(b) Les dijo a Sus discípulos que llegaría el día cuando ellos sembrarían y otros recogerían. Llegaría el día en que la Iglesia Cristiana enviaría evangelistas; ellos no verían la cosecha; algunos morirían mártires; pero la sangre de los mártires sería la semilla de la Iglesia. Es como si dijera: «Algún día labraréis, y no veréis el resultado. Algún día sembraréis y desapareceréis de la escena antes que haya granado la cosecha. ¡No tengáis miedo! ¡No os desaniméis! La siembra no será en vano, ni se perderá la semilla. Otros verán la cosecha que no se os concedió ver a vosotros.»
Así que en este pasaje hay dos cosas.
(i) Se hace notar una oportunidad. La cosecha está esperando que la recojan para Dios. Hay momentos de la Historia en los que la gente está extraña y curiosamente sensible a Dios; o, como decía Ortega, en que «Dios está a la vista». ¡Qué tragedia sería que la Iglesia de Cristo dejara de recoger Su cosecha en ese tiempo!
(ii) Se hace notar un desafío. A muchos se les concede sembrar, pero no segar. Muchos ministerios tienen éxito, no porque tengan fuerza ni mérito, sino por alguna persona santa que vivió y predicó y murió y dejó una influencia que se hizo mayor en su ausencia que en su presencia. Muchos tienen que trabajar sin ver el resultado de sus labores. Una vez me enseñaron una finca que era famosa por sus adelfas. El dueño las amaba y conocía cada planta por su nombre. Me enseñó algunas semillas que tardarían veinticinco años en florecer. Él tenía cerca de setenta y cinco años, y no vería su belleza, pero otras personas sí. Ningún trabajo ni ninguna empresa que se emprenden para Cristo será un fracaso. Si nosotros no vemos el resultado de nuestros esfuerzos, otros lo verán. No cabe el desánimo en la vida cristiana.
EL SALVADOR DEL MUNDO
Muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en Jesús por lo que les había dicho la mujer, que daba testimonio diciendo:
-¡Me dijo todo lo que había en mi vida!
Así que, cuando los samaritanos vinieron a conocer a Jesús, Le pidieron que se quedara entre ellos, y se quedó allí dos días. Y creyeron en Él muchos más cuando Le oyeron; y le dijeron a la mujer:
-Ya no creemos por lo que tú nos has dicho, sino porque Le hemos escuchado por nosotros mismos, y no nos cabe la menor duda de que Él es de veras el Salvador del mundo.
En los acontecimientos que tuvieron lugar en Samaria tenemos el esquema de cómo se extiende muchas veces el Evangelio. En la historia de la implantación de la fe entre los samaritanos tenemos tres etapas.
(i) Hubo una presentación. Fue la Samaritana la que les presentó a Cristo a los samaritanos. Aquí vemos plenamente desarrollada la necesidad que Dios tiene de nosotros. Pablo dijo: «¿Cómo van a creer si no hay quién les predique?» (Rom_10:14 ). La Palabra de Dios tiene que irse transmitiendo de persona a persona. Dios no puede hacerles llegar Su Mensaje a los que nunca lo han oído a menos que tenga alguien que se lo lleve.
Él no tiene más manos que las nuestras para hacer hoy Su Obra; No tiene más pies que los nuestros para guiar a la gente en Su camino;
Él no tiene más voz que la nuestra para decirle al mundo cómo murió; Él no tiene más ayuda que la nuestra para guiarlos hasta Él.
Es al mismo tiempo nuestro gozoso privilegio y nuestra irrenunciable responsabilidad el llevarle a Cristo a las personas. No puede haber presentación a menos que haya alguien que presente a Cristo. Además, la presentación hay que hacerla sobre la base del testimonio personal. La mujer iba gritando: «¡Fijaos en lo que ha hecho por mí y en mí!» No era de una teoría de lo que hablaba, sino de un poder dinámico y transformador. La Iglesia se podrá extender hasta que los reinos del mundo lleguen a ser el Reino del Señor sólo cuando hombres y mujeres experimenten por sí mismos el poder de Cristo, y luego les transmitan esa experiencia a otros.
(ii) Había un contacto personal cada vez más íntimo y un conocimiento que iba en aumento. Una vez que Se les presentó a Cristo a los samaritanos, ellos mismos Le buscaron; buscaron Su presencia y Su compañía. Le pidieron que se quedara con ellos hasta que aprendieran de Él y llegaran a conocerle mejor. Es verdad que hay que empezar por presentar a Cristo; pero no lo es menos que, cuando Se le ha presentado a una persona, ella tiene que seguir viviendo en la presencia de Cristo por sí misma. Nadie puede pasar esa experiencia por otro. Puede que sean otros los que nos guíen a la amistad con Cristo, pero debemos buscar y disfrutar de esa amistad por nosotros mismos.
