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Juan 4: Derribando barreras

(iii) Aquí tenemos a un diplomático que tenía fe. No era fácil emprender el camino de vuelta a casa sin llevarse más que la palabra de Jesús de que su chaval se iba a poner bueno. Ahora se empieza a tomar en serio el poder del pensamiento y de la telepatía, y nadie negaría este milagro simplemente porque se realizó a distancia; pero tiene que haberle sido difícil al diplomático. Pero tenía la fe suficiente para recorrer otra vez los treinta y cinco kilómetros no llevando nada más que la palabra de Jesús para confortarle el corazón.

Es de esencia de la fe el creer que lo que Jesús dice es verdad. A menudo se tiene una especie de anhelo vago de que fueran verdad las promesas de Jesús; pero la única manera de entrar de veras en ellas es creerlas como el náufrago que se aferra a lo que sea que le pueda salvar. Si Jesús dice algo, no es que a lo mejor es verdad; ¡es que tiene que ser verdad!

(iv) Aquí tenemos a un diplomático que se entregó. No fue un hombre que Le sacó a Cristo lo que quería, y luego se fue y se olvidó. El y todos los suyos creyeron. No le sería fácil a él, porque el que Jesús fuera el Mesías iría a contrapelo con todas sus ideas preconcebidas. Ni le sería fácil confesar su fe en Jesús en la corte de Herodes. Tendría que soportar que se rieran y burlaran de él; y hasta que le tomaran por chalado.

Pero este diplomático se enfrentaba con los Hechos y los aceptaba. Había experimentado lo que Jesús podía hacer, y no le quedaba más que rendirse a los Hechos. Había empezado por un sentimiento de necesidad desesperada, que Jesús le había solucionado; y su sentimiento de necesidad había dejado paso a otro de agradecimiento y amor desbordante. Esa debe ser la historia de cualquier vida cristiana.

Casi todos los investigadores del Nuevo Testamento creen que en este punto se han colocado equivocadamente los capítulos del Cuarto Evangelio. Mantienen que el capítulo 6 debería venir antes que el 5. La razón es que el capítulo 4 termina con Jesús en Galilea (Joh_4:54 ); el capítulo 5 empieza con Jesús en Jerusalén; el capítulo 6 nos presenta a Jesús otra vez en Galilea, y el 7 empieza dándonos a entender que Jesús acababa de venir a Galilea a causa de la oposición que había tenido que arrastrar en Jerusalén. Los cambios de Jerusalén a Galilea resultan difíciles de seguir. Por otra parte, el capítulo 4 termina: « Esta fue la segunda señal, y Jesús la hizo después de volver de Judasa a Galilea» (4:54). El capítulo 6 empieza: «Después de esto, Jesús se fue al otro lado del mar de Galilea», que sería una secuencia natural. El capítulo 5 nos presenta entonces a Jesús dirigiéndose a Jerusalén para una fiesta, y encontrándose con problemas muy senos con las autoridades judías. Se nos dice de hecho que desde aquel momento empezaron a perseguirle (5:10). Luego, el capítulo 7 empieza diciendo que Jesús se movía por Galilea, y «no quería ir a Judasa porque los judíos querían matarle» (7:1).

Aquí no hemos alterado el orden; pero debemos notar que el tomar el capítulo 6 antes del 5 presenta un orden de acontecimientos más natural y fácil de seguir.

Ya había surgido la oposición en contra de Jesús, en especial de parte de los fariseos. Se sentían molestos con la popularidad y el mensaje de Cristo que contradecía muchas de sus enseñanzas. Como Jesús apenas empezaba su ministerio, no era el momento de enfrentarse abiertamente a aquellos líderes, por lo que dejó Jerusalén y viajó al norte, a Galilea.

Después que el reino del norte, con su capital Samaria, cayó en mano de los asirios, deportaron muchos judíos a Asiria y trajeron extranjeros para que se estableciesen allí y ayudaran a mantener la paz (2Ki_17:24). Del matrimonio entre aquellos extranjeros y los judíos que quedaron surgió una raza mixta, impura en la opinión de los judíos que vivían en Judá, el reino del sur. Los judíos puros odiaban esa raza mixta, que eran los samaritanos, porque sentían que traicionaron a su gente y a su nación. Los samaritanos establecieron un lugar alterno de adoración en el monte Gerizim (2Ki_4:20) paralelo al templo de Jerusalén, destruido ciento cincuenta años atrás.

Los judíos hacían todo lo posible por no viajar a través de Samaria. Pero Jesús no tenía motivos para vivir con dichas restricciones culturales. La ruta a través de Samaria era más corta y esa fue la que tomó.

El pozo de Jacob estaba situado dentro de la propiedad que había pertenecido a Jacob (Gen_33:18-19). No era un pozo de manantial, sino que el agua se acumulaba en el fondo cuando caía la lluvia y el rocío. Los pozos mayormente estaban localizados en las afueras de la ciudad, junto a los caminos principales. Dos veces al día, en la mañana y en la tarde, las mujeres iban a sacar agua. Esta mujer fue al mediodía, quizás para no encontrarse con otras personas debido a su reputación. Aquí Jesús dio a esta mujer un mensaje extraordinario acerca del agua pura y fresca que puede satisfacer la sed espiritual para siempre.

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