que temieran al. Señor (2Ki_17:28 ); pero -lo más probable es que añadieran el Dios de Israel. a la lista de sus dioses, porque. tendrían un temor supersticioso a excluirle. Después de todo, era el Dios de aquella tierra en la que entonces vivían, y podría ser peligroso no incluirle siquiera en su lista de cultos.

En los cultos falsos podemos detectar tres faltas.

(i) Un culto falso es selectivo: se queda con lo que quiere saber de Dios, y omite el resto. Los samaritanos tomaban lo que querían de las Escrituras, y omitían el resto: La religión unilateral es una de las cosas más peligrosas del mundo. Le es muy fácil a cualquiera el aceptar y retener las partes de la verdad de Dios que le interesan y pasar por alto el resto. Hemos visto, por ejemplo, que ciertos pensadores y eclesiásticos y políticos justificaban el apartheid y la segregación racial apelando a ciertos pasajes de la Escritura, mientras olvidaban muchos más que los condenan.

El pastor de una gran ciudad organizó una petición a le clemencia por uno que había cometido un cierto crimen. Le parecía que aquella era una causa en la que la piedad cristiana tenía obligación de intervenir. Sonó su teléfono y, cuando lo descolgó, escuchó una voz femenina que le decía:

-Estoy muy sorprendida de que usted, un pastor evangélico, ponga todo su peso en esta petición de clemencia.

-¿Y qué es lo que le sorprende? -preguntó él.

-Supongo que usted conoce la Biblia.

-Así lo espero.

-Entonces dijo la voz-, ¿no se da usted cuenta de que la Biblia dice «Ojo por ojo y diente por diente»?

Al parecer aquella mujer tomaba la parte de la Biblia que le convenía para su razonamiento, y olvidaba la gran enseñanza de Jesús sobre la misericordia en el Sermón del Monte.

Haríamos bien en recordar que, aunque sabemos que no llegaremos nunca a abarcar todo el orbe de la verdad, debemos proponernos como objetivo la verdad total, sin conformarnos con los fragmentos que nos convengan en nuestra posición.

(ii) Un culto falso es ignorante. El culto debe ser el acceso a Dios de la persona total. Tenemos una inteligencia, y la obligación de ejercitarla. La religión puede que empiece por una respuesta emocional; pero pronto le llega el momento en que hay que razonarla. E. F. Scot decía que la religión es mucho más que meramente un ejercicio intelectual intensivo; pero que, no obstante, una gran parte del fracaso en materia de religión se debe a la pereza intelectual más que a ninguna otra causa. El dejar de pensar a fondo las cosas importantes es ya en sí un pecado. En último análisis, una experiencia religiosa no está a salvo hasta que se puede decir, no sólo lo que se cree, sino por qué se cree. La religión es también esperanza; pero una esperanza que tiene una razón de ser y que no defrauda (1Pe_3:15 ).

(iii) Un culto falso es supersticioso. Es un culto que se da, no por un verdadero sentimiento de necesidad o por un deseo auténtico de hacerlo, sino solamente porque la persona cree que sería peligroso no darlo. Mucha gente se niega a pasar por debajo de una escalera, o a llevar el número 13 en una competición o en un concurso, o a emprender cualquier cosa en martes y trece; y se pondrá nerviosa cuando se le derrama la sal, o se le cruza un gato negro, etcétera, etcétera. No es que crean en esas supersticiones; pero tienen la sospecha de que puede que haya en ellas algo de verdad, y por eso es mejor mantenerse a salvo. Hay muchas personas cuya religión se funda en una especie de temor impreciso de lo que les podría suceder si no tuvieran en cuenta a Dios. Pero la verdadera religión se basa, no en el miedo, sino en el amor de Dios y en la gratitud por lo que Dios ha hecho. Demasiada religión no es más que una especie de superstición ritual para esquivar la posible ira. de dioses impredictibles.

Jesús define el verdadero culto. Dios, dijo, es Espíritu: En cuanto uno se da cuenta de eso, un nuevo haz de luz le envuelve. Si Dios es espíritu, no está limitado a cosas; y, por tanto, el dar culto a una imagen es, no sólo un absurdo, sino también un insulto a la verdadera naturaleza de Dios. Si Dios es espíritu, no está limitado a lugares; y, por tanto, limitar el culto de Dios a Jerusalén o a ningún otro sitio, es poner un límite a Alguien Que, por naturaleza, sobrepasa todos los límites. Si Dios es espíritu, lo que Le ofrezcamos tienen que ser dones del espíritu. Los sacrificios animales y todas las cosas que hacemos los humanos son inadecuados. Las ofrendas que corresponden a la naturaleza de Dios son los dones del espíritu: amor, fidelidad, obediencia, dedicación.

El espíritu es la parte más elevada de la persona humana. Es la porción que permanece cuando la parte física se desvanece. Es la parte que sueña los sueños y ve las . visiones que, a causa de la debilidad y las deficiencias del cuerpo, puede que nunca se hagan realidad. Es el espíritu humano el que es la fuente de sus pensamientos e ideales y deseos más elevados. El verdadero culto es cuando una persona, mediante su espíritu, alcanza la amistad y la intimidad con Dios. El culto genuino no consiste en ir a un cierto lugar, ni en llevar a cabo un cierto ritual o una cierta liturgia, ni en ofrecer ciertos dones. El verdadero culto es cuando el espíritu, la porción invisible e inmortal de la persona, se encuentra con Dios y habla con el Que es invisible e inmortal.

Este pasaje termina con una gran declaración. Se había desplegado ante la Samaritana un panorama tal que la sorprendía y alucinaba. Contenía elementos por encima de su comprensión, maravillosos. Todo lo que pudo decir fue: «Cuando venga el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, entonces lo entenderemos todo.» Y Jesús le dijo: «Yo, el que estoy hablando contigo, soy el Mesías.» Es como si Jesús dijera que todo eso no es un sueño de la verdad, sino la verdad misma.

COMPARTIENDO LA MARAVILLA

 

En eso llegaron Sus discípulos, y se quedaron alucinados al ver que Jesús estaba hablando con una mujer,, aunque nadie se atrevió a decirle: «¿Qué pretendes?» o «¿Por qué estás hablando con ella?» El caso es que la mujer se dejó allí el cubo; y se fue al pueblo, y empezó a decirle a la gente: .

-¡Venid a ver a un Hombre Que me ha adivinado todo lo que he hecho! ¿No será Éste el Ungido de Dios?

Y la gente .empezó a salir del pueblo y á venir a Jesús:

No es extraño que los discípulos se quedaran alucinados cuando volvieron de sus recados en el pueblo de Sicar y se encontraron a Jesús hablando con una samaritana. Ya hemos visto la idea que tenían los judíos de las mujeres. El precepto rabínico rezaba: «Que nadie hable con una mujer en la calle; no, ni aunque sea su esposa.» Los rabinos despreciaban tanto a las mujeres, y las creían tan incapaces de recibir ninguna enseñanza real, que decían: «Mejor es quemar las palabras de la Ley que confiárselas a las mujeres.» Tenían un dicho: «Cada vez que uno se enrolla con una mujer, atrae mal sobre sí mismo, se aparta de la Ley y por último hereda la gehena.» Según las normas rabínicas Jesús apenas podría haber hecho nada más repulsivamente inconvencional que el hablar con aquella mujer. Es verdad que estaba derribando barreras.

Sigue un detalle curiosamente revelador. Es algo que difícilmente podría proceder sino de alguien que hubiera participado en la escena. Por muy sorprendidos que estuvieran los discípulos, no se les ocurrió preguntarle a la mujer qué buscaba, o a Jesús por qué estaba hablando con ella. Empezaban a conocerle; y ya habían llegado a la conclusión de que, por muy sorprendentes que fueran Sus acciones, no se podían poner en tela de juicio. Uno ha dado un paso decisivo en el camino del verdadero discipulado cuando ha aprendido a decir: «No es cosa mía el cuestionar las acciones y las demandas de Jesús. Ante ellas han de rendirse mis prejuicios y mis convencionalismos.»

Para entonces la mujer ya estaba de camino de vuelta al pueblo sin su cacharro de agua. El hecho de que lo dejara revelaba dos cosas: que tenía prisa en compartir su experiencia extraordinaria, y que ella daba por sentado que volvería a aquel lugar. Toda su reacción nos dice mucho de la experiencia cristiana verdadera.

(i) Su experiencia empezó cuando se vio obligada a enfrentarse consigo misma y a verse tal como era. Es lo mismo que le sucedió a Pedro. Después de la pesca milagrosa, cuando Pedro descubrió de pronto algo de la majestad de Jesús, todo lo que pudo decir fue: «¡Apártate de mí, Señor, que soy un pecador!» (Luk_5:8 ). Nuestra experiencia cristiana empezará a menudo con una ola humillante de desprecio propio. Suele suceder que lo último que ve una persona es a sí misma. Y pasa a menudo que lo primero que Cristo hace por una persona es empujarla a hacer lo que se ha pasado la vida resistiéndose a hacer: mirarse a sí misma.

(ii) La Samaritana estaba alucinada con la habilidad que Cristo tenía para ver su interior. Le admiraba Su profundo conocimiento del corazón humano, y del suyo en particular. Al salmista también le había infundido una gran reverencia: «Has entendido desde lejos mis pensamientos… Hasta antes de que brote la palabra de mi lengua, ¡oh Señor!, Tú ya sabes lo que quiero decir» (Psa_139:1-4 ). Se cuenta que una vez una chiquilla estaba oyendo un sermón de C. H. Spurgeon, y le susurró a su madre: «Mamá, ¿cómo sabe él lo que pasa en casa?» No hay tapujos ni disfraces que oculten de la mirada de Cristo. Él puede ver hasta lo profundo del corazón humano. Y no sólo ve lo malo, sino también al héroe que hay dormido en el alma de todas las personas. Es como el cirujano que ve la parte enferma, y lo sana que quedará cuando se quite el mal.

(iii) El primer impulso de la Samaritana fue compartir su descubrimiento. Cuando encontró a aquella Persona tan maravillosa, se sintió impulsada a decírselo a otros. La vida cristiana se basa en dos pilares: el descubrimiento y la comunicación!: El descubrimiento no es completo hasta que nos llena el corazón del deseo de comunicarlo; y no podemos comunicar a Cristo a otras personas a menos que Le hayamos descubierto por nosotros mismos. Lo primero de todo es encontrar, luego contar; son los dos grandes pasos de la vida cristiana.

(iv) El deseo de contarles a otros su descubrimiento acabó con su sentimiento de vergüenza. No cabe duda de que era una marginada: El mismo hecho de que tuviera que ir a sacar agua de aquel pozo tan lejano del pueblo demuestra que sus vecino la evitaban, y ella tenía que hacer lo mismo con ellos. Pero entonces fue corriendo a contarles su descubrimiento. Una persona puede tener algún problema que le da corte mencionar y que trata de mantener secreto; pero una vez que lo ha superado, está a menudo tan llena de alegría y de agradecimiento que tiene libertad para contárselo a todo el mundo. Uno puede que haya estado siempre tratando de esconder su pecado; pero una vez que descubre a Jesucristo como su Salvador, su primer impulso es decirles a los demás: «¡Mira cómo era antes, y mira cómo soy ahora!. ¡Y todo se lo debo a Cristo!»

EL ALIMENTO MÁS NUTRITIVO

 

Mientras, Sus discípulos Le estaban diciendo a Jesús: -¡Rabí, come algo!

-Yo tengo una comida -les contestó Jesús- que vosotros no sabéis.

-¿No será que Le habrá traído alguien de comer? -se dijeron entre sí los discípulos.

Mi comida -les dijo Jesús- es hacer la voluntad del Que Me ha enviado, y acabar Su Obra.

Este pasaje sigue el esquema normal de las conversaciones del Cuarto Evangelio: Jesús dice algo que no se Le entiende, porque tiene un sentido espiritual. En un principio se toma con un literalismo que no hace sentido; y luego, poco a poco, Jesús va desvelando el significado hasta que se entiende y asume. Es exactamente lo mismo que hizo Jesús hablando con Nicodemo acerca del nuevo nacimiento, y con la Samaritana acerca del agua que apaga definitivamente la sed.

Para entonces, los discípulos habían vuelto con provisiones, y Le dijeron a Jesús que comiera algo: Le habían dejado tan cansado y exhausto que se preocuparon al verle con tan poco interés en probar lo que habían traído. Es sorprendente cómo una gran tarea puede elevar a una persona por encima y más allá de las necesidades corporales. El gran luchador por la libertad de los esclavos, Wilberforce, fue toda la vida un tipo pequeño, insignificante y enfermizo. En la Cámara de los Comunes, sus señorías casi siempre sonreían al descubrir apenas cuando se ponía en pie para hablar; pero cuando empezaban a salir raudales de fuego y de poder de aquella figurilla, el lugar estaba abarrotado y en suspense. Como decían, «el alevín se volvía una ballena.» Su mensaje, su misión, la llama de la verdad y la dinámica del poder conquistaban su debilidad física. Hay un cuadro de John Knox predicando en su ancianidad. Era un hombre acabado físicamente; tan débil, que tenían que subirle casi en vilo por los peldaños del púlpito, y dejarle apoyándose en el atril. Pero, poco después de empezar a predicar, su voz ya había recuperado su antigua potencia de trompeta, y parecía que iba a reducir el púlpito a astillas de los puñetazos que le daba, y salirse de un salto de él. El mensaje infundía en el hombre una especie de fuerza sobrenatural.

Jesús les dijo a Sus discípulos que Él tenía una convida que ellos no sabían. En su simplicidad, se preguntaban si sería que alguien Le habría traído comida. Entonces les dijo: «Mi comida es hacer la voluntad del Que Me envió.»

La gran clave de la vida de Jesús era la sumisión a la voluntad de Dios. Es único porque es la única Persona Que ha habido o habrá jamás perfectamente obediente a la voluntad de Dios. Bien se puede decir que Jesús es la única Persona en todo el mundo que no hizo nunca lo que quería, sino siempre lo que Dios quería.

Era el Enviado de Dios. Una y otra vez, ése es el título que se Le da en el Cuarto Evangelio. Hay dos palabras griegas que se usan en este evangelio que significan enviar: apostellein, que aparece 17 veces, y pempein, 27. Es decir, que no menos de 44 veces se nos dice, o se nos presenta a Jesús diciendo, que Dios Le había enviado. Jesús estaba bajo órdenes. Era el Hombre de Dios.

Así que, cuando vino Jesús al mundo, una y otra vez habló de la misión que se Le había confiado. En Joh_5:36 , habla de las obras que el Padre Le había dado para hacer. En 17:4, dice que Su único mérito es que ha acabado la obra que el Padre Le había dado para hacer. Cuando habla de poner y de volver a tomar su vida, es decir, de morir y de resucitar, dice: « Este es el mandamiento que he recibido de Mi Padre» (10:18). Habla constantemente, como aquí, de la voluntad de Dios. « He bajado del Cielo -dice-, no para hacer mi propia voluntad, sino la del Que Me envió» (6:38). « Yo hago siempre -dice- lo que a Él le parece bien» (8:29). En 14:23 establece, por Su propia experiencia personal y de acuerdo con Su ejemplo, que la única prueba de amor está en cumplir los mandamientos del Que uno pretende aMarcos

La obediencia de Jesús no era, como tan a menudo la nuestra, intermitente. Era la misma esencia y el ser, el manantial y el corazón, la dinámica y el motor de Su vida.

Es Su gran deseo que seamos como Él fue y es.

(i) Hacer la voluntad de Dios es lo único que conduce a la paz. No puede haber paz cuando se está en desacuerdo con el Soberano del Universo.

(ii) Hacer la voluntad de Dios es lo único que conduce a la felicidad. No puede haber felicidad cuando la ignorancia humana se enfrenta con la sabiduría de Dios.

(iii) Hacer la voluntad de Dios es lo único que conduce al poder. Cuando seguimos el camino que hemos elegido nosotros, no podemos contar más que con nuestro propio poder, y por tanto nos colapsamos inevitablemente. Cuando seguimos el camino que Dios tiene para nosotros, contamos con Su poder, y por tanto la victoria es segura.

EL SEMBRADOR, LA COSECHA Y LOS SEGADORES

 

-¿No es verdad que tenéis costumbre de decir: «Todavía faltan cuatro meses para que llegue la siega» ? -les siguió diciendo Jesús a sus discípulos-. ¡Fijaos! Yo os digo que alcéis la mirada para contemplar los campos, porque ya están blancos para la siega. El cosechador recibe la recompensa de su trabajo, y almacena un producto que vale para la vida eterna, para que se alegren juntos el que siembra y el que siega. Aquí se confirma el dicho: «A uno le toca sembrar, y a otro segar. « Yo os he mandado a segar una cosecha en la que no habéis labrado. Son otros los que la han labrado, y vosotros os habéis incorporado a sus labores.

Todo lo que estaba sucediendo en Samaria Le había dado a Jesús la visión de un mundo listo para ser cosechado para Dios. Cuando dijo: «Todavía faltan cuatro meses para que llegue la siega» no tenemos que pensar que estaba refiriéndose a la época del año que era entonces en Samaria. Si hubiera sido así, habría sido hacia el mes de enero. No habría hecho aquel calor agotador; y no habría habido escasez de agua; no se habría necesitado un pozo para encontrarla, porque habría sido la estación lluviosa, y habría habido abundancia de agua.

Lo que Jesús está haciendo es citar un refrán. Los judíos dividían el año agrícola en seis partes, cada una de las cuales duraba dos meses: siembra, invierno, primavera, cosecha, verano y calor extremo. Jesús está diciendo: « Tenéis un proverbio: después de sembrar tenéis que esperar por lo menos cuatro meses hasta que llega la siega.» Y entonces Jesús eleva la mirada. Sicar está en medio de una región que sigue siendo famosa por sus cereales. La buena tierra para la agricultura no abundaba en la pedregosa y rocosa Palestina; casi en ninguna otra parte del país podía uno levantar la mirada y ver los campos ondulantes de cereales. Jesús recorrió aquellos campos con la mirada, señalándolos con la mano. «¡Fijaos! -les dijo a Sus discípulos-. Los campos ya están blancos y listos para la siega. Lo normal es que la cosecha tarde cuatro meses en crecer y madurar; pero en Samaria ya podéis ver que está lista para la siega.»

En este caso Jesús está pensando en el contraste que hay entre la naturaleza y la gracia. En la cosecha natural, había que sembrar y esperar; pero en Samaria todo había sucedido con tal divina celeridad que se había sembrado la Palabra y al momento ya estaba lista la cosecha. H. V. Morton, el famoso autor de libros de viajes por las tierras bíblicas, hace una sugerencia especialmente interesante en relación con los campos blancos para la siega. Él mismo se había sentado en este lugar en que se encuentra el pozo de Jacob; y, mientras estaba allí descansando, vio salir a la gente de un pueblo y empezar a subir la colina. Venían en grupos pequeños, y todos llevaban chilabas blancas que la brisa mecía. Es posible que eso fuera lo que sucedió en esta historia, y que Jesús viera a los samaritanos que venían a conocerle corriendo por los campos y sujetándose las túnicas con los brazos extendidos para correr mejor, en respuesta al testimonio de la Samaritana. Y entonces Jesús dijo: «¡Mirad los campos! ¡Fijaos cómo están ahora! ¡Están blancos para la siega!» La multitud que venía con sus ropas blancas era la cosecha que Jesús estaba deseando recoger para Dios.

Jesús siguió diciéndoles que lo increíble había tenido lugar: el sembrador y el segador se podían alegrar al mismo tiempo. Era algo que nadie podía esperar. Para los judíos la siembra era triste y laboriosa; era la siega la que era alegre. «¡Que los que siembran con lágrimas sieguen con gritos de alegría! El que sale llorando, llevando la preciosa simiente, volverá a casa dando gritos de alegría, trayendo sus gavillas» (Psa_136:5 s).

Aquí hay algo escondido bajo la superficie. Los judíos soñaban con la edad de oro, la era por venir, la edad de Dios, cuando el mundo sería todo de Dios, cuando habrían desaparecido el pecado y el dolor, y Dios reinaría supremo. Amós pintaba el cuadro de la siguiente manera: «He aquí vienen días, dice el Señor, en que el que ara alcanzará al segador, y el pisador de las uvas al que lleve la simiente» (Amo_9:13 ). «Vuestra trilla alcanzará a la vendimia, y la vendimia alcanzará a la sementera» Lev_26:5 ). Era parte del sueño de la edad dorada el que la siembra y la siega, la sementera y la recolección estarían tan próximas que se pisarían los talones. Habría tal fertilidad que los viejos largos días de espera se habrían terminado. Podemos advertir lo que Jesús está apuntando gentilmente. Sus palabras no son ni más ni menos que la proclamación de que, con Él, la edad dorada ha amanecido; el esperado tiempo de Dios está presente: el tiempo en que se anuncia la Palabra y se siembra la semilla y la cosecha está lista para la recolección.

Había otra enseñanza en aquella situación, y Jesús la conocía bien: «Hay otro proverbio -les dijo- que es igualmente cierto: «Uno siembra y otro siega.»» Y de allí procedió a hacer dos aplicaciones prácticas.

(a) Les dijo a Sus discípulos que recogerían una cosecha que se habría producido sin su colaboración. Quería decir que El estaba sembrando la semilla; que en Su Cruz, por encima de todo, se sembraría la semilla del amor y del poder de Dios, y que llegaría el día cuando Sus discípulos salieran por el mundo a recoger la cosecha que Su vida y muerte habrían sembrado.

(b) Les dijo a Sus discípulos que llegaría el día cuando ellos sembrarían y otros recogerían. Llegaría el día en que la Iglesia Cristiana enviaría evangelistas; ellos no verían la cosecha; algunos morirían mártires; pero la sangre de los mártires sería la semilla de la Iglesia. Es como si dijera: «Algún día labraréis, y no veréis el resultado. Algún día sembraréis y desapareceréis de la escena antes que haya granado la cosecha. ¡No tengáis miedo! ¡No os desaniméis! La siembra no será en vano, ni se perderá la semilla. Otros verán la cosecha que no se os concedió ver a vosotros.»

Así que en este pasaje hay dos cosas.

(i) Se hace notar una oportunidad. La cosecha está esperando que la recojan para Dios. Hay momentos de la Historia en los que la gente está extraña y curiosamente sensible a Dios; o, como decía Ortega, en que «Dios está a la vista». ¡Qué tragedia sería que la Iglesia de Cristo dejara de recoger Su cosecha en ese tiempo!

(ii) Se hace notar un desafío. A muchos se les concede sembrar, pero no segar. Muchos ministerios tienen éxito, no porque tengan fuerza ni mérito, sino por alguna persona santa que vivió y predicó y murió y dejó una influencia que se hizo mayor en su ausencia que en su presencia. Muchos tienen que trabajar sin ver el resultado de sus labores. Una vez me enseñaron una finca que era famosa por sus adelfas. El dueño las amaba y conocía cada planta por su nombre. Me enseñó algunas semillas que tardarían veinticinco años en florecer. Él tenía cerca de setenta y cinco años, y no vería su belleza, pero otras personas sí. Ningún trabajo ni ninguna empresa que se emprenden para Cristo será un fracaso. Si nosotros no vemos el resultado de nuestros esfuerzos, otros lo verán. No cabe el desánimo en la vida cristiana.

EL SALVADOR DEL MUNDO

 

Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en Jesús por lo que les había dicho la mujer, que daba testimonio diciendo:

-¡Me dijo todo lo que había en mi vida!

Así que, cuando los samaritanos vinieron a conocer a Jesús, Le pidieron que se quedara entre ellos, y se quedó allí dos días. Y creyeron en Él muchos más cuando Le oyeron; y le dijeron a la mujer:

-Ya no creemos por lo que tú nos has dicho, sino porque Le hemos escuchado por nosotros mismos, y no nos cabe la menor duda de que Él es de veras el Salvador del mundo.

En los acontecimientos que tuvieron lugar en Samaria tenemos el esquema de cómo se extiende muchas veces el Evangelio. En la historia de la implantación de la fe entre los samaritanos tenemos tres etapas.

(i) Hubo una presentación. Fue la Samaritana la que les presentó a Cristo a los samaritanos. Aquí vemos plenamente desarrollada la necesidad que Dios tiene de nosotros. Pablo dijo: «¿Cómo van a creer si no hay quién les predique?» (Rom_10:14 ). La Palabra de Dios tiene que irse transmitiendo de persona a persona. Dios no puede hacerles llegar Su Mensaje a los que nunca lo han oído a menos que tenga alguien que se lo lleve.

Él no tiene más manos que las nuestras para hacer hoy Su Obra; No tiene más pies que los nuestros para guiar a la gente en Su camino;

Él no tiene más voz que la nuestra para decirle al mundo cómo murió; Él no tiene más ayuda que la nuestra para guiarlos hasta Él.

Es al mismo tiempo nuestro gozoso privilegio y nuestra irrenunciable responsabilidad el llevarle a Cristo a las personas. No puede haber presentación a menos que haya alguien que presente a Cristo. Además, la presentación hay que hacerla sobre la base del testimonio personal. La mujer iba gritando: «¡Fijaos en lo que ha hecho por mí y en mí!» No era de una teoría de lo que hablaba, sino de un poder dinámico y transformador. La Iglesia se podrá extender hasta que los reinos del mundo lleguen a ser el Reino del Señor sólo cuando hombres y mujeres experimenten por sí mismos el poder de Cristo, y luego les transmitan esa experiencia a otros.

(ii) Había un contacto personal cada vez más íntimo y un conocimiento que iba en aumento. Una vez que Se les presentó a Cristo a los samaritanos, ellos mismos Le buscaron; buscaron Su presencia y Su compañía. Le pidieron que se quedara con ellos hasta que aprendieran de Él y llegaran a conocerle mejor. Es verdad que hay que empezar por presentar a Cristo; pero no lo es menos que, cuando Se le ha presentado a una persona, ella tiene que seguir viviendo en la presencia de Cristo por sí misma. Nadie puede pasar esa experiencia por otro. Puede que sean otros los que nos guíen a la amistad con Cristo, pero debemos buscar y disfrutar de esa amistad por nosotros mismos.

(iii) Hubo descubrimiento y entrega. Los samaritanos descubrieron en Jesús al Salvador del mundo. Es posible que no lo dijeran con esas mismas palabras. Juan estaba escribiendo después de muchos años, y estaba expresando el descubrimiento de los samaritanos con sus propias palabras, que rezumaban el aroma de toda una vida de comunión con Cristo y de meditación acerca de Él bajo la dirección del Espíritu Santo. Juan es el único que usa este glorioso título de Jesús. Lo encontramos aquí y en 1Jo_4:14 . Para Juan era el título de Jesús por antonomasia.

Este título no lo inventó Juan. En el Antiguo Testamento a Dios se Le llama Salvador, Dios de Salvación. Este título se aplicaba también a muchos dioses griegos. Cuando Juan estaba escribiendo, al emperador romano se le otorgó el título de Salvador del Mundo. Es como si Juan dijera: «Todo lo que veníais soñando se ha hecho realidad en Jesús.»

Haremos bien en no olvidar este título. Jesús no era simplemente un profeta que transmitiera con palabras un mensaje de Dios. Tampoco era simplemente un psicólogo experto que tuviera una habilidad extraordinaria para descubrir lo que hay en la mente humana. Es cierto que dio muestras de poseer esa cualidad en el caso de la Samaritana; pero hizo mucho más. Él no era simplemente un ejemplo. No vino sólo a presentarle a la humanidad cómo había que vivir la vida. Un gran ejemplo puede ser descorazonador y frustrante cuando nos deja impotentes para seguirlo.

Jesús era y es El Salvador. Él es el único que puede rescatar a las personas de la situación terrible y desesperada en que se encuentran; el único que puede romper las cadenas que tienen aherrojadas a las personas a su pasado, y darles poder para enfrentarse con el futuro. La Samaritana es en realidad un buen ejemplo de cómo actúa el poder salvador de Jesús. La población donde vivía ya la tendría probablemente por una persona irreformable;. y seguramente ella misma estaría de acuerdo en que jamás sería capaz de llevar una vida respetable. Pero llegó Jesús, y la rescató por partida doble: la capacitó para que se desligara de su pasado, y la introdujo a una nueva vida desde allí en adelante. No hay título que Le corresponda a Jesús mejor que El Salvador del Mundo.

EL ARGUMENTO IRREFUTABLE

Dos días después, Jesús se marchó de allí y se fue a Galilea. Jesús mismo confesaba que a ningún profeta se le reconoce en su propio país. Sin embargo, cuando llegó a Galilea, los galileos Le dieron la bienvenida; porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, porque ellos también habían ido a la fiesta.

Los tres evangelios sinópticos contienen el dicho de Jesús de que a un profeta no se le reconoce en su propia tierra (Mar_6:4 ; Mat_13:57 ; Luk_4:24 ). Era un antiguo y conocido refrán, pero Juan lo introduce en un contexto diferente. En los otros evangelios está en pasajes en los que se cuenta que Jesús fue rechazado por Sus propios paisanos galileos, mientras que Juan lo pone aquí en una ocasión en que Le aceptaron.

Ya hemos visto que Jesús había salido de Judasa y se había dirigido a Galilea para evitar la controversia que estaba provocando Su creciente popularidad. La hora del conflicto no había llegado (Joh_4:1-4 ). Puede ser que Jesús se marchara a Galilea esperando poder retirarse a descansar. Y puede ser que en Galilea pasara exactamente lo mismo que había sucedido en Samaria y que hubiera una respuesta positiva a Su enseñanza. Puede ser que nos encontremos aquí con una de las diferencias del Cuarto Evangelio con respecto a los otros tres. Ya hemos visto que Juan nos relata el ministerio de Jesús en Judasa, mientras que los sinópticos se limitan exclusivamente a Su ministerio en Galilea. Jesús era judío, de la tribu de Judá y nacido en la ciudad de David, Belén, aunque este hecho no lo sabían los judíos (7.42), que daban por supuesto que Jesús era galileo porque venía de Nazaret, donde había vivido casi toda Su vida; y de ahí que Le llamaran Jesús Nazareno. Así que es posible que Jesús citara el refrán del profeta que no es reconocido en su tierra refiriéndose a Su experiencia en Judasa. En los otros evangelios también se presenta Su éxito inicial en Galilea, lo que se suele llamar La primavera galilea.

Sea como fuere, este pasaje y el precedente nos presentan el argumento irrefutable a favor de Cristo. Los samaritanos creyeron en Jesús, no por lo que les dijo otra persona, sino porque ellos mismos Le oyeron hablar de cosas nunca jamás oídas. Los galileos creyeron en Jesús, no por lo que les dijera otra persona acerca de El, sino porque Le vieron hacer en Jerusalén cosas que no se habían visto en la vida. Lo que Jesús decía y hacía eran credenciales a las que no se podía oponer nada.

Aquí tenemos una de las grandes verdades de la vida cristiana. La única prueba convincente del Evangelio es la experiencia cristiana. Puede que a veces tengamos que discutir con la gente hasta que las barreras intelectuales que han levantado se les vengan abajo y se rinda la ciudadela de su mente. Pero, en la inmensa mayoría de los casos, lo único realmente convincente es decir: «Yo sé cómo es Jesús, y lo que puede hacer. Todo lo que te puedo decir es que, si Le ofreces una oportunidad en tu vida, ya verás lo que te sucede.» El evangelismo realmente eficaz empieza cuando podemos decir: «Yo sé lo que Cristo ha hecho por mí. -Y añadimos-: Ofrécele una oportunidad, y verás lo que puede hacer por ti.»

Aquí nos encontramos otra vez con la tremenda responsabilidad que- nos corresponde. Nadie es probable que quiera hacer la prueba a menos que vean su eficacia en nuestra vida. No servirá de mucho el decirle a los demás que Cristo puede traer a su vida gozo y paz y poder, cuando nuestra vida es lúgubre, angustiada y derrotada. Los demás se convencerán de que vale la pena entregarse a Cristo solamente cuando vean que para nosotros ha conducido a una experiencia que da envidia.

LA FE DE UN DIPLOMÁTICO

 

Así es que Jesús llegó otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Y había allí en Cafarnaún un cierto diplomático cuyo hijo estaba enfermo. Cuando este hombre supo que había venido Jesús de Judasa a Galilea, se dirigió a Él para pedirle que fuera a su casa a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo:

-¿Es que no vais a creer más que si veis señales y milagros?

-Señor, ven antes que se muera mi mozo -le dijo el funcionario; a lo que Jesús le contestó:-

-¡Vete con Dios, hombre, que tu hijo ya está bueno.

Él creyó lo que le dijo Jesús, y se volvió a su casa.

Antes de que llegara, sus esclavos le salieron al encuentro y le dijeron:

-¡Tu hijo está vivo y bien!

Él entonces les preguntó a qué hora se había puesto mejor, y le dijeron:

Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre.

EL padre se dio cuenta de que a esa hora había sido cuando Jesús le había dicho: «¡Tu hijo está vivo!», y creyeron en Jesús él y toda su familia.

Esta fue la segunda señal, y Jesús la hizo después de volver de Judasa a Galilea.

Casi todos los comentaristas creen que ésta es otra versión de la historia de la curación del siervo del centurión que se encuentra en Mat_8:5-13 y en Lucas 7.-1-10; pero hay diferencias notables entre las dos que nos justifican el tratarla como una historia independiente. Algunos detalles de la conducta del funcionario son un ejemplo para todos.

(i) Aquí tenemos a un diplomático que acudió a un carpintero. La palabra griega es basilikós, que podría significar que era un reyezuelo; pero se usa para funcionarios del rey, y lo más probable es que se tratara de un hombre de posición elevada en la corte de Herodes. Jesús, por el contrario, no era más que un carpintero del pueblo de Nazaret. Además, Jesús estaba en Caná, y este hombre vivía en Cafamaún, que estaba a 35 kilómetros. Por eso le llevó tanto tiempo el volver a su casa.

No se puede imaginar una historia más peregrina que la de un alto funcionario que recorre treinta y cinco kilómetros a toda prisa para pedirle un favor a un carpintero de pueblo. Lo primero y principal es que este aristócrata se tragó su orgullo. Tenía una necesidad angustiosa, y ni los convencionalismos ni el protocolo le impidieron acudir a Jesús con su necesidad. Su gesto causaría sensación, pero a él no le importaba el qué dirán con tal de obtener la ayuda que tanto necesitaba. Si queremos de veras la ayuda que Jesús nos puede dar, tenemos que ser lo suficientemente humildes para tragarnos nuestro orgullo y no tener en cuenta lo que diga la gente.

(ii) Aquí tenemos a un diplomático que se negaba a darse por vencido. Jesús le recibió con lo que a primera vista parecería un jarro de agua fría, diciéndole que hay gente que no cree a menos que se la provea de señales y milagros. Puede que Jesús dirigiera esas palabras más a la multitud que se habría reunido a ver en qué paraba todo aquello que al diplomático mismo. Es probable que hubiera muchos curiosos.

Pero Jesús tenía una manera de asegurarse de que una persona iba en serio. Así actuó con la sirofenicia (Mat_15:2128 ). Si aquel hombre se hubiera dado la vuelta presumido y airado, si hubiera sido demasiado orgulloso para escuchar la advertencia, si hubiera cedido al desaliento a la primera, Jesús se habría dado cuenta de que su fe no era auténtica. Uno tiene que tomar su situación sinceramente en serio para poder recibir la ayuda de Cristo.

(iii) Aquí tenemos a un diplomático que tenía fe. No era fácil emprender el camino de vuelta a casa sin llevarse más que la palabra de Jesús de que su chaval se iba a poner bueno. Ahora se empieza a tomar en serio el poder del pensamiento y de la telepatía, y nadie negaría este milagro simplemente porque se realizó a distancia; pero tiene que haberle sido difícil al diplomático. Pero tenía la fe suficiente para recorrer otra vez los treinta y cinco kilómetros no llevando nada más que la palabra de Jesús para confortarle el corazón.

Es de esencia de la fe el creer que lo que Jesús dice es verdad. A menudo se tiene una especie de anhelo vago de que fueran verdad las promesas de Jesús; pero la única manera de entrar de veras en ellas es creerlas como el náufrago que se aferra a lo que sea que le pueda salvar. Si Jesús dice algo, no es que a lo mejor es verdad; ¡es que tiene que ser verdad!

(iv) Aquí tenemos a un diplomático que se entregó. No fue un hombre que Le sacó a Cristo lo que quería, y luego se fue y se olvidó. El y todos los suyos creyeron. No le sería fácil a él, porque el que Jesús fuera el Mesías iría a contrapelo con todas sus ideas preconcebidas. Ni le sería fácil confesar su fe en Jesús en la corte de Herodes. Tendría que soportar que se rieran y burlaran de él; y hasta que le tomaran por chalado.

Pero este diplomático se enfrentaba con los Hechos y los aceptaba. Había experimentado lo que Jesús podía hacer, y no le quedaba más que rendirse a los Hechos. Había empezado por un sentimiento de necesidad desesperada, que Jesús le había solucionado; y su sentimiento de necesidad había dejado paso a otro de agradecimiento y amor desbordante. Esa debe ser la historia de cualquier vida cristiana.

Casi todos los investigadores del Nuevo Testamento creen que en este punto se han colocado equivocadamente los capítulos del Cuarto Evangelio. Mantienen que el capítulo 6 debería venir antes que el 5. La razón es que el capítulo 4 termina con Jesús en Galilea (Joh_4:54 ); el capítulo 5 empieza con Jesús en Jerusalén; el capítulo 6 nos presenta a Jesús otra vez en Galilea, y el 7 empieza dándonos a entender que Jesús acababa de venir a Galilea a causa de la oposición que había tenido que arrastrar en Jerusalén. Los cambios de Jerusalén a Galilea resultan difíciles de seguir. Por otra parte, el capítulo 4 termina: « Esta fue la segunda señal, y Jesús la hizo después de volver de Judasa a Galilea» (4:54). El capítulo 6 empieza: «Después de esto, Jesús se fue al otro lado del mar de Galilea», que sería una secuencia natural. El capítulo 5 nos presenta entonces a Jesús dirigiéndose a Jerusalén para una fiesta, y encontrándose con problemas muy senos con las autoridades judías. Se nos dice de hecho que desde aquel momento empezaron a perseguirle (5:10). Luego, el capítulo 7 empieza diciendo que Jesús se movía por Galilea, y «no quería ir a Judasa porque los judíos querían matarle» (7:1).

Aquí no hemos alterado el orden; pero debemos notar que el tomar el capítulo 6 antes del 5 presenta un orden de acontecimientos más natural y fácil de seguir.

Ya había surgido la oposición en contra de Jesús, en especial de parte de los fariseos. Se sentían molestos con la popularidad y el mensaje de Cristo que contradecía muchas de sus enseñanzas. Como Jesús apenas empezaba su ministerio, no era el momento de enfrentarse abiertamente a aquellos líderes, por lo que dejó Jerusalén y viajó al norte, a Galilea.

Después que el reino del norte, con su capital Samaria, cayó en mano de los asirios, deportaron muchos judíos a Asiria y trajeron extranjeros para que se estableciesen allí y ayudaran a mantener la paz (2Ki_17:24). Del matrimonio entre aquellos extranjeros y los judíos que quedaron surgió una raza mixta, impura en la opinión de los judíos que vivían en Judá, el reino del sur. Los judíos puros odiaban esa raza mixta, que eran los samaritanos, porque sentían que traicionaron a su gente y a su nación. Los samaritanos establecieron un lugar alterno de adoración en el monte Gerizim (2Ki_4:20) paralelo al templo de Jerusalén, destruido ciento cincuenta años atrás.

Los judíos hacían todo lo posible por no viajar a través de Samaria. Pero Jesús no tenía motivos para vivir con dichas restricciones culturales. La ruta a través de Samaria era más corta y esa fue la que tomó.

El pozo de Jacob estaba situado dentro de la propiedad que había pertenecido a Jacob (Gen_33:18-19). No era un pozo de manantial, sino que el agua se acumulaba en el fondo cuando caía la lluvia y el rocío. Los pozos mayormente estaban localizados en las afueras de la ciudad, junto a los caminos principales. Dos veces al día, en la mañana y en la tarde, las mujeres iban a sacar agua. Esta mujer fue al mediodía, quizás para no encontrarse con otras personas debido a su reputación. Aquí Jesús dio a esta mujer un mensaje extraordinario acerca del agua pura y fresca que puede satisfacer la sed espiritual para siempre.

Esta mujer (1) era samaritana, miembro de la odiada raza mixta, (2) tenía una mala reputación, y (3) estaba en un lugar público. Ningún judío respetable le hablaba a una mujer bajo estas circunstancias. Pero Jesús lo hizo. El evangelio es para todos, sin importar raza, posición social ni pecados cometidos. Debemos estar preparados para extender su Reino en todo tiempo y en cualquier lugar. Jesús cruzaba cualquier barrera por predicar las buenas nuevas y, quienes lo seguimos, no podemos hacer menos.

¿Qué quiso decir Jesús con «agua viva»? En el Antiguo Testamento muchos versículos se refieren a la sed de Dios como sed de agua (Psa_42:1; Isa_55:1; Jer_2:13; Zec_13:1). A Dios se le llama manantial de la vida (Psa_36:9) y manantial de aguas vivas (Jer_17:13). Al decir que podía dar agua viva que saciaría para siempre la sed, Jesús declaraba ser el Mesías. Solo el Mesías podría dar este regalo que satisface la necesidad del alma.

Muchas cosas espirituales tienen su paralelo en las físicas. Así como nuestro cuerpo padece de hambre y sed, también nuestras almas. Pero nuestras almas necesitan agua y alimento espirituales. La mujer confundió las dos clases de agua porque es muy posible que nadie le hubiera hablado antes del hambre y la sed espirituales. No privamos a nuestros cuerpos de comida y agua cuando los requieren. ¿Por qué lo hacemos con nuestras almas? La Palabra viviente, Jesucristo, y la Palabra escrita, la Biblia, pueden satisfacer el hambre y la sed del alma.

La mujer creía erróneamente que si recibía el agua que Jesús le ofrecía, no tendría que volver al pozo cada día. Estaba interesada en el mensaje de Jesús porque pensaba que le brindaba una vida fácil. Pero si ese fuera siempre el caso, la gente aceptaría el mensaje de Cristo por razones impropias. Cristo no vino a quitar las dificultades, sino a cambiar nuestro interior y a darnos poder para enfrentarlos desde la perspectiva de Dios.

La mujer no entendió de pronto lo que Jesús decía. Cuesta aceptar algo que modifica la base fundamental de nuestra vida. Jesús le dio tiempo para que hiciera preguntas y que juntara las piezas ella misma. Predicar el evangelio no siempre significa obtener resultados inmediatos. Cuando invite a la gente a que permita que Jesús cambie su vida, conceda tiempo para que valore el asunto.

Cuando esta mujer se dio cuenta de que Jesús conocía su vida privada, en seguida cambió de tema. A menudo la gente se siente molesta cuando se habla de sus pecados o problemas y procura pasar a otro asunto. Si alguien nos hace eso, debiéramos encauzar de nuevo la conversación hacia Cristo. Su presencia saca a la luz el pecado y molesta a la gente, pero solo Dios puede perdonar pecados y dar vida nueva.

La mujer puso en discusión un tópico teológico popular: el mejor lugar para adorar. Pero su pregunta era una cortina de humo para proteger su profunda necesidad. Jesús condujo la conversación hacia un punto más importante: la ubicación del adorador no es ni remotamente más importante que la actitud del adorador.

«Dios es Espíritu» significa que el espacio físico no lo limita. Está presente en todo lugar y puede adorarse en cualquier lugar, a cualquier hora. No es dónde adoramos lo que cuenta, sino cómo adoramos. ¿Es nuestra adoración en espíritu y en verdad? ¿Tiene la ayuda del Espíritu Santo? ¿Cómo nos ayuda el Espíritu Santo en la adoración? El Espíritu Santo intercede por nosotros (Rom_8:26), nos enseña las palabras de Cristo (Joh_14:26) y nos ayuda a sentirnos amados (Rom_5:5).

Cuando Jesús dijo «la salvación viene de los judíos», manifestaba que solo por medio del Mesías, un judío, el mundo hallaría salvación. Dios prometió que a través de la raza judía todas las naciones serían bendecidas (Gen_12:3). Los profetas del Antiguo Testamento declararon que los judíos serían luz a las naciones del mundo al llevarles el conocimiento de Dios, y anunciaron la venida del Mesías judío que vendría a salvar a la nación y al mundo. La mujer que estaba junto al pozo sabía estas cosas, por eso esperaba la venida del Mesías. ¡Pero no se le ocurrió que hablaba con El!

La «comida» a que Jesús se refiere es el alimento espiritual. Incluye más que estudio bíblico, oración o asistencia a la iglesia. También nos alimentamos haciendo la voluntad de Dios y ayudando a que la obra de salvación se complete. No solo nos alimentamos con lo que ingerimos, sino también con lo que damos en nombre de Dios. En 17.4, Jesús se refiere a acabar el trabajo de Dios en la tierra.

Algunas veces los cristianos se excusan para no testificar a familiares o amigos diciendo que estos no están listos para creer. Jesús, sin embargo, aclara que alrededor de nosotros hay una cosecha continua que espera la siega. No espere que Jesús lo encuentre excusándose. Mire a su alrededor. Hallará gente lista a oír la Palabra de Dios.

Las recompensas que Jesús ofrece son la alegría de trabajar para El y ver la cosecha de creyentes. Por lo general, el sembrador no ve sino la semilla, mientras que el segador ve los grandes resultados de la siembra. Pero en la obra de Jesús, ambos serán recompensados al ver nuevos creyentes entrar al Reino de Dios. La frase «otros labraron» (4.38) quizás se refiera al Antiguo Testamento y a Juan el Bautista, el que preparó la senda para el evangelio.

La mujer samaritana contó de inmediato su experiencia a otros. Sin importarles su reputación, muchos aceptaron su invitación y fueron al encuentro de Jesús. Tal vez haya pecado en nuestro pasado del que estamos avergonzados, pero Cristo nos cambia. Cuando la gente ve estos cambios, la mueve la curiosidad. Use estas oportunidades para presentarles a Cristo.

Este oficial del rey era quizás un oficial al servicio de Herodes. Caminó unos treinta y dos kilómetros para ver a Jesús y se refirió a El como «Señor», poniéndose bajo su mando aunque tenía autoridad legal sobre El.

Este milagro era más que un favor a aquel oficial: era una señal para todo el mundo. El Evangelio de Juan está dirigido a toda la humanidad para que crean en el Señor Jesucristo. Aquel funcionario del gobierno tenía la certeza de que lo que Jesús dijera podía realizarse. Creyó, y vio una señal maravillosa.

El oficial no solo creyó que Jesús podía sanar, sino que le obedeció cuando le dijo que se fuera a su casa, demostrando así su fe. No es suficiente decir que creemos que Jesús puede hacerse cargo de nuestros problemas. Necesitamos actuar en consecuencia. Cuando ore por una necesidad o problema, crea que Jesús puede hacer lo prometido.

Los milagros de Jesús no fueron simples ilusiones productos del optimismo. A pesar de que el oficial tenía a su hijo a treinta y dos kilómetros de distancia, sanó cuando Jesús lo dijo. La distancia no era un problema porque Cristo domina el espacio. Nunca podremos poner demasiada distancia entre nosotros y Cristo al grado que no pueda ayudarnos.

Note cómo se desarrolló la fe del oficial. Primero, creyó lo suficiente para ir a pedirle ayuda al Señor. Segundo, creyó en la seguridad de las palabras de Jesús de que su hijo sanaría y actuó en correspondencia. Tercero, él y toda su casa creyeron en Jesús. La fe es un regalo que se desarrolla en la medida que lo usamos.

Los campos blancos para la siega, 4:31-38. El autor interrumpe el resultado del testimonio de la mujer para registrar la conversación entre los discípulos y Jesús, en el ínterin entre la salida de la mujer y la llegada de los hombres de la ciudad. Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles dos lecciones: cuáles eran sus prioridades y cuál la misión urgente que les esperaba.

Probablemente, los discípulos estaban sinceramente preocupados por la salud de su maestro, pues había pasado mucho tiempo sin probar comida. Por otro lado, ellos mismos desearían comer, pero no querrían adelantarse a él. No estaban preparados para la contestación que siguió.

La conversación con la mujer samaritana le había dado tanta satisfacción interior como si hubiera comido un banquete suculento. Jesús había hablado a la mujer acerca de “agua viva” que salta en el interior del hombre, satisfaciendo su sed espiritual; ahora habla a sus discípulos acerca de una nutrición espiritual (v. 32) que satisface el hambre interior. Nótese el contraste enfático entre Yo y vosotros. Los discípulos estaban en “ayunas” en cuanto al significado de las palabras de Jesús.

Los discípulos, así como otros (ver 2:20; 3:4; 4:11, 15), entendieron mal la respuesta de Jesús, limitados ellos a conceptos literales y materiales. La mujer no entendió lo de “agua viva” y los discípulos no entendieron lo de la “comida”. Informes como este, que dejan mal parados a los discípulos, aumentan nuestra confianza en la autenticidad de las Escrituras. La pregunta de los discípulos anticipa una contestación negativa. Literalmente sería así: “¿No le habrá traído alguien algo a comer, verdad?”. Su entendimiento literal y material da lugar a una enseñanza importante de parte de Jesús.

El adjetivo Mi (v. 34) es enfático. Sin importar la experiencia de otros, Jesús afirma cuál es la suya. Esta frase nos hace recordar la respuesta de Jesús en dos ocasiones: al tentador le dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre…” (Mat_4:4); y a sus padres: “¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?” (Luk_2:49). Estas palabras hablan de la profunda satisfacción y renovación de energías que el hacer la voluntad de Dios produce en el Hijo y en sus seguidores. Jesús vivía y ministraba en la consciencia de que era “el enviado de Dios” para hacer su voluntad. Hay numerosas referencias a este hecho que corren a través de este Evangelio (ver 5:30; 6:38; 7:18; 8:50; 9:4; 10:37 s.; 12:49 s.; 14:31; 15:10; 17:4). Y que acabe su obra. El obedecer la voluntad divina fue la prioridad número uno para Jesús. Nótese el énfasis en la voluntad del que me envió, por un lado, y su obra, por otro. El verbo acabe es el mismo que Jesús pronunció desde la cruz cuando dijo: “Consumado es”. Jesús acabó perfectamente cada etapa de la voluntad de su Padre, pero la consumación final le esperaba en la cruz.

Plummer y otros procuran establecer la fecha del evento por la referencia a la cosecha (v. 35). La época de la cosecha sería abril, indicando que el evento habría tenido lugar en diciembre. Sin embargo, la mayoría opina que se trata de un proverbio que se usaba para postergar una acción. Inclusive, la introducción ¿No decís vosotros…? parece apuntar a un dicho o proverbio que sería común y comprensible en ese entonces. Knox, siguiendo este criterio, lo traduce así: “¿No es un dicho de vosotros:…?”. Entre la siembra y siega había un período de inactividad, es decir, en la siembra lit. de semillas, pero en el reino de Dios no existe tal período de inactividad. Los discípulos estarían pensando que Samaria sí necesitaba el evangelio, pero los habitantes aún no estaban prontos para recibirlo. Para ellos, no había apuro ni para sembrar, ni para segar.

Jesús recién había comprobado que la siega estaba pronta. La samaritana sería el primer fruto de la cosecha. Vendría pronto una multitud de hombres para escuchar sus enseñanzas y quizá ya se veían en el horizonte acercándose. Todo apuntaba a una cosecha pronta para ser recogida. Faltaba solo el levantar la mirada de las cosas materiales y contemplar la oportunidad que pronto pasaría, como sucede con la época de la cosecha. Blancos para la siega es una descripción intrigante, pues pocos granos están blancos en el tiempo de la cosecha. Trigo era el grano más común en Palestina y es dorado cuando está pronto para cosechar. Varios comentaristas piensan que lo que Jesús veía y quería que los discípulos viesen era la multitud de hombres que venían vestidos en blanco, como un campo de trigo meciendo en el viento. El adverbio ya está ubicado en el texto gr. entre los vv. 35 y 36 y no hay consenso en cuanto a si pertenece al primero o al segundo. Plummer y otros mantienen que pertenece al v. 35, como en la RVA, pero igual número de eruditos y el texto griego de las Sociedades Bíblicas Unidas lo asignan al v. 36.

Si ubicamos el adverbio ya en el comienzo de la frase del v. 36, se leería así: “El que siega recibe ya salario y…”, es decir, no tiene que esperar. Esta enseñanza de Jesús anuncia tanto una recompensa como un resultado por la labor en el evangelio. Alford y otros intérpretes entienden que la recompensa se encuentra en el mismo resultado. Otros opinan que el premio para el que siega es doble, en el presente y en el futuro: recibe un salario ahora y produce fruto para vida eterna. En resumen, parece que Jesús está motivando a los discípulos a dedicarse a la tarea urgente de compartir el evangelio ya. ¡La siega está pronta, el “salario” está disponible, nada falta, pues manos a la obra!

No debe haber competencia, sino plena cooperación, entre el que siembra y el que siega. El segador realiza una tarea tan importante como la del sembrador, pues aquél completa lo que éste comenzó y cuando ambos realizan su obra se gozan juntos, es decir, simultáneamente. En este caso, probablemente Jesús mismo es el sembrador y los discípulos serían los segadores. Hay cuatro meses entre la siembra y siega del trigo, pero en el evangelio ambas tareas pueden ser realizadas sin esa demora. También, ambas tareas pueden realizarse por la misma persona.

En esto se refiere al versículo anterior. Aquí Jesús cita otro proverbio o dicho comprobado por el v. 36. Casi siempre lo que uno cosecha en términos de almas para vida eterna depende de una siembra anterior realizada por otros. A veces esta realidad es más evidente que en otras. El que escribe llegó a apreciar la verdad de este dicho cuando llegó al Uruguay en 1954. Muchos de los que fueron ganados para el reino de Dios, bajo su ministerio, habían recibido en tiempos anteriores un testimonio escrito o verbal de otros siervos del Señor.

El agua El agua es central a muchos de los eventos de la Biblia. En la creación “Y la tierra estaba sin orden y vacía. Había tinieblas sobre la faz del océano, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” (Gen_1:2). En el segundo día de la creación, Dios separó las aguas por una bóveda (cielos) y había agua sobre la bóveda y debajo de la bóveda. En el tercer día separa las aguas de la tierra.

Los israelitas consideraban como bendición de Dios las “lluvias tempranas” y las “lluvias tardías” (Deu_11:14). Sin éstas no habría cosecha y tendrían hambre.

Se usaba el agua en las ceremonias religiosas para la purificación de las personas después de su contaminación por tener ciertas enfermedades o por tocar algo impuro.

En su encuentro con la mujer samaritana, con la multitud que le seguía después de la alimentación de los cinco mil y en la fiesta de los Tabernáculos, Jesús usa el agua como símbolo de la nueva vida que él da. Jesús asegura a sus seguidores fieles, que creen en él, que “ríos de agua viva correrán de su interior” (Deu_7:38).

El simbolismo tan importante del agua se ve en la visión de Juan de un río lleno de agua que da vida “que fluye del trono de Dios y del Cordero” (Apoc. 22:1).

En el v. 38 Jesús está aplicando el proverbio del versículo anterior a la misión que encomendaba a los discípulos. El pronombre Yo es enfático y os he enviado traduce un verbo (apostello G649) en el tiempo aoristo; se refiere probablemente al llamado inicial, pues los discípulos no habían iniciado aún su obra de segar.

El tiempo perfecto del verbo han labrado subraya la continuación de los resultados. Estas palabras tenían el propósito de animar a los discípulos. No tendrían que entrar en un campo virgen, sin un testimonio previo. No hay consenso en cuanto a quiénes se refiere la expresión otros han labrado. Por lo menos se refiere a Jesús mismo, quizá también a Juan el Bautista y sus seguidores. Godet, Bernard y otros incluirían a la mujer samaritana quien estaba sembrando en ese momento entre sus conocidos. Otros señalan a los profetas del AT como los que habían preparado el terreno en que los discípulos iban a ministrar.Vosotros habéis entrado en sus labores presenta la dificultad de que, hasta la fecha, no había evidencia de que los discípulos habían entrado personalmente en su misión, excepto en la etapa de preparación. En un sentido la preparación es parte integral del ministerio en su concepto cabal. Una cosa bien clara en toda esta sección es que Jesús esperaba que sus discípulos fueran segadores.

Los creyentes de Samaria, 4:39-42. El autor retoma el tema del ministerio de Jesús en Samaria, subrayando el efecto del testimonio de la mujer y la estadía extendida de Jesús. Nótese que dos de los temas favoritos de Juan se encuentran en esta breve sección: el “testimonio” y el “permanecer” o “quedarse”.

Lo que Jesús había anticipado con la expresión campos “blancos para la siega” (v. 35) se demuestra como una profecía acertada (ver los comentarios sobre creyeron en él en 1:12). ¡Con cuánta prontitud los samaritanos aceptaron a Jesús como el Mesías! Sin embargo, faltaba aclarar y ampliar en sus mentes la identidad de Jesús y lo que significaría creer en él. Dios acepta la fe del hombre, basada en una comprensión limitada y superficial de su Hijo, si es que hay una disposición de seguir ampliando su conocimiento.

Juan revela la causa y la base de la fe de los samaritanos: las palabras de la mujer que “estaba testificando”, una expresión que traduce un participio griego del tiempo presente, indicando una acción que se repetía. Ella sencillamente no pudo frenar el testimonio que brotaba de su corazón al experimentar por primera vez la profunda satisfacción del agua viva que Jesús le dio a beber. La evidencia que le había convencido de que Jesús era el Mesías es lo que ella repetía en la ciudad: “Me dijo todo lo que he hecho“. Es notable que un mensaje tan breve y limitado haya producido en los samaritanos una fe en este “judío” a quien nadie conocía (ver Jon_3:4b). Revela la tremenda sed espiritual de ellos, ciertamente un campo “blanco para la siega”.

Los recién convertidos a la fe en Jesús no querían separarse de su Señor (v. 40). Tendrían muchas preguntas sobre su nueva fe, preguntas que sólo él podría contestar. “Seguían rogándole” (ver v. 31) sería una traducción que capta la acción del verbo en el tiempo imperfecto. Pinta un cuadro de varios samaritanos rodeándole e insistiendo que él permaneciera en su medio, si no para siempre, por lo menos por algunos días. ¡Cuán distintos los samaritanos en contraste con los judíos de Jerusalén quienes habían visto tantas señales y escuchado sus enseñanzas (Jon_2:18) y con los propios familiares y conocidos de Nazaret (Mat_13:58, Luk_4:29), y aún con los gadarenos (Mat_8:34)! Hubo otros casos de una actitud favorable de los samaritanos para con Jesús (Luk_10:25-37; Luk_17:16 s.). Se quedó allí dos días es la respuesta de la plegaria de los samaritanos. Con una estadía de dos días Jesús realizó tres cosas: pudo confirmar a los nuevos creyentes en su fe, demostró total falta de prejuicio racial y seguramente fue un ejemplo inolvidable para sus discípulos quienes en varias ocasiones dejaban ver sus propios prejuicios.

Nótese el contraste entre “a causa de la palabra de la mujer” (v. 39) y a causa de su palabra, de Jesús (v. 41). La fe de ellos, basada en la palabra de la mujer, fue confirmada y madurada por las palabras de Jesús. Nótese que Jesús optó por no realizar milagros en este caso porque ya los hombres habían manifestado una fe segura en Jesús. Muchos más creyeron parece indicar que algunos vinieron de la ciudad sin haber llegado a la fe en Jesús, sólo como curiosos, pero fueron convencidos al escucharle a él. A esta altura el decir creyeron es suficiente, sin mencionar un objeto de la creencia, pues era evidente que se refiere a la persona de Jesús o al evangelio.

La fe de estos hombres, basada solo en la palabra de la mujer, era en efecto una fe basada en la fe de otro, o sea una fe secundaria. Mientras que sea tal clase de fe, no es una auténtica fe cristiana. Debe haber un conocimiento personal de Cristo y un encuentro personal con él, resultando en una relación personal con él, que es la esencia de la salvación. La creencia basada en la palabra de ella era un comienzo, pero faltaba la relación personal con Cristo. Vincent destaca la diferencia entre la palabra (lalia G2981, v. 42) de la mujer aquí, su testimonio dado a los conciudadanos, por un lado, y “la palabra” (logos G3056, vv. 39, 41) de Jesús, por otro. En el v. 39 “palabra”, desde el punto de vista de Juan, se refiere a su testimonio de Cristo. En cambio, aquí los samaritanos distinguen entre la palabra (logos) más autoritativa y dignificada de Jesús, y la charla (lalia) de la mujer. La experiencia directa y personal con Jesús les convenció de que él era el Mesías prometido a los judíos, no el “mesías” esperado por los samaritanos. ¿Es ésta una comprensión nueva a la que ellos habían llegado, o es que la mujer les había dado esta idea y aquí confirmaron lo que ya sospechaban? La expresión Salvador del mundo se encuentra solo dos veces en todo el NT, aquí y en 1Jo_4:14. La palabra Salvador se usa tanto en las Escrituras como en la literatura secular. Se refiere al Padre (Luk_1:47; 1Ti_1:1) y al Hijo dos veces, como se mencionó antes. Los griegos se referían a una multitud de divinidades con el mismo término. Cuando el término se aplica a Jesús, tiene por lo menos las dos ideas de redentor y libertador. Salva al creyente, librándole de la condenación eterna. No sólo es el Salvador de cada creyente como individuo, o de algunos individuos en particular, sino del mundo, de todos los que creen en su nombre (1Ti_1:12).

Interludio en Galilea,1Ti_4:43-45. El escenario se traslada de Samaria a Galilea y Juan inserta estos versículos para explicar cómo sucedió. Además, registra un refrán que Jesús usaba y describe la buena recepción que tuvo en Galilea. Estos versículos sirven como una introducción a la sección que sigue, tal como Juan acostumbra organizar su material (ver 2:13 y 4:1-4).

Juan repite la duración de la estadía de Jesús en Galilea (ver v. 40). Siguió camino a Galilea, el destino que tuvo al salir de Judea (4:3).

Juan no se hubiera atrevido a aplicar el proverbio a Jesús, pero es Jesús mismo el que lo hace y Juan meramente lo registra. El proverbio se basaba en una observación común. Parece que Jesús dejó Judea para evitar la confrontación con los fariseos (4:1-3) y fue a Galilea para estar lejos de Jerusalén. Pero ¿no era Galilea su propia tierra? Parece que se establece una contradicción. Brown comenta que estos tres versículos “son una cruz para los comentaristas del cuarto Evangelio”. Basado en el proverbio, parecería que evitaría ir a su tierra donde no tendría honra. Se han ofrecido varias posibilidades para resolver la dificultad. Algunos procuran comprobar que su propia tierra se refería a Judea (Orígenes, Westcott, etc.), o a Jerusalén (Hoskyns), pues él nació en Belén; también esta provincia se conocía como la tierra de los judíos; esta posición se confirma en el hecho de que ningún apóstol provino de allí. Borchert opina que podría ser una referencia general a Israel, tomando en cuenta una expresión en el prólogo (1:11). Lightfoot sugiere que se refiere al cielo, su “hogar” original. Otros dicen que se refiere a Nazaret y no a Galilea. Por ejemplo, los Sinópticos (Mat_13:57; Mar_6:4; Luk_4:24) indican que salió de Nazaret, su propia tierra, por razón de este proverbio. Todavía otros entienden que la conjunción causal “porque” significa que iba a Galilea “a pesar de” este proverbio, es decir, sabiendo que sería un campo duro y que no tendría honra allí. Pero, contra esta interpretación, está el hecho de que fue bien recibido cuando entró en Galilea.

El término Galilea (v. 45) es una expresión heb. que significa “círculo de los gentiles”. Este territorio, anteriormente la parte norteña de Palestina, había sido tomado y controlado por los gentiles hasta 103 a. de J.C. cuando fue recuperado por los judíos. Aun así, los judíos de Judea miraban con cierto desdén a sus compatriotas que vivían en Galilea. Es irónico que a medida que Jesús se alejaba más y más de Judea, yendo hacia campo gentil, era mejor recibido. En Judea su recepción había sido limitada y superficial (Luk_2:20-25; Luk_3:10). Hull observa que, al regresar a una cultura mayormente secular con su concentración de gentiles, Jesús estaba cumpliendo el rol asignado a él por los samaritanos como “el Salvador del mundo” (v. 42). El término recibieron traduce un verbo griego (decomai G1209) que normalmente indicaba una “bienvenida” extendida a las visitas. Lo recibieron de buena gana, aun con entusiasmo. Marcus Dods piensa que Jesús fue tomado de sorpresa por tan buena recepción, pues no anticipaba una respuesta favorable.

Las mismas obras que habían provocado indignación entre los líderes religiosos en Judea tuvieron una respuesta opuesta entre los judíos de Galilea. Juan no registró cuáles serían las cuántas cosas, pues entre todas las señales que Jesús hizo, seleccionó sólo siete para cumplir su propósito en el Evangelio (Luk_20:30). La buena recepción que tuvo en Galilea se debía a los milagros que Jesús realizó en su breve estadía en Jerusalén, además de la limpieza del templo. Con todo, la recepción que le dieron no estaba bien basada, sino dependía solamente de la observación de milagros. Al señalar los milagros como base de su fe, Juan estaba preparando a los lectores para la “diagnosis” que Jesús pronunció en el v. 48. Morris comenta que le dieron honra (time G5092) de cierta especie, pero no la honra que le correspondía (doxa G1391, “gloria”). Por ejemplo, no hay evidencia de que lo hayan reconocido como el “Mesías de Dios” o el “Salvador del mundo”.

La segunda señal : la sanidad del hijo del oficial del rey, Luk_4:46-54

Esta sección concluye lo que se conoce como el “ciclo de Caná”, volviendo al mismo lugar de la primera señal para realizar la segunda. Algunos procuran identificar este evento con la sanidad del siervo del centurión (Mat_8:5-13; Luk_7:2-10). Aunque hay una leve similitud entre los dos eventos, por ejemplo los paralelos verbales y la sanidad a distancia, existen demasiadas diferencias para tomar en serio tal conjetura.

Al referirse a la primera señal realizada en Caná, Juan indica que no fue una alegoría. Jesús vuelve a segar donde había sembrado. Había un oficial del rey cuyo hijo estaba enfermo en Capernaúm. Dos preguntas surgen de esta frase: ¿quién fue el oficial y quién el rey? Oficial del rey traduce un adjetivo (basilikos

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