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Juan 4: Derribando barreras

Las recompensas que Jesús ofrece son la alegría de trabajar para El y ver la cosecha de creyentes. Por lo general, el sembrador no ve sino la semilla, mientras que el segador ve los grandes resultados de la siembra. Pero en la obra de Jesús, ambos serán recompensados al ver nuevos creyentes entrar al Reino de Dios. La frase «otros labraron» (4.38) quizás se refiera al Antiguo Testamento y a Juan el Bautista, el que preparó la senda para el evangelio.

La mujer samaritana contó de inmediato su experiencia a otros. Sin importarles su reputación, muchos aceptaron su invitación y fueron al encuentro de Jesús. Tal vez haya pecado en nuestro pasado del que estamos avergonzados, pero Cristo nos cambia. Cuando la gente ve estos cambios, la mueve la curiosidad. Use estas oportunidades para presentarles a Cristo.

Este oficial del rey era quizás un oficial al servicio de Herodes. Caminó unos treinta y dos kilómetros para ver a Jesús y se refirió a El como «Señor», poniéndose bajo su mando aunque tenía autoridad legal sobre El.

Este milagro era más que un favor a aquel oficial: era una señal para todo el mundo. El Evangelio de Juan está dirigido a toda la humanidad para que crean en el Señor Jesucristo. Aquel funcionario del gobierno tenía la certeza de que lo que Jesús dijera podía realizarse. Creyó, y vio una señal maravillosa.

El oficial no solo creyó que Jesús podía sanar, sino que le obedeció cuando le dijo que se fuera a su casa, demostrando así su fe. No es suficiente decir que creemos que Jesús puede hacerse cargo de nuestros problemas. Necesitamos actuar en consecuencia. Cuando ore por una necesidad o problema, crea que Jesús puede hacer lo prometido.

Los milagros de Jesús no fueron simples ilusiones productos del optimismo. A pesar de que el oficial tenía a su hijo a treinta y dos kilómetros de distancia, sanó cuando Jesús lo dijo. La distancia no era un problema porque Cristo domina el espacio. Nunca podremos poner demasiada distancia entre nosotros y Cristo al grado que no pueda ayudarnos.

Note cómo se desarrolló la fe del oficial. Primero, creyó lo suficiente para ir a pedirle ayuda al Señor. Segundo, creyó en la seguridad de las palabras de Jesús de que su hijo sanaría y actuó en correspondencia. Tercero, él y toda su casa creyeron en Jesús. La fe es un regalo que se desarrolla en la medida que lo usamos.

Los campos blancos para la siega, 4:31-38. El autor interrumpe el resultado del testimonio de la mujer para registrar la conversación entre los discípulos y Jesús, en el ínterin entre la salida de la mujer y la llegada de los hombres de la ciudad. Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles dos lecciones: cuáles eran sus prioridades y cuál la misión urgente que les esperaba.

Probablemente, los discípulos estaban sinceramente preocupados por la salud de su maestro, pues había pasado mucho tiempo sin probar comida. Por otro lado, ellos mismos desearían comer, pero no querrían adelantarse a él. No estaban preparados para la contestación que siguió.

La conversación con la mujer samaritana le había dado tanta satisfacción interior como si hubiera comido un banquete suculento. Jesús había hablado a la mujer acerca de “agua viva” que salta en el interior del hombre, satisfaciendo su sed espiritual; ahora habla a sus discípulos acerca de una nutrición espiritual (v. 32) que satisface el hambre interior. Nótese el contraste enfático entre Yo y vosotros. Los discípulos estaban en “ayunas” en cuanto al significado de las palabras de Jesús.

Los discípulos, así como otros (ver 2:20; 3:4; 4:11, 15), entendieron mal la respuesta de Jesús, limitados ellos a conceptos literales y materiales. La mujer no entendió lo de “agua viva” y los discípulos no entendieron lo de la “comida”. Informes como este, que dejan mal parados a los discípulos, aumentan nuestra confianza en la autenticidad de las Escrituras. La pregunta de los discípulos anticipa una contestación negativa. Literalmente sería así: “¿No le habrá traído alguien algo a comer, verdad?”. Su entendimiento literal y material da lugar a una enseñanza importante de parte de Jesús.

El adjetivo Mi (v. 34) es enfático. Sin importar la experiencia de otros, Jesús afirma cuál es la suya. Esta frase nos hace recordar la respuesta de Jesús en dos ocasiones: al tentador le dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre…” (Mat_4:4); y a sus padres: “¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?” (Luk_2:49). Estas palabras hablan de la profunda satisfacción y renovación de energías que el hacer la voluntad de Dios produce en el Hijo y en sus seguidores. Jesús vivía y ministraba en la consciencia de que era “el enviado de Dios” para hacer su voluntad. Hay numerosas referencias a este hecho que corren a través de este Evangelio (ver 5:30; 6:38; 7:18; 8:50; 9:4; 10:37 s.; 12:49 s.; 14:31; 15:10; 17:4). Y que acabe su obra. El obedecer la voluntad divina fue la prioridad número uno para Jesús. Nótese el énfasis en la voluntad del que me envió, por un lado, y su obra, por otro. El verbo acabe es el mismo que Jesús pronunció desde la cruz cuando dijo: “Consumado es”. Jesús acabó perfectamente cada etapa de la voluntad de su Padre, pero la consumación final le esperaba en la cruz.

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