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Mateo 16: Ciegos a las señales del cielo

Es que nuestro Señor quiso que se considerase su crucifixión como la verdad fundamental del Cristianismo. Las teorías acertadas acerca de su muerte expiatoria y de los bienes que de ella resultaron deben encontrarse a la base misma del gran edificio de la religión. Todas nuestras esperanzas están concentradas en la verdad que «Cristo murió por nosotros.» 1 Tes. 5.10.

Mareo 16:24-28

Para comprender mejor estos versículos es preciso tener presente que los discípulos de nuestro Señor no tenían ideas acertadas en cuanto al objeto de su venida al inundo. Creían que había venido a establecer un reino, y no se imaginaban que tenia que padecer y morir. Creían que sus acciones en servicio de su maestro serian recompensadas por medio de premios y honores terrenales: no sabían que los verdaderos cristianos tienen que pasar, como Jesucristo, por muchos sufrimientos, a fin de llegar al perfeccionamiento. Para corregir esos errores nuestro Señor se valió de palabras solemnes que será bueno examinar.

De lo que estos versículos contienen se sigue, que los que se hagan discípulos de Jesucristo tienen que resolverse a sufrir mucho y hacer grandes sacrificios.

Nuestro Señor desvaneció los dorados sueños de sus discípulos diciendo que sus prosélitos tendrían que tomar la cruz a cuestas. Todavía no iba a establecerse el glorioso reino que tan ansiosamente habían esperado; y entretanto, si querían ser siervos suyos era preciso que se sometiesen al sufrimiento y la persecución; era preciso que se resignasen a perder la vida con tal de salvar sus almas.

También se sigue, que nada hay de tanto valor como el alma humana.

Nuestro Señor enseñó esta verdad haciendo una de las preguntas más serias que el Nuevo Testamento contiene. Esa pregunta debiera resonar en nuestros oídos con la fuerza de una trompeta siempre que nos sintiéramos inclinados a descuidar nuestro eterno bienestar. Hela aquí: «¿De qué aprovecha al hombre si ganase todo el mundo, y perdiere su alma?.

A esta pregunta solo puede darse una respuesta: nada hay en la tierra, ni debajo de la tierra, que pueda reparar la pérdida del alma. El mundo y todo lo que en él existe es transitorio: ¡el alma es eterna. Eterna! Esa sola palabra lo explica todo.

Finalmente, se sigue así mismo, que es cuando el Señor venga otra vez que los creyentes recibirán su galardón. «El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre,» etc.

Al examinar estas palabras en relación con los versículos que preceden se percibe cuan grande fue la prudencia que las dictó. Sabiendo lo dispuestos que estamos a decaer de ánimo, Jesús nos anuncia que vendrá por segunda vez con tanta certeza como vino la primera, y que entonces será que sus discípulos recibirán su recompensa. En la primera venida descendió para ser crucificado: en la segunda descenderá para reinar.

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