Era corriente que los que iban de viaje llevaran un recipiente de cuero para sacar agua de los pozos que encontraran en el camino. Es lo más seguro que el grupo de Jesús tendría uno de ellos, y que se lo habrían llevado al pueblo. La mujer vio que Jesús no tenía nada por el estilo, así es que Le dijo: «No puedes ni sacar agua del pozo para dármela. Ya veo que no tienes con qué sacarla.» H. B. Tristram empieza su libro titoulado Las costumbres orientales en las tierras de la Biblia con el relato de una experiencia personal. «Una vez estaba sentado junto a un pozo en Palestina cerca de la posada a la que se hace referencia en la parábola del Buen Samaritano, cuando vino de aquellos cerros una mujer árabe a sacar agua. Desplegó y abrió un pellejo de piel de cabra, y luego desmadejó una cuerda y se la ató a un cubito también de cuero, que era con el que subía el agua hasta que llenó el recipiente mayor, le ató la boca, se lo colocó al hombro y, con el cubito en la mano, se puso a escalar la colina. Yo me acordé de la Samaritana del pozo de Jacob cuando un viandante árabe que ascendía cansado y sudoroso por el sendero que sube de Jericó se dirigió al pozo, se arrodilló y miró hacia el fondo con nostalgia; pero «no tenía con qué sacar el agua, y el pozo era hondo.» Pegó unos lametones a la humedad que quedaba del agua que se le había resbalado a la mujer que le había precedido y, desilusionado, prosiguió su camino.» Era precisamente eso lo que estaba pensando la Samaritana cuando Le dijo a Jesús que no tenía con qué sacar el agua del hondón del pozo.
Pero los judíos le daban otro sentido a la palabra agua. Hablaban a menudo de la sed de Dios que tiene el alma humana, y del agua viva que puede mitigar esa sed. Jesús no estaba usando términos que condujeran de necesidad a la confusión, sino que cualquiera que tuviera percepción espiritual debería entender. Una de las promesas del Apocalipsis es: «Al que tuviere sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida» (Rev_21:6 ). El Cordero que está en medio del trono los guiará a fuentes de aguas de vida (Rev_7:17 ). La promesa era que el Pueblo Escogido sacaría agua con gozo de las fuentes de la salvación (Isa_12:3 ). El salmista decía que tenía el alma sedienta del Dios vivo (Psa_42:1 ). La promesa de Dios era: « Yo derramaré aguas sobre el secadal» (Isa_44:3 ): La invitación iba dirigida a todos los sedientos para que vinieran a las aguas y bebieran gratuitamente (Isa_55:1 ). La queja desgarrada de Jeremías era que el pueblo había olvidado a Dios, que era la fuente de agua viva, y se había cavado cisternas agrietadas que no podían contener el agua (Jer_2:13 ). Ezequiel había tenido una visión del río de la vida (Eze_47:1-12 ). En el mundo nuevo brotaría una fuente de agua para la purificación (Zec_13:1 ). Las aguas fluirían desde Jerusalén (Zec_14:8 ).
Algunas veces los rabinos identificaban esta agua viva con la sabiduría de la Ley; otras, con nada menos que el Espíritu Santo de Dios. Todo el lenguaje pictórico de la religión judía estaba impregnado de esta idea de la sed del alma que sólo podía apagar el agua viva que era un don de Dios. Pero la mujer entendió lo que le decía Jesús con un literalismo casi crudo. ¿Estaba ciega porque no quería ver?
Jesús pasó a hacer una afirmación todavía más alucinante, que Él podía darle el agua viva que le quitaría la sed de una vez para siempre. Lo curioso es que la mujer volvió a entenderlo literalmente; pero de hecho no era sino Su presentación como Mesías. En la visión profética de la era por venir, la era de Dios, la promesa era: «No tendrán hambre ni sed» (Isa_49:10 ). Era en Dios, y sólo en Él, donde se encontraba la fuente de agua viva que satisface toda sed. «Contigo está el manantial de la vida,» exclamaba el salmista (Psa_36:9 ). Es del mismo trono de Dios de donde mana el río de la vida (Rev_22:1 ). Es el Señor el Que es la fuente de agua viva (Jer_17:13 ). Sería en la era mesiánica cuando el sequedal se volvería manaderos de aguas (Isa_35:7 ). Cuando Jesús hablaba de traer a la humanidad la única agua que puede apagar definitivamente la sed, no hacía sino afirmar que Él era el Ungido de Dios que había venido a inaugurar la nueva era.
Tampoco entonces comprendió la mujer, y no nos extraña que no comprendiera lo que le iría pareciendo un acertijo complicado, porque nosotros ya tenemos la clave y la respuesta. Nos da la impresión de que lo que dijo a continuación era una manera de seguirle la corriente a uno Que le parecía chiflado. «Dame esa agua –dijo-, para que ya no tenga nunca sed y no tenga que darme la caminata al pozo todos los días.» Estaba bromeando sobre cosas eternas.
En el fondo de todo esto está la verdad fundamental de que en el corazón humano hay una sed de algo que sólo Jesucristo puede satisfacer. En uno de sus libros, Sinclair Lewis traza el retrato de un hombrecillo de negocios respetable que sacó los pies del plato. Estaba hablando con su amada, y ella le dijo: «Por fuera parecemos muy diferentes; pero en el fondo somos iguales. Los dos nos sentimos desesperadamente desgraciados por algo… ¡que no sabemos qué es!» En todo ser humano hay ese anhelo insatisfecho e innominado; ese vago descontento, ese algo que falta, esa frustración.
En Sorrell e Hijo, Warwick Deeping nos cuenta una conversación entre los dos. El chico está hablando de la vida. Dice, que es como andar a tientas en una niebla encantada. La niebla se disipa un instante; uno ve la luna en la cara de una chica; no sabe si quiere la luna o la cara; luego baja la niebla otra vez, y le deja a uno buscando algo, pero no sabe qué.
