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Juan 4: Derribando barreras

Aquí nos encontramos otra vez con la tremenda responsabilidad que- nos corresponde. Nadie es probable que quiera hacer la prueba a menos que vean su eficacia en nuestra vida. No servirá de mucho el decirle a los demás que Cristo puede traer a su vida gozo y paz y poder, cuando nuestra vida es lúgubre, angustiada y derrotada. Los demás se convencerán de que vale la pena entregarse a Cristo solamente cuando vean que para nosotros ha conducido a una experiencia que da envidia.

LA FE DE UN DIPLOMÁTICO

 

Así es que Jesús llegó otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Y había allí en Cafarnaún un cierto diplomático cuyo hijo estaba enfermo. Cuando este hombre supo que había venido Jesús de Judasa a Galilea, se dirigió a Él para pedirle que fuera a su casa a curar a su hijo que estaba muriéndose.

Jesús le dijo:

-¿Es que no vais a creer más que si veis señales y milagros?

-Señor, ven antes que se muera mi mozo -le dijo el funcionario; a lo que Jesús le contestó:-

-¡Vete con Dios, hombre, que tu hijo ya está bueno.

Él creyó lo que le dijo Jesús, y se volvió a su casa.

Antes de que llegara, sus esclavos le salieron al encuentro y le dijeron:

-¡Tu hijo está vivo y bien!

Él entonces les preguntó a qué hora se había puesto mejor, y le dijeron:

Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre.

EL padre se dio cuenta de que a esa hora había sido cuando Jesús le había dicho: «¡Tu hijo está vivo!», y creyeron en Jesús él y toda su familia.

Esta fue la segunda señal, y Jesús la hizo después de volver de Judasa a Galilea.

Casi todos los comentaristas creen que ésta es otra versión de la historia de la curación del siervo del centurión que se encuentra en Mat_8:5-13 y en Lucas 7.-1-10; pero hay diferencias notables entre las dos que nos justifican el tratarla como una historia independiente. Algunos detalles de la conducta del funcionario son un ejemplo para todos.

(i) Aquí tenemos a un diplomático que acudió a un carpintero. La palabra griega es basilikós, que podría significar que era un reyezuelo; pero se usa para funcionarios del rey, y lo más probable es que se tratara de un hombre de posición elevada en la corte de Herodes. Jesús, por el contrario, no era más que un carpintero del pueblo de Nazaret. Además, Jesús estaba en Caná, y este hombre vivía en Cafamaún, que estaba a 35 kilómetros. Por eso le llevó tanto tiempo el volver a su casa.

No se puede imaginar una historia más peregrina que la de un alto funcionario que recorre treinta y cinco kilómetros a toda prisa para pedirle un favor a un carpintero de pueblo. Lo primero y principal es que este aristócrata se tragó su orgullo. Tenía una necesidad angustiosa, y ni los convencionalismos ni el protocolo le impidieron acudir a Jesús con su necesidad. Su gesto causaría sensación, pero a él no le importaba el qué dirán con tal de obtener la ayuda que tanto necesitaba. Si queremos de veras la ayuda que Jesús nos puede dar, tenemos que ser lo suficientemente humildes para tragarnos nuestro orgullo y no tener en cuenta lo que diga la gente.

(ii) Aquí tenemos a un diplomático que se negaba a darse por vencido. Jesús le recibió con lo que a primera vista parecería un jarro de agua fría, diciéndole que hay gente que no cree a menos que se la provea de señales y milagros. Puede que Jesús dirigiera esas palabras más a la multitud que se habría reunido a ver en qué paraba todo aquello que al diplomático mismo. Es probable que hubiera muchos curiosos.

Pero Jesús tenía una manera de asegurarse de que una persona iba en serio. Así actuó con la sirofenicia (Mat_15:2128 ). Si aquel hombre se hubiera dado la vuelta presumido y airado, si hubiera sido demasiado orgulloso para escuchar la advertencia, si hubiera cedido al desaliento a la primera, Jesús se habría dado cuenta de que su fe no era auténtica. Uno tiene que tomar su situación sinceramente en serio para poder recibir la ayuda de Cristo.

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